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ESPACIO PARA SOñAR

David Lynch   Kristine McKenna  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Cuando hace unos años decidimos escribir juntos Espacio para soñar, nos marcamos dos objetivos. El primero era que se acercara lo más posible a la biografía definitiva; es decir, que todos los hechos, las cifras y las fechas sean correctos, y que todos los que guardan relación con ella consten y sean tomados en cuenta. En segundo lugar, queríamos que la voz del sujeto de la biografía tuviera un papel destacado en la narración.

Para ello concebimos un método de trabajo que puede parecer extraño, pero que aporta un ritmo que confiamos en que el lector aprecie. Uno de los dos (Kristine) escribiría primero un capítulo utilizando las herramientas habituales de una biografía, como son la labor de documentación y las entrevistas a más de cien personas: familiares, amigos, exesposas, colaboradores, actores y productores. A continuación el otro (David) revisaría ese capítulo, enmendando errores o inexactitudes, y, utilizando los recuerdos de los demás para desenterrar los suyos, redactaría su propio capítulo. En pocas palabras, lo que el lector se dispone a leer es una conversación entre una persona y su propia biografía.

No establecimos unas reglas básicas ni declaramos límites cuando nos embarcamos en este proyecto. Las numerosas personas que se prestaron a ser entrevistadas fueron libres de dar su versión de los hechos. El libro no pretende ser una exégesis sobre las películas y las obras de arte que forman parte de la historia, de las que hay bibliografía de sobra. Se trata de una crónica de los hechos sucedidos, no una explicación de lo que significan tales hechos.

Al llegar al final de nuestra colaboración los dos teníamos la impresión de que el libro se quedaba corto y de que apenas rascaba la superficie de la historia que contaba. La conciencia humana es demasiado vasta para confinarla entre las cubiertas de un libro, y cada experiencia tiene demasiados elementos a tener en cuenta. En resumen, aspirábamos a que esta biografía fuera la definitiva, pero sigue siendo un mero esbozo.

DAVID LYNCH Y KRISTINE MCKENNA

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Lynch y su maestra de segundo, la señora Crabtree, en Durham, Carolina del Norte, c. 1954. «Fue la única vez que saqué todo sobresalientes.» Fotografía de Sunny Lynch.

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Lynch con su hermano pequeño, John Lynch, en Spokane, Washington, c. 1953. «Fuimos en ese coche cruzando el país cuando nos fuimos a vivir a Durham. Mi padre hizo ese viaje con el brazo en cabestrillo porque había estado arreglando un carro oxidado para mi hermana y se cortó el tendón de la mano.» Fotografía de Donald Lynch.

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Edwina y Donald Lynch, c. 1944. «Mi padre era el jefe de la sala de máquinas de un destructor del Pacifico. A él y a un grupo de colegas les encargaron fabricar cortinas de humo y mi padre preparó una especie de mejunje de su invención, y todos declararon que, sin lugar a dudas, el mejor humo era el suyo.» Fotografía de Arthur Sundholm.

La madre de David Lynch era de ciudad y su padre, de campo. Este es un buen punto de partida, pues nos hallamos ante una historia de dualidades. «Todo se encuentra en un estado tan tierno, toda esa carne, y es un mundo imperfecto», ha observado Lynch, y es fundamental para comprender todo lo que ha hecho.[1] Vivimos en un universo de opuestos, un lugar donde coexisten en una tregua precaria el bien y el mal, el espíritu y la materia, la fe y la razón, el amor inocente y la lujuria carnal; la obra de Lynch habita en el complejo terreno donde lo bello y lo maldito colisionan.

La madre de Lynch, Edwina Sundholm, era descendiente de inmigrantes finlandeses y se crio en Brooklyn. Creció en medio del humo y el hollín de las ciudades, el olor a aceite y a gasolina, el artificio y la aniquilación de la naturaleza; todo ello constituye una parte esencial de Lynch y de su visión del mundo. Su bisabuelo paterno se asentó en un terreno cedido por el gobierno en la región del trigo cercana a Colfax, Washington, donde en 1884 nació su hijo, Austin Lynch. Aserraderos y árboles altísimos, olor a hierba recién cortada, cielos nocturnos tachonados de estrellas que solo se ven lejos de las ciudades… todo eso también forma parte de Lynch.

El abuelo de David Lynch, Austin Lynch, fue granjero como su padre en la tierra recién adquirida; en un funeral conoció a Maude Sullivan, una joven de Saint Maries, Idaho, y al cabo de un tiempo se casó con ella. «Maude era culta y educó a nuestro padre para que tuviera mucha motivación», comentó la hermana de Lynch, Martha Levacy, refiriéndose a su abuela, que era maestra en una escuela de una sola aula en las tierras que su marido y ella tenían en propiedad cerca de Highwood, Montana.[2]

Austin y Maude Lynch tuvieron tres hijos: el padre de David Lynch, Donald, fue el segundo y nació el 4 de diciembre de 1915 en una casa sin agua corriente ni electricidad. «Vivía en un paraje desolado y le encantaban los árboles porque en la pradera no había ninguno —señaló el hermano de David, John—. Decidido a no ser granjero y vivir en la pradera, estudió ingeniería forestal.»[3]

Donald Lynch hacía un posgrado en entomología en la Universidad de Duke de Durham, Carolina del Norte, cuando, en 1939, conoció a Edwina, que estaba especializándose en alemán e inglés. Sus caminos se cruzaron durante una excursión por el bosque en la que a ella le llamaron la atención sus modales cuando él le sostuvo una rama baja para que pasara. Los dos sirvieron en la marina durante la Segunda Guerra Mundial, pero en cuanto esta terminó se casaron. La ceremonia se celebró el 16 de enero de 1945 en la capilla de la marina de Mare Island, California, a treinta y siete kilómetros al nordeste de San Francisco. Poco después Donald se puso a trabajar como investigador científico para el Departamento de agricultura de Missoula, Montana. Fue allí donde él y su mujer empezaron a formar una familia.

