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ESPOSA POR LA MAñANA (SERIE HATHAWAYS 4)

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Married by morning

Traducción: Máximo González Lavarello

1.ª edición digital: septiembre 2011

© 2010 by Lisa Kleypas

© Ediciones B, S. A., 2011

para el sello Vergara

Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Printed in Spain

ISBN: 978-84-666-5011-3

Conversión Digital: O.B. Pressgraf, S.L.

Roger de Llùria, 24, bxs.

08812 Sant Pere de Ribes

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Contenido

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Epílogo

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Hampshire, Inglaterra

Agosto de 1852

Cualquiera que alguna vez haya leído una novela sabe que a las institutrices se las consideraba personas apacibles y sumisas. También se suponía que eran calladas, serviles y obedientes, y, por descontado, deferentes con el amo de la casa. Leo, lord Ramsay, se preguntaba exasperado por qué no habrían cogido a una de ésas. Por el contrario, la familia Hathaway había contratado a Catherine Marks, quien, en su opinión, no dejaba nada bien a su profesión.

No era que él no estuviera conforme con la labor de la señorita Marks; en realidad, había hecho un trabajo excelente al instruir a sus dos hermanas más jóvenes, Poppy y Beatrix, en las normas del protocolo. Y eso que ellas habían necesitado una dedicación excepcional, puesto que ningún miembro de la familia Hathaway había pensado jamás que acabaría moviéndose en los círculos más elevados de la sociedad británica. Ellos se habían criado en un ambiente estrictamente de clase media, en un pueblo al oeste de Londres. El padre, Edward Hathaway, un erudito en historia medieval, había sido considerado un hombre de buena estirpe, aunque en absoluto un aristócrata.

Sin embargo, tras una serie de acontecimientos insólitos, Leo había heredado el título de lord Ramsay. Si bien había estudiado para ser arquitecto, ahora era vizconde, dueño de tierras y arrendatarios. La familia Hathaway se había mudado a la finca Ramsay, en Hampshire, donde se había esforzado por adaptarse a las exigencias de su nueva vida.

Uno de los grandes retos que habían tenido que afrontar las hermanas Hathaway había sido aprender el absurdo montón de reglas y buenos modales que se esperaba de tan privilegiadas damiselas. De no haber sido por la paciente instrucción de Catherine Marks, las Hathaway se hubieran aventurado por Londres con la misma elegancia que una estampida de elefantes. Marks había hecho maravillas con ellas, especialmente con Beatrix, quien sin duda era la más excéntrica de una familia ya de por sí excéntrica. A pesar de que Beatrix era más feliz retozando por el campo y el bosque como un animal salvaje, Marks había logrado convencerla de que en los salones de baile se requería un código de conducta diferente. La institutriz incluso había escrito para las chicas una serie de poemas a modo de reglas de conducta, con joyas literarias tales como:

Una dama debe ser recatada

al hablar con un extraño.

Flirteos, discusiones o enfados

a nuestra reputación hacen daño.

Por supuesto, Leo no había podido reprimir la tentación de burlarse de los dones poéticos de Marks, si bien en privado tuvo que reconocer que sus métodos habían dado resultado. Al fin, Poppy y Beatrix habían logrado superar una temporada en Londres con éxito, y la primera había contraído matrimonio hacía poco con un hotelero llamado Harry Rutledge.

Ahora sólo quedaba Beatrix. Marks había asumido el papel de dama de compañía y confidente de la vigorosa muchacha de diecinueve años. Con respecto al resto de los Hathaway, Catherine Marks prácticamente era un miembro más de la familia.

Leo, por su parte, no podía soportar a aquella mujer, que expresaba su opinión cuando le venía en gana y se atrevía a darle órdenes. En las escasas ocasiones en las que él trataba de ser simpático, ella le contestaba mal o le daba la espalda con desdén. Cuando Leo exponía una opinión que era perfectamente racional, apenas si podía terminar la frase antes de que Marks hubiera enumerado todas las razones por las que él estaba equivocado.

Sin embargo, cada vez que se enfrentaba a su sempiterna antipatía, Leo no podía evitar responder con amabilidad. Llevaba todo un año tratando de convencerse a sí mismo de que poco importaba que ella lo menospreciara. Había muchas mujeres en Londres que eran infinitamente más bellas, encantadoras y atractivas que Catherine Marks.

No obstante, ninguna lo fascinaba como ella.

Tal vez se tratase de los secretos que tan celosamente guardaba. Marks nunca hablaba acerca de su infancia o su familia, ni de por qué había decidido trabajar para los Hathaway. Durante un breve período de tiempo, había enseñado en un colegio para chicas, pero rehusaba hablar de su experiencia académica o de por qué había dejado el empleo. Algunos de sus alumnos habían hecho circular el rumor de que no se llevaba bien con la directora, o que tal vez era una mujer descarriada que debido a la pérdida de su estatus se había visto obligada a dedicarse a servir.

Marks era tan independiente y tenaz que, a menudo, resultaba fácil olvidar que todavía era una mujer joven, de poco más de veinte años. Cuando la había conocido, la primera impresión que Leo había tenido de ella había sido que se trataba de la típica solterona arrogante, con sus lentes, su expresión de suficiencia y una severa línea como boca. Su columna vertebral era tan tiesa como el atizador de una chimenea, y su cabello, de un castaño anodino como el de una polilla, siempre estaba recogido hacia atrás con demasiada tirantez. Leo la había apodado la Dama de la Guadaña, muy a pesar de la familia.

En el último año, sin embargo, Marks había experimentado un cambio notable. Había ganado peso, y su cuerpo, aunque seguía siendo esbelto, ya no era un fideo; sus mejillas, además, se habían vuelto rosadas. Una semana y media atrás, cuando Leo había llegado de Londres, se había quedado boquiabierto al encontrarse a Marks con rizos ligeros y dorados. Al parecer, había estado tiñéndose el pelo durante años, pero tras un error de su farmacéutica, se había visto obligada a abandonar el disfraz. Y mientras que los rizos de color castaño oscuro eran demasiado severos para sus delicadas facciones y su piel pálida, el rubio natural de su cabello era deslumbrante.

Eso había provocado que Leo se diera cuenta de que Catherine Marks, su archienemiga, era una preciosidad. En realidad, no había sido su falso color de pelo lo que la había hecho parecer tan distinta. Se trataba, más bien, de que Marks se encontraba muy incómoda sin él. Se sentía vulnerable, y eso se notaba. En consecuencia, Leo sintió de repente el deseo de ir destapando más capas de aquella muchacha, tanto en sentido figurado como físico. Quería conocerla, en el más amplio sentido de la palabra.

Leo había tratado de mantener las distancias mientras sopesaba todo lo que implicaba aquel descubrimiento. Estaba confundido porque su familia sólo sentía por Marks una cierta in

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