Loading...

FLORES AL CIELO (LOS DíAS ROBADOS 1)

Luna Dueñas  

0


Fragmento

Capítulo 1

—¿Quieres un poco más? —me pregunta con su dulce voz, mientras me muestra la fiambrera de la comida que preparé esta mañana a escondidas de mi madre.

—¡No! —Niego soltando una risotada—. Estoy ya bastante llena, la verdad. Si ahora mismo me metiese al agua, las ballenas me confundirían con alguna de sus crías. ¡Mira qué barrigota tengo de tanto comer!

Él se une a mis carcajadas tapándose la cara con las manos. Parece mentira que, después de seis años de relación, siga existiendo tanta emoción entre nosotros como si nos acabáramos de conocer. Daniel sigue siendo el mismo niño descarado del que me enamoré cuando tenía tan solo dieciséis años y, desde entonces, ya sabía que él sería el hombre de mi vida. Encajábamos a la perfección, en todos los sentidos.

Como hoy, sentados aquí en la arena de la playa de San Sebastián prácticamente solos al atardecer, con el brillo del sol que se refleja en los imponentes cristales del hotel W Barcelona y en su espeso y masculino pelo rubio. Sin apenas darme cuenta, he dejado de reír y lo observo con detenimiento, mientras mi mente divaga a otros lugares y a otros asuntos.

—¿En qué piensas, Adriana? —me pregunta expectante a causa de mi cambio de humor.

—En nada, cosas mías —respondo mostrándole una sonrisa.

—Tus cosas son también mías. —Me agarra la mano—. Llevas varios días muy pensativa. Si necesitas contarme algo, sabes que puedes hacerlo.

Me mira fijamente con sus ojos color miel, infundiéndome confianza. Aun así, a pesar de que sé que le puedo contar todo lo que me apetezca, en esta ocasión no me acabo de atrever a comentar mis dudas con él. No quiero ponerlo en una situación extraña solo por rumores sin sentido de otras personas.

—Solo son tonterías. —Vuelvo a sonreírle—. De verdad, no te preocupes.

Tomo la fiambrera y le muestro las dos croquetas de carne que quedan.

—Anda, mejor termínate estas. —Le guiño el ojo, intentando quitarme los tormentos de la cabeza.

—Vas a terminar cebándome —ríe mientras se mete una detrás de otra en la boca y las mastica haciendo ruidos de placer exagerados—. A ver si me quieres igual cuando pese doscientos kilos.

Yo lo miro comer, feliz de que le guste lo que le cocino. No, no podía estar haciéndome eso que otros decían: él no sería capaz.

—Ya estás otra vez. —Me acaricia la cara—. Metida en tu mundo.

—Estoy muy cansada. Anoche casi no pegué ojo y el sueño me vence. —Entrecierro los ojos y le sonrío con algo de esfuerzo. Odio cuando esos tontos rumores me afectan tanto. Normalmente suelo mantenerlos a raya.

—Yo tengo un remedio muy bueno para quitarte el sueño —me sugiere con una sonrisa pícara.

Ya me lo sueles quitar todas las noches últimamente.

De pronto me coge en brazos y me lleva corriendo hacia el mar. El agua está tan congelada, cuando entro en contacto con ella, que parece que se me clavan miles de agujas por todo el cuerpo y, en menos de cinco segundos, estoy sumergida por completo. Sin los brazos de mi novio a mi alrededor.

Al ver que no salgo a la superficie, Daniel tira de mi brazo y me saca. Yo me pongo de pie a duras penas, luchando contra el oleaje, que me hace perder el equilibrio. Me aparto el pelo pegado a la cara mientras escucho sus carcajadas.

—¡Sabes que no sé nadar! —Río con algo de nerviosismo—. Me podría haber ahogado, tonto.

Es muy fácil que Daniel te saque una sonrisa cuando se comporta natural, tal y como es, alegre y desenfadado. Vuelve a tirar de mi brazo, y mi cuerpo se encuentra con el suyo. El agua nos llega a la altura de la cintura. Ha calculado bien dónde tirarme para que no supusiese ningún peligro. No puedo enfadarme con él.

—Escúchame bien, Adriana. —Me mira fijamente con su rostro a escasos centímetros del mío—. Eres lo que más me importa en el mundo, eso ya lo sabes.

Sonrío de oreja a oreja. Escuchar eso me hace sentir la mujer más feliz del mundo. Da igual las veces que ya me lo haya dicho a lo largo de estos años; mi corazón sigue palpitando ante esas dos palabras como si fuese la primera vez que las pronuncia.

—Y también sabes que te quiero, y mucho. —Se inclina y me besa—. Te juro que siempre te haré feliz y estaré a tu lado para cumplir con ello porque, por encima de todo, quiero que tú seas feliz. Conmigo o con otra persona, si algún día así lo quieres.

Lo miro algo fastidiada por sus palabras. ¿Cómo pensaba que me querría ir con otro? ¡Nun

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta