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ESCRITOS SOBRE ESCRITOS, CIUDADES BAJO CIUDADES

Juan José Sebreli  

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Fragmento

PRÓLOGO

He reunido en este libro ensayos de los más diversos temas escritos durante cuarenta y siete años, lapso lo suficientemente largo como para que el mundo, el país y el autor hayan ido cambiando. De estos ensayos misceláneos, muchos son inéditos, otros han sido publicados en viejas revistas y periódicos, hoy inhallables, o recopilados en El riesgo del pensar (1984). Algunos han adquirido con el paso del tiempo, e independientemente de su valor intrínseco, cierta importancia documental por el hecho de haber aparecido en las dos revistas literarias más importantes de su época: Sur y Contorno. Entre las contradicciones de mi vida literaria, se cuenta el haber sido uno de los pocos que colaboraron a la vez en ambas publicaciones, no obstante su recíproco antagonismo, y éste es un signo de mi anhelo por sintetizar aspectos distintos y aun opuestos del pensamiento y de la vida.

Vacilé bastante en hacer la selección, tironeado por la vanidad de creer que todo lo escrito por mí alguna vez merece ser publicado, y por la otra vanidad, más sutil, de pensar que nada de lo escrito hasta ahora está a mi altura. Opté finalmente por aceptar resignada y modestamente que no puedo pretender ser más de lo que hice, pero a la vez reservándome el derecho de elegir, en tanto me siento mejor reflejado en algunos de ellos que en otros. Deseché, por lo tanto, muchas páginas, adelantándome a la selección implacable que hará el tiempo, y las que quedaron al fin fueron revisadas, levemente retocadas, cambiadas ciertas palabras, suprimidos algunos pasajes, modificados otros y agregados algunos, y a veces ampliados considerablemente. He procurado, no obstante, no alterar la intención original de ninguno, de tal modo que sigan expresando el clima especial en que fueron creados. A los más antiguos, aquellos más alejados de mis puntos de vista actuales, les agregué una posdata explicando los motivos que tengo para recuperarlos de algún modo y pese a todo. Ésta es la explicación del título un tanto enigmático que elegí para esta selección, escritos sobre otros escritos, lecturas sobre otras lecturas como en un palimpsesto, pinturas sobre otras pinturas borradas como en un pentimento; se pueden rastrear en el texto, como en la excavación de una ciudad antigua, distintas capas superpuestas, ruinas de ciudades desaparecidas con rastros de vidas anteriores sobre las que se construyeron otras nuevas.

Los temas abarcan desde algunos filosóficos, políticos, sociológicos y estéticos hasta otros de la vida cotidiana, de asuntos muy poco académicos, y que pueden parecer superficiales, sólo si se los tratara superficialmente. La vida está hecha al fin de momentos intrascendentes, y éstos tienen también su significación. Confieso que la miscelánea constituye tal vez el tipo de libros que más me agrada porque en ellos logro en cierto modo satisfacer mi tendencia hacia lo enciclopédico, hacia la totalidad.

La mirada retrospectiva hace resaltar lo contingente de algunos temas, productos del entusiasmo del momento y a veces de circunstancias especiales, al lado de otros que son constantes de mi labor literaria y obsesiones de mi vida personal. También resulta extraña la ausencia de asuntos más decisivos para mí que otros de los que me ocupo. Pero los temas sobre los que se escribe, como los amores y las amistades, no son siempre los que uno más quisiera, sino los que el azar y las vicisitudes de nuestra vida nos han deparado, y a veces, como reflexionaba Swann, se pierde el tiempo con alguien que ni siquiera pertenece a nuestro tipo.

Como decía Oscar Masotta, en el escritor “no es una voluntad arbitraria que se da a sí mismo el orden de sus temas de reflexión, sino una espontaneidad subyugada que piensa libremente los temas cuyo orden en cambio le impone la historia”.

