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FEROX

Olivia Sterling  

4


Fragmento

1

No hubo señales en el cielo; ningún estudioso leyó en las estrellas que, aquel día, Micaela Mediaespada iba a comenzar el camino que la conduciría hasta la muerte. Las luces del amanecer no trajeron fríos glaciales ni un calor extraordinario, no hubo tormentas en el horizonte; había asomado un sol mortecino, grisáceo, asediado por unas nubes peleonas.

Esa mañana, los nervios la habían levantado poco antes del alba. Micaela echó en falta a su padre cuando no lo vio durmiendo a su lado, en el jergón. Un mal presentimiento la hizo estremecerse. Mientras iban despertando las primeras luces, lo buscó fuera, en el huerto y junto a la hoguera. «El muy testarudo —pensó aterrada— ¡se ha metido él solo en el bosque!».

La chica ya no se dio respiro; había visto los despojos y colgajos de piel que las garras del monstruo dejaban tras de sí. Corrió al interior del chamizo y envainó los cuchillos alrededor del cinto, atenta a la tímida luz que iba elevándose en el horizonte.

«Padre —le había propuesto ella, días antes—, podríamos ir más allá del pueblo, y comprar armas con que defendernos». «No», fue la respuesta hosca de Mathías Nuevededos. «Padre, podríamos ir al norte, y contratar a cazadores que nos ayudaran». Y la respuesta volvió a ser: «No». Acaso fuera todo otra excusa de la chica para salir al fin de aquella parcela de bosque, y conocer algo más que aquellas cuatro hierbas. «Padre, podríamos...». «Micaela, asunto zanjado. El mundo no es lugar para nosotros. Tendremos que solucionarlo solos».

Empapada en sudor de puro miedo, Micaela se detuvo para recogerse la melena trigueña que le recorría la espalda. Luego, en previsión de que al oso le diera por despedazarla puso cuidado en atarse gruesos pedazos de cuero a los brazos, morenos y firmes, capaces de encaramarla a las ramas de los árboles; y quedó así oculto aquel triángulo rojizo que tan poco le gustaba, la vieja quemadura.

«Tengo el cuerpo de una mujer», se dijo sorprendida al cubrir las pantorrillas, torneadas de correr por el bosque. ¿Cuándo había dejado de ser una niña? En pocos inviernos toda su figura dio en estilizarse, aparecieron formas que le sorprendía descubrir cuando se bañaba desnuda en el río. Le había cambiado el rostro, también: la suya no era ya la carita redonda de una cría.

Poco más se sabe del comienzo de ese día, pero no hay duda acerca de una cosa: Micaela se internó en la espesura, dispuesta a encontrar a su padre.

Al principio les había venido bien la aparición del oso, pues ya nadie se atrevía a adentrarse en el bosque, y esto, a Micaela y al Nuevededos les convenía por encima de ninguna otra cosa.

Al monstruo lo habían bautizado «Lucifer» los aldeanos del pueblo cercano, después de que hubiera desaparecido una mujer cuando se encaminaba hacia el río, a por agua. Fueron cada vez más temerarias las incursiones del oso Lucifer, no bien hubo probado la sangre de cristiano.

A Micaela y a su padre llevaba semanas acosándolos; acudía con toda impunidad hasta el claro a robarles comida y arrasaba con lo que encontraba a su paso. Destrozó el huerto y se comió todo lo que habían plantado; estuvo a punto de hundir la cabaña a empujones, buscando la manera de alcanzarles, mientras ellos aguardaban dentro, espantados. Otros animales habían abandonado la zona, por miedo a que el oso descomunal diera cuenta de ellos; y Micaela y su padre, en busca de una triste liebre que echarse a la boca, se vieron obligados a alejarse cada día más cuando salían a cazar.

Hacía ya años que la hambruna asolaba aquellas tierras. El mundo se había vuelto enemigo de la humanidad: lluvias y heladas fuera de estación estropearon las cosechas. Ya no era que se cazasen pájaros o perros; los campesinos devoraban incluso la carroña a medio pudrir que encontraban en los campos. Corrían espantosos rumores; se decía que, al este, en las llamadas Tierras Muertas, las gentes vagaban sin encontrar alimento, que habían desaparecido cadáveres, y hasta niños. Seguramente de aquellos lugares vino el oso, huyendo de la escasez.

—Se acabó —había dicho su padre la noche anterior—. Voy a matar a ese hijo de Satanás o se nos terminará comiendo vivos.

En ninguna crónica se refleja cuándo ocurrió, pues, como la mayoría de sus iguales, ni Micaela ni su padre conocían la fecha del día en que vivían. Para qué necesitarían saber que aquel era el 1033 del calendario juliano; esas eran cosas de frailes. No sabían leer, del mismo modo que no sabían leer ni sastres ni carniceros, ni aun un maestro de obra. Todo el mundo desconocía su edad, o el día de su cumpleaños; ningún hombre estaba al corriente del número de hijos que tenía repartidos por el mundo. Cuánto tiempo de luz resta para que llegue la noche, los signos que delatan a un caballo enfermo o dónde asestar una buena cuchillada; he aquí los más necesarios conocimientos para afrontar los días.

