Loading...

FRANCO (EDICIóN ACTUALIZADA)

Paul Preston  

0


Fragmento

Agradecimientos

He trabajado en este libro durante años. Inevitablemente, en ese tiempo he quedado en deuda con muchas personas, las cuales, de una manera u otra —compartiendo recuerdos e ideas, ayudándome a obtener valioso material, y ya por último, leyendo diferentes borradores— han contribuido a que el producto final sea mejor de lo que, de otra manera, hubiese sido. Deseo aprovechar la oportunidad para agradecérselo aquí.

Agradezco encarecidamente la ayuda del personal de las siguientes bibliotecas y archivos: la biblioteca del Queen Mary y Westfield College, y, en particular, a Susan Richards de la sección de préstamos interbibliotecarios; el Institute of Historical Research y, en concreto, Bridget Taylor; la British Library of Political and Economic Sciences, el Public Record Office, el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores español, la British Library, sedes de Bloomsbury y Colindale, la biblioteca de la Universidad de Cambridge, la Allison Peers Collection de la biblioteca universitaria de Liverpool. También me gustaría dar las gracias al Controller de la HM Stationery Office, merced a quien he podido introducir en el presente volumen las citas de los documentos del Public Record Office. Asimismo, deseo dar las gracias a Carol Toms, del Queen Mary y Westfield College, y a Pat Christopher de la London School of Economics por su indesmayable apoyo y por la amabilidad con que me ayudaron a cumplir con los deberes administrativos que apartan a los profesores de la investigación y la enseñanza.

Por contarme o escribirme sus experiencias a propósito de Franco y su régimen, estoy enormemente agradecido a las siguientes personas: Ignacio Arenillas de Chaves, Rafael Calvo Serer, Joaquín Calvo Sotelo, Cirilo Cánovas García, Fabián Estapé Rodríguez, Joseba Elósegui, general Hernando Espinosa de los Monteros, Ignacio Espinosa de los Monteros, Manuel Fraga Iribarne, Ramón Garriga Alemany, José María Gil Robles, Ernesto Giménez Caballero, Folke von Knobloch, Juan Cristóbal von Knobloch, Laureano López Rodó, Adolfo Muñoz Alonso, José Joaquín Puig de la Bellacasa, general Ramón Salas Larrazábal, María Salorio, Ramón Serrano Súñer, Fernando Serrano-Súñer Polo y a Eugenio Vegas Latapié.

Por su inestimable ayuda en la localización de importante material documental, estoy en deuda con los siguientes amigos y colegas: Angelines Alonso, John Costello, Lesley Denny, Chris Ealham, Agustín Gervás, Antonio Gómez Mendoza, Ian Gibson, Joe Harrison, Santos Juliá, Qasim bin Ahmed, Francisco Villacorta Baños. Ricardo Figueiras Iglesias me proporcionó una valiosa colaboración respecto del material referido a Galicia. Por su decisiva ayuda en la búsqueda de información relacionada con las diferentes épocas de Franco en Asturias, tengo una gran deuda contraída con Carmen Benito del Pozo y Victoria Hidalgo Nieto. Por sus indicaciones relativas a las pinturas de Carrero y Franco le quedo reconocido a Nigel Glendinning. Por sus datos sobre el trasfondo musical del viaje de Bernhardt a Bayreuth, quiero dar las gracias a Norman Cooper y a Barry Millington. Sobre los aspectos referidos a la aviación durante la Guerra Civil, he aprendido mucho de Gerald Howson y, sobre otros aspectos militares de la intervención alemana, de Williamson Murray. Sobre la psicología de Franco, tuve la suerte de contar con los grandes conocimientos de Nina Farhi. Sobre los diferentes temas médicos tratados en el último capítulo, he contado con el valioso asesoramiento del doctor Roy MacGregor y Anthony Ashford-Hodges, miembro del Real Colegio de Cirujanos. Igualmente, estoy agradecido a Michael Alpert, Brian Bond, George Hills y David Wingeate Pike por sus indicaciones relativas a detalles referidos al papel de Franco en la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Obtuve gran estímulo y ánimos de las conversaciones sobre Franco durante muchos años y alrededor de muchas mesas con Alicia Alted Vigil, Joan Ashford-Hodges, José María Coll Comín, Elías Díaz, Musa Farhi, Jerónimo Gonzalo, Juan Antonio Masoliver, Florentino Portero, Denis Smyth, Javier Tusell y Manuel Vázquez Montalbán. Una serie de amigos han participado en gran medida en la gestación de este volumen, discutiendo conmigo sobre Franco, proporcionándome material prácticamente inaccesible, así como leyendo y comentando los primeros borradores del texto: Nicolás Belmonte, Sheelagh Ellwood, Enrique Moradiellos, Ismael Saz, Herbert R. Southworth y Ángel Viñas.

Los defectos de este libro sólo son atribuibles a mi persona. Si no son mayores, se debe a la ayuda que he recibido de los amigos antes mencionados, así como de otros dos: Mía Rodríguez Salgado prestó generosamente su tiempo para atentas e inteligentes lecturas de los sucesivos borradores del manuscrito, las cuales, junto con la implacable pero siempre provechosa crítica a la que el texto fue sometido por Jonathan Gathorne-Hardy, lo mejoraron enormemente. En verdad, uno de los mayores placeres surgidos al hilo de la elaboración del libro provino de las conversaciones con ambos sobre las relaciones entre biografía y narrativa. Philip Gwyn Jones, de Harper-Collins, condujo el libro a través de las diferentes etapas de elaboración y confección con mano segura y sensible.

Durante muchos años, mi esposa, Gabrielle, soportó la presencia en nuestro hogar de un desagradable huésped, que no había invitado, en la persona de Francisco Franco. Sin su tolerancia y apoyo, la vida con el Caudillo hubiera provocado una ruptura mucho antes de que el libro hubiese sido concluido. Por otra parte, muchos de los juicios que han mejorado el libro en gran medida provienen de su agudo sentido crítico. Por último, quisiera dar las gracias a mis hijos, James y Christopher, a quienes este libro está dedicado. Sin ellos, el libro habría sido acabado mucho antes, y tanto él como yo habríamos salido perdiendo.