David Keith Lynch fue su primer hijo. Nació en Missoula el 20 de enero de 1946, y tenía dos meses cuando la familia se fue a vivir a Sandpoint, Idaho, adonde el departamento de agricultura había trasladado a su padre. Todavía vivían allí cuando en 1948 nació el hermano menor de David, John. Pero él también vino al mundo en Missoula, pues Edwina Lynch, a quien llamaban Sunny, regresó para dar a luz. Ese mismo año la familia se trasladó a Spokane, Washington, donde en 1949 nació Martha. Pasaron 1954 en Durham mientras Donald finalizaba sus estudios en Duke, luego regresaron un breve período a Spokane y en 1955 se establecieron en Boise, Idaho, donde vivieron hasta 1960. Allí fue donde David Lynch pasó los años más importantes de su niñez.

Nunca ha habido un período mejor para ser niño en Estados Unidos que el que siguió a la Segunda Guerra Mundial. La guerra de Corea terminó en 1953; el tranquilizador pero acartonado presidente Dwight Eisenhower permaneció en la Casa Blanca dos mandatos, de 1953 a 1961; el mundo normal todavía prosperaba y no parecía haber muchos motivos de preocupación. Pese a ser la capital del estado de Idaho, en aquella época Boise era una pequeña ciudad y los niños de clase media que crecieron en ella gozaron de un nivel de libertad que hoy día resulta inimaginable. Entonces no se solía invitar a los amigos a jugar a casa y los niños se limitaban a vagar por las calles del vecindario, inventándose sus cosas y sus planes; esa fue la clase de niñez que Lynch conoció.

«La niñez fue realmente mágica para nosotros, sobre todo en verano, y mis mejores recuerdos de David se remontan a los veranos —recordaba Mark Smith, que era uno de los amigos íntimos de Lynch en Boise—. Entre la puerta trasera de mi casa y la de David había menos de diez metros, y en cuanto nuestros padres nos daban de desayunar, salíamos corriendo por la puerta y nos pasábamos el día entero jugando. En el vecindario había muchos descampados, y cogíamos las palas de nuestros padres y cavábamos grandes fuertes subterráneos en los que nos tumbábamos. Estábamos en la edad de jugar a soldados.»[4]

Tanto el padre como la madre de Lynch tenían dos hermanos y, salvo uno, todos estaban casados y con hijos, de modo que era una gran familia de muchos tíos y primos, y de vez en cuando todos se reunían en la casa de los abuelos maternos de Lynch en Brooklyn. «La tía Lily y el tío Ed eran cariñosos y acogedores, y su casa de la calle Catorce era como un refugio; Lily tenía una gran mesa que ocupaba la mayor parte de la cocina y nos juntábamos todos allí —recordaba la prima de Lynch, Elena Zegarelli—. Cuando llegaban Edwina y Don con sus hijos era un gran acontecimiento, y Lily preparaba una gran comida y venían todos.»[5]

Los padres de Lynch eran personas excepcionales, a decir de todos. «Nuestros padres nos dejaban hacer cosas un tanto extravagantes que ahora nadie haría —comentó John Lynch—. Eran abiertos y no intentaban obligarnos a ir en una dirección u otra.» La primera mujer de David Lynch, Peggy Reavey, señaló: «Algo que David me dijo acerca de sus padres y que me pareció extraordinario era que, si uno de sus hijos tenía una idea sobre algo que quería hacer o estudiar, se lo tomaban totalmente en serio. Tenían un taller donde hacían toda clase de cosas e inmediatamente surgía la pregunta: ¿Cómo hacemos que esto funcione? Pasaba de ser algo que tenías en la cabeza a estar fuera en el mundo con una rapidez asombrosa, y eso era algo poderoso.

»Los padres de David animaban a sus hijos a ser ellos mismos —continuó Reavey—, pero el padre tenía unas normas de conducta muy definidas. No permitía que trataras mal a la gente, y si había algo que se te daba bien, se mostraba exigente. El criterio de David cuando se trata de hacer las cosas es impecable, y estoy segura de que su padre influyó en ello».[6]

El amigo de la infancia, Gordon Templeton, recordaba a la madre de Lynch como «una gran ama de casa. Confeccionaba ella misma la ropa de sus hijos y era una gran costurera».[7] Además, los padres de Lynch tenían gestos románticos —«Se cogían de la mano y se despedían con un beso», comentó Martha Levacy—, y al firmar la correspondencia, la madre a menudo dibujaba un sol al lado de su nombre, «Sunny», y un árbol al lado del de su marido, «Don». Eran presbiterianos devotos. «Constituía una parte importante de nuestra educación —señaló John Lynch— e íbamos a la escuela dominical. Entre nue

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