La idea de recopilación de ensayos no es por cierto novedosa, tiene una larga y prestigiosa tradición —Variétés de Paul Valéry, Pretextos de Gide, El espectador de Ortega y Gasset, La imaginación liberal de Trilling, Situaciones de Sartre, Signos de Merleau-Ponty, Prismas de Adorno, Iluminaciones de Walter Benjamin y los argentinos Discusión de Borges y Testimonios de Victoria Ocampo— por lo que puede decirse que se trata casi de un género literario, o por lo menos de un subgénero dentro del ensayo, con derecho a existencia propia. La peculiaridad de este supuesto género estará dada porque al reunir en un solo volumen escritos de tan distintas épocas y circunstancias, resaltan los cambios experimentados por el autor, así como también sus constantes, las contradicciones como las repeticiones, las rectificaciones y las ratificaciones, la discontinuidad y la continuidad. Si cada, una de las partes es, por su origen, autónoma y revela su independencia casi anárquica frente a las otras, a la vez la reunión de todas esas partes crea un todo que es algo nuevo y distinto de las partes. En la diversidad, heterogeneidad e inconexión, podrá descubrirse, al fin, la identidad del autor, lo que permanece a través de los cambios, de los años, de la vida pasada, constituyendo casi una autobiografía intelectual. Por eso la relectura de estas páginas olvidadas me produjo el sentimiento ambiguo de identificación y extrañamiento a la vez: no puedo renegar de lo que escribí; aunque tampoco puedo asumirlo en su totalidad, a medias solidario y a medias desligado, puesto que ya no soy lo que fui pero a la vez lo que soy surge de lo que fui ayer. Por esto, aunque me es difícil deslindar el recuerdo del pasado que he sido, de los proyectos de lo que aspiro a ser, frente a algunas páginas muy antiguas, debo reconocer que ahora soy un poco más lúcido, aunque sólo sea por tener la ventaja de conocer el porvenir, los resultados imprevisibles de aquellas ideas o actitudes de ayer. Me falta hoy, como decía Proust, “la feliz ignorancia de la esperanza que impulsaba entonces hacia un tiempo convertido hoy en el pasado”, aunque en el presente me encamine nuevamente hacia otro porvenir tan incierto como aquél.

Nunca he temido cuestionarme a mí mismo, desdecirme, autocriticarme, romper con el pasado para emprender nuevos rumbos. Muchas de mis ideas y aun teorías se me revelaron con el paso del tiempo tan sólo como errores necesarios, hitos, etapas que debí vivir y superar en el camino de mis búsquedas, como figuras de la fenomenología hegeliana o años de aprendizaje de la novela romántica. Confío en que las contradicciones de las distintas partes se resuelvan en la coherencia de todo el recorrido. Si los últimos ensayos son los que en cierto modo realizan la síntesis, el lector podrá tal vez preguntarse si tiene alguna importancia detenerse en lo que no fueron sino gérmenes, esbozos. ¿No vale la pena empezar por el final? No, pienso como Hegel que la verdad no es sólo el resultado sino el camino y no puede salteárselo. El lector, por su parte, está recorriendo su propio trayecto y en él puede tal vez serle más enriquecedora una etapa ya superada por mí. Páginas escritas para otros pueden tener distintas resonancias en la conciencia de nuevos lectores a quienes no les estaban destinadas. Además, el resultado mismo es apenas provisorio, otra tentativa más, y el punto de llegada tan sólo un nuevo punto de partida.

Pronto va a hacer medio siglo que comencé mi vida como escritor. Mirando retrospectivamente ese largo camino recorrido me siento dividido por sentimientos ambivalentes. Mis libros son muy leídos, han logrado éxitos inusuales dada la índole de los temas, y recibo permanentes muestras de admiración y afecto por parte de innumerables lectores desconocidos. Pero, al mismo tiempo, y en flagrante contradicción soy blanco del ataque, a veces del más sutil silencio por parte de colegas, de críticos profesionales, o del desdén de funcionarios de las entidades de cultura.