Prólogo a la edición de 2015

En el prólogo a la edición de 2002 de este libro pude reflexionar sobre la relativa pobreza de las biografías de Franco anteriores a la primera edición y sobre las importantes aportaciones posteriores. Los trece años que han transcurrido desde la aparición de aquella segunda edición han proporcionado una visión aún más rica de la complejidad que plantea biografiar una figura tan enigmática y sobre la cual se han fabricado tantos mitos.

Por lo tanto, a lo largo del texto de esta edición he hecho muchos cambios y adiciones puntuales que responden a mis últimas investigaciones y a las de otros historiadores. De este modo, he podido matizar y enriquecer algunas apreciaciones de los inicios de la carrera militar de Franco, de su papel en la Guerra Civil española, sobre todo con respecto a su ascenso, a los bombardeos del País Vasco y a la represión, de su papel en la Segunda Guerra Mundial y sus relaciones con Hitler, Mussolini y los británicos, de sus relaciones con sus colaboradores militares como el almirante Luis Carrero Blanco, el coronel Juan Beigbeder y el general Gonzalo Queipo de Llano entre otros, de su relación con los Estados Unidos en la posguerra y de sus últimas enfermedades y su muerte. La bibliografía ha sido puesta al día para reflejar la avalancha de nuevos estudios aparecidos en los últimos años.

Al final del libro he añadido dos apéndices. El primero, «Una reflexión posterior: Biografiar a Franco», tiene dos finalidades. En primer lugar, abunda con mucho más detalle en algo tocado en el prólogo de la edición de 2002, es decir, el análisis de cómo ha evolucionado la manera de biografiar al Caudillo, desde los hagiografías anteriores a su muerte, pasando por una fase infinitamente más crítica, por no decir demoledora a juzgar por las histéricas reacciones franquistas que este libro suscitó, para volver más recientemente a los intentos infructuosos de reivindicar su figura. En segundo lugar, reconoce que en las ediciones anteriores de este libro apenas se trataba la represión y la corrupción. En cuanto a la represión, estudiarla a fondo habría resultado difícil antes de finales de los años noventa y, aun de haber sido posible, habría aumentado de forma inmanejable un libro ya voluminoso. Sin embargo, esa laguna ha sido subsanada gracias a las investigaciones de muchos historiadores que han trabajado en la recuperación de la memoria histórica, y que traté no en este libro sino en mi obra El holocausto español. En lo que respecta a la corrupción, en las ediciones de 1993 y 2002 me había basado en el trabajo pionero de Mariano Sánchez Soler. Ahora, intento demostrar brevemente cómo, desde la segunda edición, el tema ha avanzado considerablemente con tres obras posteriores de Sánchez Soler, unos artículos importantes del periodista Javier Otero y un libro exhaustivo de Ángel Viñas.

El segundo apéndice trata de otra laguna de las anteriores ediciones de este libro. Me refiero al antisemitismo de Franco. Ya había hecho referencia a sus declaraciones retóricas sobre el tema que dejaban poco margen de duda acerca de sus sentimientos o, como mínimo, de su disposición a hacer todo lo posible para congraciarse con Hitler. Sin embargo, sobre las relaciones entre los gobiernos de Franco y los judíos durante la Segunda Guerra Mundial había relativamente poca información. Ahora el apéndice «Franco y los judíos» aprovecha una serie de investigaciones muy relevantes realizadas en los últimos veinte años en Israel, España, Gran Bretaña y Alemania que han enriquecido nuestro conocimiento de esta faceta tan esclarecedora de la personalidad y la actuación política de Franco.

Prólogo a la edición de 2002

El rostro cambiante del Caudillo

Cuando Random House Mondadori me ofreció generosamente la oportunidad de revisar este libro, el hecho suscitó en mí una reflexión sobre lo que había ocurrido antes y lo ocurrido desde entonces. A la luz de lo que se ha publicado sobre Franco y su régimen en el último decenio, es asombroso recordar la parquedad de lo que era accesible cuando, a fines de los años setenta, empecé a considerar la posibilidad de escribir una biografía del dictador. Había una plétora de hagiografías, pero muy pocos trabajos críticos. No sólo había pasado Franco en persona gran parte de su vida falsificando y adornando los pormenores de su vida anterior a 1936, sino que, desde los primeros momentos de la conspiración que dio origen al golpe militar del 18 de julio de 1936, sus partidarios falsificaron también su propia historia y la de sus enemigos. Uno de los contados esfuerzos para combatir los efectos de la inmensa máquina de propaganda de la dictadura fue la gran editorial del exilio español antifranquista, Ediciones Ruedo Ibérico, dirigida en París por un anarquista excéntrico y enormemente culto, José Martínez Guerricabeitia. Ruedo Ibérico asestó varios golpes contra dichas falsificaciones del régimen, comenzando con la publicación de una traducción al español del clásico de Hugh Thomas sobre la Guerra Civil española. Introducidos ilegalmente en España y vendidos clandestinamente, los libros de Ruedo Ibérico tuvieron un impacto enorme. El libro de Hugh Thomas relataba la historia de la guerra de forma amena y objetiva —algo que era en sí mismo un golpe devastador contra los defensores de lo que llamaban la cruzada de Franco—, y fue, por consiguiente, ansiosamente devorado por todo el que consiguió hacerse con un ejemplar. Tan importante o más fue el esfuerzo de Herbert Southworth, que llegó a ser una figura señera en la historiografía de la Guerra Civil española debido a la publicación en París de su libro El mito de la cruzada de Franco, en 1963. Southworth no narraba la guerra sino que más bien desmantelaba, línea a línea, la estructura de falsedades erigida por el régimen franquista para justificar su existencia.

