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GIOCONDA

Lucille Turner  

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Fragmento

Título original: Gioconda

Traducción: Joan Soler

1.ª edición: octubre 2011

© Lucille Turner, 2011

© Ediciones B, S. A., 2011

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN: 978-84-666-5034-2

Depósito legal: B. 23.852-2011

Conversión Digital: O.B. Pressgraf, S.L.

Roger de Llùria, 24, bxs.

08812 Sant Pere de Ribes

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright , la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

ANCHIANO

I

II

III

IV

V

FLORENCIA

I

II

III

IV

V

VI

MILÁN

I

II

III

IV

V

VI

VII

SAN CASCIANO

I

II

III

IV

V

I. ANCHIANO

I

Un niño pequeño sumergido entre flores silvestres de un violeta subido, un blanco resplandeciente, anda perdido en una nube de mariposas. Tiende la red, una malla sujeta por un marco de madera, y la agita en el aire, formando corrientes y remolinos, pero recoge sólo luz del sol. Vuela por aquí y por allá, cazando alas que no quieren ser cogidas, hasta que por fin se rinde, se sienta en una alfombra de musgo y observa el riachuelo. El agua aminora la marcha en el montón de piedras que él ha juntado, forma una charca turbia y se escurre por el otro lado en un hilillo de verde diáfano. El niño se tumba al costado, abre la boca y bebe.

Mejor enfocarlo de otro modo, piensa. «Deja que la mariposa venga a ti.» Se sienta y aguarda sin moverse. La luz del sol de última hora aviva la hierba. Finalmente, una pequeña mariposa amarilla y negra aterriza cerca de su pierna. Mueve despacio la mano hacia delante. La mariposa permanece inmóvil, con las alas plegadas. Con el índice y el pulgar, agarra suavemente las alas y coge el insecto. Lo sostiene en alto y observa su forma. Le gustaría extender las alas en la palma de su mano, pero sabe por experiencia que la mariposa forcejeará y las alas se romperán. Desplaza los dedos con cuidado por el centro del cuerpo y nota entre ellos las pulsaciones de vida. Respira hondo y de repente da un pellizco fuerte.

Abre la mano. La mariposa yace quieta pero totalmente intacta. Dos manchas anaranjadas con alas negras puntiagudas: Papilio Macaone, dice satisfecho. Pliega las alas, envuelve la mariposa muerta con un trozo de malla y regresa por donde ha venido, siguiendo la orilla del río hasta que el agua desaparece entre las rocas y luego da un pequeño salto en la sombra de la colina. A su espalda está Anchiano. La casa de su madre queda delante. Camina hasta llegar a una olla que hierve en la lumbre. Sujetando la mariposa por las alas, sumerge el cuerpo en la sopa y lo deja ahí un rato.

—Si se trata de otro de tus bichos voladores, no quiero verlo en la cena.

—Demasiado tarde —masculla él. Abandona la lumbre y la sala, se dirige a la parte de atrás de la casa y se encierra en el establo. Coge un trozo de tabla y un palillo afilado de una mesa improvisada en un rincón de lo que ahora llama en privado su bottega. Tras extender las alas de la mariposa con cuidado para no romperlas, le atraviesa el cuerpo con el alfiler de madera y lo clava en el espacio reservado para el insecto junto a otros ejemplares. Con el carboncillo en la mano izquierda, anota la fecha y la lee en voz alta.

Ha aprendido a leer por su cuenta en un libro de historia natural que encontró en el estudio de su padre, en la vieja casa de Anchiano con su pared de libros. Leonardo no vive allí. Su padre sí, y también Albiera, la esposa de su padre. Leonardo vive con su madre. Y con Antonio. A veces va a la casa del padre, pero sólo los días de fiesta o los días en que ve a su tutor, Fra Alessandro, un hombre gordo y perezoso, un grassone, que le hace sentarse quieto hasta que le duelen las piernas y leer una y otra vez pasajes del libro Legenda aurea. No es que le desagraden las historias sobre Dios. Algunas, en especial el Génesis, le hacen incorporarse y leer más deprisa, hasta que Fra Alessandro le dice que lo haga más despacio o vuelva a empezar. Pero lo que más detesta Fra Alessandro son las interrupciones.

Esa mañana ha sido especialmente difícil. No sabía si Fra Alessandro lo tendría ahí todo el día, copiando letras. Habían leído sobre el Diluvio Universal. A Leonardo la cabeza le hervía de preguntas que reprimía todo lo que podía. Cuando por fin las soltaba, parecían desconcertar e incluso enojar al hombre, a quien entonces le temblaba la barba y se le acumulaban perlas de sudor en la frente, en valles y riachuelos que fluían por ambos lados del rostro hasta que el agua goteaba en la hoja que tenían ambos delante. ¿Qué había de malo en sus preguntas? No estaba seguro.

—Cuando se acabó el Diluvio, ¿adónde fue el agua?

—Eso carece de importancia —declaró el tutor, agitando el brazo y golpeteando con su vara de maestro—. Desapareció. Lejos.

Leonardo pensó en el riachuelo del valle de abajo, que tras el largo y cálido verano se secaba.

—¿En la tierra? —añadió, intentando ayudar.

El tu

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