La prueba del éxito de mis libros está dada también por la indignación que provocan; guardo abundantes recortes periodísticos con diatribas, insultos. No he rehuido y aun he buscado la polémica, y las críticas inteligentes, basadas en una lectura seria, me han servido de estímulo para superarme, para corregir errores, reforzar o sutilizar mis posiciones. Pero más frecuentemente la crítica literaria es sustituida por el trivial gacetillero que hojea distraídamente en busca de una frase a partir de la cual impugnar no sólo la obra en su totalidad sino también al autor. He descubierto con el correr de los años que el rechazo suele ser la otra cara del reconocimiento, y he aprendido a enorgullecerme también de mis adversarios.

Las excepciones a la regla son raras al punto que no las olvido, tal el comentario de Bernardo Verbitsky a mi primer libro, donde el crítico se arriesgaba ante un escritor, entonces desconocido y con un destino incierto, afirmando que “escribe con la seriedad del que piensa claro” y me ubicaba en la buena tradición del “Ingenieros mejor”. Ya en otra etapa de mi vida intelectual, rescato el estudio de Patricio Loizaga en el Diccionario de pensadores contemporáneos.

Por otra parte cierta opinión que pasa por anticonformista y contracultural me acusa de ser un ex rebelde, ahora neutralizado, institucionalizado, asimilado al sistema; a ésta le respondo que si bajo las dictaduras soporté la censura y el exilio interior, con la democracia —cualquiera haya sido el signo político gobernante— no he tenido ningún trato privilegiado, ni cargo público ni distinción ni honores oficiales, ni canonjías ni sinecuras, ni prebendas ni frecuentes viajes pagos por Cancillería tan comunes en los escritores, ni soy invitado permanente a Congresos internacionales ni a Encuentros ni a Simposios. También aquí las excepciones son tan pocas que se pueden recordar, la presentación de El asedio a la modernidad, en Madrid, se debió exclusivamente a la iniciativa personal de alguien, no casualmente ajeno a la corporación académica, Antonio Carrizo, entonces agregado cultural de la embajada argentina en España.

Tampoco hice una carrera académica, no tengo cátedras en la universidad estatal, en la que ni siquiera he sido convocado nunca a dar una conferencia, aunque mis libros figuran en la bibliografía de varias materias. Esta marginación se debe también en parte a mi alejamiento de los paradigmas del mundo cultural y universitario dominados por el estructuralismo y el posestructuralismo.

En contraste, y durante los años de la dictadura militar, formé grupos de estudio por los que desfilaron cientos de jóvenes estudiantes desilusionados de la enseñanza oficial, integrando el extenso movimiento —consecuencia de la censura y la persecución ideológica— que se llamó “universidad de las sombras”. Mi ausencia de prejuicios académicos me permitió, por otra parte, dar cursos para los públicos más insólitos e intervenir en los medios masivos, aprovechando las escasas oportunidades que nos brindan considerando que, cuando se tiene una concepción democrática de la escritura como comunicación, se debe tratar de llegar a audiencias más amplias sin rebajar ni deformar el mensaje. Esta actitud, por supuesto, fue impugnada por otros intelectuales que no titubean, en cambio, en participar en los organismos del establishment, en tanto éstos sean de elite.

No estoy subsidiado tampoco por el Conicet, no soy fellow de ninguna institución universitaria extranjera, nunca recibí apoyo económico de ninguna Fundación nacional o extranjera. No tengo premios nacionales ni municipales, ni del Fondo Nacional de las Artes. Tampoco soy miembro de ninguna de las numerosas sectas académicas extraoficiales, encargadas del reparto de becas internacionales. Por eso a diferencia de las presentaciones habituales en los libros, en los míos no debo dejar constancia del agradecimiento —más bien todo lo contrario— por la ayuda financiera de ningún tipo de organización.

No se trata, sin embargo, de un caso particular, que a nadie interesaría fuera de mí mismo, ni de

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