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HASDAY. EL MéDICO DEL CALIFA

Carlos Aurensanz  

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Fragmento

Créditos

1.ª edición: febrero 2016

© Carlos Aurensanz, 2016

© del mapa: Antonio Plata, 2016

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-342-1

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Mapa

Portadilla

Créditos

Dramatis personae

PRIMERA PARTE

1. Año 924

2

3

4

5

6

7

8

9. Cuatro meses después

10. Año 925

11

12. Año 927

13

14. Año 928

15

16

17

18

SEGUNDA PARTE

19. Año 929. Qurtuba

20

21. Año 931

22

23

TERCERA PARTE

24

25

26

27. Año 941

28. Año 942

CUARTA PARTE

29. Año 949

30

31. Año 955

32

33. Año 956

34. Año 958

35. Año 961

EPÍLOGO

36. Año 965 (cuatro años después)

Año 970. Año de la muerte de Hasday ben Ishaq ben Shaprut

Glosario

Glosario toponímico

Bibliografía

Nota del autor

Notas

Dramatis personae

Dramatis personae

Abd al Karim: Marino de Bayāna.

Abd al Rahman III: Emir.

Abd Allah: Emir de Córdoba, abuelo de Abd al Rahman III.

Abu Ya’far ibn al-Yazzar: Farmacéutico del bimaristán.

Abul Qâsim: Abulcasis, médico y cirujano cordobés.

Adosinda: Primera esposa de Ramiro II de León.

Ahmad ibn Isa: Gobernador de Bayāna a partir de 933.

Ahmad ibn Wafid: Qādī de Yayyán.

Ahmad, Alí y Fátima: Nombres de los tres sirvientes de Hasday en la almúnya de Qurtuba.

Al Mu’izz: Califa fatimí.

Al Qaim: Califa fatimí, sucesor de Al Mahdi.

Alfonso IV: Rey de León.

Álvaro de Herrameliz: Conde de Álava.

Asbag: Antiguo gobernador de Bayāna, el Peregrino.

Aziza: Madre de Hakim.

Aznar Sánchez: Padre de la reina Toda de Pamplona.

Bâhir ibn Nabîl: Visir, director de la biblioteca del alcázar.

Baruch ben Yazar: Socio comercial de Ishaq.

Benjamín: Hermano más joven de Shoshana.

Benjamin ben Rahawi: Maestro del bimaristán.

Bernat: Privado de la condesa Riquilda de Barcelona.

Chafar: Uno de los fatà de AR III.

Constantino VII Porfirogéneta: Emperador de Bizancio.

Dudón de Verdún: Embajador germano.

Dunash ben Labrat: Poeta judío, en la novela preceptor de los hijos de Hasday.

Eliezer: Padre de Shoshana.

Elisheva: Esposa de Yakob, nuera de Hasday.

Estephanos: Embajador del emperador bizantino.

Fátima: Aya de los hijos de Hasday y Umarit.

Fernán González: Conde de Castilla.

Fernando Ansúrez: Conde de Monzón.

Firuze: Esposa de Hakim.

Furtún ibn Muhammad: General cordobés en la batalla de Simancas.

García Sánchez I: Rey de Pamplona.

Ghâlib ibn Haddād: Personaje perverso de la novela, junto a sus compinches Sâleh y Hassân.

Haddād ibn Haddād: Padre de Ghâlib.

Hakim ibn Rafiq: Amigo de Hasday, unos meses más joven.

Harit ibn Menashe: Procurador de Ghâlib en el juicio.

Hasday ibn Shaprut: Protagonista de la novela.

Hassân y Sâleh: Compinches de Ghâlib.

Helena: Emperatriz de Bizancio.

Hugo de Arlés: Conde franco.

Ibn al Barr: Poeta cordobés.

Ibn Alí Ismail: Poeta bagdadí de la corte de Abd al Rahman III.

Ibn Hakim, Aziza: Hija mayor de Hakim y Firuze.

Ibn Hakim, Hayat: Hija menor de Hakim y Firuze.

Ibn Hakim, Husayn: Segundo hijo varón de Hakim y Firuze.

Ibn Hakim, Karîm: Hijo menor de Hakim y Firuze.

Ibn Hakim, Ya’qûb: Hijo mayor de Hakim y Firuze.

Ibn Hawkal: Geógrafo árabe coatáneo de Hasday.

Ibrahim ben Yaqub: Enviado de Hasday a Germania.

Ida: Anciana cocinera de casa de los Ben Shaprut.

Ishaq ben Nathan: Emisario de Hasday a Jazaria.

Ishaq ibn Shaprut: Padre de Hasday.

Ismail: Ayudante de consultorio de Qâsim y Hasday.