Cuando, a media mañana, Micaela encontró a su padre en la espesura, la recibió un inquietante silencio; pareciera que todos los seres vivos hubieran huido para no presenciar el encuentro entre Lucifer y los dos solitarios habitantes del bosque.

Micaela se arrodilló junto a Mathías Nuevededos; estaba inmovilizado en el suelo, con el rostro contraído de dolor.

—¡¿Qué haces aquí, condenada?! —murmuró—. ¡Te dije que no se te ocurriera venir!

Echó un ojo Micaela al amoratado tobillo de su padre, atrapado por unas raíces.

—¿Se ha roto?

—Roto no creo —respondió Mathías en un hilo de voz—, pero si esa bestia nos encuentra...

Hicieron falta las fuerzas de ambos, cuatro manos fornidas, para liberarlo de las raíces. Todavía no era libre del todo cuando el padre tomó las de la hija y las apretó, estremecido. Reparó ella en el dedo que faltaba.

Cuánto le había fascinado desde niña aquel dedo inexistente. «Un día —contaba él acerca de cómo lo había perdido—, un malnacido se cobró una vieja deuda contraída en los dados»; en otra ocasión le dijo: «Un almorávide venido del desierto me lo pisó con su caballo, en medio de una batalla»; y también: «Un pirata sarraceno me torturó para que delatase la posición de mi campamento»; pero la mayor parte de las veces su padre se limitaba a contestar refugiándose en un silencio adusto.

Mathías Nuevededos señaló con la barbilla una bola de excrementos, y Micaela tomó un pedazo y le dio vueltas con tres dedos para verificar si estaba fresca.

—No anda lejos —murmuró sobrecogida.

—Mi comadreja chica —replicó él—; tienes que irte.

—Me voy, padre, pero con vos.

Trató de incorporarlo. Le sorprendió a Mathías la fuerza de aquella muchacha espigada en que se había convertido su pequeña; no alcanzaba los dos palmos cuando, huyendo del mundo, se escondieron en aquel bosque perdido.

Micaela reparó en que él se había traído consigo la vieja espada, ennegrecida por los años y partida por la mitad, y sonrió.

Estaban ya de pie los dos y, tan de repente como cuando cruza un abejaruco, Mathías la agarró del brazo.

—¡Ay! —dijo ella.

Apretaba tanto que le hacía daño.

—¿Padre?

Advirtió que el Nuevededos miraba por encima de su hombro, inexpresivo, pálido, hacia algo que le dejaba clavado en el sitio.

—No te muevas —silabeó su padre, apenas sin mover los labios—. Por los clavos de Cristo, no se te ocurra moverte.

Parecía haber callado la espesura, desaparecidos los acostumbrados trinos de los pájaros y el ruido de las hojas en las copas, cuando Micaela escuchó allá, a su espalda, una respiración pesada y cavernosa.

Tan incapaz de obedecer como aquella esposa de Lot que, por volverse a mirar, terminó convertida en estatua de sal, así hizo Micaela; y fue dándose la vuelta muy despacio.

Al verlo a menos de tres varas, Micaela quedó, en efecto, petrificada.

De todo lo que ocurrió a continuación dicen que hubo un testigo mudo: un joven cazador que se había internado en el bosque para buscar una alimaña que llevarse a la boca. Lo cierto es que, años después y gracias a su relato, todavía hoy se cantan diferentes versiones de cómo Micaela Mediaespada encaró a Lucifer. Los maestros de piedra tallarían capiteles con una mujer gloriosamente enfrentada a un gran oso, vestida de guerrera y alzada sobre un caballo.

Asemejaba un carromato descomunal; a su paso se estremecía el bosque. A medida que avanzaba, un reguero de babas caía de aquella boca enorme, por donde asomaban unos dientes amarillos y desiguales, atento a cualquier cosa con que llenar su monstruoso estómago, pozo negro que nunca encontraba alivio. «Es en verdad el diablo encarnado», pensó Micaela junto a su padre; muy quietos, pese a que temblaban como las llamas de dos velas.

Receloso, Lucifer miró a un lado, desde las esferas oscuras que tenía por ojos; luego al otro, por si aquellos dos pasmarotes pudieran significar una trampa. A modo de aviso emitió un rugido, que reverberó no solo en el pecho de Micaela y en el del Nuevededos, sino en varias leguas a la redonda.

—Un árbol, padre —resolvió entre dientes Micaela—. Tenemos que subirnos a un árbol.

—Apenas puedo moverme. Vete tú. ¡Corre, escápate tú!

—¡No voy a dejaros aquí!

—Micaela, ¡echa a correr ahora mismo!

La mente de la chica estaba ya trabajando. Deprisa. Deprisa. Lo cierto es que, en su estado, Mathías Nuevededos no tenía manera de ponerse a salvo.

Llevado por el hambre, el oso olvidó las precauciones y dio un paso; nada más empezar a acercarse hasta sus presas, un enjambre pareció salir de su ser y lo envolvió como una nube: le acompañaba un ejército de moscas, acólitos fieles y agradecidos, pues sabían que allá donde fuera Lucifer siempre encontrarían carne.

—Vete —insistía él—, ¿

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