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Maya Moon  

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Fragmento

La casa del tío Jaime

Desde fuera, la casa daba la sensación de ser de nueva construcción y no solamente porque él la estuviera mirando con los ojos de su infancia y todos sus sentidos embelesados en un tiempo que no era ese. Porque ahora mismo su madre, esa que le decía adiós con la mano mientras él esperaba a que el tío Jaime le abriera la puerta, no estaba allí, por supuesto, ni olía el dulce aroma de los churros recién fritos y bañados en azúcar que tanto le gustaban y que, por eso, su tío le preparaba cada vez que se quedaba con él para que mamá fuera a trabajar. Y, si se miraba los pies, no veía sus cangrejeras azul marino, las que su madre lo obligaba a ponerse para meterse en la playa debido a las piedras que había justo al entrar al agua y que se extendían unos cuantos metros hasta dar paso a la fina arena, donde sí se podía saltar y chapotear sin miedo a pincharte con uno de esos cantos afilados. Lo que sí seguía ahí era el olor del salitre del mar mezclado con el de los espetos de sardinas que se asaban en las barcas junto a los restaurantes en plena arena, y la fina y húmeda brisa que por esa época primaveral le susurraba, al acariciarlo, que estaba rodeado del mismísimo paraíso. La casa le parecía nueva por la modernidad de las líneas rectas, el blanco de la fachada y el acero de ventanas y barandillas, así como por las persianas de madera marrón, un estilo sencillo que en la actualidad estaba muy de moda, pero que en los tiempos en que su tío la construyó habían sido todo un acto de rebeldía. Alex sonrió para sus adentros. «Deformación profesional —pensó—, para algo soy arquitecto». No era una casa aislada, aunque sí totalmente independiente. Estaba rodeada de varias más, las pocas que habían tenido el privilegio de haberse librado de la Ley de Costas y permanecer en pie a pesar de estar muy cerca de la playa. De hecho, bastaba cruzar el pequeño camino sin asfaltar y lo siguiente que se pisaba era la fina arena. En aquel momento se alegró muchísimo de que se hubieran creado plataformas para evitar que se pavimentara aquel camino y que lo hubieran convertido en un paseo marítimo de asfalto, puestos para turistas, cadenas de restaurantes americanos, y tiendas de asiáticos que vendían su parafernalia. El progreso, a veces, debía ser detenido, sobre todo cuando amenazaba con destruir tanta hermosura salvaje. El joven se dejó invadir por el olor de la arena de la playa mojada, permitió que la brisa fresca le acariciara el rostro y cerró los ojos para recuperar su propia imagen infantil, cuando correteaba con su perro por la orilla, entrando y saliendo del agua en una especie de juego de persecución que nunca terminaba pues Dante, el can de su tío, no tenía como objetivo atrapar al niño, sino más bien no parar de saltar y dar zambullidas en el mar. En el marzo de su memoria, la playa ya estaba llena de gente que iba a robar los primeros rayos de sol de la temporada, como ocurría en la actualidad, pero en la época en que él era un crío, a diferencia de ahora, se podía correr tranquilamente por la arena, perro en ristre, sin que te multaran. Esta vez sonrió emocionado ante el recuerdo de su querido Dante, que hacía años que descansaba en el jardín de detrás de la casa, y cuya tumba su tío cubría de vez en cuando de arena y conchas para que el animal disfrutara de lo que más le gustaba mientras había pertenecido al mundo de los vivos.

Alex sacó el manojo de llaves de su bolsillo a medida que se acercaba a la puerta de madera de la valla, también blanca, que rodeaba la propiedad y daba paso al jardín, donde una piscina medio vacía suplicaba que alguien la devolviera a la vida. «Una piscina vacía es el recuerdo más triste que se puede guardar en la memoria», pensó Alex, recordando los tiempos en que esa imagen significaba que se habían acabado las vacaciones y el verano, y que la monótona rutina iba a adueñarse de su vida durante una, para él, eterna temporada. Una vez delante de la puerta de entrada de la casa, con las llaves en la mano, no pudo evitar sentir un nudo en la garganta. Eso no era lo habitual, él nunca abría la puerta, excepto si había salido con sus amigos del pueblo y regresaba demasiado tarde, que era la única vez en que su tío le daba un juego de llaves para que no lo despertara al regresar. Él siempre tocaba la pequeña campanilla que colgaba a la izquierda y esperaba impaciente ver aparecer la elegante figura de su tío –que t

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