Poco después de la aparición de Ruedo Ibérico, España se dedicó a la ruidosa celebración nacional de los «Veinticinco Años de Paz» desde el fin de la Guerra Civil. Para contrarrestar la masa de alabanzas indiscriminadas, Ruedo Ibérico publicó una biografía del Caudillo escrita por un vasco, Luciano Rincón. Bajo el seudónimo de Luis Ramírez, éste contaba una historia muy diferente a la que se deducía del autobombo al que se entregaron el general Franco y sus partidarios a todo lo largo de 1964. Los actos multitudinarios, los desfiles, los homenajes en la prensa, los documentales televisivos, no celebraron la paz sino la victoria. Todas las ciudades y pueblos españoles se engalanaron con carteles donde se afirmaba que la lucha nacional había sido una cruzada religiosa para purgar a España de las hordas ateas de la izquierda. Lo que se celebraba era el hecho de que el Caudillo hubiera triunfado en mantener una división enconada entre vencedores y vencidos, entre la privilegiada «España auténtica» y la castigada «anti-España». Por esta razón, el estudio de Luciano Rincón, profundamente lúcido y fuertemente hostil, publicado con el título de Franco. Historia de un mesianismo (Ruedo Ibérico, París, 1964), fue de importancia considerable.

Es indicio de hasta qué punto afectaron al régimen los esfuerzos de Ruedo Ibérico que el ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, se sintiera obligado a actuar para contrarrestar el impacto intelectual y moral de los libros que estaban entrando en España clandestinamente desde París. Así, se creó en el Ministerio de Información un departamento especial con el nombre de Sección de Estudios sobre la Guerra de España. Para dirigirlo se nombró a un joven funcionario de dicho ministerio, Ricardo de la Cierva y de Hoces. Su trabajo consistía, en líneas generales, en actualizar la historiografía oficial del régimen con objeto de repeler los ataques que provenían de París y, para ello, quedó a su disposición un volumen considerable de recursos. Entre los muchos trabajos elaborados por el equipo dirigido por Ricardo de la Cierva se encontraba una enorme biografía actualizada del Caudillo. Publicada en fascículos semanales a comienzos de la década de 1970, se conoció popularmente con el nombre de Simplemente Paco por haber coincidido su aparición con la de la popular radionovela Simplemente María. Pese a contener una enorme cantidad de información nueva, la biografía mantenía los mitos esenciales de la historiografía franquista. La tesis anti-Franco fue reiterada por Luciano Rincón, tras la muerte del Caudillo, cuando actualizó su libro con el título de Francisco Franco. La obsesión de ser, la obsesión de poder. Hasta mediados de los años ochenta no aparecieron dos breves biografías críticas: El general Franco (Argos Vergara, Barcelona, 1983) de Carlos Fernández Santander, y Franco: autoritarismo y poder personal (El País, Madrid, 1985) de Juan Pablo Fusi.

Había, por tanto, escasez de estudios críticos disponibles. Más aún, como observaba en el prólogo de la primera edición, Franco estaba envuelto en las brumas de una oscuridad cuidadosamente generada. Se imponía, por todo ello, una criba del cúmulo de falsedades en busca de las claves de Franco. La primera biografía significativa del Caudillo fue la de Joaquín Arrarás, Franco (Librería Santarén, Valladolid, 1939). Arrarás había sido amigo de Franco desde 1917 cuando ambos se alojaban en el mismo hotel de Oviedo. Su biografía era importante porque estaba claramente basada en entrevistas y conversaciones con Franco, lo cual significaba que lo que Arrarás contaba sobre la infancia de Franco, la perfección y religiosidad de su madre, o su ascenso en el Ejército de soldado raso a general, era, en efecto, la versión del propio Caudillo. En la década de 1940 se publicaron otras muchas hagiografías, pero el siguiente hito biográfico lo puso el libro de Luis de Galinsoga y Francisco Franco Salgado, Centinela de Occidente (Semblanza biográfica de Francisco Franco) (AHR, Barcelona, 1956). Luis Martínez de Galinsoga era un conocido panegirista, lo cual le valió ser nombrado director de La Vanguardia, a la que dio un sesgo ferozmente anticatalanista. En su libro se sirvió esencialmente de las memorias del leal primo de Franco, «Pacón» (Francisco Franco Salgado-Araujo) (que serían posteriormente publicadas con el título de Mi vida con Franco), para adornar con detalles oportunos lo que era esencialmente una hagiografía. La importancia de este libro radica también en la medida en que revela la autopercepción del propio Franco. El libro de Galinsoga resume la situación tras el pacto de 1953 con Estados Unidos y —con el visto bueno de Franco— presenta al Caudillo como clave de la defensa de Occidente —ese «centinela de Occidente»— y se refiere al Pardo como «eje de Occidente y mediador con el Este».

También significativas, aunque no por las razones obvias, fueron la serie de biografías basadas en entrevistas concedidas por Franco a periodistas británicos. Los libros de S. F. A. Coles, Franco of Spain (Neville Spearman, Londres, 1955); de Brian Crozier, Franco: A Biographical History (Eyre & Spottiswoode, Londres, 1967) y de George Hills, Franco: The Man and His Nation (Nueva York, 1967), tenían en común el hecho de que los tres autores habían entrevistado al Caudillo, suministrando, por ello, nuevos peldaños a la escala de autoglorificación y mitificación de Franco. Todos ellos reprodujeron de labios del propio Franco el mito del soldado del Rif que era además lector ávido. Huelga decir que también concurrieron con Galinsoga en ratificar la imagen del héroe anticomunista.

Pese a los méritos del trabajo de Luciano Rincón, cuando yo comencé a trabajar a fondo en la biografía de Franco la balanza de los estudios se inclinaba fuertemente a favor del dictador, lo cual no era en modo alguno extraño dado que los propagandistas del régimen habían dispuesto de más de tres decenios y medio para manipular los hechos históricos. Con todo, había una enorme cantidad de material disponible en los archivos extranjeros y éstos serían una de mis principales canteras. Además, en gran medida gracias a la serie de memorias que el gran editor Rafael Borràs Betriu convenció a muchos franquistas para que publicaran, empezaba a surgir un auténtico caudal de anécdotas reveladoras sobre el Caudillo. La imagen de Franco quedó después seriamente deteriorada con la publicación de las memorias de Pacón Salgado-Araujo y de su diario de conversaciones con Franco —una especie de equivalente del Table Talk de Hitler—: Mi vida junto a Franco (Planeta, Barcelona, 1977) y Mis conversaciones privadas con Franco (Planeta, Barcelona, 1976). Ambos bienintencionados, estos libros revelan sin quererlo la pasmosa mediocridad y estrechez de miras de Franco. Un efecto similar creó la publicación de las memorias del general Kindelán, de Ramón Serrano Súñer, de Pedro Sainz Rodríguez, de la hermana de Franco, Pilar Franco, y de su hija, Pilar Jaraiz Franco.

