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HECHIZO EN LA NIEBLA (TRILOGíA DE LOS O'DWYER 2)

Nora Roberts  

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Fragmento

1

Otoño, 1268

Volutas de niebla se alzaban del agua como si fuera su aliento mientras Eamon remaba en la pequeña barca. El sol arrojaba su pálida y fría luz al despertar del descanso nocturno e iniciaba el matutino coro de los pájaros. Oyó el canto del gallo, tan altanero e importante, y el balido de las ovejas que pacían en los verdes pastos.

Sonidos familiares todos ellos, sonidos que le habían recibido cada mañana durante los últimos cinco años.

Pero aquel no era su hogar. Por acogedor que fuera, por familiar que fuera, jamás sería su hogar.

Y anhelaba su hogar. Al igual que a un anciano en un clima húmedo, le dolían los huesos de tanto desear el hogar; la añoranza desgarraba su corazón, como el de un amante despechado.

Y bajo aquel deseo, bajo el dolor, el anhelo y la desgarradora añoranza vivía una rabia candente que podía erupcionar y quemar su garganta como la sed.

Algunas noches soñaba con su hogar, con su cabaña en el extenso bosque en que conocía cada árbol, cada recodo y cada camino. Y algunas noches los sueños eran tan reales como la vida misma, de modo que alcanzaba a oler el fuego de turba, el dulce aroma de la lavanda que su madre les ponía en la cama para que tuvieran buenos y plácidos sueños.

Podía oír su voz, cantando bajito debajo del altillo, donde elaboraba sus pociones y brebajes.

La Bruja Oscura, la habían llamado con respeto, pues había sido poderosa y fuerte. Y amable y buena. Algunas noches cuando soñaba con su hogar, cuando oía a su madre cantando debajo del altillo, despertaba con las lágrimas rodando por sus mejillas.

Se las enjugaba con celeridad. A sus diez años ya era todo un hombre, y cabeza de su familia como lo había sido su padre antes que él.

Las lágrimas eran para las mujeres.

Y él tenía que cuidar de sus hermanas, se recordó colocando los remos y permitiendo que la barca se meciera con suavidad mientras dejaba su caña de pescar. Tal vez Brannaugh fuera la mayor, pero él era el hombre de la familia. Había jurado protegerlas a Teagan y a ella, y eso haría. La espada de su abuelo lo había acompañado. La utilizaría cuando llegara el momento.

Ese momento llegaría.

Pues había otros sueños, sueños que producían temor en vez de aflicción. Sueños sobre Cabhan, el hechicero negro. Esos sueños generaban miedo en sus entrañas, como glaciales bolas que congelaban incluso la candente cólera. Un miedo que hacía que el chico que vivía en él deseara llamar a gritos a su madre.

Pero no podía permitirse tener miedo. Su madre ya no estaba, pues se había sacrificado para salvar a sus hermanas y él solo unas horas después de que Cabhan hubiera matado de manera brutal a su padre.

Apenas podía ver a su padre con su ojo mental, muy a menudo necesitaba la ayuda del fuego para encontrar esa imagen; el alto y orgulloso Daithi, el cabeza de familia, con su vivo cabello y su risa espontánea. Pero solo tenía que cerrar los ojos para ver a su madre, pálida como la muerte que la aguardaba, delante de la cabaña en el bosque aquella nebulosa mañana, mientras él se alejaba con sus hermanas a caballo, con el corazón dominado por la congoja y un candente y reciente poder corriendo por sus venas.

Desde aquella mañana ya no era un niño, sino uno de los tres, una bruja oscura, obligado por la sangre y un juramento a destruir aquello que ni siquiera su madre había podido destruir.

Una parte de él solo quería comenzar, poner fin a aquella temporada en la granja de su prima en Galway, donde el gallo saludaba a la mañana y las ovejas balaban en los campos. El hombre y la bruja que habitaban en él anhelaban que el tiempo pasara, anhelaban la fuerza para blandir la espada de su abuelo sin que le temblara el brazo a causa del peso. Anhelaba el momento en que pudiera abrazar por completo sus poderes, practicar la magia que era suya por nacimiento y por derecho. El momento en que derramara la negra y corrosiva sangre de Cabhan sobre la tierra.

Pese a todo, en los sueños no era más que un chico débil que no había demostrado aún su valía, perseguido por el lobo en que Cabhan se transformaba, el lobo con la piedra roja que le daba su negro poder brillando alrededor de su cuello. Y era su sangre y la de sus hermanas la que se derramaba, caliente y roja, sobre la tierra.

Las mañanas después de haber tenido una terrible pesadilla se iba al río y se alejaba en su barca para pescar, para estar solo, aunque la mayoría de los días ansiaba la compañía de la casa, las voces, los aromas de la comida.

Pero después de aquellos sangrientos sueños necesitaba alejarse... y nadie lo miraba mal por no ayudar a ordeñar, a limpiar la cuadra o a dar de comer a los animales, no esas mañanas.

Así que estaba sentado

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