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ÁGUILAS EN GUERRA (ÁGUILAS DE ROMA 1)

Ben Kane  

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Fragmento

Contenido

Prólogo

PRIMERA PARTE

  1

  2

  3

  4

  5

  6

  7

  8

  9

10

11

12

13

14

SEGUNDA PARTE

15

16

17

18

19

20

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Nota del autor

Glosario

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Este libro es para mis lectores, para todos y cada uno de vosotros. Estáis en todos los rincones del mundo, en todos los continentes salvo en la Antártida.* Vuestra lealtad me permite ser escritor a tiempo completo y dedicarme a un trabajo que me apasiona.

Por ello, os doy mis más sinceras gracias.

* Si habéis trabajado en la Antártida y leído mis libros mientras estabais ahí, ¡decídmelo, por favor!

Quintili Vare, legiones redde!

(¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!)

Versión de Suetonio de la reacción
del emperador Augusto al recibir la noticia
de la suerte que corrió Varo.

Prólogo

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Germania, año 12 a.C.

El niño dormía plácidamente, pero despertó al notar una mano que le sacudía el hombro con insistencia. Abrió los ojos pegados por el sueño y vislumbró, perfilados por la tenue luz de la lámpara, los aterradores rasgos de su padre: barba poblada, ojos de mirada penetrante y cabello trenzado. El niño se asustó.

—No temas, pequeño osezno. No soy un fantasma.

—¿Qué sucede, padre? —murmuró el niño.

—Quiero mostrarte algo.

Detrás de la imponente figura de su progenitor, el niño distinguió a su madre. A pesar de la oscuridad y el sueño, adivinó su descontento.

—¿Nos acompañará madre? —preguntó volviéndose hacia su padre.

—No, esto es cosa de hombres.

—Yo solo tengo siete años.

—No importa. Quiero que lo veas. Levántate y vístete.

Los deseos de su padre eran órdenes para él, por lo que se desprendió de la cálida piel de oso que le cubría el cuerpo e introdujo los pies, calcetines incluidos, en las botas situadas junto a la cama. Rebuscó la capa, que hacía las veces de segunda manta, y se la puso sobre los hombros.

—Ya estoy listo.

—Vamos.

La madre los interceptó.

—Segimer, no está bien que el niño presencie algo así.

—Tiene que verlo —replicó el padre.

—Es demasiado pequeño.

—¡No me cuestiones, mujer! Los dioses nos observan.

Apretando los labios, la madre obedeció y se apartó de su camino. El niño fingió no oír ni ver nada y siguió a su padre.

Pasaron junto a los esclavos que dormían y junto al fuego crepitante, las cazuelas y los arcones de madera. Las dos puertas de la casa se hallaban situadas una frente a otra, en el centro del edificio. El aire caliente transportaba desde el otro extremo el olor intenso y el sonido de las vacas, los cerdos y las ovejas.

Su padre abrió la puerta y salió; acto seguido, depositó la lámpara en el suelo y se volvió hacia él.

—Ven.

El niño se aproximó al umbral. Las estrellas brillaban en el firmamento, pero le intimidaba la oscuridad de la noche. No le hacía gracia salir, pero su padre le estaba haciendo señas para que le siguiera. Por fin se decidió e inspiró con fuerza el húmedo aire nocturno, que le enfrió la nariz y le recordó que el invierno pronto reemplazaría al otoño.

—¿Adónde vamos?

—Al bosque.

El niño tensó el cuerpo. Por mucho que le gustara jugar a cazar con sus amigos y a descubrir huellas de ciervos entre los árboles, nunca había ido al bosque de noche, momento en que devenía un lugar poblado de espíritus, animales salvajes y a saber qué cosas más. ¿Acaso no le habían despertado a veces los lobos aullando a la luna? ¿Qué sucedería si se encontraban con alguien?

—¡Apresúrate! —instó su padre, que ya había avanzado varios pasos por el camino de la aldea.

El miedo a quedarse solo se impuso sobre su temor a lo desconocido más allá de las casas y el niño salió disparado en pos de su padre. Hubiera deseado preguntarle si podían andar juntos de la mano, pero sabía de sobras cuál sería la respuesta; así que caminar a su lado era mejor que nada. Además, la presencia de la larga espada de Segimer —símbolo de riqueza entre su gente—, que le golpeaba la cadera al caminar, le tranquilizaba. Recordó que su padre era un temible guerrero, uno de los mejores de la tribu de los queruscos, si no el mejor.

—¿Qué vamos a hacer en el bosque? —preguntó, sintiéndose más valiente de repente.