La familia de Franco y la Fundación Nacional Francisco Franco han hecho un gran esfuerzo para publicar una biografía aceptable, la cual apareció en forma del libro de Luis Suárez Fernández, Francisco Franco y su tiempo (8 volúmenes, Fundación Nacional Francisco Franco, Madrid, 1985), y posteriormente, del mismo autor y con ilustraciones añadidas, Franco: la historia y sus documentos, 20 volúmenes (Urbión, Madrid, 1986). Luis Suárez Fernández, historiador medievalista, elaboró una crónica árida y detallada escrita desde el punto de vista de una profunda admiración hacia Franco. En ella se repiten todos los mitos consabidos sobre el Caudillo: que él por sí solo consiguió mantener a España fuera de la Segunda Guerra Mundial, que era el cerebro que engendró el milagro económico. Su tono indulgente, por no decir laudatorio, puede deducirse de su versión de la reacción de Franco a la creación de una academia militar carlista el 8 de diciembre de 1936. Franco consideró este acto como el equivalente de un golpe de Estado y estudió seriamente la posibilidad de ejecutar al líder carlista Manuel Fal Conde. Por último, le dio cuarenta y ocho horas para salir de España o enfrentarse, en caso contrario, a un consejo de guerra. En abril de 1937, Franco le dijo al embajador de Hitler, general Wilhelm Faupel, que había estado «a punto de decidir la inmediata ejecución de Fal Conde acusado de alta traición pero que se había abstenido de hacerlo porque ello habría producido mala impresión entre los requetés del frente, que luchaban con arrojo». El comentario de Franco a Faupel es enteramente acorde con su actitud hacia lo que él consideraba traición. La benévola glosa de Suárez Fernández sobre este incidente es reveladora: «Éste es un modo tópico de conversación española que no tiene sentido literal; como cuando una madre le dice a un hijo, “te voy a matar”». El mayor valor de la obra de Suárez Fernández es su abundante uso de lo que se han llamado «los papeles de Franco», lo cual significa los documentos conservados en la Fundación Nacional Francisco Franco. Es altamente objetable que lo que son en esencia documentos de Estado no sean accesibles al público en general. Ahora bien, por los que utilizó Suárez Fernández y por los volúmenes ya publicados de dichos papeles, se advierte que son documentos que Franco recibió más que escritos personalmente por él. Con todo, no carece de importancia saber lo que pasaba por el escritorio de Franco.

Aproximadamente cuando yo había terminado mi manuscrito empezó a aparecer una gran oleada de materiales sobre Franco. Se publicó la interesante biografía de Enrique González Duro, Franco: una biografía psicológica (Temas de Hoy, Madrid, 1992), que presentaba la obsesión de Franco por matar tanto en el campo de batalla como en la caza como síntomas de frustración sexual, un desplazamiento de la actividad sexual y la realización de una fantasía de dominio y odio sádico hacia las mujeres. El estudio psicológico de González Duro sería el único de su clase hasta la publicación de otro, algo más sutil: el de Gabrielle Ashford Hodges, Franco. Retrato psicológico de un dictador (Taurus, Madrid, 2000). También a comienzos de los años noventa, Javier Tusell, que había escrito ya una serie de importantes libros sobre Franco y su régimen —destacando entre ellos Franco y los católicos: la política interior española entre 1945 y 1957 (Alianza Editorial, Madrid, 1984)—, publicó su notable trabajo sobre las relaciones entre Franco y la derecha, Franco en la guerra civil. Una biografía política (Tusquets, Barcelona, 1992). Junto a las memorias anteriormente mencionadas, y las de Eugenio Vegas Latapié, Tusell proporcionó un conocimiento decisivo sobre el proceso mediante el cual Franco devino en depositario de la confianza y el poder de la derecha.

Después de mediados de los años noventa, las grandes revelaciones no han estado directamente relacionadas con Franco sino con aspectos diversos de su régimen. En la medida en que las más importantes guardan relación con la represión en que se fundamentaba el régimen, necesariamente suministran nuevos matices sobre el dictador. Era ya conocida desde hacía tiempo la indiferencia de Franco a la pérdida de vidas humanas. Ésta había sido una característica constante de su vida cuando era joven soldado de África. En las primeras etapas de la Guerra Civil concedió una entrevista a la periodista americana Jay Allen en Tetuán el 27 de julio de 1936. Cuando Allen le preguntó: «Ya que el golpe de Estado ha fracasado, ¿cuánto tiempo va a continuar la masacre?», Franco contestó tranquilamente: «No puede haber concesiones ni tregua. Yo continuaré preparando el avance sobre Madrid, avanzaré y tomaré la capital». Y gritó: «Salvaré España del marxismo al precio que sea». Allen preguntó si no se había llegado a un punto muerto. Franco le miró francamente sorprendido y dijo: «No, ha habido obstáculos. La deserción de la flota fue un golpe, pero continuaré el avance. Pronto, muy pronto, mis tropas habrán pacificado al país, y todo esto (el general movió la mano señalando hacia España) pronto parecerá una pesadilla». Allen le preguntó: «¿Eso significa que tendrá usted que fusilar a media España?». El general Franco sacudió la cabeza y sonriendo dijo: «Repito, cueste lo que cueste».

Las investigaciones recientes sobre las víctimas de la guerra y la represión de la posguerra —las más conocidas son la colección que dirige Santos Juliá, Víctimas de la guerra civil (Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1999), y hay otras más detalladas como el trabajo de Julián Casanova, Ángela Cenarro, Julita Cifuentes, María Pilar Maluenda y María Pilar Salomón, El pasado oculto: fascismo y violencia en Aragón (1936-1939) (2.ª edición, Mira Editores, Zaragoza, 1999)— no han hecho más que confirmar lo que Franco había revelado ya sobre sí mismo en la entrevista con Jay Allen.

