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GIOCONDA DESCODIFICADA

Christian Gálvez  

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Fragmento

Apeles el pintor. A su misma manera trabaja Leonardo da Vinci con sus pinturas, como, por ejemplo, el semblante de Lisa del Giocondo y aquella de la santa Ana, madre de la Virgen (...). Octubre, 1503.

AGOSTINO VESPUCCI

(1503: apuntado en el margen de una edición de 1477 de Epistulæ ad familiares, de Marco Tulio Cicerón)

Enseñó tres cuadros a su señoría, un retrato de cierta dama florentina, pintado del natural a instancias del difunto Magnífico Giuliano de Médici(1), otro de un san Juan Bautista joven y un tercero de la Virgen y el Niño en el regazo de santa Ana, todos ellos perfectísimos.

ANTONIO DE BEATIS (1979, pp. 132-133)

Retrató del natural a Piero Francesco del Giocondo.

ANÓNIMO GADDIANO(2)

Hizo para Francesco del Giocondo el retrato de su mujer Mona Lisa y, a pesar de dedicarle esfuerzos de cuatro años, lo dejó inacabado. Esta obra la tiene hoy el rey Francisco de Francia en Fontainebleau.

GIORGIO VASARI (2010)

Un retrato de tamaño natural, en tabla, enmarcado en nogal tallado, es media figura y retrato de una tal «Gioconda».

CASSIANO DAL POZZO (en 1625, durante su visita a la ciudad de Fontainebleau)

INTRODUCCIÓN
Preguntas, respuestas y confesiones de autor

La sabiduría es hija de la experiencia.

LEONARDO DA VINCI

Si mi objetivo principal a la hora de escribir un nuevo volumen es conquistar al lector a través de mi pasión, esto es, la figura humana de Leonardo da Vinci, tengo que ser sincero desde el principio.

Espontáneo y veraz al mismo tiempo. Porque precisamente es esa nobleza, con altas dosis de efusividad que un autor se autoexige en un trabajo como este, lo que el lector espera encontrar en un libro.

Por lo tanto, mi ejercicio de sinceridad con los lectores pasa por confesar que nunca tuve claro escribir sobre La Gioconda. No cierren el libro aún, se lo suplico. Déjenme explicar la situación. Mentiría si no dijera que la obra leonardiana que cambió mi vida fue La última cena en Santa Maria delle Grazie. La Gioconda es un cuadro que se observa mejor desde la distancia, en catálogos y libros bien editados. Es imposible contemplar y disfrutar del cuadro en el Louvre, donde los smartphones de los millones de visitantes que pasan ante su sonrisa capturan miles de píxeles, pero, al mismo tiempo, dejan escapar la verdadera esencia de una obra de arte: situarnos cara a cara con un pedazo de historia.

Sin embargo, como investigador hay algo que sí me llama la atención de este pequeño objeto de gran valor artístico: lo que genera y provoca en las personas. ¿Cómo se convirtió La Gioconda en la obra de arte más importante de la historia?

Yo, para bien o para mal, cuando me formulo una pregunta no puedo dejar pasar la oportunidad de publicar algo real con cierta pátina de erudición, pero también con la sensación de poner unos jeans a un tema que a priori parecía estar reservado a una excelsa minoría. Antes fue Leonardo, ahora su legado. Mi editor no me pierde de vista y muy generosamente me ofrece un par de alas que simbolizan la confianza y la libertad total. Surgen las dudas, emergen las preguntas: ¿se inventaron la fama de La Gioconda?, ¿hubo realmente una especie de giocondolatría que ensalzó el retrato por encima de las mejores expectativas?

A veces sucede que, cuando uno se formula preguntas, encuentra respuestas. Bendita paciencia, magnífica perseverancia.

Recuerdo que mi primera pregunta, hace años, no iba más allá de una duda momentánea. Esa duda aún no la he resuelto, pero me ha cambiado la vida para siempre. ¿Buscaba ese cambio? Si soy sincero con los lectores, estoy en la obligación de afirmarlo. Sí, buscaba algo parecido. Pero no con aquella pregunta, ni con este trayecto ni con este resultado. Me había quedado egoístamente corto.

Antes de esa pregunta pensaba en mí, en mi capacidad de trabajo, de sacrificio, y en mi tesón. Yo. Ahora pienso en el trabajo en equipo, en compartir ideas y en fomentar el diálogo entre las personas y provocar aún más dudas entre los avezados curiosos. Nosotros. Todo por culpa de una pregunta. Me he vuelto más generoso, más luchador y también más crítico, conmigo y con los demás. Sin ofensa, por supuesto. Siempre desde la más absoluta objetividad y desde un rotundo respeto a todos los que se dedican a lo mismo que yo: a hacerse preguntas.

Mi cuestión, como bien sabrán los lectores, fue: ¿y si Leonardo da Vinci no fuera como nos lo han representado? Unos se estremecen con esa pregunta, otros ponen el grito en el cielo. Cosa de psicología de masas y peso de la tradición. Pero en la investigación, tanto artística como científica, se trabaja a hombros de gigantes. Y publiqué Leonardo da Vinci: cara a cara.

Mi siguiente pregunta es: ¿se inventaron la fama de La Gioconda? Puede que se sorprendan, pero la respuesta es sí. Se (re)inventaron La Gioconda.