—Vamos a presenciar una ofrenda a los dioses que no tiene comparación con lo que has visto otras veces.

El niño notó un nudo de miedo y emoción en el estómago. Le hubiera gustado preguntar más, pero el tono severo de su padre y la manera en que avanzaba a grandes zancadas por delante de él le llevaron a morderse la lengua. Lo más importante era no perder el ritmo. Siguieron caminando entre las casas, chapoteando en el terreno embarrado. Un perro ladró cuando pasaron ante una vivienda, y enseguida se oyeron otros. No obstante, pese a los ladridos, la aldea continuó en silencio. «Todos duermen», pensó el niño. Sonrió, emocionado. Una cosa era que le permitieran trasnochar con sus amigos para presenciar un banquete de boda, por ejemplo, y otra muy distinta —y mucho mejor— era rondar por el bosque en plena noche con su padre, al que idolatraba. Segimer no era desagradable ni cruel como los padres de algunos de sus amigos, pero apenas tenía tiempo para él. Era un hombre reservado y distante que siempre andaba ocupado con los otros nobles, ya fuera cazando o luchando contra los romanos en lugares lejanos. Por eso, se dijo, debía disfrutar al máximo de ese momento.

El sendero que seguían se internaba en el bosque que se extendía al sur del poblado. Según su padre, las tierras de los queruscos abundaban en bosques, pero habían talado los árboles alrededor de las grandes aldeas para fines agrícolas. Al oeste discurría el río, fuente de agua y de peces de muchas clases. Al este y al oeste, se extendía un manto de pequeñas parcelas donde se cultivaban cereales y hortalizas, así como pasto para el ganado. El bosque del sur les suministraba leña para el fuego, así como ciervos y jabalíes para alimentarse y arboledas sagradas donde los sacerdotes consultaban a los dioses.

El muchacho dedujo que la ofrenda tendría lugar en uno de esos lugares sagrados y los nervios se apoderaron otra vez de él. Agradeció que la oscuridad impidiera a su padre verlo temblar. Jamás se había atrevido a pisar uno de esos sitios. De hecho, una vez había llegado a la entrada de un bosquecillo sagrado con sus amigos, pero su bravura se esfumó en cuanto vieron los cráneos de vacas con cuernos clavados en los árboles y decidieron dar media vuelta. Sin embargo, estaba seguro de que esa noche cruzaría el linde con su padre. Cuando llegaron al bosque, un hilo de sudor le recorrió la espalda. «Tengo que ser valiente —se dijo—. No puedo mostrar temor ahora, ni después.» Si mostraba su miedo, avergonzaría a su familia y a su padre.

Pese a su determinación, no pudo evitar dar un respingo cuando una figura encapada y armada con una lanza apareció de repente por detrás de un árbol.

—Segimer —saludó el hombre, levantando la mano.

—Tudrus.

El niño se relajó. Tudrus era uno de los guerreros de confianza de su padre al que conocía desde muy pequeño.

—Veo que has despertado al pequeño osezno.

—Sí —respondió Segimer rozando el hombro de su hijo, que recibió agradecido la caricia.

—¿Estás listo, muchacho? —preguntó Tudrus.

El niño asintió sin saber lo que les aguardaba.

—Bien.

Segimer echó un vistazo al sendero del oeste que confluía con el camino del poblado por el que habían venido.

—¿Falta alguien?

—Ya han llegado todos. Han venido los guerreros de las tribus de los brúcteros, catos, angrivarios y téncteros. Incluso los marsos han enviado a sus nobles.

—Donar estará complacido de que hayan decidido venir tantos —sentenció Segimer, alzando la vista al cielo—. Será mejor que nos apresuremos, la luna pronto alcanzará su cénit y, según los sacerdotes, deben morir entonces.

Tudrus asintió.

«Deben morir», el niño trató de no pensar en el significado de esas palabras y se centró en mantener el paso de su padre para no perderlo.

¡BUUUUUUU!

Asustado, el niño dio un salto. No tardó un instante en recomponerse, pero Tudrus lo había visto y esbozó una sonrisa, mientras que su padre frunció el ceño y le ordenó con la mirada que permaneciera inmóvil.

¡BUUUUUUU! ¡BUUUUUUU!

Esta vez no movió ni un músculo. Aunque estaba seguro de que el peculiar sonido debía de proceder de un cuerno que hacía sonar uno de los sacerdotes, parecía que anunciara la llegada de un demonio o un dios. Contó hasta diez y luego hasta veinte, pero no apareció nadie. Miró en derredor; en la oscuridad de la noche, el bosquecillo tenía un aspecto más terrorífico de lo que había imaginado. El sen

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