Jadash: Jefe de la guardia de los Banu Shaprut.

Ja’far ibn Umar: Hijo de Umar ibn Hafsún.

José: Rey de los jázaros.

Juan: Obispo de Córdoba.

Juan de Gorze: Monje benedictino enviado por Otón I a Córdoba.

Maryam: Esposa de Abd al Rahman III, madre del heredero.

Maslama ibn Abd Allah: Alarife, uno de los arquitectos responsables de la construcción de Madīnat Al Zahra.

Mastalo: Primer magistrado de Amalfi.

Menahem ben Saruq: Poeta, secretario de Hasday.

Meretz: Mozo de cuerda de la caravana de Yakob.

Moshé ben Enoch: Gaón de Sura, que acabaría recalando en Córdoba.

Muhammad al Faruq: Escribano de la biblioteca califal. Redescubridor de la triaca.

Muhammad ibn Abd Allah: Padre de Abd al Rahman III.

Muhammad ibn Hashim al Tuchibí: Gobernador de Zaragoza, preso en Simancas por Ramiro II.

Muhammad ibn Rumahis: Almirante de la flota califal en 942.

Mundhir ibn Saíd al Balluti: Qādī mayor de Córdoba.

Mūsa: Viajero que Hasday conoce en su primer viaje a Bayāna.

Nachda: Uno de los fatà de Abd al Rahman III.

Nasr ibn Ahmad: Qaīd de Fraxinetum.

Nayda ibn Hussain: Qaīd eslavo del ejército cordobés en Simancas.

Nicolás: Monje enviado desde Bizancio para colaborar en la traducción del Dioscórides.

Nora: Madre de Hasday y Jakob.

Ofra: Doncella de casa de los Ben Shaprut.

Onneca: Hija de Toda de Pamplona, esposa del rey Alfonso IV de León.

Onneca de Pamplona: Esposa del emir Abd Allah, abuela de Abd al Rahman III y madre de Toda de Pamplona.

Ordoño III / Urdūn: Rey de León.

Ordoño IV / Urdūn: Rey de León.

Otón I: Emperador de Germania.

Qâsim ibn Sâleb: Médico, maestro de Hasday en Yayyán.

Rabí ibn Zayd: Recemundo, obispo de Ilbīra.

Radhia: Primera esposa de Al Hakam II.

Ramiro: Rey de León.

Rashid: Mozo de cuadras.

Redwan y Taled: Enviados de Ishaq ibn Shaprut a Oriente.

Riquilda: Condesa, sobrina del conde Suniario de Barcelona.

Romano Lecapeno: Emperador de Bizancio.

Sancha: Hija de Toda de Pamplona, esposa del conde Fernán González.

Sancho I el Craso: Rey de León, hijo de Ramiro II y Urraca de Pamplona.

Saruq ben Naftali: Contable de Ishaq ben Shaprut.

Shoshana: Esposa de Yakob.

Subh: Esclava, madre del heredero de Al Hakam II.

Sulayman ibn Umar: Hijo de Umar ibn Hafsún.

Suniario/ Sunyer: Conde de Barcelona.

Teresa: Hermana de Ordoño III de León.

Teresa Ansúrez: Esposa de Sancho el Craso de León.

Toda: Reina de Pamplona.

Umar ibn Hafsún: Rebelde muladí frente al emirato.

Umarit: Esclava liberada por Hasday, más tarde su esposa.

Urraca: Hija de Toda de Pamplona, segunda esposa de Ramiro II de León.

Urraca Fernández: Hija de Fernán González, casada con Ordoño III y luego con Ordoño IV.

Walid ibn al Mayid: Director del bimaristán de Córdoba.

Ya’far ibn Umar: Hijo y sucesor de Umar ibn Hafsún.

Yakob ibn Hasday: Hijo primogénito de Hasday y Umarit.

Yakob ibn Shaprut: Hermano mayor de Hasday.

Yorán: Eunuco, hermano de Umarit.

Yorán ibn Hasday: Segundo hijo de Hasday y Umarit.

PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

1. Año 924

1

Año 924

Aunque debía de ser cerca de medianoche, Hasday permanecía en vela en el lecho, cobijado por una confortable manta de lana. La luz de la luna proyectaba en la pared las sombras de la enorme morera que crecía frente a la ventana de su alcoba, y había dedicado la última hora a contemplar aquellas formas caprichosas sumido en sus pensamientos. La inquietud había mantenido alejado el sueño mientras prestaba atención a los ruidos sordos procedentes de las estancias inferiores. Hacía rato que habían cesado, señal de que también los sirvientes se habían retirado a sus aposentos tras completar las tareas del día.