¿Con qué finalidad?, ¿quién lo hizo? Y lo más importante: ¿para qué? Daba igual quién fuera la dama retratada en la obra de Da Vinci. Era La Gioconda, un cuadro que simbolizaba el enfrentamiento entre Francia e Italia.

Reconozco que me cuesta decir «Mona Lisa». A través de estas páginas descubrirán por qué. A mí sí me importa quién fue la modelo que posó para Leonardo, así como me importa el verdadero rostro del artista de Vinci y me asaltan muchas dudas cuando tengo que identificar la modelo con Lisa Gherardini. Lo mismo me sucedió con el supuesto Autorretrato de Leonardo da Vinci. Algo me decía que no era justo. Al final pude probar que no existía ninguna prueba literaria, científica o artística que demostrara al cien por ciento que el dibujo que hoy reposa en las cámaras acorazadas de la Biblioteca Real de Turín represente al maestro florentino. Ese a quien tanto admiro.

A través de la misma técnica de investigación, formular preguntas históricas, he terminado enamorándome de este libro. Es por eso que estoy aquí, realizando un ejercicio de sinceridad con un final feliz, porque estoy orgulloso de este trabajo. Algo tan trillado y tan comercializado me dejaba poco margen para enamorar a los lectores. ¿Cómo sorprender? ¿Cómo encender de nuevo la llama de la curiosidad?

Creo que lo he conseguido, ustedes juzgarán. A través de estas páginas, queridos lectores, encontrarán respuestas. Cuando alguien quiere saber qué es lo que me motiva a perder el tiempo intentando descifrar el enigma del rostro de Leonardo da Vinci o la verdadera identidad de La Gioconda, me viene a la cabeza el trabajo excelso de Nuccio Ordine La utilidad de lo inútil. No es por el éxito. No es por los honorarios. Solo hay dos motivos, mucho más poderosos que cualquier aspecto material. Me hace feliz y me hace ser mejor. Espero como mínimo ofrecerles algunas pinceladas de felicidad mientras interpretan mis palabras.

Cuando me formulé mi primera pregunta («¿Y si Leonardo da Vinci no fuera como nos lo han representado?»), nunca me imaginé donde estoy hoy: viajando alrededor del mundo, dialogando con los mejores expertos en la materia, siendo miembro del Leonardo DNA Project y ejerciendo la curaduría en la exposición oficial que conmemora el quinto centenario de la muerte del maestro florentino en España. Mucho más de lo que nuestros ojos ven. Mucho más de a lo que este mostoleño podría aspirar alguna vez.

No terminé nunca una carrera universitaria y no lo digo con orgullo. Sin embargo, mi especialidad es demasiado concreta. Solo mediante la búsqueda y la autoformación he conseguido colocarme en un lugar privilegiado. Un emplazamiento lejano, más allá de los medios de comunicación. Nunca me han pedido mi titulación académica. Los profesionales con los que me muevo no me exigen un papel. Me reclaman conocimientos y pruebas. Como a todos los demás. Fíjense, aquello que me hace feliz también es útil y reconocido por los demás. Para ellos no soy solo «el chico de la tele».

Creo que el motivo principal que me une a Leonardo —el hombre de carne y hueso, no el genio— es la infancia. Una unión en la que se valoran tanto sus éxitos como sus fracasos. Nunca dejó de ser ese niño que corría por los campos entre Vinci y Anchiano. Nunca dejó de preguntarse: «¿Por qué?». Y «¿para qué?». Y por cada pregunta que se formulaba corrían ríos de tinta. Creo que yo tampoco dejo de cuestionar, solo que, en mi caso, hundo las teclas de mi Mac.

A través de estas páginas, sin dejar de cuestionarnos como si fuéramos niños fisgones y entrometidos, despejaremos muchas dudas en torno a la giocondolatría.

Asimismo, situaremos a la mujer en el Renacimiento italiano. ¿Cómo veían el género femenino?, ¿se les permitía a las damas alcanzar las más altas esferas de la cultura? Podremos comprobar en estas mismas páginas que ellas también brillaron con luz propia; por lo tanto, ¿por qué solo aparecen nombres masculinos cuando hablamos de este periodo artísticamente resplandeciente? Y precisamente en relación con el arte, ¿cuál era el papel de la mujer en la literatura renacentista y cómo era representada en la pintura del Quattrocento y el Cinquecento?

Son muchas preguntas, pero también ofreceremos muchas respuestas. Como esto no deja de ser un ejercicio de sinceridad, aviso: no les dejará indiferente.

Duplicando el método de trabajo de Leonardo, partiremos de un panorama general, la situación del rol femenino en el Renacimiento italiano, para concluir en el detalle, el retrato de una mujer cuya identidad se nos antoja, a priori, misteriosa.

La Gioconda, el retrato más famoso del mundo. La obra de arte que todos conocen. Ahora bien, ¿creen ustedes saber todo lo que rodea a la sonrisa que una mujer dedicó a Leonardo da Vinci hace quinientos años?

Tanto en el rostro de Leonardo como en la sonrisa de La Gioconda hay más de lo que nuestros ojos ven.

Descodifiquemos juntos el fenómeno Gioconda.

Colaboraciones

Así como en Leonardo da Vinci: cara a cara tuve la oportunidad de entablar conversaciones —y también relaciones de amistad— con varios especialistas a nivel mundial en diferentes materias, he tenido el placer de volver a contar con algunos compañeros de viaje y de incorpo

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