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ESCUADRóN

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Prólogo

Solo los necios subían a la superficie. Mi madre siempre decía que era una estupidez ponerte en peligro de ese modo. No solo estaban las casi constantes lluvias de escombros que caían desde el cinturón de cascotes, sino que además nunca se sabía cuándo iban a atacar los krells.

Por supuesto, mi padre ascendía a la superficie casi a diario. Como piloto, era su obligación. Supongo que, según la definición de mi madre, eso lo volvía pero que muy estúpido, pero yo siempre lo había considerado pero que muy valiente.

Aun así, me sorprendió que un día, después de escuchar mis interminables ruegos durante años, por fin me permitiera acompañarlo allá arriba.

Yo tenía siete años, aunque para mis adentros ya era adulta del todo y una persona perfectamente capaz. Corrí detrás de mi padre, cargada con una linterna para iluminar la caverna atestada de escombros. Muchas rocas del túnel estaban partidas o agrietadas, con toda probabilidad por culpa de los bombardeos krell, que yo había experimentado más abajo como platos que temblaban o intermitencias en la iluminación.

Me imaginé que aquellas rocas quebradas eran los cuerpos destrozados de mis enemigos, sus huesos desmenuzados, sus brazos temblorosos extendidos hacia arriba en un vano gesto de absoluta y completa derrota.

Yo era una niña muy rara.

Alcancé a mi padre y él miró atrás y sonrió. Tenía la mejor sonrisa del mundo, confiada, como si nunca se preocupara de lo que la gente opinaba de él. Como si nunca le importase el ser raro o no encajar.

Pero claro, ¿por qué tenía que preocuparse? Mi padre caía bien a todo el mundo. Incluso a la gente que odiaba el helado y jugar a las espadas, incluso al llorón del pequeño Rodge McCaffrey, les caía bien mi padre.

Me cogió del brazo y señaló hacia arriba.

—Lo que viene ahora es un poco difícil. Deja que te levante.

—Puedo hacerlo —dije yo, y me quité su mano del brazo.

Ya era mayor. Me había preparado la mochila yo solita, y hasta había dejado en casa a Sanguinario, mi osito de peluche. Los ositos de peluche eran para los niños pequeños, aunque les hubieras fabricado tú misma un exoesqueleto de batalla a partir de cordeles y trozos de cerámica.

Pero, por supuesto, en la mochila sí que había metido mi caza estelar de juguete. No estaba loca. ¿Y si terminábamos metidos en un ataque de los krells, sus bombardeos nos impedían la retirada y teníamos que pasar el resto de nuestras vidas como supervivientes en tierra baldía, privados de la sociedad y la civilización?

Toda chica necesitaba llevar consigo su caza estelar de juguete, por si acaso.

Le pasé la mochila a mi padre y miré la grieta en las piedras del techo. Había... algo raro en aquel agujero. Una luz antinatural se colaba por él, distinta por completo al suave brillo de nuestras linternas.

«La superficie... ¡el cielo!» Sonreí y empecé a trepar por una pendiente pronunciada que era mitad cascotes y mitad formación rocosa. Me resbalaron las manos y me hice un rasguño contra un borde afilado, pero no lloré. Las hijas de los pilotos nunca lloraban.

La grieta en el techo de la caverna parecía estar a cien metros de distancia. No me gustaba nada ser tan pequeña. Cualquier día de aquellos, daría el estirón y sería tan alta como mi padre. Y entonces, por una vez, no sería la niña más bajita de todos. Me reiría de los demás desde tan alto que no tendrían más remedio que reconocer lo grandiosa que era.

Di un leve gruñido al remontar una roca. El siguiente asidero estaba demasiado lejos. Lo miré. Entonces, decidida, salté. Como buena chica de los Desafiantes, tenía el corazón de un dragón estelar.

Pero también tenía el cuerpo de una niña de siete años. Así que me quedé corta por más de medio metro.

Una mano fuerte me agarró antes de que cayera desde demasiada altura. Mi padre soltó una risita y me sostuvo por la espalda del mono, que yo había pintado con marcas para que se pareciera a su traje de piloto. Hasta le había dibujado una insignia en la parte izquierda, sobre el corazón, como la que él llevaba. La insignia que lo distinguía como piloto. Tenía la forma de un pequeño caza estelar con unas líneas debajo.

Mi padre me izó a la roca, a su lado, y luego extendió la mano libre y activó su línea de luz. El aparato parecía un brazalete metálico, pero, cuando lo encendía dándose un golpecito con dos dedos contra la palma de la mano, brillaba como si estuviese hecho de luz fundida. Tocó una piedra que tenía encima y, al retirar la mano, fue dejando una gruesa línea de luz pegada a la roca, como si fuese una cuerda resplandeciente. Me envolvió a mí con el otro extremo por debajo de las axilas y liberó la cuerda de su brazalete. El brillo desapareció en su muñeca, pero la cuerda luminiscente siguió en su sitio, atándome a las rocas.

Siempre había creído que las líneas de luz arderían al tacto, pero estaba solo templada. Era como un abrazo.

—Muy bien, Peonza —dijo, llamándome por mi apodo—. Prueba otra vez.