Una repentina sacudida agitó su pecho al recordar el motivo de su vigilia y, sin pensarlo más, retiró la manta y saltó al suelo. Con decisión, vistió su jubón más abrigado, dispuesto sobre un escabel próximo, se enfundó los escarpines y se calzó los zapatos de cuero. Respiró hondo antes de abrir la puerta de la alcoba, que giró sobre sus goznes recién engrasados sin emitir el más mínimo chirrido. Recorrió con sigilo la galería a la que se abría el resto de los dormitorios y descendió la escalinata sin poder contener una sonrisa al oír los sonoros ronquidos de su hermano mayor, al otro lado de una de aquellas puertas. Yakob contaba solo quince años, dos más que él, pero aquellos estertores, más propios de un padre de familia entrado en carnes, eran motivo frecuente de chanza, y Hasday solo tenía que mentarlos para conseguir que su hermano enrojeciera y corriera tras él dispuesto a hacerlo rodar por el suelo. Aquellas peleas inocentes, sin embargo, jamás habían desembocado en nada serio, y una oleada de afecto le recorrió el espinazo cuando alcanzó el zaguán.

Solo dos lamparillas mantenían el lugar en una acogedora semipenumbra, que lo ayudó a llegar a la puerta principal sin sobresaltos. De la amplia alacena que hacía las veces de ropero, tomó una capa que se frunció al cuello y se dispuso a retirar el pesado cerrojo. El vástago, que él mismo se había ocupado de untar con grasa, se deslizó con suavidad y le permitió alzar el pestillo un instante antes de que el viento todavía helado del mes de marzo le azotara el rostro. La calle principal de la judería en la que se ubicaba la residencia familiar se encontraba desierta, como esperaba. Encajó la puerta con cuidado, dejó caer el pestillo para asegurarla y se cubrió la cabeza con el capuz. Antes de echar a andar de manera decidida bajo la luz de la luna, tocó con la mano derecha la mezuzah de la jamba para invocar la protección divina. Por precaución, avanzó entre las sombras de los edificios en dirección a la muralla exterior, siguiendo el complejo entramado de callejuelas de la aljama de Yayyán. Dejó atrás la sinagoga y los baños construidos gracias a la generosidad de su propio padre, Ishaq ben Shaprut, el comerciante más próspero de la ciudad, y se encaminó hacia la portezuela practicada en la muralla, que, como en otras ocasiones, podría atravesar con solo alzar el pesado pasador de madera.

Por fortuna, la ciudad parecía haber recuperado la calma tras un año agitado, en el que el emir Abd al Rahman había centrado todo su poderío militar en el intento de liberar la ruta entre Yayyán y Bayāna, el puerto a través del cual comerciaba su padre. Tiempo atrás, los rebeldes muladíes, encabezados por el renegado Umar ibn Hafsún, habían puesto en jaque a las caravanas que dieran prosperidad a su familia y habían llegado a tomar por las armas varias ciudades situadas en aquella ruta. El sagaz Ishaq ben Shaprut había puesto su fortuna y también toda su influencia al servicio del joven emir de Qurtuba, en quien mostraba una fe ciega. A juzgar por los resultados, había apostado por el caballo ganador, por el hombre que, contra todo pronóstico, estaba consiguiendo devolver al emirato la estabilidad que apenas una década antes parecía perdida para siempre. Habían sido momentos de zozobra para la ciudad, que había visto sus calles, arrabales y descampados invadidos por las tropas del emirato; por millares de mercenarios dispuestos a luchar por una parca soldada y un botín incierto; por enjambres de bereberes que habían plantado sus tiendas a los pies de las murallas; por compañías enteras de esclavos saqāliba deseosos de comprar su libertad al precio de arriesgar su vida al servicio del soberano que los había capturado en las frías tierras del norte.

Los fondos atesorados por su padre durante toda una vida de intensa actividad comercial habían sufragado parte de aquellas levas; los generales de Qurtuba habían disfrutado de su hospitalidad, e Ishaq había conseguido además que la comunidad judía al completo se volcara en la ayuda a las tropas enviadas por el soberano omeya. La amplia residencia familiar se convirtió en aquellos meses en centro de reunión de notables árabes, comerciantes judíos y militares qurtubíes de alto rango. El propio gobernador de Yayyán había honrado a la familia con su presencia. Con solo doce años y una curiosidad sin límites, nadie parecía reparar en la presencia de Hasday en aquellas largas veladas, en las que descubrió con admiración la capacidad de su padre para atraerse la voluntad de hombres que, en otras circunstancias, solo le hubieran demostrado desprecio por su condición de judío.

