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FUERA DE JUEGO

Miguel Ángel Ortiz  

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Fragmento

Canica de batería

Koldo abrió la puerta del Rojo y salió del bar con la mochila del colegio a rastras. Tiraba de ella por un asa. Las esquinas de los libros y cuadernos asomaban por la cremallera mal cerrada. Al arrastrarla, la gravilla de la plazuela crujía bajo su peso. Se plantó frente al Seat Panda. El coche, estacionado en batería junto a la puerta del bar, lucía con orgullo las abolladuras y rayones que salpicaban su carrocería azul. Se subió; su padre lo había dejado abierto, como hacía siempre, tras descargar la mercancía por la mañana. Lanzó la mochila sobre el roído asiento del copiloto y se sentó en el del conductor. Cerró de un portazo. Por el espejo retrovisor, vio dos cajas de plástico vacías en el maletero que esparcían un olor a pan recién hecho por todo el coche.

Tres golpes sonaron en la ventanilla.

—Koldo.

Koldo giraba un palillo entre los dientes mientras sujetaba el volante con las dos manos, con los ojos fijos en la pared de enfrente.

Toc, toc, toc. Los nudillos volvieron a golpear.

—Abre.

Al otro lado del cristal, Pedro le hizo un gesto para que bajase la ventanilla. Desde dentro Koldo solo veía la silueta, a contraluz, de su padre: alta, los hombros anchos, la camisa remangada hasta los codos.

Giró la manivela hasta que el cristal bajó a la mitad.

—Qué —dijo.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Cómo que no? —Pedro sacó una manzana del bolsillo del delantal—. No te has comido la fruta.

Koldo apretó el palillo entre los dientes.

—Dijiste que me lo dabas hoy.

Pedro limpió la manzana con el delantal hasta que el verde de la piel relució. La metió por el hueco de la ventanilla. Sujetándola, dijo:

—Te lo doy después de las clases. Eso dije.

—¿Qué más te da?

—¿Y a ti?

Koldo miró la manzana, agarró la manivela y empezó a girarla muy despacio.

—Si no me lo das —dijo, mientras el cristal subía—, no como fruta.

Pedro la sacó antes de que el cristal la guillotinase. Cuando la ventanilla se cerró del todo, le dio un mordisco.

—Tú te lo pierdes —dijo.

Y volvió al bar.

* * *

El reloj del salpicadero, cubierto de polvo, marcaba la una y cuarenta y tres minutos cuando se abrió la puerta del portal de enfrente, al otro lado de la plazoleta del bar. Terry, un milpatadas anaranjado, bajó las escaleras y husmeó el pie de la farola con el rabo tieso y el hocico ratonil pegado a la hojalata, hasta que encontró el sitio idóneo; levantó la pata, bajo la atenta mirada de su dueña, que le contemplaba desde la puerta del portal, y orinó. Cuando terminó, el perro salió disparado hacia los coches aparcados en batería.

Se detuvo junto a la rueda delantera del Seat Panda. Husmeó el neumático desgastado hasta que Koldo asomó la cabeza por la ventanilla.

—Chssst. Fuera, chucho.

El perro agachó el lomo y salió escopetado hacia el siguiente coche. Olisqueó las ruedas y subió a la acera del bar. No se detuvo en la puerta del Rojo, como si sintiera los ojos del chaval persiguiéndole por el retrovisor.

Fina le chistó desde la puerta del portal.

—Ahí no —le dijo—, a la Campa.

Terry miró a su dueña, las orejas tiesas, la cabeza ligeramente ladeada, y siguió su camino sin hacerle caso. En el espejo retrovisor, Koldo veía reflejada una parte del bloque. La fachada, en forma de U, estaba moteada con balcones de rejas marrones. Algunos se escondían detrás de toldos verdes bajados a media asta; otros se camuflaban tras las flores de los geranios y las petunias.

En el centro de la U, por donde correteaba Terry, había una piscina de hormigón, vacía, en forma de lágrima. La escalerilla de metal por la que, tiempo atrás, salían y entraban los bañistas, ahora estaba revestida de óxido. La pintura azul turquesa se caía a pedazos, descascarillada, como la piel de un leproso. Pegotes de chicles, aplastados y resecos, salpicaban de verde, rosa y gris el fondo de hormigón. Solo había agua en la parte más profunda, donde la lluvia formaba un hediondo charco en el que flotaban colillas, cáscaras de pipas y bolsas de patatas.

Tanto la piscina como el bloque en U recordaban a una urbanización que, en otra época, quiso ser lujosa: la fachada descarnada, la hierba alta entre las losetas, la descuidada hilera de setos. Había tres portales: dos a los lados, uno enfrente del otro, y el tercero, en lo más profundo de la U. Coronando cada puerta, junto al yugo y las flechas, se leía en una chapa: «Ministerio de la Vivienda. Edificio construido al amparo del Régimen de Viviendas de Protección Oficial». Tres farolas oxidadas alumbraban las puertas por las noches.

Koldo se sabía de memoria el recorrido de meadas: Terry correría por los pies de los setos, paralelo a la ventana lateral del bar, hasta la farola del primer portal. La husmearía y echaría el chorrito. Olisquearía la hierba y las margaritas que crecían entre las losetas, se asomaría al vacío de hormigón de la piscina y daría unos pasos atrás, como sorprendido de verla seca; la orillaría, correría junto al borde hasta la siguiente farola y volvería a levantar la pata.

En la puerta del portal, Fina seguía asomada, la cabeza cubierta de rulos, el delantal floreado cubriéndole las rodillas. Con el pie enfundado en la zapatilla de andar por casa, sujetaba la puerta para que no se cerrase. Silbó, pero Terry no hizo caso de su llamada.

A las dos menos diez, Koldo miró el reloj del salpicadero, cogió la mochila del asiento del copiloto y salió del coche. Cerró, se colgó la mochila al hombro, de una sola asa. Fina se colocó la palma de la mano sobre la frente.

—¿Vienes o vas?

Koldo bordeó la enmarañada hilera de setos. Su sombra, desgreñada, se alargaba sobre la acera como el pelaje erizado de un gato negro.

—Oye.

—Qué.

—Que dónde vas —dijo Fina—, que eres un desaborido.

Koldo escupió el palillo.

—Al colegio.

—¿Ya has comido?

—Sí.

—¿Tan pronto?

—Que sí.

—Mira qué apañados. Yo todavía tengo un lío en la cocina —dijo Fina—. Anda, mira a ver si ves al perro.

Koldo se puso de puntillas y se asomó por encima de los setos: Terry olisqueaba la tercera farola.

—Está ahí —dijo. Se volvió a Fina—. Sílbale más fuerte.

Fina miró hacia los balcones del bloque en U.

—Acércate y tráemelo, anda.

—Llámalo tú; a mí no me hace caso.

Fina suspiró.

—Hazme el favor.

Koldo resopló. Al otro lado de la piscina, Terry levantó el hocico del suelo. Vio cómo Koldo bordeaba la piscina, con el brazo estirado y los dedos de la mano medio cerrados, como si escondiera algo.

—Toma, bonito.

Terry no se movió.

—Ven, mira.

Cuando Koldo estaba a menos de un metro, Terry le hizo un quiebro y echó a correr hacia el otro lado de los setos.

—¡Serás cabrón! —dijo Koldo intentando darle una patada.

Terry comenzó a ladrar, mientras corría hacia el otro lado de la piscina. Cuando Koldo hacía amago de ir a buscarle, el perro la orillaba en dirección contraria. Trató de sorprenderlo, Koldo saltó dentro y la cruzó corriendo, pero Terry se escabulló entre las ramas bajas de los arbustos. Koldo le miró amenazante, escupió al charco del fondo de la piscina y se asomó por encima de los setos.

—No me hace caso —le dijo a Fina.

—Cógelo.

—No se deja.

—Espántalo para aquí.

—Yo paso —dijo Koldo—. Llámalo tú.

—Hazme el favor, si no tienes nada que hacer.

Mientras se iba hacia el portal del fondo, Koldo dijo, como hablándose a sí mismo:

—Sí que lo tengo.

Fina volv

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