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FLORES AMARILLAS

Erica Vera  

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Fragmento

Capítulo 1

Martes

Se despertó agitada y se sentó en la cama con los ojos bien abiertos. Todo se encontraba igual, en el mismo sitio. La luz de la calle bañaba los mismos rincones y el leve sonido del reloj sobre la mesa de luz acompañaba sus pestañeos. Estiró el brazo y prendió la luz del velador: 2.40. Se levantó y caminó descalza hasta la cocina mientras pensaba que aquella era la tercera vez que se despertaba así en la madrugada: agitada y con ese pinchazo en la nuca. Tomó un vaso, abrió la canilla y lo llenó de agua. Se sentó a oscuras a beberla pausadamente, tratando de calmar el frenético latido de su corazón.

El vaso vacío sobre la mesa y sus rodillas acalambradas le dieron cuenta de que había estado allí por más de una hora. El reloj de pared marcaba las 3.45. Sabía que no volvería a dormir, así que comenzó a pensar qué podría hacer para entretenerse. La noche anterior había planchado toda la ropa y la anterior a esa, limpiado en detalle la cocina y el comedor.

Regresó a su habitación y se sentó en la cama con la computadora encima. Googleó su nombre por quinta vez esa semana. Halló lo que ya sabía y un dato más que desconocía: la hora y el día de su boda. El lugar lo conocía bien porque era el mismo que, juntos, habían fantaseado para casarse.

—No puede ser —susurró sin abrir demasiado la boca.

Siguió investigando los sitios y los links que se abrían acerca de él, de sus películas, de sus escándalos, de ella y de su familia. De las salidas al cine con los sobrinos, de la página de Facebook y los twitts más famosos. Algunas fotos en Instagram y...

—Pero qué mierda...

Entre tanta información se había colado una en particular. Ella le sonreía con la mirada mientras le servía un cortado. Aquella había sido exactamente la primera vez que se «encontraron». ¿Cómo había llegado esa imagen a Google? ¿Quién la había sacado? ¿Es que acaso...? No. Nadie supo de ellos dos y, menos, de su corta relación. No hubo paparazzi, notas, ni escándalos. Nada. Como si ella no hubiese existido en la vida del famosísimo actor Rodrigo Lacoste.

La computadora le preguntaba si deseaba cerrar todas las pestañas y ella respondió que sí. Cerrar a todo. La imagen de la playa que tenía como fondo de pantalla le fue devolviendo la calma poco a poco. Pero no por mucho. El hilo de pensamiento que comenzó con el sonido del mar, que rebotaba en sus oídos, terminó con la noche que habían pasado juntos en un hotel de esa misma localidad.

—La puta madre... —En un impulso, cerró la computadora y la apoyó del otro lado de la cama. Las 4.15. Aún le quedaban dos horas para comenzar a alistarse para ir a trabajar. Tomó su celular y comenzó a buscar el nombre de algún contacto que estuviese despierto a esa hora. Nadie. Del WhatsApp saltó a Instagram, luego a Facebook y de ahí a algún juego que le quitara su nombre y la fecha de su boda de la cabeza. Terminó cerrando todas sus cuentas. Lo más sano era alejarse de la información.

La alarma sonó tres veces, avisándole que debía levantarse. Se había quedado dormida con el celular en la mano. Se puso de pie de un salto y a los apurones se metió en la ducha. Con el pelo aún húmedo y unas ojeras traslúcidas llegó al restaurante donde había comenzado a trabajar la semana anterior. La sonrisa de su jefe la recibió en la puerta.

—¿Otra noche complicada, Solcito?

—Algo así. ¿Todo bien por acá?

—Sí —respondió mientras aplastaba su cigarrillo y entraba detrás de ella.

El movimiento de la mañana porteña la aisló de sus pensamientos por un buen tiempo. Lola, su compañera, y Guillermo, su jefe, resultaron ser un bálsamo sanador para sus nervios. Chistes, sonrisas y palabras de aliento en el momento justo hacían de aquel lugar su lugar. Ese sitio especial donde encontraba la paz que había salido a buscar el día que renunció a su antiguo puesto.

