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EXCALIBUR (BRITANNIA. LIBRO 1)

Ana Alonso   Javier Pelegrín  

4


Fragmento

Capítulo 1

Cuando una dama de Ávalon te roza con los dedos es imposible no estremecerse. Su piel parece mármol vivo, como si por sus venas corriese agua del primer deshielo de marzo en lugar de sangre. Agua helada de las tierras altas del norte, donde los pictos tiñen de azul sus pómulos antes de ir a la batalla. Donde ellas, las mujeres mágicas, acuden a veces a buscar las bayas mortales que necesitan para sus pociones.

Gwenn se incorporó en la oscuridad. Abrió los ojos y trató de interpretar, más allá de las telarañas confusas del sueño interrumpido, el rostro siempre en calma de Nimúe.

—Sabía que eras tú antes de verte —dijo—. Hay algo raro en tus manos. ¿Es verdad que la sangre de las damas de Ávalon es blanca, como la savia del diente de león? Lo he oído decir.

—No te he despertado en mitad de la noche para escuchar tonterías, Gwenn. Tienes que prepararte. Los planes se han adelantado. Nos vamos ahora.

Gwenn miró hacia la ventana. El resplandor de las llamas que aún devoraban las ruinas de la muralla al oeste de la ciudad se reflejaba en el cielo como en un espejo negro.

—¿Ya han entrado? —preguntó.

—¿Los sajones? No, no han entrado todavía, pero es cuestión de horas. Eso dice Merlín, y ya sabes que él tiene sus fuentes de información. Está abajo, esperándote.

Nimúe se volvió hacia la puerta y, con un gesto mínimo, ordenó a las doncellas que pasaran. La habitación se llenó de resplandores temblorosos y de sonidos tan vacilantes y tímidos como las luces. El olor grasiento de las velas de sebo contrajo el estómago de Gwenn. Siempre le provocaba náuseas.

Odiaba aquellos primeros instantes después del despertar, cuando se veía obligada a ver el mundo como en realidad era.

Se fijó en la niña de cara macilenta y mejillas hundidas que sostenía la copa para la primera libación. Tenía aspecto de no haber comido en varios días, pero sus ojos brillaban de entusiasmo, y sonreía. A pesar de lo temprano que era, estaba claro que ya había tenido tiempo de cumplir el ritual. Se encontraba bajo el velo protector de Britannia.

—La piedra —pidió, mirándola—. Rápido.

La niña se volvió hacia Nimúe a la espera de su permiso, y cuando la dama se lo concedió, tendió la copa de cristal antiguo a la princesa. Gwenn extrajo la gema púrpura que reposaba en el interior, la desmenuzó rápidamente entre el pulgar y el índice. Otra doncella inclinó una jarra de barro sobre la copa y vertió un chorro de vino dulce.

Con el dedo, Gwenn removió el líquido para mezclarlo con la gema pulverizada. Después, se lo bebió de un trago.

Aun antes de que hiciese efecto se sintió mejor. Si hubiera sabido que la iban a despertar en plena noche, le habría pedido a Nimúe una última libación antes de irse a dormir. La noche sin el velo de Britannia resultaba demasiado aterradora. Sobre todo allí, en Londres, tan cerca de la guerra.

Cerró los ojos, como ordenaba el ritual, y esperó muy quieta. Supo que la magia empezaba a despertar en su interior cuando notó el aroma delicado de la cera derretida.

Velas de cera, como en Tintagel. Como en casa.

Pensativa, le devolvió la copa a la joven doncella que se la había dado. Su trenza brillaba ahora como si fuera de oro, y una cinta de seda verde se entretejía entre sus cabellos, a juego con su vestido. No quedaba en ella ni rastro de la criatura hambrienta y sucia que Gwenn había atisbado un momento antes.

Las doncellas se arremolinaron a su alrededor. Maquinalmente, alzó los brazos para que pudieran quitarle la camisa de dormir. Alguien puso a sus pies un barreño de agua humeante que, bajo la influencia sutil de la magia de Britannia, parecía de cobre recién bruñido. Introdujo en él los pies descalzos; dejó que una de las muchachas deslizase sobre su cuerpo la esponja tibia y húmeda.

Después de secarla, le pusieron un sencillo vestido de lana gris. Gwenn estiró el tejido sobre su talle, alisando las arrugas. El gris no era un color apropiado para la heredera del trono. Bastó un toque preciso en la manga derecha y un instante de concentración para transformar el color de la tela en un rojo claro y alegre. Otro pensamiento, y en las mangas y el escote comenzó a entretejerse un bordado de oro y perlas.

—Gwenn —dijo Nimúe.

No necesitaba fruncir el ceño ni alzar la voz para imprimirle a su nombre aquel tono de reproche que la princesa conocía tan bien.

—¿Qué pasa? No le hago daño a nadie.

La niña que sostenía la copa la estaba observando con ojos maravillados.

—¿Te gusta? —le preguntó.

—Es precioso —contestó la sirvienta en voz baja.

—Acércate.

La niña dio un par de pasos tímidos hacia ella. Gwenn estiró la mano y, muy concentrada, tocó su vestido verde a la altura del hombro. Un ribete de diminutas perlas blancas creció en el borde de su escote y de sus mangas.

—Yo no sé cómo agradecéroslo —murmuró la sirvienta, y esbozó una torpe reverencia—. No lo merezco.

—No es nada.

Un poco alejadas, las otras doncellas observaban a la afortunada con expresiones que oscilaban entre el asombro y la envidia. Quizá esperaban que la princesa repitiese su gesto con ellas.

—Ya hemos perdido demasiado tiempo —dijo Nimúe—. Vamos. Merlín no es un hombre paciente.

Salieron las dos juntas al corredor. Nimúe caminaba tan deprisa que Gwenn tuvo que apresurarse para alcanzarla.

—¿A qué ha venido eso? —le preguntó la dama sin aflojar el paso—. Ha sido completamente inapropiado.

—Solo quería hacerle un pequeño regalo. ¿Qué tiene de malo? Únicamente son unas perlas inexistentes. No tienen ningún valor.

Nimúe se giró bruscamente y se encaró con ella, en un gesto que la sobresaltó. La dama nunca reaccionaba así. Nunca perdía el control.

—Gwenn, esto no es Tintagel —dijo en voz baja y apresurada—. Es Londres; es la guerra. Aquí la gente ha sufrido mucho. Britannia es lo único que tienen para seguir adelante. Y no les gusta que les recuerden que hay otras «Britannias», otras formas de experimentar su poder superiores a la que ellos conocen. Lo que has hecho es una imprudencia. Una princesa no debe hacer ostentación de sus privilegios delante de los menos afortunados.

—Solo intentaba compartir esos privilegios, aunque fuera por una vez. Y estoy segura de que no les ha molestado.

Mientras hablaban, habían bajado las escaleras, cuyos peldaños de piedra pulida reflejaban el resplandor rojizo de las antorchas.

—No lo entiendes, Gwenn —suspiró Nimúe—. Esto no es un viaje de placer. No puedes ir vestida como una princesa, aunque lo seas. ¿Qué quieres, ir llamando la atención por dondequiera que pases? Eso es justamente lo que debemos evitar.

—La capa de viaje cubrirá el vestido. Nadie lo verá, no hace falta que te pongas así. Además, si es tan importante, lo cambiaré. Pero antes le preguntaré a Bal. Él es el que va a guiar mi escolta, ¿no? Él me dirá si es apropiado o no.

—Uno de los mejores caballeros del reino decidiendo sobre un vestido.

Nimúe meneó la cabeza. Sus párpados, orlados de largas pestañas, se abatieron un instante sobre el azul sereno de sus ojos. Parecía cansada, algo inusual en ella.

—Entremos —dijo, señalando hacia una puerta alta con relieves de serpientes esculpidos sobre la madera—. Merlín estará furioso por la tardanza.

La dama abrió la puerta y se apartó con una leve inclinación de la cabeza para dejar paso a Gwenn. Dentro del salón, iluminado por el fuego que ardía en la chimenea, aguardaban Merlín y Bal. Este último llevaba puesta su armadura.

—Siento el retraso —se disculpó Gwenn con cierta precipitación—. Estoy lista para partir. Bal, si consideráis que mi atuendo no es adecuado para viajar puedo cambiarlo en un instante.

Merlín abarcó en una misma mirada a la princesa y a su dama de compañía.

—Nimúe y su obsesión con la sobriedad —dijo, con un brillo de diversión en los ojos—. Hay cosas que nunca cambian. Aunque en este caso, debo decirte que tu dama te ha aconsejado bien. Ese vestido resplandece como una hoguera. No te conviene llamar tanto la atención.

Gwenn asintió, secretamente irritada. No era difícil entender por qué su madre, Igraine, aborrecía a aquel hombre. Se consideraba tan superior que incluso se atrevía a

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