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ESPAñOLES EN EL HOLOCAUSTO (ED. ACTUALIZADA)

David W. Pike  

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Fragmento

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Una multitud entusiasta recibe al Führer. (COLECCIÓN DAVID W. PIKE.)

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Vista de Mauthausen sobre el Danubio en una postal de la época. (COLECCIÓN DAVID W. PIKE.

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El enviado extraordinario de Franco y ministro de Exteriores, Ramón Serrano Suñer, se entrevista con Hitler y con su ministro de Exteriores, Ribbentrop, Berlín, 25 de septiembre de 1940. (ARCHIVO PLAZA & JANÉS.)

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El ministro secretario del Movimiento, José Luis de Arrese (en el centro, quinto por la izquierda), junto con un nutrido grupo de falangistas, realiza una visita oficial a Berlín como huésped del partido nazi, enero de 1943. (COLECCIÓN DAVID W. PIKE.)

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El Lagerführer Ziereis, comandante del campo de Mauthausen, posa fuera de sus oficinas.
FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (NARA, NATIONAL ARCHIVES AND RECORDS ADMINISTRATION, MARYLAND, EE. UU.).

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De izquierda a derecha: Strobel, Ziereis y Streitwieser. FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (NARA).

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De arriba abajo y de izquierda a derecha: Bachmayer y Streitwieser, Zutter, Altfuldisch, Strauss. FOTOGRAFÍAS DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA).

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Siete Blockführer. FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA).

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La cantera. FOTOGRAFÍA DE FRIEDRICH KORNACZ O DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA).

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Paul Ricken. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (NARA).

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Juan Termens. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (COLECCIÓN DE MIGUEL CHOZAS).

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Hans Bonarewitz va camino de la horca sobre una carreta precedido por la banda de música del campo. El director de la orquesta, Georg Streitwolf, tira con su brazo derecho de la carreta.

FOTOGRAFÍA DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE RAMÓN MILÁ).

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Tarjetas postales recibidas en Mauthausen por Ramón Milá. (CORTESÍA DE RAMÓN MILÁ.)

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Visita a Mauthausen de Himmler, Reichsführer de la SS, abril de 1941. FOTOGRAFÍAS DE FRIEDRICH KORNACZ O DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCÍA Y DE RAMÓN MILÁ).

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Visita de Himmler a Mauthausen en abril de 1941. En la foto superior, de izquierda a derecha: Eigruber, Ziereis y Himmler. En la foto inferior Himmler asciende por la escalera de 186 escalones de la cantera, lugar donde murieron muchos prisioneros. FOTOGRAFÍA DE FRIEDRICH KORNACZ O DE PAUL RICKEN (CORTESÍA DE ANTONIO GARCíA Y DE RAMÓN MILÁ).

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Salvoconducto (Fremdenpass) expedido a los jóvenes del comando Poschacher en octubre de 1944, en este caso a Ramón Milá. (CORTESÍA DE RAMÓN MILÁ.)

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Liberación de Mauthausen el 6 de mayo de 1945. El primer blindado estadounidense entra en Mauthausen bajo la pancarta de bienvenida de los españoles. FOTO SUPERIOR: FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE PREMYSL DOBIAS). FOTO INFERIOR: FOTOGRAFÍA DE HENRI BOUSSEL (NARA).

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Mauthausen, 6 de mayo de 1945. De izquierda a derecha: Juan Gil, prisionero no identificado, soldado norteamericano no identificado, doctor Pedro Freixa, Salvador Ginesta. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE JEAN-MARIE GINESTA).

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La liberación de Ebensee, 6 de mayo de 1945. FOTOGRAFÍA DE UN SOLDADO NORTEAMERICANO DESCONOCIDO (COLECCIÓN DAVID W. PIKE).

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Los jóvenes del comando Poschacher (Poschacherjugend) el 13 de mayo de 1945. Arrodillado en el extremo izquierdo se encuentra Francesc Boix. De pie, detrás de Boix, Lázaro Nates. En el centro, con una gorra: Ramón Milá. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE RAMÓN-MILÁ).

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Posando ante el Danubio tras la liberación. En el extremo izquierdo, Ramón Milá, y en el derecho, Jesús Grau. (CORTESÍA DE RAMÓN-MILÁ).

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Baldomero Chozas posando en la Academia Militar de la República en 1938. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE MIGUEL CHOZAS).

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Reunión de la FEDIP en París. De izquierda a derecha y de arriba abajo: Juan Gil, Casimir Climent y José Ester Borrás (presidente). FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE CLAIRE GIL-GRIFÉ).

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Grupo de supervivientes españoles ante el monumento a los republicanos españoles muertos en Mauthausen. En el centro, de pie, Antonio García. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE CLAUDE GARCÍA).

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Cena celebrada en París por la FEDIP. De izquierda a derecha: Claire Gil-Grifé, Juan Puig Elías, Manuela Ruiz de Riquelme, Juan Gil Balana, Ramiro Santisteban Castillo, Pilar Bailina, Emile Valley (presidente de la Amicale de Mauthausen), Josep Bailina Sibele, Montserrat Climent, Casimir Climent Sarrión. FOTÓGRAFO DESCONOCIDO (CORTESÍA DE CLAIRE GIL-GRIFÉ).

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Juan de Diego, Julian Gorkin y el autor, París 1984. FOTOGRAFÍA DEL ENCARGADO DE PRENSA DE SEDES (COLECCIÓN DAVID W. PIKE).

