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GAME BOY (CABALLO DE TROYA 2019, 1)

Víctor Parkas  

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Fragmento

Game Boy Pocket

Dejad que os hable de mi polla. Metamos en un aprieto a todo el mundo: dejad que os hable de mi polla cuando tenía siete años, ¿de acuerdo? La primera vez que oí la palabra fimosis fue en la consulta de un médico al que, como mi edad imponía, no estaba prestando mucha atención. De aquel día, sólo recuerdo el techo de la sala de espera, el poderío de sus halógenos, lo exótico que se me antojaba el espacio. El hospital bien podía estar en el extrarradio barcelonés, pero yo me sentía en el Cedars-Sinai de Los Ángeles. La geografía, en cualquier caso, no habría alterado el diagnóstico: tenía siete años, un cinturón amarillo de karate y fimosis. En el coche, de vuelta a casa, mis padres empezaron una pedagogía que tendría continuidad en los días sucesivos. A saber: (1) la intervención apenas duraría una hora, (2) no me iba a doler, y (3) y más importante que ninguna de las dos anteriores, si tenía un buen comportamiento durante la cirugía, se me compensaría con un regalo a elegir.

En 1997, cualquier niño se habría dejado circuncidar a cambio de una Game Boy Pocket. Yo, además, tenía la posibilidad de hacerlo.

Viví los días previos a la operación con la impaciencia del jubilado achacoso: no veía la hora de meterme en el operatorio, terminar de una vez con todo y ponerme a jugar al Wario Land hasta que mis pestañas entrasen en combustión espontánea. Ansiedad de cibernovio. Ansiedad de favorito-para-el-Óscar. Ansiedad de primera fila de concierto, cuando el grupo telonero se despide, y el escenario se vacía para alojar, en breves instantes, a tu banda favorita. Esa ansiedad. Esa cuenta atrás furiosa.

Nada es eterno: tras el uno llegó el cero y tras el cero un pinchazo en el pubis. Cuando el émbolo de la aguja hizo que la anestesia empezara a recorrerme el bajo vientre, el dolor me estremeció, desapareciendo al poco, y para siempre,

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