Al atravesar la muralla para enfrentarse a la oscuridad aún mayor del arrabal, el recuerdo de su padre le hizo estremecer, y trató de desechar la idea de que descubrieran su ausencia. Sus ojos se habían adaptado ya a la falta de luz, de modo que avanzó sin dificultad hacia el terraplén que circundaba las eras donde en verano se trillaba la mies, pero que entonces permanecían desiertas. El muro arcilloso se encontraba horadado por multitud de cuevas que los vecinos del arrabal usaban para guardar los aperos, como bodegas y —esto lo había descubierto solo unas semanas atrás, en compañía de sus amigos— como lugar de encuentro de algunas jóvenes parejas. Ascendió por la estrecha senda que conducía a una de las más alejadas, cuya entrada se hallaba resguardada entre dos pequeñas crestas que descendían en paralelo desde lo alto del monte. Tropezó con un canto que bajó rodando por la pendiente y, al instante, el ladrido de un perro, alertado por el ruido, le hizo detenerse maldiciendo su torpeza. Cuando se hizo el silencio de nuevo, se acercó a la portezuela de madera y tiró de ella. Desde el fondo surgía un débil resplandor que despertó su sonrisa: allí estaba Hakim, tal como esperaba. Su rostro moreno asomó al instante tras el ángulo que dibujaba la cueva.

—Sahīb! —saludó—. ¡Ya estás aquí!

Hasday compuso un gesto que revelaba una mezcla de agradecimiento y de disgusto.

—No me llames así —protestó al tiempo que volvía a encajar la puerta tras de sí—. Somos amigos.

—Lo sé, pero me cuesta evitarlo —respondió con media sonrisa—. Estaba prendiendo las lamparillas.

—¿Todo bien? ¿Algún problema para salir de casa?

—¿Bromeas? Nadie me echará en falta. Mi padre duerme la borrachera, y mi madre no volverá hasta el amanecer, el cliente de esta noche paga bien.

Hasday percibió el tono despechado de su voz, pero prefirió no ahondar en el asunto que más mortificaba al muchacho. Era solo unos meses más joven que él, se conocían desde que tenía memoria, pero su amistad se había consolidado cuando Hasday salió en su defensa en medio de una pelea desigual. Otro muchacho, a pesar de ser también musulmán y un año mayor, se ensañaba con el cuerpo menudo de Hakim cuando Hasday pasó casualmente por allí. Conocía bien al agresor: era Ghâlib ibn Haddâd, hijo y nieto de herreros, aunque su padre había sabido llevar más allá su habilidad como artesano y se había especializado en el trabajo con cobre y plata. El hecho de ser hijo único y, además, huérfano de madre, podía estar detrás de su carácter arrogante y pendenciero, pero Hasday no había dudado en hacerle frente. Bastaron unos empujones para obligarle a apartarse del muchacho e irse de allí mascullando amenazas. Desde entonces, Hakim no se separaba de él y le acompañaba en todas sus correrías, que no eran pocas. Porque Hasday, a pesar de ser el benjamín de la familia más prominente de la judería y una de las más acomodadas de la ciudad, había sido bendecido por la naturaleza con una inteligencia despierta y un espíritu inquieto, que le llevaba a indagar sobre cuanto lo rodeaba, a volcarse de lleno en cualquier asunto que despertara su interés, en un estado de continua excitación que mantenía alejado de su vida el menor atisbo de aburrimiento, pero que le había ocasionado ya no pocas complicaciones. Hakim le había seguido, pegado a sus talones, en cada una de sus empresas, en las que se implicaba con el mismo ardor que su amigo el judío, hasta convertirse en el mejor camarada, siempre dispuesto a echarle una mano, por disparatada que fuera la propuesta.

Una de las principales aficiones de Hasday era la cría de gusanos de seda. Le fascinaba el proceso de transformación de aquellos animalillos, un punto negro apenas visible que se retorcía tras la eclosión de los huevos en primavera y que crecía a ojos vistas día a día sobre la morera. Cuando se convertían en gusanos del tamaño de un dedo, era capaz de pasar horas contemplando cómo devoraban con afán grandes cantidades de hojas, una tarea repetitiva e interminable. Esos días no dejaba de preguntarse qué los empujaba a comportarse de aquella manera. Sabía, porque así lo había aprendido de sus maestros en la sinagoga, que era el Creador quien les había imbuido del instinto que les llevaba a cumplir con el destino que había determinado para ellos, pero esa explicación no le bastaba. Necesitaba saber de qué se había valido Dios para conseguir que su criatura llevara a cabo su designio, cómo funcionaba aquel pequeño ser que, un día, comenzaba a envolverse con el finísimo hilo amarillento hasta quedar oculto por una cubierta de seda. Se maravillaba al ver aparecer, tres semanas después, un ser nuevo, absolutamente distinto, una mariposa blanca que

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