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FLOWER. UN AMOR INTENSO

Elizabeth Craft   Shea Olsen  

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Fragmento

Capítulo uno

Dos meses antes...

Mi teléfono suena en mi bolso, es un silbido agudo que recuerda al pitido de un tren a lo lejos. Rebusco entre cacao para labios, tickets de compra y una servilleta del Starbucks hasta que por fin saco mi móvil.

Es un mensaje de Carlos, mi mejor amigo desde el colegio. ¿En qué andas?

Top secret, le contesto junto con dos emoticonos de flores para enfatizar. Carlos ya sabe que estoy en el trabajo. Llevo trabajando en la lujosa floristería Bloom Room casi todos los días después de clase durante los últimos tres años.

¿No quieres ir a una de las fiestas de Farrah antes de que nos graduemos?, responde Carlos.

Aquí lo que pasa es que no quiere ir solo. El chico que le mola estará allí: Alan Gregory, un chico de nombre compuesto que va al instituto privado Worther de Beverly Hills y que ha estado coqueteando con Carlos desde que se conocieron en un concurso de Clubes de Debate el mes pasado.

Suspiro y apoyo los codos sobre el mostrador. Lo siento, escribo. Te irá genial sin mí… como de costumbre. Siempre me pierdo todos los eventos sociales: fiestas, discotecas, viajes a Venice Beach para ver la puesta de sol y beber ron de una petaca.

Mi teléfono pita de nuevo: ¡¡NECESITO A MI CHARLOTTE!!

Me río, soplando mi flequillo oscuro e irregular y apartándolo de mis pestañas.

Por desgracia, tu Charlotte le dijo a Holly que cerraría esta noche. Ve tú por los dos, escribo.

Esta es mi vida: clases, trabajar tres días a la semana en la floristería, prácticas de investigación en la universidad UCLA dos días por semana, estudiar en la pequeña casa que comparto con mi abuela y mi hermana mayor. Enjabonar. Enjuagar. Enjabonar.

Enjuagar… Y vuelta a empezar. No es que me haya propuesto ser la mayor marginada social de toda la ciudad de Los Ángeles, pero sí ser la primera mujer en mi familia que va a la universidad, y no quiero descarrilarme como hicieron mi madre y mi hermana: teniendo hijos antes de cumplir los veinte y sin esperanzas de un futuro mejor. Y es por eso por lo que, a mis dieciocho años, jamás he besado a un chico, nunca he hecho manitas con nadie en el pasillo entre clases y ni siquiera he asistido a un baile en el gimnasio del insti.

Carlos envía unos cuantos emoticonos llorosos.

Estoy a punto de escribir algo nuevo cuando un escalofrío me sube por la nuca: alguien me está mirando.

Elevo la vista desde mi teléfono y se me corta la respiración.

Un chico está de pie al otro lado del mostrador, con las manos en los bolsillos, mirándome. Ni siquiera he oído el timbre de la puerta al entrar. Me estremezco y me enderezo desde el mostrador en el que estaba apoyada. Me doy cuenta de que el amplio cuello de mi camiseta de tirantes se ha bajado por la parte del pecho, dejando al descubierto la curva de mi sujetador rosa.

—¿Puedo ayudarte? —pregunto, deslizando el teléfono móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros y escondiendo una vergüenza que ya delata mi piel.

Me mira fijamente, sus ojos oscuros van de mi clavícula a mi cara, como si le costase encontrar la respuesta a mi pregunta.

—Necesito unas flores.

Es guapísimo, observo: pómulos duros y labios que se encuentran en una línea recta…, labios que atraen mi mirada durante un instante demasiado largo.

—¿Sabes lo que quieres? —pregunto, obligando a mi cerebro a que siga la retahíla habitual de preguntas mientras mis ojos continúan dejándose llevar por él: pantalones vaqueros rotos, pelo muy corto y una camiseta fina medio metida por el vaquero. Los fuertes músculos de sus hombros solo se intuyen bajo las mangas del algodón y su pecho es ancho y marcado. Es alto, musculoso y esbelto.

—No estoy seguro —responde con tono seco.

—Ven conmigo —le digo de forma automática saliendo de detrás del mostrador. Él mantiene cierta distancia con mi espalda mientras caminamos hacia la parte trasera de la tienda, donde una pared con rosas, lirios y ramos terminados esperan ser escogidos por los clientes. Señalo con un gesto hacia la cámara frigorífica, tratando de evitar que mis ojos se queden fijos demasiado tiempo en su rostro. Hay que ser disciplinada para ignorar a chicos increíblemente guapos, y estoy orgullosa de mi maestría. Pero en este instante, hay algo en este chico en concreto que me hace sentir incómoda y demasiado consciente de la postura de mi cuerpo, de mis torpes manos, de mis mejillas calientes—. Con unas rosas es imposible equivocarse.

Su mirada va de mí a las flores y su mandíbula se tensa y destensa. Conozco esta rutina, la veo todos los días: un chico necesita flores para su novia por su aniversario o para pedir perdón por algo, pero no tiene ni idea de qué color escoger, ni cuántas, ni si es mejor que vayan en un ramo envuelto o en un jarrón, y luego agoniza en el mostrador intentando decidir qué escribir en la pequeña tarjeta cuadrada que introduzco en el ramo.

Sus ojos se posan sobre mí ahora y no puedo evitar otra mirada en su dirección. Algún lugar de las facciones de su rostro, de la estructura de su mandíbula perfectamente formada y del contorno oscuro brillante de sus ojos, me resulta vagamente familiar. Quizá vaya a mi instituto. Quizá sea uno de los chicos atormentados y melancólicos que fuman cigarrillos entre clase y clase en el parking.

—¿Nos conocemos? —pregunto, y al instante deseo no haberlo hecho. Si es cierto que va a mi instituto, prefiero fingir que no lo conozco si lo veo en los pasillos y evitar la típica media sonrisa incómoda y el saludo con la cabeza.

Cambia de lado el peso de su cuerpo, eleva los hombros con las manos aún en los bolsillos, como si estuviera esperando a que yo respondiera a mi propia pregunta. El silencio se cuela entre nosotros y la comisura de sus labios tiembla un poco.

Mi

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