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HIELO EN LAS VENAS (LOS HIJOS DEL MONSTRUO 3)

Marcia Cotlan  

5


Fragmento

1

Los detectives Travis Duncan y Kurt Donahue llegaron al vertedero de Pompano Beach, en el condado de Broward (Florida), pasadas las once de la mañana. Hacía un calor infernal y eso acentuaba el insoportable olor de la basura en descomposición. Aparcaron el viejo Ford de la policía detrás de los coches patrulla que se les habían adelantado. El sargento Blake, que fue quien les avisó por teléfono, estaba esperándolos justo en la entrada, con signos visibles de nerviosismo. Se pasó varias veces las manos por el pelo canoso en el tiempo que transcurrió entre que los detectives aparcaron, salieron del vehículo y llegaron caminando hasta él.

—Ya está el gobernador dándole por el culo al comisario con este caso y eso que acabamos de comenzar —dijo, a bocajarro, antes siquiera de saludar.

Recientemente, el gobernador había considerado que la mejor manera de ahorrar en gastos era recortar ciertos servicios, como el alumbrado público, que se encendía más tarde en las zonas del extrarradio, o las plazas de policías y bomberos, que no se cubrían cuando alguno de ellos se jubilaba.

—Tendrá miedo de que, si tardamos en resolver el caso, los medios lo culpen a él y a sus recortes —dijo Travis Duncan.

—¿El cuerpo? —preguntó Kurt, cambiando bruscamente de tema.

—Por aquí —indicó el sargento Blake.

Caminaron sobre la gravilla que rodeaba el edificio de oficinas y que se encontraba cerca de la entrada del vertedero. Siguieron por una senda que conducía al lugar en el que había sido hallado el cuerpo. El olor, justo allí, era tan nauseabundo que los miembros del equipo de la científica, que ya se encontraban en el lugar desde hacía más de media hora, se habían aplicado bajo las aletas de la nariz un poco de Vicks Vaporub para neutralizar el hedor. El jefe del equipo, Jack Riley, les ofreció el bote de ungüento y los detectives también se lo aplicaron. Les producía picor en los ojos debido a la alta concentración de eucalipto, pero cualquier cosa era mejor que la peste nauseabunda del vertedero.

—Cuéntanos qué tienes, Riley —pidió Donahue.

—Mujer joven, blanca, probablemente asfixiada. Laceraciones en los brazos. Cuando se lleve a cabo el levantamiento sabré más. Calculo que lleva muerta unas veinticuatro horas. Solo eso puedo decirte por ahora.

Se apartó de donde estaba y los detectives pudieron ver el cuerpo —al menos, parte de él— sobresaliendo de una enorme bolsa de basura de color gris oscuro. El pelo rubio y largo le tapaba buena parte del rostro y solo uno de sus brazos era visible, el otro permanecía dentro de la bolsa. El fino tirante blanco del vestido estaba roto y, aunque el cuerpo había caído del camión boca abajo, la cabeza estaba ladeada.

—Solo me quedan un par de guantes —comunicó Riley, mientras se los alargaba a Travis, que era quien estaba más cerca. Este se los puso antes de agacharse al lado del cuerpo para observarlo de cerca. Kurt Donahue metió las manos en los bolsillos del pantalón para evitar tocar nada, como hacía cada vez que no llevaba guantes puestos. No quería contaminar la escena.

—Marcas de una ligadura alrededor del cuello —comenzó enumerando Travis—, marca del sol en la muñeca izquierda, o sea que aquí solía llevar el reloj. —Separó con delicadeza un mechón de pelo que caía sobre el rostro de la víctima y se lo colocó detrás de la oreja—. Lleva unos pendientes que aparentan ser muy caros. No entiendo de joyas, pero no parecen precisamente baratijas, ¿no? Y los pedruscos de la pulsera de la mano derecha o son una imitación extraordinaria o parecen diamantes. Catorce diamantes —dijo, tras contarlos.

—La ropa también es cara, de marca. El vestido es de Donna Karan, según dice la etiqueta —comentó Riley.

—No tengo ni idea de quién es esa tal Donna Karan —confesó Kurt.

—Bueno, yo tengo una hija que estudia Moda. Qué menos que interesarme por la pasión de mi hija —explicó Riley. Todos sonrieron.

—Habrá que acabar de procesar el escenario. Mientras eso ocurre, hablaremos con el tipo que la encontró.

