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FUERTEVENTURA

Alberto Vázquez-Figueroa  

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Fragmento

—Perdóneme la indiscreción de la pregunta, señorita, pero dadas las circunstancias, no me queda otro remedio que hacerla… —Los dedos tamborilearon nerviosamente sobre la mesa, pero al fin se quedaron muy quietos y las palabras restallaron como una pequeña explosión en el pesado silencio en que se había sumido la luminosa sala—: ¿Es usted virgen?

Erika Simon recorrió con la vista los severos rostros de los tres hombres y la mujer que se sentaban al otro lado de la gruesa y oscura mesa de caoba, se humedeció los labios con un gesto que denotaba su incomodidad, y al poco inquirió a su vez:

—¿Tiene importancia?

—Mucha.

Tras un nuevo silencio y un nuevo humedecimiento de los labios, la muchacha afirmó con un leve ademán de cabeza.

—Sí —admitió—. Lo soy.

—¿Está completamente segura?

—¡Por Dios…! —fue la burlona respuesta—. Si yo no lo estoy, ¿quién más puede estarlo?

Resultó evidente que semejante aclaración desilusionaba, o más bien desconcertaba, a los presentes, que se limitaron a intercambiar significativas miradas de desolación hasta que al fin el hombre de la cuidada barba rojiza, que era quien llevaba la voz cantante, puntualizó al tiempo que cerraba la carpeta de tapas amarillentas que tenía ante sí:

—En ese caso puede retirarse.

Ahora fue Erika Simon quien se mostró a todas luces confusa, inició apenas el gesto de erguirse, pero de inmediato pareció cambiar de opinión optando por continuar sentada, muy recta, en la alta butaca.

—Disculpe mi insistencia, señor, pero el hecho de que sea usted quien preside esta reunión me obliga a pensar que se trata de algo ciertamente importante… —Tomó aire como si lo necesitara para añadir—: ¿Tan esencial resulta que sea o no virgen?

—Me temo que sí.

—En ese caso, me permito recordarle que ése es un defecto que se puede solucionar rápidamente. Si, como resulta evidente, han llegado a la conclusión de que yo podría ser la persona elegida para este trabajo, no veo por qué razón un detalle tan nimio descalifica mi candidatura.

—No se trata de un detalle tan nimio —intervino la severa matrona que ocupaba el extremo más alejado de la mesa—. Buscamos a alguien con una cierta experiencia.

—¿Se refiere a experiencia sexual?

—Exactamente.

—¿Y cuánto tiempo cree que tardaría en obtenerla si me lo propusiera? —quiso saber la muchacha con un deje de marcada ironía en la voz—. ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año?

—¡Por amor de Dios, señorita…! ¿Cómo se le ocurre…?

—Se me ocurre porque han sido ustedes quienes han sacado el tema a colación —protestó ella a su vez—. Llevo casi dos años encerrada en un mísero cuartucho del sótano, traduciendo documentos o copiando informes, y cuando entro aquí y presiento que ha llegado mi hora, van y me salen con esa tontería de la virginidad. ¿A quién diablos le importa si soy o no virgen?

—A nosotros… —replicó flemático el severo pelirrojo—. ¡Y mucho!

—Pues si hacen una pausa para almorzar, a la hora del café ese tema estará definitivamente solucionado…

Nuevo intercambio de miradas, cuchicheos, gestos de desaprobación, y lo que pareció una especie de referéndum, hasta que al fin el hombre que llevaba la voz cantante señaló:

—Resulta evidente que está usted dispuesta a todo, y lo cierto es que frente a lo mucho que nos veremos obligados a exigir de usted, el hecho de perder la virginidad no parece el mayor de los sacrificios. —Carraspeó repetidas veces antes de concluir—. Creo que se arrepentirá de haber dado este paso, pero es su decisión y la respeto.

—¡Gracias, señor!

—No tiene por qué darlas, se lo aseguro… —De nuevo tamborileó una y otra vez sobre la mesa—. Cambiemos de tema… ¿Qué nos puede decir sobre su familia?

—No estoy segura, señor.

—¿Qué quiere decir con eso de que no está segura?

—Lo que he dicho, señor. Es posible que en estos momentos mis padres y mis hermanos estén vivos, pero también es posible que estén muertos… ¿Quién sería capaz de asegurarlo sin miedo a equivocarse en los tiempos que corren?

—¡Entiendo…! Los tiempos son en verdad difíciles. Muy, muy difíciles, sobre todo para alguien como usted. —Hizo una corta pausa, se inclinó como para estudiar con mayor atención los documentos de la carpeta pese a que resultaba evidente que los conocía de memoria, y al fin añadió—: Por lo que hemos oído resulta evidente que no está casada y tampoco tiene amantes… —La miró a los ojos con extraña fijeza—. ¿Quizá algún amigo al que le una algo muy especial…?

—Nada realmente especial —le tranquilizó de inmediato ella—. El trabajo ocupa la mayor parte de mi tiempo.

—¡Bien…! —La Voz Cantante se tomó un tiempo antes de decidirse a continuar, pero al fin lo hizo en el tono firme y seco de quien está acostumbrado a dar órdenes—. En ese caso le voy a poner al corriente de la naturaleza de su misión para que esté en disposición de decidir si desea formar parte de ella pese a todos los «sacrificios» que vamos a exigirle… —Sonrió casi imperceptiblemente al inquirir—: ¿Tiene usted una idea de dónde se encuentra la isla de Fuerteventura?

Erika Simon frunció el ceño, apretó los dientes, rebuscó en su memoria, y por último se vio en la obligación de admitir:

—Ni la más remota, señor…

—No se preocupe… Le confieso que hasta hace poco más de un mes yo hubiera jurado que se encontraba en el Caribe…

Esa noche, de regreso a su pequeño apartamento, lo primero que hizo Erika Simon fue abrir un viejo atlas y comprobar que, efectivamente, Fuerteventura no se encontraba en el Caribe, sino que formaba parte de un perdido archipiélago que se desparramaba por el Atlántico Norte, casi a ti

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