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ETHERIA

Coia Valls  

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Fragmento

Contenido

PRIMERA PARTE

  1

  2

  3

  4

  5

  6

  7

SEGUNDA PARTE

  1

  2

  3

  4

  5

  6

  7

  8

  9

10

11

12

13

14

TERCERA PARTE

  1

  2

  3

  4

  5

  6

  7

Epílogo

Nota de la autora y agradecimientos

Bibliografía

mapa.tif

Para Xulio, compañero de travesía.
Gracias por compartir también tus
paisajes de infancia.

Para Mayte R., la peregrina más
valiente y generosa que conozco.

Como en el borde de una nube, recuerdo tus palabras.

ANNA AJMÁTOVA

PRIMERA PARTE

Compartir límites supone generar vínculos.

LLORENÇ RAICH

1

Brigantium, Gallaecia, marzo de 381

Irene ha hecho un largo recorrido antes de detenerse en mitad del puente y mirar atrás. Solo percibe oscuridad y una profunda sensación de soledad. Se muerde los labios al comprobar que los jinetes ya se hallan a cubierto. Han sido compañeros fieles desde la lejana Roma, pero ahora los cinco han desaparecido en las fauces de lobo que devoran la ciudad de Brigantium. Tienen orden de esperar al resultado de sus indagaciones, de permanecer al acecho. Por unos instantes se dice que esa unión, la de la mujer noble y los hombres de armas que la protegen, podría deshacerse en cualquier momento. Sabe que debe jugar bien sus cartas, aprender a prescindir de ellos, pese a la desazón y la inquietud por lo que está a punto de comenzar. Irene, empapada y febril tras los últimos días expuesta a la lluvia, mira la incierta calle en ascenso hacia la cima y retiene un grito. Aunque los bramidos de la tormenta impedirían que se oyera su lamento.

Con objeto de conjurar las dudas, intenta buscar su reflejo en las aguas del río Mandeo; acaso también para dedicarse una sonrisa. Ha sido valiente durante aquellas semanas de viaje, incluso más que algunos de sus protectores. Pero la superficie es un tizne negro que corre en pequeños remolinos hacia el mar, como si se hubiera propuesto limpiar el mundo. Luego se vuelve hacia la pequeña ciudad de Gallaecia. Ningún otro camino le está permitido, y tanto daría que tratase de invocar a los dioses o a los hombres.

Tan solo media docena de luces mortecinas revelan la presencia humana en aquella colina que parece flotar entre dos ríos. Irene recuerda las palabras de los sabios antiguos y no acaba de creerse lo que se muestra a sus ojos. ¿Cómo es posible que aquellas casas primitivas, las calles sin empedrar, el hedor y la suciedad del arrabal que atraviesa, correspondan a Flavium Brigantium, el gran puerto de los galaicos de que hablan los antiguos geógrafos? Ya le había advertido su tío, el senador Símaco, que el mundo estaba cambiando, que el gradual abandono del antiguo orden supondría una intensa transformación.

La joven siente el cuerpo dolorido y las piernas entumecidas. Las estira y coge aire. Se propone que el aliento húmedo del vientre de la tierra la vigorice. Sabe que el próximo paso ha de darlo en solitario. Así se decidió y así lo hará. Cierra los ojos unos instantes y se dice que al abrirlos solo mirará al frente. Poco después, se echa el hato sobre los hombros y se inclina ligeramente. La lluvia sigue marcando territorio, como si no estuviera dispuesta a admitir la presencia de ningún ser humano. Paso a paso inicia el dificultoso ascenso. Agua y barro le obstaculizan el camino. «Quizá sea un aviso de los dioses», murmura. Sin embargo, en su interior reconoce la voz del miedo. Debe hacerlo por el mundo que le ha sido transmitido, por el honor de su hermana.

