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ESCRITO EN EL CUERPO

Jeanette Winterson  

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Fragmento

 

¿Por qué la pérdida es la medida del amor?

Hace tres meses que no llueve. Los árboles exploran bajo tierra, envían reservas de raíces al seno de la tierra reseca, raíces como cuchillas para abrir cualquier arteria llena de agua.

Las uvas se han marchitado en la parra. Lo que debería estar hinchado y firme, resistir al tacto y rendirse en la boca, está esponjoso y lleno de ampollas. Este año nada del placer de hacer rodar uvas azules entre el índice y el pulgar impregnándome la palma de almizcle. Incluso las avispas evitan el escaso goteo marrón. Incluso las avispas este año. No siempre ha sido así.

Pienso en cierto septiembre: Paloma Torcaz Mariposa Almirante Rojo Cosecha Amarilla Noche Naranja. Tú dijiste: «Te quiero». ¿Por qué lo menos original que podemos decirnos uno a otro sigue siendo lo que más anhelamos oír? «Te quiero» siempre es una cita. Ni tú lo dijiste primero ni yo tampoco, y sin embargo cuando tú lo dices y cuando yo lo digo hablamos como salvajes que han encontrado dos palabras y las veneran. Yo las veneraba, pero ahora estoy en completa soledad, sobre una roca tallada en mi propio cuerpo.

CALIBÁN: Me enseñaste a hablar, y mi único provecho es saber maldecir. Que la peste te lleve por enseñarme tu lengua.

El amor exige expresión. No puede estarse quieto, en silencio, ser bueno, modesto, ser visto y no oído, no. Rompe en alabanzas, la nota aguda que quiebra el cristal y derrama el líquido. El amor no es un protector de animales. Es un montero de caza mayor y tú eres la pieza que debe cobrar. Maldito sea el juego. ¿Cómo se puede seguir jugando cuando las reglas cambian constantemente? Me llamaré Alicia y jugaré al cróquet con los flamencos. En el País de las Maravillas todo el mundo hace trampas y el amor es el País de las Maravillas, ¿no? El amor hace girar el mundo. El amor es ciego. Todo lo que necesitas es amor. Nadie se muere de amor. Se te pasará. Cuando estemos casados será diferente. Piensa en los niños. El tiempo todo lo cura. ¿Todavía esperando al príncipe azul? ¿O a la princesa? ¿Y quizá a todos los principitos?

El problema son los clichés. Una emoción concreta necesita una expresión concreta. Si lo que siento no es concreto, ¿debo llamarlo amor? Es tan terrible el amor que lo único que puedo hacer es meterlo debajo de un arcón de juguetes rosados y blanditos y mandarme una postal diciendo «Enhorabuena por tu compromiso». Pero no hay compromiso, sino honda distracción. Miro desesperadamente al otro lado para que el amor no me vea. Quiero la versión descafeinada, el lenguaje sentimental, los gestos insignificantes. El hundido sillón de clichés. No pasa nada, miles de culos se han sentado en él antes que yo. Los muelles han cedido, la tela huele y resulta familiar. No debo tener miedo, mira, mi abuela y mi abuelo se sentaron también, él con cuello duro y la corbata del club, ella vestida de muselina blanca un poco tirante por la vida que ocultaba. Ellos se sentaron, y mis padres, y ahora lo haré yo, ¿verdad?, brazos extendidos, no para sostenerte, solo para guardar el equilibrio, acercándome con paso sonámbulo a ese sillón. Qué felices seremos. Qué felices serán todos. Y todos vivieron felices.

Era un domingo de agosto. Yo chapoteaba en las aguas poco profundas del río, donde los pececillos se atreven a asomar el lomo al sol. En ambas orillas el verde normal de la hierba había dejado paso a una pintura de salpicaduras psicodélica de virulentos pantaloncitos de ciclista en licra y camisas hawaianas made in Taiwan. Agrupados como gustan de agruparse las familias; papá con el periódico apoyado en la barriga, mamá encorvada sobre los termos. Chiquillos delgados como bastoncitos de caramelo de color rosa. Mamá te vio meterte en el agua y se esforzó en levantarse de la sillita de lona de rayas.

—Debería darte vergüenza. Hay familias delante.

Tú te reíste y saludaste con la mano, brillante el cuerpo bajo las claras aguas verdes, su forma amoldándose a tu forma, sosteniéndote, leales a ti. Te volviste de espaldas y tus pezones rozaron la superficie del río y el río te llenó el pelo de abalorios. Eres de color crema salvo por tu pelo, tu pelo rojo que te flanquea los costados.

—Voy a decirle a mi marido que venga. George, ven aquí. George, ven aquí.

—¿No te das cuenta de que estoy viendo la televisión? —soltó George sin volverse.

Tú te pusiste de pie y el agua resbaló por tu cuerpo en arroyuelos de plata. No lo pensé, me metí en el río y te besé. Tú me rodeaste la espalda ardiente con los brazos.

—Aquí no hay nadie más que tú y yo —dijiste.

Miré y las orillas estaban desiertas.

Tuviste mucho cuidado de no decir esas palabras que pronto se convirtieron en nuestro altar privado. Yo las había dicho muchas veces antes, dejándolas caer como monedas en un pozo de los deseos, esperando que se cumplieran. Las había dicho muchas veces antes, pero no a ti. Las había regalado como nomeolvides a chicas que deberían haber sido más espabiladas. Las había usado como balas y trueques. No me gusta considerarme una persona falsa, pero si digo que te amo y no es cierto, ¿qué otra cosa soy? ¿Te cuidar

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