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ESCRIBIR EN LA OSCURIDAD

David Grossman  

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Fragmento

1

Escribir en una zona de catástrofe

«Para nuestra alegría personal o nuestra desgracia, las contingencias de la realidad tienen una gran influencia sobre lo que escribimos», dice Natalia Ginzburg en su libro È difficile parlare di sé, en el capítulo donde habla de su vida y de su escritura tras haber pasado por un drama personal.

Sí, es difícil hablar de uno mismo. Por ello, antes de referirme a mi experiencia de escritura actual, en este momento de mi vida, quiero decir algunas palabras sobre la influencia que una situación traumática, catastrófica, ejerce sobre una sociedad, sobre un pueblo.

Inmediatamente me vienen a la memoria las palabras del ratón en el relato corto de Kafka «Una pequeña fábula». El ratón, mientras la trampa lo encierra y el gato lo acecha por detrás, dice: «¡Ay! El mundo cada día se hace más estrecho».

En efecto, tras muchos años de vivir en la situación extrema y violenta de un conflicto político, militar y religioso, puedo decirles, con tristeza, que el ratón de Kafka tenía razón: efectivamente, el mundo se estrecha y se reduce de día en día.

También puedo hablarles del espacio vacío que muy lentamente se abre entre el hombre, el individuo, y la situación externa, violenta y caótica en la que vive y que condiciona su existencia en casi todos los aspectos.

Este espacio nunca permanece vacío, sino que se llena rápidamente de apatía y de cinismo y, por encima de todo, de desesperanza. De una desesperanza que es el combustible que hace posible que las situaciones distorsionadas persistan durante años, incluso generaciones.

Desesperanza ante la imposibilidad de que la situación pueda cambiar, de librarse de ella.

Y una desesperanza aún más profunda: la desesperanza ante el hombre, ante lo que esta situación distorsionada pueda revelar, a fin de cuentas, de cada uno de nosotros.

La gente que me rodea y yo mismo —esto es lo que siento— pagamos un precio muy alto por culpa del estado de guerra permanente: la disminución de la «superficie» del alma que entra en contacto con el mundo violento y amenazador del exterior; la limitación de la facultad —o voluntad— de identificarnos, aunque sea mínimamente, con el dolor ajeno; la suspensión de todo juicio moral y la desesperación ante la imposibilidad de entender lo que realmente pensamos en esta situación aterradora, engañosa y compleja, tanto moral como prácticamente. Por esto tal vez cree­mos que es mejor no pensar ni saber, que es mejor dejar la tarea de pensar, actuar y establecer normas morales en manos de los que s

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