Avergonzada ante aquella debilidad, se levanta la túnica, lastrada por la acumulación de barro, y desafía al cielo. Momentos más tarde este parece favorecerla, el resplandor de un relámpago dibuja la silueta que corona una construcción en la lejanía. Se trata de una cruz de piedra, inmensa y azotada por los elementos, y pese a todo inmutable. Es la señal que buscaba. Entonces, pese a la alegría del descubrimiento, Irene se detiene un instante, lo justo para apretar fuerte los puños, y, sin perder de vista la sombra del crucifijo vislumbrado, escupe en el suelo.

Con ese tiempo, ningún ciudadano curioso sale a su encuentro, ningún soldado le pregunta acerca de sus intenciones. Tal vez porque el sendero entre casas que lleva a la parte alta es un amasijo de lodo, en el que las sandalias se le quedan clavadas a cada paso. Tiene la sensación de que no avanza, que su objetivo se encuentra siempre a la misma distancia. Entiende que Brigantium tiene poco que ver con otras ciudades romanas que ha visto de lejos durante su viaje, donde se ponía de manifiesto la presencia de Roma.

Entre tanto, la lluvia arrecia, el pequeño arroyo que baja por el centro de la calle lucha por rebosar de sus márgenes. Irene pierde pie y cae de bruces bajo el peso de sus pertenencias. Durante unos segundos no se mueve. Una punzada en la muñeca la lleva a pensar que se la ha lastimado en la caída. Se permite un único gemido ahogado por la rabia. Acto seguido se levanta e intenta caminar todavía más cerca de las casas, buscando un cobijo improbable. Debe proseguir la ascensión, dado que su destino empieza a jugarse en aquella cima.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres?

La mujer que le abre la puerta levanta la lámpara de aceite para contemplar el rostro de Irene. Sin embargo, la recién llegada dista de poder responder; lastimada y desconcertada, casi agradece los estragos que la lluvia y el barro han causado en su aspecto. Tras la caída, sus prendas han perdido todo rastro de excelencia que pudiera distinguirla; no obstante, el cabello seguiría poniendo de manifiesto la pericia del mejor peluquero de Roma de no ser porque el largo viaje lo ha convertido en lacias greñas. ¿Qué queda de Irene? El dilema se pierde en el aire; debe responder a las dudas que empiezan a surgir en aquellos ojos.

—¿Es la casa de Cayo Licinio, al que llaman señor de Candás? —pregunta, temiendo que la oscuridad la haya inducido a error.

—¿Quién pregunta por él? —la interroga la mujer con desconfianza.

Tiene la mirada un tanto perdida, pero en su gesto se adivina gran determinación.

Irene oye ruido procedente del fondo de la casa. Podrían ser pisadas que se aproximan, pero resulta difícil saberlo. De pronto, un golpe seco, como si alguien hubiera tropezado con un mueble fuera de sitio, las interrumpe.

—¿Con quién hablas, Hermina? ¿Cómo se te ocurre abrir la puerta en una noche como esta?

La voz suena unos pasos por detrás de la mujer, corresponde a una sombra; no basta con la claridad de la lámpara para ponerle rostro.

Los músculos de Irene se tensan, hurga con la mano entre sus ropas hasta encontrar la empuñadura de la daga que siempre lleva encima. Poco a poco entra en escena un hombre ya mayor que cojea y se toca la pierna. La joven tiene entonces la certeza de que se trata del antiguo legionario, un guardián del viejo orden, tal como le dijo Símaco. Una mirada de pez muerto y una expresión amable, le había asegurado.

—¿Quién eres? No es el mejor día para pedir limosna...

Pese a la duda que la corroe, deja el hato en el suelo. Hurga en él para entregarle en mano el presente de su tío, una estatuilla de Afrodita. El hombre ha frenado sus interpelaciones al percibir la mirada decidida de la extranjera. Luego, mientras ella sigue buscando, descubre los bordados que adornan su túnica y que el lodo casi ha conseguido ocultar.

—¿Irene? —pregunta con timidez mientras la mujer mayor, sin entender lo que ocurre, mira alternativamente a uno y a otra.

—¿Eres el señor de Candás?

Ya ha encontrado la figura, pero todavía no quiere mostrarla, prefiere asegurarse.

—Claro que sí, pero pasa, por favor —responde el hombre mientras parece extender una alf

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