Los admiradores del general Franco, españoles y extranjeros, se centraron en una serie de «triunfos» que, como es lógico, también fueron proclamados a bombo y platillo por el aparato propagandístico de su régimen. Los logros más frecuentemente citados son la victoria en la Guerra Civil española, supuestamente ganada gracias a su superior técnica militar, la implantación de la disciplina y el orden público en un país anárquico, el mantenimiento de la neutralidad española durante la Segunda Guerra Mundial y la gestación del milagro económico español de los años sesenta. Para sus panegiristas británicos conservadores, el Caudillo era «un aguerrido caballero cristiano» y sus realizaciones suponían «la salvación del alma de una nación». Desde lejos, era fácil pasar por alto el hecho de que, hasta el final de sus días, Franco mantuvo rencorosamente dividida a España entre los vencedores y los vencidos de 1939. Este benévolo padre de su nación consideraba la Guerra Civil como «la lucha de la Patria contra la Anti-Patria» y a los vencidos como la «canalla de la conspiración judeo-masónica-comunista». Como ha demostrado el estudioso inglés Michael Richards en su extraordinario libro Un tiempo de silencio: la guerra civil y la cultura de la represión en la España de Franco, 1936-1945 (Crítica, Barcelona, 1999), la imagen de Franco como patriota magnánimo es difícilmente conciliable con el lenguaje psicopatológico utilizado por los franquistas para calificar a sus compatriotas de izquierdas de seres infrahumanos: canalla sucia, repugnante degenerada y pestilente, escoria, rameras y criminales. Este lenguaje justificaba a su vez la necesidad de «depuración», un eufemismo para referirse a una enorme represión de carácter físico, económico y psicológico. El coste en sangre de salvar el alma de la nación poco importaba a los vencedores.

Pero, si el franquismo tenía tanto de lo que enorgullecerse, habría que preguntar por qué fueron tan implacablemente purgados los archivos policiales, judiciales y militares en los años cuarenta. También de modo significativo, el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores español carece casi por completo de documentos sobre el período de idilio de Franco con Hitler. La redención significó cruentas purgas políticas que continuarían mucho después de haberse ganado la guerra. Esta represión, si bien no negada, fue siempre calificada por Franco y sus acólitos de operaciones policiales legítimas. Incluso las más conservadoras investigaciones posteriores de la represión de posguerra han producido cifras de decenas de miles de víctimas. A la tortura hay que achacar el gran número de suicidios en las cárceles; las autoridades, que se consideraban estafadas por estos «evadidos» de su justicia, reaccionaron a menudo ejecutando a un pariente del preso. La pormenorizada reconstrucción de la represión ha sido uno de los aspectos más notables de la reciente explosión historiográfica española.

Esta tarea esencial se ha visto dificultada por la destrucción unilateral de material archivístico. Como ocurre con la muy proclamada neutralidad de Franco durante la Segunda Guerra Mundial, ello sugiere una cierta conciencia de culpa. Si los franquistas no se sentían incómodos con sus acciones en el exterior y el interior, ¿por qué eliminaban las pruebas? Después de todo, los archivos que documentaban los crímenes, reales o imaginados, de la República fueron cuidadosamente reunidos y perviven al día de hoy. Uno de los mejores trabajos sobre el franquismo aparecidos en años recientes es el de Francisco Espinosa Maestre, La justicia de Queipo. (Violencia selectiva y terror fascista en la II División en 1936). Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba, Málaga y Badajoz (Centro Andaluz del Libro, Sevilla, 2000). No es mérito menor del libro de Francisco Espinosa su crónica sobre la destrucción a manos de «los secuestradores del pasado, los amos de la memoria histórica» de millones de documentos entre 1965 y 1985. En el año 1965 los franquistas empezaron a pensar lo impensable: que el Caudillo no era inmortal y que había que hacer preparativos para el futuro. En el año 1985 el gobierno español empezó a tomar algunas medidas, con retraso y vacilaciones, para proteger los recursos archivísticos de la nación. Entre las pérdidas de aquellos decisivos veinte años figuran los archivos de la Falange, con los expedientes personales de cientos de miles de sus afiliados. Los archivos de las jefaturas de policía provinciales, de las cárceles y de la principal autoridad local del franquismo, los gobernadores civiles, también desaparecieron. Convoyes enteros de camiones se llevaron los documentos «judiciales» de la represión. Además de la deliberada destrucción de archivos, se produjeron también pérdidas «involuntarias» cuando algunos ayuntamientos vendieron al peso sus archivos como papel para su reciclado.

La consecuencia es que resulta imposible la reconstrucción completa a escala nacional del coste humano del golpe militar de 1936. Pese a ello, se realizó un enorme esfuerzo por parte de historiadores locales para recuperar documentación, más minuciosamente en unas regiones que en otras. Hay importantes trabajos sobre Andalucía, Aragón, Cataluña y Galicia que reflejan un éxito notable de esta empresa, de los cuales son ejemplos meritorios las obras de Espinosa Maestre, la del equipo dirigido por Julián Casanova y un libro reciente de Conxita Mir, Vivir es sobrevivir. Justicia, orden y marginación en la Cataluña rural de posguerra (Editorial Milenio, Lleida, 2000). Los horrores de la represión militar en Sevilla y el resto de Andalucía occidental en 1936 no fueron padecidos por Cataluña hasta la caída de esta región en enero de 1939. Conxita Mir utiliza las actas de juicios militares para reconstruir la atmósfera de terror en un período en que simplemente sobrevivir suponía ya para muchos un enorme logro. Aunque algo menos sobrecogedora que la de Espinosa, la rigurosa investigación que ha hecho la profesora Mir en la vida cotidiana de los vencidos en la Lérida rural de los años cuarenta no es menos inquietante. Conxita Mir ha reunido un espantoso catálogo de hambre y enfermedades, represión arbitraria y miedo; miedo a ser detenido, miedo a la denuncia de un vecino o un sacerdote. Huelga decir que semejante represión no era obra de Franco exclusivamente, sino que exigía miles de colaboradores entusiastas. El exhaustivo examen que hace la profesora Mir de 4.000 actas procesales revela el activo papel que tuvieron los párrocos rurales en las denuncias de sus feligreses. Como ella demuestra, el modo en que contribuyeron a exacerbar las divisiones sociales parecía indicar más un afán de venganza que un compromiso cristiano con el perdón y la reconciliación. Y para todo ello, el permiso tenía que venir de Franco.