—No me hace falta la línea —protesté yo, tirando de la cuerda de seguridad.

—Dale un capricho a un padre asustado.

—¿Asustado? A ti no te asusta nada. ¡Pero si luchas contra los krells!

Él se echó a reír.

—Preferiría enfrentarme a cien naves krells que a tu madre si te devuelvo a casa con un brazo roto, pequeña.

—No soy pequeña. Y si me rompo el brazo, puedes dejarme aquí hasta que me cure. Pelearé contra las bestias de las cavernas, me volveré salvaje, me vestiré con sus pieles y...

—Que subas —me interrumpió él sin dejar de sonreír—. Ya pelearás contra las bestias de las cavernas otro día, aunque me parece que las que te encontrarías tienen colas largas y los dientes salidos.

Tuve que reconocer que la línea de luz era útil. Podía tirar de ella para apoyarme. Llegamos a la grieta y mi padre me empujó a mí primero. Me agarré al borde, salí de las cavernas y pisé la superficie por primera vez en mi vida.

Qué espacio tan abierto.

Me quedé boquiabierta allí de pie, mirando arriba hacia... hacia la nada. Solo... solo había... arribidad. Sin techo. Sin paredes. Siempre me había imaginado la superficie como una caverna enorme, enorme de verdad. Pero aquello era mucho más y también mucho menos, todo al mismo tiempo.

«Uau.»

Mi padre se izó detrás de mí y se sacudió el polvo de su traje de piloto. Lo miré un momento y luego volví a subir la cabeza hacia el cielo. Sonreí de oreja a oreja.

—¿No te da miedo? —preguntó.

Lo miré furiosa.

—Perdona —dijo, con una risita—. Me he equivocado de palabra. Es que mucha gente se siente intimidada por el cielo, Spensa.

—Es bonito —susurré yo, con la mirada fija en aquella inmensa nada, en aquel aire que se extendía hacia arriba hacia un gris infinito que se disipaba en negro.

La superficie era más brillante de lo que había imaginado. Nuestro planeta, Detritus, estaba protegido por distintas y gigantescas capas de antiquísimos escombros espaciales. Eran capas de desperdicios que flotaban altísimas, fuera del aire, en el espacio. Estaciones orbitales destruidas, masivos escudos metálicos, cachos de metal viejo grandes como montañas... acumulados en muchas capas, un poco como cascarones partidos que rodeaban el planeta.

Nosotros no habíamos construido nada de todo aquello. Nos habíamos estrellado en el planeta cuando mi abuela era una niña, y para entonces esas capas de desperdicios ya eran antiguas. Sin embargo, algunas cosas funcionaban. Por ejemplo, en la capa inferior, la más cercana al planeta, había unos enormes rectángulos refulgentes. Había oído hablar de ellos. Eran las cieluces, unas enormes lámparas flotantes que proporcionaban iluminación y calor al planeta.

Se suponía que también había muchísimos trozos más pequeños de basura allí arriba, sobre todo en la capa inferior. Entrecerré los ojos, tratando de ver si podía distinguir alguno, pero el espacio quedaba demasiado lejos. Aparte de las dos cieluces más cercanas, ninguna de las cuales teníamos directamente encima, lo único que alcanzaba a entrever eran unas formas difusas en el gris del cielo. Trozos más claros y trozos más oscuros.

—¿Los krells viven ahí arriba? —pregunté—. ¿Al otro lado del campo de escombros?

—Sí —dijo mi padre—. Descienden por los huecos de las capas para atacar.

—¿Y cómo nos encuentran? —pregunté—. Ahí arriba hay un montón de espacio.

De repente, el mundo me pareció un lugar mucho más grande que el que había visualizado abajo, en las cavernas.

—De algún modo, pueden sentirlo cuando hay una acumulación de personas —dijo mi padre—. Siempre que la población de una caverna crece demasiado, los krells atacan y la bombardean.

Hacía décadas, nuestro pueblo había formado parte de una flota de naves espaciales. Los krells nos habían perseguido hasta el planeta, nos habíamos estrellado en él y habíamos tenido que dividirnos para sobrevivir. Habíamos pasado a formar clanes, cada uno de los cuales podía trazar su linaje hasta la tripulación de una de aquellas naves estelares.

La yaya me había contado esas historias muchas veces. Llevábamos setenta años viviendo allí, en Detritus, recorriendo las cavernas como clanes nómadas, asustados de congregarnos. Hasta hacía poco. Habíamos empezado a construir cazas estelares y también una base oculta en la superficie. Habíamos empezado a contraatacar.

—¿Dónde está la base Alta? —pregunté—. Has dicho que saldríamos cerca de ella. ¿Es eso? —Señalé hacia unas rocas de aspecto sospechoso—. Está ahí mismo, ¿verdad? Quiero ir a ver los cazas estelares.

Mi padre se agachó, me giró unos noventa grados y señaló.

—Es ahí.

—¿Dónde? —Busqué por toda la superficie, que venía a ser una extensión continua de polvo y piedras de color gris azulado, salpicada por los cráteres de escombros caídos del cinturón de cascotes—. No la veo.