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Leopoldine Drexler mostrando a Leander Hens y al autor el lugar en el muro lindante con su casa donde su madre, Anna Pointner, escondió las fotografías salvadas por los españoles. Mauthausen, mayo de 1995. FOTOGRAFÍA DE EDWARD BERGH (COLECCIÓN DAVID W. PIKE).

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Mauthausen, mayo de 2000. Supervivientes españoles marchan por la Appellplatz. FOTOGRAFÍA DE DAVID W. PIKE.

A Ángela Córdoba Osuna,

que me enseñó su idioma, algo de su fe,

y mucho de su compasión por los que sufren

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Prólogo a la primera edición

La historia de Mauthausen cubre poco más de siete años, desde el Anschluss [anexión de Austria por Alemania] en 1938 hasta la última semana de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Durante este tiempo, por Mauthausen pasaron varios cientos de miles de prisioneros, de los cuales murieron 200.000. Aunque Mauthausen es un pueblo del Danubio, además de la fortaleza de granito de la colina colindante, este nombre sirvió para referirse no solo al campo principal sino también a los campos subsidiarios, grandes y pequeños, dispersos por toda Austria excepto el Tirol, que eran administrados por el Lagerführer del Hauptlager. Técnicamente, Mauthausen no era un campo de exterminio (Vernichtungslager) ni tampoco estaba destinado a los judíos, pero exterminó sistemáticamente y hubo judíos entre sus víctimas. También hubo decenas de miles de prisioneros de guerra que, según la Convención de Ginebra, tenían derecho a ser internados en un Stalag o un Oflag. En su mayoría eran soviéticos, pero los pocos militares holandeses, estadounidenses y británicos (numéricamente en este orden) internados allí estuvieron entre los que recibieron peor trato. Olvidemos el mito de que la mentalidad de las SS estuviera dominada por la idea de la raza. Era el gusto por el poder, la arrogancia suprema y el frenesí por humillar lo que impulsaba los actos de los SS, como se demostró con diáfana claridad en el trato que dieron a los arios neerlandeses, que eran más arios que ellos. Pero si bien los dos mayores contingentes de prisioneros de guerra fueron el soviético y el polaco, el tercero en número correspondió a los españoles, que terminaron en Mauthausen por dos razones: la primera, porque ningún gobierno (ni el de Franco, ni el de Pétain ni el de Hitler) se preocupó de si estaban vivos o muertos; la segunda, porque el campo al que fueron enviados había sido concebido como el peor de la Alemania nazi.

Mauthausen acogió además, en un momento u otro, a unos 15.000 SS que, en una proporción sorprendentemente alta, eran austríacos. No debe olvidarse que, en proporción a la población, el número de austríacos miembros del partido nazi y voluntarios de las SS era mayor que el de alemanes, desde Kaltenbrunner y Eichmann para abajo. No eran solo los habitantes de Mauthausen los que estaban al corriente del «secreto», sino todas las comunidades que vivían cerca de los campos subsidiarios, desde Linz a Wiener Neustadt y hasta la frontera yugoslava.

El archipiélago de Mauthausen merece un trabajo que ocuparía numerosos volúmenes, pero también se presta al estudio de un grupo nacional a modo de microcosmos de la experiencia común. A este respecto, la comunidad española resulta ideal. Solamente tres grupos nacionales llegaron a Mauthausen antes que ella (austríacos, checos y polacos) y, a diferencia de los franceses, belgas y luxemburgueses, los españoles no fueron evacuados por la Cruz Roja Internacional antes de la liberación. Pero las razones principales que justifican la elección de los españoles como tema de estudio son dos: primero, ninguna comunidad nacional surgió de Mauthausen con la autoestima tan alta como ellos, y, además, ningún otro grupo nacional consiguió colocar a tantos de sus miembros en puestos esenciales como escribientes o ayudantes (la clave de su supervivencia personal) en la administración de las SS.

Así, aunque este libro se centra en la experiencia de la comunidad española en Mauthausen, no se conforma con describir simplemente lo que hicieron, sino también lo que presenciaron y anotaron. En algunos casos, las pruebas conservadas, en particular las fotografías, se deben totalmente a españoles. Por este motivo, acaso una parte importante del material aquí suministrado corresponde a experiencias de prisioneros de otras nacionalidades, pero en muchos casos únicamente los españoles vivieron para contarlo.

El área de investigación es tan extensa que es inevitable que se hayan omitido algunas cuestiones. Las experiencias de los españoles como prisioneros en las islas del Canal, la batalla de Austria que se produjo confusamente en el momento de la liberación, los vínculos entre soviéticos y estadounidenses o la fuga de dirigentes nazis a Sudamérica, junto con gran material de notas de los 50 campos, un material que ya se ha incluido en anteriores trabajos, han debido excluirse de la presente obra por cuestiones de espacio. De hecho, este libro es el tercero que he dedicado a Mauthausen, sin mencionar mis ensayos preliminares de 1993 o la obra que estoy ahora preparando sobre los juicios de los asesinos de Mauthausen, tanto SS como kapos. Perseguir a estos criminales, sin ceder al desaliento, es honrar el juramento pronunciado por los supervivientes de Buchenwald: «Juramos ante el mundo entero, en esta plaza de revista, este lugar de crueldad fascista, que nunca abandonaremos la lucha hasta que el último de los culpables comparezca ante los jueces del pueblo». Pero debe decirse que esta continua persecución no goza, en el siglo XXI, del favor universal. Tal vez solo en los años 1945-1947 hubo un deseo general de llevar a estos criminales ante la justicia. Países como Argentina,1 Brasil, Chile, Paraguay, Boliv

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