Uno de los avances más notables en nuestro conocimiento de la España de Franco es un cúmulo de importantes estudios locales sobre la represión. Como demuestran el trabajo de Conxita Mir, de Michael Richards y de otros, la violencia contra los vencidos no se limitaba al encarcelamiento, la tortura y la ejecución sino que adoptaba también la forma de humillación psicológica y explotación económica de los supervivientes. Hubo una clara relación entre la represión y la acumulación de capital que hizo posible el boom económico de la década de 1960. La destrucción de los sindicatos y la represión de los obreros garantizaron los salarios de hambre que permitieron que los bancos, la industria y las clases terratenientes experimentaran espectaculares incrementos de beneficios. Antonio Cazorla Sánchez, en un interesante trabajo magníficamente investigado y extremadamente perceptivo, Las políticas de la victoria. La consolidación del Nuevo Estado franquista (1938-1953) (Marcial Pons, Madrid, 2000), trata algunos de estos mismos temas en su síntesis sobre la violencia y la intolerancia que apuntalaron el gobierno de Franco.

La política económica autárquica que impuso Franco contribuyó sin duda a la represión y humillación de los derrotados, así como a la acumulación de capital, pero su rigidez retrasó también el potencial crecimiento. Franco, que se consideraba un economista genial, defendió la autarquía olvidando al parecer que España carecía de base tecnológica e industrial, y también de esa capacidad para despojar a los países satélite conquistados que habían sostenido dicha política en el Tercer Reich. La autarquía produjo en España un desastre económico y social; las consecuentes carencias provocaron la aparición del estraperlo, con el que se lucraron los afectos al régimen y padecieron los vencidos. La hinchada visión que tenía Franco de su propia misión divina le permitió creer, con toda naturalidad y sinceridad, que todo lo que hiciera para mantenerse en el poder operaba en beneficio de España. Inevitablemente, el paso del tiempo, la evolución de la economía y el contexto internacional impusieron cambios tanto en España como en el régimen. Las catastróficas derrotas de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini hacen imposible saber cómo habrían evolucionado el nazismo y el fascismo con el tiempo. Por el contrario, la longevidad de Franco permitió una evolución de su régimen que ha complicado mucho la definición del franquismo. Sin embargo, la clave que explica y enlaza las distintas etapas del franquismo es la obsesiva ambición personal de un Franco que siempre puso sus propios intereses personales por encima de los de España. En este sentido, una de las aportaciones más importantes para el conocimiento de Franco es el estudio extraordinariamente agudo de Franco el militar que debemos a Carlos Blanco Escolá, La incompetencia militar de Franco (Alianza Editorial, Madrid, 2000).

Creo que sigue siendo de importancia crucial tener una idea clara del hombre, de la persona tras el personaje político. La abundancia de materiales aparecidos en el decenio posterior a que yo terminara el manuscrito de mi libro ha suministrado un panorama general mucho más rico. Franco siempre proyectaba una imagen de sí mismo en la que nunca sintió ni culpabilidad, ni remordimiento ni siquiera dudas respecto a sus propias acciones. Sin embargo, el retrato del hombre mismo suministrado por las investigaciones mías y las de otros historiadores, sobre todo visto en el contexto de las falsificaciones y la fabricación de su propia biografía, nos indica una realidad muy lejana de la imagen que mantenía el Caudillo de sí mismo.

Introducción

El enigma del general Franco

A pesar de cincuenta años de preeminencia pública y de vivir en la época de la televisión, Francisco Franco es el menos conocido de los grandes dictadores del siglo XX. Esto se debe en parte a la cortina de humo creada por sus hagiógrafos y propagandistas. En vida se le comparó con el arcángel Gabriel, Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, el Cid, Carlos V, Felipe II, Napoleón y una hueste de héroes reales e imaginarios.1 Después de almorzar con Franco, Salvador Dalí declaró: «He llegado a la conclusión de que es un santo».2 Para otros fue mucho más. Un libro de texto infantil explicaba que «un Caudillo es un don que Dios hace a las naciones que lo merecen y la nación lo acepta como un enviado que lleva a cabo el plan divino de asegurar la salvación de la patria»; en otras palabras, es el mesías del pueblo elegido.3 En 1957, su más estrecho colaborador y éminence grise, Luis Carrero Blanco, declaró en las Cortes franquistas: «Dios nos ha concedido la inmensa gracia de un Caudillo excepcional a quien sólo podemos juzgar como uno de esos dones que, para un propósito realmente grande, la Providencia concede a las naciones cada tres o cuatro siglos».4

Se podría desdeñar esta adulación como típica del aparato de propaganda de un régimen despótico. No obstante, fueron muchos los que aceptaron espontáneamente tales comparaciones y, a fuerza de su insistente repetición, muchos otros los que no las cuestionaron. Esto no es óbice para conocer al personaje. Lo que le hace más enigmático es el hecho de que Franco se viera a sí mismo a través del prisma exagerado de su propia propaganda. Su inclinación a compararse con los grandes héroes guerreros y constructores de imperios del pasado de España, en particular con el Cid, Carlos V y Felipe II, llegó a arraigar en su personalidad, y sólo parcialmente como consecuencia de leer su propia prensa o escuchar los discursos de sus partidarios. El que Franco se recreara en las disparatadas exageraciones de su propia propaganda parece reñido con los muchos testimonios presenciales sobre un hombre que era tímido en privado y se mostraba cohibido e incómodo en las ocasiones públicas. Asimismo, su cruel política represiva parece estar en contradicción con la timidez personal que indujo en muchos de quienes lo conocieron el comentario de su escasa coincidencia con su imagen de un dictador. De hecho, las ansias de adulación, la fría crueldad y esa timidez que trababa su lengua eran manifestaciones de un agudo sentimiento de inadaptación.5

Los ampulosos juicios del Caudillo y sus propagandistas se encuentran en el otro extremo de la visión que la izquierda tiene de Franco como tirano cruel y poco inteligente, que se hizo con el poder únicamente gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini, y que sobrevivió cuarenta años gracias a una mezcla de feroz represión, necesidades estratégicas de las grandes potencias y suerte. Este punto de vista se acerca más a la verdad que los exaltados panegíricos de la prensa falangista, pero tampoco explica demasiado. Quizá Franco no fuera el Cid, pero tampoco fue tan incapaz ni tan afortunado como sugieren sus enemigos.

¿Cómo llegó Franco a ser uno de los generales más jóvenes de Europa desde Napoleón?* ¿Cómo ganó la Guerra Civil? ¿Cómo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial? ¿No merece reconocimiento por el crecimiento económico español de los años sesenta? Estos importantes interrogantes, de relevancia crucial en la historia española y europea del siglo XX, sólo pueden responderse mediante una minuciosa observación del hombre. Entre 1912 y 1926, Franco fue un soldado valiente y de capacidad extraordinaria; de 1927 a 1936 fue un militar profesional calculador y ambicioso; entre 1936 y 1939 fue un competente jefe en la guerra, y con posterioridad fue un dictador brutal y eficaz que resistió otros treinta y seis años en el poder. Pero incluso la observación minuciosa tiene que lidiar con misterios como el contraste entre las facultades y cualidades requeridas para alcanzar tales éxitos y una sorprendente mediocridad intelectual que le indujo a creer en las ideas más banales.

Las dificultades de explicación se agravan debido a los esfuerzos obstruccionistas del propio Franco. En la madurez cultivó una impenetrabilidad destinada a asegurar que sus intenciones fueran indescifrables. El padre José María Bulart, que fuera su capellán durante cuarenta años, hizo el siguiente comentario ingenuamente contradictorio: «quizá era frío como han dicho algunos, pero nunca lo aparentó. En realidad, nunca aparentó nada».6 La clave del arte de Franco era su habilidad para evitar toda definición concreta. Uno de sus modos de lograrlo fue mantener constantemente las distancias, política y físicamente. Siempre reservado, en innumerables momentos de crisis a lo largo de sus años en el poder Franco estuvo simplemente ausente, en general ilocalizable durante alguna cacería en cualquier remota sierra.

El mayor obstáculo para conocer a Franco reside en que reescribió su propia biografía constantemente a lo largo de toda su vida. A finales de 1940, cuando sus propagandistas nos hacían creer que velaba solitario y alerta para evitar que Hitler empujara a España a la guerra mundial, Franco halló tiempo y la energía emocional suficientes para escribir una novela y guión cinematográfico. Raza era transparentemente autobiográfica. En ella, y a través de su heroico personaje principal, revelaba claramente las frustraciones de su propia vida.7 El argumento narra las experiencias de una familia gallega, perfectamente identificable con la de Franco, desde el desastre imperial español de 1898 hasta la Guerra Civil. El personaje en torno al que gira el libro es la figura de la madre, doña Isabel de Andrade. Sola, con tres hijos y una hija que criar —como la madre de Franco, Pilar Bahamonde—, la piadosa doña Isabel es un personaje bondadoso pero fuerte. El padre de Francisco, disoluto, jugador y donjuanesco, abandonó a Pilar. Por el contrario, en la novela, el padre del protagonista es un héroe de la Armada y doña Isabel enviuda cuando lo matan en la guerra de Cuba.

Raza fue simplemente la manifestación más radical y autocomplaciente de los incansables esfuerzos de Franco por crear un pasado perfecto. Como su diario de guerra de 1922, la novela es muy valiosa para penetrar en su psicología. En sus escritos dispersos y en miles de páginas de discursos, en los fragmentos de sus memorias inacabadas y en innumerables entrevistas, pulía incesantemente su actuación y sus comentarios sobre ciertos incidentes, poniéndose sin cesar bajo la mejor luz y aportando el material necesario para que cualquier biografía se transformase en hagiografía. La persistencia de muchos mitos favorables da testimonio de su éxito.

La necesidad de amañar la realidad, que revelan las reflexiones de Franco sobre su propio pasado, es síntoma de una considerable inseguridad y que no sólo combatió en sus escritos, sino también en la vida real, creándose una serie de personajes públicos. La seguridad que le brindaban estos escudos permitió a Franco, casi siempre, mostrar una imagen comedida e imperturbable. Todo aquel que entraba en contacto con él comentaba sus modales afables, corteses, aunque distantes. Más allá de sus manifestaciones públicas, Franco fue muy reservado. Estaba muy imbuido del pragmatismo insondable, la «retranca», del campesino gallego. Es imposible decir si ello se explica por su origen gallego o si fue fruto de sus experiencias en Marruecos. Cualquiera que fueran sus raíces, en Franco la retranca podría definirse como una evasión del compromiso y un gusto por la ambigüedad. Se dice que si topas con un gallego en una escalera es imposible saber si sube o baja. Franco quizá encarnase esa característica mejor que la mayoría de los gallegos. Cuando sus allegados intentaban obtener pistas sobre inminentes cambios ministeriales, los eludía con habilidad:

—La gente dice que en la próxima reestructuración de gobernadores civiles fulanito y menganito irán a la provincia X —probaba suerte el amigo.

—¿De veras? —respondía el sibilino Franco—. Yo no he oído nada.

—Se dice que Y y X van a ser ministros —aventuraba su hermana.

—Bueno —respondía el hermano—. No conozco a ninguno de ellos.8

El aviador monárquico Juan Antonio Ansaldo escribió de él: «Franco es hombre que se dice y se desdice, se acerca y se aleja, se esfuma y se escurre; siempre vago, y nunca claro y categórico».9 John Whitaker le conoció durante la Guerra Civil: «Era efusivamente halagador, pero no respondió con franqueza a ninguna de las preguntas que le formulé. Es el hombre menos sincero que he conocido».10 Roberto Cantalupo, embajador de Mussolini, conoció a Franco unos meses más tarde y Franco le pareció «glacial, femenino y esquivo (sfuggente)».11 En 1930, el día después de conocer a Franco, el poeta y eminente erudito José María Pemán, tras ser presentado por un amigo como «el hombre que mejor habla en toda España», comentó: «Tengo la sospecha de haber conocido al hombre que mejor se calla en España».12