Para las 3 de la tarde había solo dos ancianos, que tomaban café leyendo el diario. Lola limpiaba las mesas vacías y Guillermo se fumaba el decimocuarto cigarrillo en la vereda. El tránsito había mermado y, de a poco, las horas sin dormir le iban pesando cada vez más. Se sentó junto a la barra con una taza de café enorme frente a sus ojos. Intentaba mantenerse despierta y rogaba que el restaurante se llenara una vez más de gente. Carlos, el cocinero, la observaba desde la ventanita que dividía el comedor con la cocina.

—¿Qué le pasa, Sol? ¿No durmió? —No la tuteaba.

—No. La verdad es que últimamente me está costando pegar un ojo. Necesito una palangana de café para despabilarme. —Apoyó la cabeza sobre sus brazos y entrecerró los ojos.

—Arriba, morocha. Hay un cliente en la ocho —la despertó Guillermo al pasar.

Sol se restregó los ojos y le dio un sorbo al café. Dio un salto de la silla y se dirigió a la mesa que le correspondía atender. Se detuvo cuando reconoció esa gorra y esos lentes oscuros. Inmediatamente, se miró los pies y maldijo haberse quedado dormida. Había ido a trabajar de la peor manera. Giró sobre sus talones y cuando estaba a punto de pedirle a Lola que atendiera su mesa...

—Disculpe... —Su voz le llegó como un rayo y la atravesó completamente. Esa voz. Esa voz que le había dicho que la amaba, que ella era todo... y la misma voz que le había dicho que lo suyo no podía ser. Que era imposible y que lo mejor sería terminar. Terminar para casarse con Lourdes Ayala, modelo, actriz, vedete....

—Sol. —Guillermo se le acercó y notó las lágrimas que brotaban de sus ojos y caían sobre su remera. Tenía las manos apretadas y arrugaba cada vez más el delantal que llevaba puesto—. Lola, atendé la ocho, por favor. —Levantó la voz y se llevó a Sol a la cocina. Lola entendió poco de ese intercambio, pero hizo lo que le pidieron. Volvió con la comanda y con la necesidad de saber qué había ocurrido.

El panorama que encontró fue extraño; Sol, sentada en una silla con la cabeza para abajo y un repasador húmedo sobre su nuca. Carlos la abanicaba con un cuaderno y Guillermo buscaba el número de teléfono que había dejado para comunicarse por cualquier emergencia.

—¿Qué pasó? —preguntó desconcertada.

—Creo que se le bajó la presión —respondió Guillermo con el celular en la oreja—. No me atiende nadie, Sol. ¿El teléfono de tu hermano es...?

—Ya estoy mejor, Guille. No te preocupés.

—Ay, Sol. ¡Qué justo, eh! Justo que vino ese bombonazo. ¿Saben qué? Me parece que es Rodrigo Lacoste. —Sol escuchó la confirmación que necesitaba y hundió su cabeza aún más dentro de sus piernas.

—¿Quién es ese? —quiso saber Carlos.

—El que trabaja en Soñar y amar.

—¿Eh?

—La novela, Carlos. ¿Acaso su mujer no ve la novela?

—No. Bah... no sé. Puede ser. Yo llego y me tiro a dormir. —Carlos dejó de abanicar a Sol y estiró el cuello desde la puerta para ver al famoso que visitaba el bar.

—Dale, Sol. Vení y nos sacamos una foto, ¿querés? Seguro que cuando lo veas se te pasa todo.

—Lola. No seas desubicada y andá a llevarle el pedido al señor de la diez.

—Siempre tan amargo vos. —Le sacó la lengua a su jefe y se retiró.

—Solcito... ¿y si salís un rato afuera? Quizás, si tomás algo de aire, te vas a sentir mejor. Hace mucho calor acá.

—No, no. Yo me quedo acá. Gracias. —Ni loca pasaría delante de él.

—Andá a mojarte la cara aunque sea, nena. Haceme caso. —La levantó sin muchos problemas y la acompañó al baño. Por suerte, este quedaba detrás de una pared y, desde

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