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FRENCH KISS

Alina Covalschi  

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Fragmento

Capítulo 1

Amelia

Mi hermano sacó la pasta fresca del agua hirviendo y comenzó a lanzarla a través del pollo frito. Añadió un poco más de aceite de oliva y limón. Mientras el aroma llenaba el aire, puse un mantel blanco encima de la mesa y me senté.

Era un sábado soleado y había decidido quedarme en la casa en vez de salir con mis amigas Hannah y Sarah. Ellas no sabían que Iván me engañaba con Chelsea. Me sentía desolada y triste, y no quería preocuparles.

Ellas eran las únicas personas que no me habían fallado. La vida las había colocado en mi camino y estuvieron a mi lado en cada momento. Con ellas compartí miles de instantes buenos y alegres, risas y lágrimas, horas interminables conversando hasta quedarnos dormidas.

La amistad que había tenido con Chelsea fue diferente. Cuando ella y su familia se mudaron a mi barrio hace cinco años, era una chica tímida y retraída. Nadie quería hablar con ella y la ignoraban constantemente.

Un día la invité al club de lectura que tenía lugar cada viernes después de clases. Me gustaba la literatura y los libros me fascinaban.

Hannah y Sarah eran las cofundadoras del club. Fueron las que tuvieron la idea y se lo propusieron a nuestro director. No obstante, cuando vieron a Chelsea, protestaron. Solo se podía inscribirse a través de una petición y una breve carta de presentación, nombrando los últimos libros que habías leído.

Después de la primera clase, hablé con ellas y decidieron aceptarla.

—Sabes que hay una lista larga de espera, no podemos aceptarla —comentó Hannah.

—Lo sé, pero esta chica es nueva y necesita integrarse, hacerse amigos. ¿No ves que nadie quiere hablar con ella? —susurré.

—Amelia tiene razón. Deberíamos darle una oportunidad. Parece buena chica, y además dijo que leyó bastantes libros estos meses —dijo Sarah con entusiasmo—. Necesitamos nuevas opiniones en los debates.

Los meses pasaron y Chelsea se convirtió en mi mejor amiga. El club de lectura la ayudó a integrarse y hacer nuevos amigos.

Sin embargo, siempre me llamó la atención que, a pesar de ser bastante guapa, no tenía buena suerte con las relaciones sentimentales. Duraban poco o algunas no llegaban a concretarse.

Cosa contraria a mí. Iván se mostraba cariñoso conmigo y tenía todo lo que un chico de su edad debía poseer para ser un buen novio. Todo hasta que se lo presenté a Chelsea. Al principio pensé que ella era celosa, porque me pedía que la llevara conmigo a las citas. No vi que estaba prendada por él y que le hacía ojitos. No vi que él la miraba con deseo y que prestaba atención solo a lo que ella decía. Hasta que los vi besándose a escondidas.

Fue entonces cuando mi mundo se derrumbó y me costó afrontar lo sucedido. Descubrí que no todo aquello en lo que creía era tal y como había pensado.

Súbitamente, no sabía cómo sentirme. Todos los días me preguntaba si podría volver a confiar en alguien y en mi criterio. Estuve sumida en una relación en la que creí cosas inciertas, pero lo que sí existía y sentía como verdadero fue aquello vivido por mí. Y fue auténtico en mi mundo porque lo palpé de algún modo.

—Amelia... ¿Estás bien? —Mi hermano empujó el tenedor y me miró con atención—. ¿Pasó algo? Puedes contármelo.

Finalmente, levanté la vista de mi plato.

—Estoy bien —suspiré dolorosamente—. Solo un poco cansada, nada más.

—La semana que viene es la fiesta de tu graduación y no he visto a Iván por aquí.

—No quiero ir, bueno, no lo sé.

Desvié la mirada, me costaba hablar y mantener mi tono sin romper a llorar. Sentía tristeza por haber sentido, por haber creído y por haber confiado en Iván. Atesoraba rabia y resentimiento contra él por aquello que no existió en su corazón. Todo aquello me llevaba a una sola pregunta: «¿Y ahora qué?».

—Como quieras, yo no puedo obligarte. Pero no quiero que te arrepientas de no haber ido.

El timbre de la puerta sonó y él dejó de hablar. Suspiré con alivio y me puse de pie.

—Seguro que son mis amigas. —Empujé la silla y salí de la cocina.

Caminé hasta la puerta y la abrí sin mirar por la mirilla. Me quedé helada cuando me encontré frente a Iván.

—Hola, preciosa. —Esbozó una sonrisa y se apoyó en el marco de la puerta—. No me contestaste a los mensajes.

—No tuve tiempo, lo siento.

Me resultaba doloroso verlo de nuevo. Respiré de manera profunda, una cantidad inmensurable de pensamientos y emociones se agolpaban en mi mente de forma contundente, ampliando mi rabia. Fueron incontables las veces que me insté a mantener la mente en blanco y que me forcé a prestarle atención a las conversaciones que tenía con mi hermano diariamente para olvidarlo. En este momento estaba frente a mí como si nada hubiera pasado, apareció justo cuando había comenzado a tener un poco de paz.

Iván era un chico guapo y carismático. Se le daban muy bien las palabras, y siempre me había tratado bien. Su problema eran las mentiras y el engaño.

Mientras lo miraba, me preguntaba si continuaba respirando. Todo sucedía a cámara lenta y no me encontraba bajo control.

Su cabello estaba totalmente revuelto, pero en vez de verse horrible, se veía adorable y lo odiaba.

—Quería asegurarme de que vas a ir al baile conmigo. —Estiró una mano y acarició mi mejilla.

Tragué duro y apreté los puños. Mi corazón latía en el pecho, desesperado, y no sabía por cuál de tantas razones era; si por verlo, por la rabia que sentía por haberme engañado con mi mejor amiga o por sentirme tan indefensa delante de él.

Una sensación de temblor invadió mi cuerpo. Se congregaron tantos sentimientos en mi mente que me había quedado sin saber qué decir o hacer.

—¿No me invitas dentro? —susurró.

—No sé si voy a ir al baile —dije tajante—. Te llamaré.

Me aparté y le cerré la puerta en las narices. Me quedaba muy poco para romper a llorar y no quería que él me viera así. Planeaba plantarle cara, pero necesitaba encontrarme mejor y con fuerzas para hacerlo.

—¿Qué ha sido eso? —Harry me miraba con los brazos cruzados—. ¿Por fin rompiste con él?

—No, bueno... no quiero hablar.

Pasé por su lado y subí las escaleras corriendo.

—¡Es un idiota! —chilló mi hermano—. Pronto te vas a dar cuenta.

Cerré la puerta de mi habitación y me tiré en la cama. Miré fijamente el techo mientras la soledad de la habitación me embargaba. Un sollozo escapó de mis labios y mis sentimientos se apagaron. Imágenes de ellos dos burlándose de mí pasaban en mi cabeza como una grabación, y los temblores de mi cuerpo aumentaron.

Iván había sido mi novio durante un año y nunca había dudado de él. Fue el primer chico que se había fijado en mí; me había ilusionado muchísimo. Cuando murieron mis padres, rechacé a casi todos los que querían conocerme. Estaba rota,

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