En las detalladas crónicas de su contacto casi diario durante más de setenta años de amistad, su fiel primo y ayudante de campo, Francisco Franco Salgado-Araujo, Pacón, presenta a Franco emitiendo órdenes, relatando la versión de los hechos o explicando que el mundo estaba amenazado por la masonería y el comunismo pero Pacón nunca vio un Franco abierto al diálogo provechoso, ni que albergase dudas constructivas sobre sí mismo. Otro amigo de toda la vida, el almirante Pedro Nieto Antúnez, presenta una imagen similar. Nacido en El Ferrol, al igual que Franco, Pedrolo sería sucesivamente ayudante de campo del Caudillo en 1946, subjefe de la Casa Civil en 1950 y ministro de Marina en 1962. Nieto Antúnez fue uno de los compañeros asiduos de Franco en las frecuentes y largas excursiones de pesca a bordo del Azor. Cuando le preguntaron de qué hablaban durante los largos días que pasaban juntos, Pedrolo dijo: «Nunca he mantenido un diálogo con el general. He escuchado monólogos suyos muy largos, pero no hablaba conmigo, sino consigo mismo».13

El Caudillo sigue siendo un enigma. Debido a la distancia que Franco constantemente creaba a su alrededor a través de omisiones deliberadas y silencios, sólo podemos estar seguros de sus actos y, siempre que estén juiciosamente evaluados, de las opiniones y relatos de quienes trabajaron con él. Este libro es un intento de observarlo con más precisión y detalle de lo que se ha hecho hasta la fecha. A diferencia de muchos otros libros sobre Franco, no pretende ser una historia de España en el siglo XX ni tampoco un análisis de todos los aspectos de la dictadura, sino tan sólo un estudio pormenorizado del hombre. A través de memorias y entrevistas, sus colaboradores han aportado abundante material y existen copiosos despachos de diplomáticos extranjeros que lo trataron personalmente e informaron de sus actividades. Los propios escritos de Franco, sus discursos (en los que con frecuencia mantenía un diálogo consigo mismo) y otros documentos suyos recientemente publicados también constituyen una fuente rica, aunque nada fácil, para el biógrafo. Son instrumentos de sus propios ofuscamientos pero también proporcionan una excelente muestra de su autopercepción.

Mediante el uso de todas esas fuentes, es posible seguir de cerca a Franco y ver cómo se convirtió sucesivamente en conspirador, Generalísimo de los militares rebeldes de 1936 y Caudillo de los victoriosos nacionales. Varios de los mitos franquistas no resisten tras una investigación exhaustiva de su supervivencia a la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría o de sus tortuosas relaciones con Hitler, Mussolini, Churchill, Roosevelt, Truman y Eisenhower. Igualmente sorprendente es la imagen que surge de su tránsito de activo dictador en los años cincuenta al papel de somnolienta figura decorativa en sus últimos días. Siguiéndole paso a paso y día a día es posible lograr un retrato más ajustado y convincente de lo que hasta ahora existía. De hecho, quizá sólo mediante este examen minucioso pueda resolverse el enigma del esquivo general Franco.

1

La forja de un héroe, 1892-1922

Francisco Franco Bahamonde nació a las doce y media de la madrugada del 4 de diciembre de 1892 en la calle Frutos Saavedra, 108, conocida popularmente como La calle María, de El Ferrol, en el extremo más noroccidental de Galicia. El 17 de diciembre le bautizaron Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo, en la cercana parroquia militar de San Francisco.*

En la época de su nacimiento, El Ferrol, una ciudad encerrada en sí misma, aún amurallada, era una pequeña base naval con una población de 20.000 habitantes. La familia Franco vivía allí desde principios del siglo XVIII y seguía la tradición de trabajar en la intendencia naval.*1 Su abuelo, Francisco Franco Vietti, era intendente ordenador de la Marina, rango equivalente a general de brigada en el ejército. Se casó con Hermenegilda Salgado-Araujo, con la que tuvo dos hijos. El primero, Nicolás José Saturnino Antonio Francisco Franco Salgado-Araujo, padre del futuro Caudillo, nació el 22 de noviembre de 1855, su hermana Hermenegilda nació el 1 de diciembre de 1856.

Nicolás siguió a su padre en la rama administrativa de la armada española en la que, tras cincuenta años de servicio, ascendió a intendente general, rango también equivalente a general de brigada. De joven, destinado primero en Cuba y luego en Filipinas, Nicolás tenía fama de llevar una vida disoluta. Mantuvo una relación con Concepción Puey, de catorce años, hija de uno de sus compañeros de armas.* En 1889, en Cavite, ella había dado a luz un niño, a quien se bautizó como Eugenio Franco Puey. El 24 de mayo de 1890, cuando rondaba los treinta y cinco años, Nicolás Franco Salgado-Araujo se casó con María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, de veinticuatro años, en la iglesia de San Francisco, en El Ferrol. La piadosa María del Pilar era hija de Ladislao Bahamonde Ortega, comisario de equipo naval del puerto. La unión de este librepensador bon viveur con la conservadora y moralista Pilar fue un fracaso. No obstante, tuvieron cinco hijos: Nicolás fue el primero, Francisco el segundo, seguido de Paz, Pilar y Ramón.*2

La familia Franco llevaba más de un siglo ocupada en la intendencia de la base naval de El Ferrol. Cuando nació Franco ésta era una ciudad remota y aislada, separada de La Coruña por una travesía de diecinueve kilómetros que cruzaba la bahía en dirección sur o de sesenta y cuatro kilómetros de pésima carretera, a menudo impracticable y bajo rigurosas condiciones climatológicas. La Coruña a su vez estaba a seiscientos tres kilómetros (o dos días de tren traqueteante) de Madrid. El Ferrol no era un lugar cosmopolita. Era una ciudad de rígidas jerarquías sociales en la que los oficiales de la Marina y sus familias constituían la casta privilegiada. Los intendentes navales o los oficiales de la marina mercante se consideraban una categoría inferior. Había barreras sociales que separaban a la familia de clase media baja de Franco de los oficiales navales «de verdad», pues la intendencia se consideraba inferior al Cuerpo General de la Armada. La idea de una heroica tradición naval familiar, que posteriormente Franco cultivó con esmero, fue más una aspiración que una realidad, algo que se percibe en la decisión de Nicolás Franco Salgado-Araujo de que sus hijos se convirtieran en «verdaderos» oficiales navales.

En parte debido a que un cargo en la oficialidad de la Marina era una ambición común entre la clase media ferrolana y en parte debido al trabajo de su padre, Francisco se interesó por las cosas del mar. De niño jugaba

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace