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FUEGO, HIERRO Y SANGRE

Theodore Brun  

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Fragmento

PRÓLOGO

El silencio invadía el largo pasillo tintado de negro. La más pura oscuridad rodeaba a aquella figura que caminaba lentamente hacia la puerta de la que emanaba un débil rayo de luz. Tomándose su tiempo, se acercó y asió el pomo para entrar directamente, sin ni siquiera llamar.

—¿Le ha visto alguien?

Antes de responderle, dio media vuelta y cerró. Tras hacerlo, se desplazó hacia la mesa que ocupaba el centro de la estancia.

—No.

—Siéntese. —Asintió y cogió la silla, tomó asiento y aguardó—. ¿Quiere? —Le ofreció un cigarrillo. Negó con la cabeza y observó cómo se encendía el suyo y daba varias caladas; las manos le temblaban. Se notaba la indecisión en cada poro de su piel; una vez más, se preguntó si no se habría equivocado al confiársele—. Usted dirá. He de reconocer que he meditado profundamente sobre sus últimas palabras y mentiría si no admitiese que la idea ha rondado mi mente tortuosamente. ¿Ha hilvanado todo bien? Nos jugamos mucho con esto. —Dejó escapar el humo que fue desplazándose por toda la habitación.

—Esa no es la pregunta. Lo que realmente importa es: ¿piensa llegar hasta el final?

—Haré cuanto sea necesario para impedir ese enlace.

Sonrió.

—Bien.

—¿Cuánto me va a costar?

—Digamos que unos treinta mil para empezar.

—¿Cuándo será?

—El día de la boda.

—¿Sufrirá? —Tragó saliva mientras lo preguntaba. Apoyó las manos en el escritorio y se levantó. Fue hacia el mueble de su izquierda, cogió un vaso de cristal y se sirvió un generoso trago de coñac que apuró en un único sorbo.

—Solo lo necesario.

—No. Ni un rasguño. Sigo sin entender por qué ha de ser ella. Deberíamos ir a por Alex Sinclair, él es el culpable de todo.

—Usted quiere asestarle la estocada final, y eso solo será posible si lo dejan plantado en el altar. Sufrirá tal humillación pública que no podrá alzar la cabeza del escondite en el que se resguarde. Jamás sospecharán que ha sido secuestrada porque haremos que parezca que lo ha abandonado.

—¿Y cuando la suelte? Irá corriendo a sus brazos, ¿no?

—Bueno, tengo hilvanada esa parte también. Durante su cautiverio le demostraré cuan engañada está con él. Le juro que cuando contemple las pruebas que he preparado, cambiará de parecer con respecto a su querido prometido, será ella la que me pida enterrarlo bajo tierra.

Escuchó su carcajada y vio cómo friccionaba las manos a modo de anticipación.

—Estupendo, ese sí sería un buen redoble. —Regresó a la mesa, abrió un cajón y sacó un talonario que rápidamente cumplimentó. Firmó y se lo brindó.

Sonriendo, lo cogió y saboreó la cifra que resaltaba sobre el papel. Treinta mil dólares, los primeros de muchos más que pensaba sonsacarle. Sus ojos se llenaron de codicia y se despidió de su cómplice estrechando su mano.

Le aseguró que no debía preocuparse por nada y volvió a confirmarle que ella no padecería, y lo hizo majestuosamente, conteniendo la risa que pugnaba por salir. Por supuesto que pensaba hacerla sufrir, no ansiaba otra cosa desde hacía mucho tiempo. Soñaba día y noche con ello. Imaginaba su muerte y la ansiedad le embriagaba al pensar que tal anhel

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