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FATAMORGANA DE AMOR CON BANDA DE MúSICA

Hernán Rivera Letelier  

0


Fragmento



Table of Content

Portadilla

Índice

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7

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Epílogo

Autor

Créditos

Grupo Santillana

1

Y así como algunas familias traían animales vivos entre sus bártulos —chivatos y corderos que hacían aún más penosa la promiscuidad en el buque—, de alguna manera ellos habían logrado embarcar su gran piano de cola. Y en las bamboleantes noches de alta mar, bajo un cielo de crueles estrellas oxidadas, Elidia del Rosario, su desmejorada mujer, había tenido el valor de entretener a ese oscuro rebaño de gente apiñada en las tablas de cubierta tocando a Chopin. Y hasta se había dado ánimos, en la última noche de navegación, para declamar algunas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, su «poeta del alma» como lo llamaba ella. Y todo aquello pese a que su Elidia, asustadiza como era, iba con los nervios destrozados por el temor a un naufragio. Durante toda la travesía no había dejado de pensar en lo ocurrido pocos años antes, cuando un vapor en donde viajaba un enganche salitrero de quinientas personas se había hundido frente a las costas de Coquimbo. Lo más triste del suceso era que toda esa gente metida en las bodegas del barco no había sido registrada en la bitácora y sus muertes fueron desmentidas rotundamente por las autoridades, pero algunos de los tripulantes que lograron sobrevivir al naufragio lo contaban en secreto en los tugurios del puerto. Además, su abuela materna podía dar testimonio fidedigno del hecho, pues ella misma había ido a despedir a un hermano enganchado a la pampa y que desapareció tragado por el mar.

Traspuesto en su sillón peluquero, con la puerta del taller abierta de par en par a la incandescencia tibia de las dos de la tarde, el barbero Sixto Pastor Alzamora —rostro sanguíneo y largos bigotes retorcidos— se removió pesadamente en su sillón de cuero de chancho y volvió a sumergirse en los médanos de su siesta salitrera. En el letargo de su entresueño no sabía bien si estaba soñando o evocando esas imágenes brumosas en las que se veía llegando a las costas del norte, a comienzos de 1907, hacinado en la cubierta del vapor Blanca Elena, junto a un enganche salitrero de 149 trabajadores, todos con sus familias a cuestas. Él se había embarcado en Coquimbo con su mujer enferma de tuberculosis y su hija de siete años. Y en aquella penosa travesía marítima, al final, luego de haber hecho todo el trayecto presa del temor a morir ahogada, su pobrecita mujer había muerto del corazón cuando ya, por entre los jirones de la niebla, se divisaban los cerros ferruginosos de Antofagasta. Unas horas antes, en uno de sus flébiles arranques de sentimentalismo, Elidia del Rosario le había hecho jurar por la Virgen de Andacollo que si algo le llegaba a suceder a ella, él, además de cuidar y querer siempre a su pequeña, nunca dejaría de alentar su afición al piano. «Algún día llegará a ser una gran concertista», le dijo. Él siempre se preguntaba qué habría hecho su lírica esposa de haber presenciado el percance de aquella mañana en la que su querido piano, mal estibado en un lanchón de desembarque, se hundió en las aguas de la fragorosa bahía de Antofagasta.

A Elidia del Rosario la había conocido en el pueblo de Canela Alta, al interior de Ovalle, y se amaron a primera vista. Ella tocaba el piano en la escuela y él era un escuálido aprendiz de barbero en el único taller de peluquería del pueblo; un jovenzuelo intolerante que mientras barría los manojos de pelo se enfrascaba en fervorosas discusiones con los parroquianos más avisados del lugar, discusiones que siempre versaban sobre asuntos de justicia e injusticia social y los hereditarios abusos patronales. Se habían casado en contra de la voluntad de lo

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