—Esa es la idea, Spensa. Tenemos que seguir escondidos.

—Pero lucháis, ¿verdad? En algún momento, ¿no descubrirán de dónde salen los cazas? ¿Por qué no trasladáis la base?

—Tiene que estar aquí, encima de Ígnea. Es esa caverna tan grande que te enseñé la semana pasada.

—¿La que tiene todas aquellas máquinas?

Él asintió.

—Dentro de Ígnea encontramos fábricas, que es lo que nos permitió construir cazas estelares. Tenemos que vivir cerca para proteger la maquinaria, pero salimos volando en misiones allá donde los krells desciendan, allá donde decidan bombardear.

—¿Protegéis a otros clanes?

—Para mí, solo hay un clan que cuente: la humanidad. Antes de estrellarnos aquí, todos formábamos parte de la misma flota... y algún día, todos los clanes nómadas terminarán por recordarlo. Vendrán cuando los llamemos. Nos reuniremos todos y formaremos de nuevo una ciudad y una civilización.

—¿Y los krells no la bombardearán? —pregunté, pero lo interrumpí antes de que pudiera responder—. No. No si somos lo bastante fuertes. No si resistimos y contraatacamos.

Mi padre sonrió.

—Voy a tener mi propia nave —dije—. Voy a volar en ella igual que tú. Y entonces, nadie del clan podrá hacerme burla, porque seré más fuerte que ellos.

Mi padre me miró un momento antes de hablar.

—¿Por eso quieres hacerte piloto?

—No pueden llamarte canija si eres piloto —respondí—. Nadie pensará que soy rara, y no me regañarán por pelearme porque mi trabajo será pelearme. Nadie me insultará y todo el mundo me querrá.

«Igual que te quieren a ti», pensé.

Por algún motivo absurdo, mis palabras hicieron que mi padre me abrazara, aunque lo único que hacía era decir la verdad. Pero le devolví el abrazo, porque a los padres les gustan esas cosas. Además, era agradable tener a alguien a quien estar agarrada. Quizá no debería haberme dejado a Sanguinario en casa.

A mi padre se le trabó la respiración y pensé que quizá estuviese llorando, pero no era eso.

—¡Peonza! —exclamó, señalando hacia el cielo—. ¡Mira!

De nuevo, me dejó sin habla la amplitud del espacio. ¡Qué grande era!

Pero mi padre señalaba hacia algo concreto. Apurando la mirada, me di cuenta de que una parte del cielo entre gris y negro era más oscura que el resto. ¿Sería un hueco en las capas de escombros?

En ese momento, miré la infinitud. Me descubrí temblando como si hubieran caído cerca mil millones de meteoritos. Alcancé a ver el mismísimo espacio, con unos puntitos minúsculos de blanco, distintos de las cieluces. Esos puntitos centelleaban y parecían estar muy, muy lejos.

—¿Qué son esas luces? —pregunté.

—Estrellas —dijo él—. Yo vuelo cerca de los escombros, pero casi nunca he podido ver a través de ellos. Hay demasiadas capas. Siempre me he preguntado si podría salir a las estrellas.

Había sobrecogimiento en su voz, un tono que nunca antes le había oído.

—¿Es por eso... que vuelas? —pregunté.

A mi padre no parecían importarle las alabanzas que le dedicaban los demás miembros del clan. Era raro, pero hasta daba la impresión de que lo avergonzaban.

—Antes vivíamos ahí fuera, entre las estrellas —dijo en voz baja—. Ese es nuestro hogar, y no estas cavernas. Esos niños que te hacen burla están atrapados en esta roca. Sus cabezas son cabezas de roca, sus corazones están tallados en roca. Sé distinta. Tú tienes que aspirar a algo más elevado. A algo más grandioso.

Los escombros se movieron y el hueco fue reduciéndose hasta que solo pude ver una estrella, más brillante que las demás.

—Reclama las estrellas, Spensa —me dijo.

De verdad que un día iba a hacerme piloto. Volaría hasta allí arriba y lucharía. Solo esperaba que mi padre dejara algunos krells para mí.

Entorné los ojos al distinguir un fogonazo en el cielo. Un lejano cascote, que ardió brillante al entrar en la atmósfera. Luego cayó otro, y otro. Empezaron a caer por decenas.

Mi padre frunció el ceño y sacó su radio, un dispositivo de tecnología superavanzada que solo se entregaba a los pilotos. Se acercó el aparato rectangular a la boca.

—Aquí Perseguidor —dijo—. Estoy en la superficie. Veo una lluvia de escombros cerca de Alta.

—Ya la hemos detectado, Perseguidor —respondió una voz de mujer por radio—. Están llegando los informes de radar ahora mismo, y... ¡tirda! Tenemos krells.

—¿Hacia qué caverna se dirigen? —preguntó mi padre.

—Su dirección es... Perseguidor, vienen hacia aquí. Vuelan derechos hacia Ígnea. Que las estrellas nos amparen. ¡Han localizado la base!

Mi padre bajó el dispositivo.

—Avistada una gran incursión krell —dijo la voz de la mujer por la radio—. Es

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