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FANTASMA (HARRY HOLE 9)

Jo Nesbo  

4


Fragmento

1

Los gritos la llamaban. Penetraban como una lanza sonora todos los demás ruidos nocturnos del centro de Oslo: el rumor incesante de los coches en la calle, la sirena que subía y bajaba a lo lejos, las campanas de la iglesia, que acababan de empezar a repicar. Era ahora, por la noche y a veces antes del alba, cuando salía a cazar para comer. Olisqueó el sucio linóleo que cubría el suelo de la cocina. Registró y clasificó rápidamente los olores en las tres categorías: comestible, amenazador o irrelevante para la supervivencia. El olor agrio de la ceniza gris del tabaco. El dulce sabor azucarado de la sangre en una bolita de algodón. El olor amargo a cerveza de la parte inferior de la chapa de Ringnes. Moléculas de dióxido de azufre, de nitrógeno y de carbono surgían de un cartucho metálico vacío con espacio para una bala de plomo de 9×18 mm, también llamada simplemente Makarov, por la pistola a la que dicho calibre se había ajustado originalmente. Humo de una colilla todavía ardiendo con el filtro dorado y el papel negro con el águila nacional rusa. El tabaco se podía comer. Y allí estaba: un olor a alcohol, cuero, grasa y asfalto. Un zapato. Lo olfateó y decidió que no era tan fácil de consumir como esa chaqueta del armario que olía a gasolina y al animal en proceso de putrefacción del que estaba confeccionada. Así que su cerebro de roedor se concentró ahora en cómo franquear aquello que tenía delante. Lo había intentado por los laterales, había intentado meter el cuerpo, de veinticinco centímetros de longitud y menos de medio kilo de peso, para llegar al otro lado, pero no hubo forma. El obstáculo estaba de costado, con la espalda pegada a la pared, tapando el agujero que conducía hasta su madriguera y hasta sus ocho crías recién nacidas, ciegas y sin pelaje, que reclamaban sus mamas con ansia creciente. La montaña de carne olía a sal, sudor y sangre. Era un ser humano. Un ser humano que todavía estaba vivo. Tenía unos oídos lo bastante sensibles como para captar los débiles latidos del corazón a pesar de los chillidos de hambre de las crías recién nacidas.

Tenía miedo, pero no había elección. Alimentar a su prole estaba por encima de cualquier peligro, de cualquier esfuerzo, de cualquier otro instinto. Así que permaneció con el hocico levantado esperando a que llegara la solución.

Ahora las campanas de la iglesia iban al compás de aquel corazón humano. Un golpe, dos. Tres, cuatro…

Enseñó los dientes de roedor.

 

Julio. Mierda. Uno no se puede morir en julio. ¿De verdad que lo que estoy oyendo son campanas o es que esas putas bolas tenían alucinógenos? Vale, esto se acaba aquí. ¿Y qué coño importa? Aquí o allí. Ahora o más tarde. Pero ¿de verdad que me merecía morir en julio? Con el canto de los pájaros, el tintineo de las botellas, las risas desde el río Akerselva y toda esa felicidad de mierda propia del verano justo delante de la ventana. ¿Me merecía estar tirado en el suelo infecto de una choza de yonquis, con un agujero de más en el cuerpo? ¿Un agujero por donde se me escapan la vida, los segundos y los recuerdos de todo lo que me ha traído hasta aquí? Todo, lo grande y lo pequeño, el montón de casualidades y las cosas elegidas a medias. ¿Ese soy yo, ya está, esa es mi vida? Yo tenía planes, ¿verdad? Y ahora es una bolsa llena de polvo, un chiste sin gracia, tan corto que me hubiese dado tiempo a contarlo antes de que esa puñetera campana dejara de sonar. ¡Los lanzallamas del infierno! Nadie me contó que morirse iba a doler tanto. ¿Estás ahí, papá? No te vayas, ahora no. Escucha, la historia dice así: Me llamo Gusto. Viví hasta los diecinueve años. Tú eras un tío malo que se acostó con una mujer mala y, nueve meses más tarde, aparecí yo, y me llevaron con una familia de acogida antes de que pudiera aprender a decir «papá». Allí hice todas las trastadas que pude, pero ellos simplemente me arropaban todavía más asfixiándome con el edredón de los desvelos y me preguntaban qué podían darme para que me tranquilizara. ¿Un puto helado? No comprendían para nada que a los tíos como tú y como yo tenían que fusilarnos enseguida, exterminarnos como a alimañas, porque transmitimos enfermedad y corrupción y nos reproducimos como ratas a poco que nos den la posibilidad. Ellos tienen la culpa. Pero ellos también quieren cosas. Todo el mundo quiere algo. Tenía trece años la primera vez que lo vi en los ojos de mi madre de acogida; vi lo que ella quería.

—Qué guapo eres, Gusto —me dijo.

Había entrado en el baño; yo no había cerrado la puerta y no había abierto el grifo de la ducha para que el sonido no la pusiera sobre aviso. Se quedó justo un segundo de más antes de irse. Y me reí, porque ahora lo sabía. Ese es mi talento, papá, puedo ver lo que quiere la gente. ¿Lo he heredado de ti? ¿Tú también eras así? Cuando ella se fue me miré en el espejo grande del baño. No era la primera en decírmelo: que era guapo. Me había desarrollado antes que los otros chicos. Era alto, delgado, ancho de hombros y musculoso. Tenía el pelo tan negro que brillaba, como si rechazara toda la luz. Los pómulos marcados. La barbilla ancha y recta. Una boca grande y ávida, pero de labios carnosos como los de una chica. La piel morena y lisa. Los ojos castaños, casi negros. Los chicos de mi clase me llamaban «la rata parda». Didrik, se llamaba así, ¿no? Bueno, el que quería ser pianista. Yo había cumplido quince años y lo dijo alto, en plena clase.

—La rata parda no sabe ni leer bien.

Yo me reí, simplemente, y sabía por qué lo dijo; y lo que quería. Kamilla, la chica de la que él estaba enamorado en secreto, estaba no tan secretamente enamorada de mí. En el baile de la clase le había tocado un poco lo que tenía por debajo del jersey. Que no era mucho. Se lo conté a varios de los chicos, supongo que Didrik lo oyó y decidió dejarme fuera. No es que a mí me importase mucho formar parte del grupo, pero que te excluyeran era otra cosa. Así que me fui al club de moteros a ver a Tutu. Ya había empezado a pasar un poco de hachís para ellos en el colegio, y les expliqué que, si querían que hiciera un buen trabajo, necesitaba respeto. Tutu dijo que se encargaría de Didrik. Después, Didrik se negó a explicarle a nadie cómo se las había apañado para pillarse dos dedos justo debajo de la bisagra superior de la puerta del servicio de los chicos, pero nunca más me llamó rata parda. Y, efectivamente, tampoco llegó a ser pianista. ¡Joder, cómo duele! No, no necesito que me consueles, papá, lo que necesito es un chute. Un último chute nada más y te prometo que dejo este mundo tranquilamente. Ya vuelve a sonar la campana. ¿Papá?

2

Era casi medianoche en Gardermoen, el aeropuerto de Oslo, cuando el vuelo SK-459 de Bangkok a Oslo se situó en el espacio indicado para desembarcar al lado de la puerta 46. El comandante Tord Schultz accionó el freno y el Airbus 340 se detuvo por completo; a continuación, cortó rápidamente el suministro de queroseno. El chirrido metálico de los reactores bajó de frecuencia hasta quedar reducido a un murmullo bonachón que terminó por extinguirse. Tord Schultz tomó nota de la hora mecánicamente, tres minutos y cuarenta segundos desde el aterrizaje, doce minutos antes del horario establecido. Él y el copiloto empezaron a repasar la lista de comprobación de parada y de aparcamiento, ya que el avión debía quedarse estacionado hasta la mañana siguiente. Con todo lo que había dentro. Hojeó en la carpeta del diario de a bordo. 20 de septiembre… En Bangkok seguía la temporada de lluvias y hacía el mismo calor húmedo de siempre, había echado de menos el frescor de las primeras tardes de otoño. Oslo en septiembre. No había un sitio mejor en el mundo. Rellenó la casilla del fuel que había sobrado. La contabilidad del carburante. En alguna ocasión, había tenido que justificarlo. Después de volar desde Amsterdam o Madrid a más velocidad de la económicamente rentable, gastando miles de coronas en carburante para llegar a tiempo. Al final, el jefe de pilotos lo llamó a su despacho.

—¿Llegar a tiempo para qué? —le gritó—. ¡No había ningún pasajero que tuviera que hacer transbordo!

—La compañía aérea más puntual del mundo —murmuró Tord Schultz citando la publicidad.

—¡La compañía aérea económicamente más jodida del mundo! ¿Esa es la única explicación que se te ocurre?

Tord Schultz se encogió de hombros. No podía decir la verdad, que había dejado correr el combustible porque el que tenía que llegar a tiempo era él. Al vuelo que le hubieran asignado, a Bergen, Trondheim o Stavanger. Era muy importante que él y nadie más que él realizara ese vuelo.

Era demasiado viejo y lo único que podían hacer era echarle la bronca. Había logrado evitar fallos graves, en el sindicato cuidaban de él y solo le faltaban unos pocos años para cumplir the two fives, cincuenta y cinco, y total, entonces podría jubilarse. Tord Schultz soltó un suspiro. Unos pocos años para enderezar las cosas, para no acabar como el comandante económicamente más jodido del mundo.

Firmó el diario de a bordo, se levantó y salió de la cabina de vuelo para enseñarles a los pasajeros esa hilera de dientes blancos como perlas en su cara bronceada de piloto. Una sonrisa que les diría que él era míster Seguridad en persona. Piloto. El título profesional que, en su momento, lo convirtió en alguien importante a ojos de los demás. Lo veía perfectamente, veía cómo todos, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, en cuanto se pronunciaba la palabra mágica «piloto», lo miraban de otra manera y descubrían el carisma, el encanto juvenil y desenfadado, pero detectaban también la fría precisión y la determinación del comandante del avión, la superioridad de su intelecto, y el coraje de quien desafía las leyes de la física y el miedo innato de la gente corriente. Pero de eso hacía mucho tiempo. Ahora lo consideraban el conductor de autobús que de hecho era y preguntaban cuánto costaba el billete más barato a Las Palmas y por qué en Lufthansa había más espacio para las piernas.

A la mierda todos. A la mierda todos y cada uno.

Tord Schultz se quedó en la salida, al lado de la azafata, se irguió y pronunció sonriendo su Welcome back, Miss, con ese acento de Texas que habían aprendido en la academia de vuelo de Sheppard. Le respondieron con una sonrisa de aprobación. Hubo un tiempo en que, con una de esas sonrisas, prácticamente podía conseguir una cita en la sala de llegadas. De hecho, las había conseguido. Desde Ciudad del Cabo hasta Alta. Mujeres. Ese había sido el problema. ¿Y la solución? Mujeres. Más mujeres. Mujeres nuevas. ¿Y ahora? Debajo de la gorra de plato empezaban a asomar las entradas, pero el uniforme hecho a medida destacaba esa figura alta y esos hombros anchos. Cuando, al entrar en la academia de vuelo, no lo admitieron para pilotar cazas y terminó de piloto de carga de los Hércules, la bestia de carga del cielo, lo achacó a la estatura. Le dijo a su familia que tenía la espalda unos centímetros demasiado larga, que las cabinas de los Starfighter F-5 y F-16 obligaban a descartar a todos los que no fuesen enanos. La verdad era que no había conseguido entrar por méritos. Su cuerpo sí dio la talla. Siempre había dado la talla. El cuerpo era lo único que había logrado mantener desde entonces, lo único que no se había derrumbado ni se había pulverizado. Como los matrimonios. La familia. Los amigos. ¿Cómo había ocurrido? ¿Dónde estaba él cuando ocurrió? Probablemente, en una habitación de hotel de Ciudad del Cabo o de Alta, con la nariz llena de cocaína para compensar las copas del bar, que le habían aniquilado la potencia, y metiéndole la polla a una not-welcome-back-Miss para compensar todo lo que no era y nunca llegaría a ser.

La mirada de Tord Schultz se fijó en un hombre que se le acercaba entre las filas de asientos. Andaba con la cabeza baja, pero aun así sobresalía entre los demás pasajeros. Era delgado y tenía la espalda ancha como él. Llevaba el pelo rubio corto y tieso como un cepillo. Era más joven que él, tenía pinta de noruego, pero no parecía un turista que volviera a casa, más bien un expatriado con ese bronceado suave, casi gris, tan típico de los blancos que habían pasado tiempo en el sureste asiático. El traje de lino marrón, sin duda hecho a medida, daba la impresión de calidad y seriedad. Tal vez un hombre de negocios. Con una empresa no demasiado boyante: viajaba en turista. Pero no fue ni el traje ni la altura lo que atrajo la mirada de Tord Schultz. Fue la cicatriz. Arrancaba de la comisura izquierda y le llegaba casi hasta la oreja, como una hoz en forma de sonrisa. Grotesco y de un dramatismo espléndido.

—See you.

Tord Schultz dio un respingo, pero no le dio tiempo a devolverle el saludo antes de que el hombre saliera del avión. Tenía la voz ronca, y los ojos enrojecidos también indicaban que acababa de despertarse.

El avión se quedó vacío. Aparcada en la pista, la furgoneta del personal de limpieza esperaba mientras la tripulación salía en bloque. Tord Schultz se fijó en que aquel ruso pequeño y fornido era el primero en bajarse de la furgoneta y lo vio apresurarse escaleras arriba con la leyenda del logo de la empresa Solox estampado en el chaleco amarillo reflectante.

See you.

El cerebro de Tord Schultz repetía las palabras mientras cruzaba el pasillo hacia el centro de tripulantes.

—¿No había una bolsa de mano ahí encima? —preguntó una de las azafatas señalando la maleta Samsonite de Tord.

No se acordaba de su nombre. ¿Mia? ¿Maja? Sabía que se había acostado con ella una vez durante una escala en el siglo pasado. ¿O no?

—No —dijo Tord Schultz.

See you. ¿O sea, en el sentido de «Nos vemos»? ¿O en el de «Veo que me estás mirando»?

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