Se llamaba Adam Advertine y trabajaba en el vertedero desde hacía más de diez años. Pocos minutos antes les habían avisado, desde la comisaría, de que en su juventud había tenido varios arrestos por robar coches. Justo en ese momento, Adam se encontraba sentado en una de las sillas de la sala de juntas, con los brazos sobre la mesa y los dedos jugueteando con el dobladillo de la manga de su mono verde de trabajo. Estaba pálido y parecía nervioso. Lo acompañaban dos agentes de policía y otro operario sentado un poco más lejos.

—Buenos días, señor Advertine. Somos los detectives Duncan y Donahue. Necesitamos hablar con usted sobre lo que acaba de encontrar —le informó Travis.

Los detectives se sentaron frente al operario y este simplemente asintió.

—¿Cómo descubrió el cadáver? —seguía preguntando Travis. Kurt, entre tanto, tomaba notas de lo que se iba diciendo.

—Anoche la mujer de Peters lo llamó para decirle que había roto aguas.

—¿Y Peters es...?

—El conductor del camión que trajo hasta aquí el... El cadáver. Lo dejó sin descargar porque su mujer se puso de parto. Como esta mañana aún no había dado a luz, decidí volcar la carga y dejarlo preparado para el conductor de esta noche. Cuando acabé de hacerlo y retiré el camión, me fijé en la mano que sobresalía de una bolsa. Se veía claramente que era una mano, aunque al principio pensé que sería un maniquí, pero no sé por qué acabé acercándome. Un mal presentimiento, imagino. Entonces vi de qué se trataba. Justo en ese momento apareció Carver. —Señaló al otro hombre del mono verde que estaba sentado un poco más lejos—. Yo estaba paralizado, así que fue él quien llamó a la policía de inmediato.

—Me acerqué para decirle que si lo ayudaba —intervino entonces Carver— y vi el cadáver.

—Puede irse, señor Carver —dijo Travis—, aunque quizás le necesitemos más adelante para ratificar sus palabras en comisaría.

El hombre asintió y salió después de la sala. Travis se fijó de nuevo en Adam Advertine.

—¿Entonces la bolsa se rompió al volcarla del camión? ¿No la habrá abierto usted, verdad? —En la mano de la víctima había una marca del reloj dejada por el sol y este no estaba. Tal vez no lo llevase puesto, tal vez se lo quedase el asesino como trofeo... O tal vez aquel tipo se lo había apropiado. Teniendo en cuenta los pendientes, la pulsera y la ropa que llevaba la joven, el reloj no sería precisamente barato.

—¿Yo? —Le tembló el labio inferior un poco—. ¿Por qué iba a hacer semejante cosa? ¡A mí no me van a echar la culpa de esta muerte! Seguro que han comprobado mis antecedentes y han pensado que sería un buen idiota al que colgarle esto, ¿no? Pero se equivocan si creen que...

—No queremos culparlo de nada, señor Advertine, solo darle la oportunidad de explicarse bien. Si nos dice que no tocó ni la bolsa ni el cadáver y después sus huellas aparecen, tendrá muchos problemas.

Dudó durante unos instantes, después confesó.

—Puede que tocara la bolsa y el brazo de la mujer, no lo recuerdo. Comprendan que estoy en shock. En todo caso, si lo toqué fue para comprobar que no era un maniquí. Ya les digo que no recuerdo nada de lo que hice. Estaba muy nervioso.

—¿Se dio cuenta de si había un reloj en el brazo que sobresalía de la bolsa? Seguramente sería un reloj muy caro.

Nuevamente silencio. Adam palideció.

—¿Qué...? ¿Qué quiere decir? —balbuceó.

—Lo que quiero decir, señor Advertine, es que, si se ha quedado con algún objeto de la víctima, lo acusaré no solo de robo, sino de obstrucción a la justicia por quedarse con algo que podría contener pruebas que nos ayudarían a resolver el caso. Eso es lo que quiero decir. Y bien, ¿llevaba o no llevaba reloj? —insistió Travis.

Los instantes que tardó aquel hombre en procesar la información y en responder le indicaron al detective que estaba en lo cierto, así que le apretó un poco más las clavijas.

—Quedarse con un objeto de la víctima a modo de trofeo es algo muy habitual en asesinos en serie que...

—¡Basta! Yo no le he hecho nada a esa mujer.

—De acuerdo. Pediré una orden para mirar en su taquilla y entre sus pertenecías y no me moveré de aquí ni le dejaré moverse hasta que esa orden llegue. Si cree que podrá deshacerse del reloj antes de que yo lo encuentre, es que no me conoce.

—No, no hará falta la orden... Yo... Solo quería pagar el alquiler. Debo dos meses. Para qué iba a necesitar ella el reloj, si está muerta, ¿eh?

—No me interesan sus excusas. ¿Dónde lo escondió?

Masculló algo entre dientes y se levantó de la silla.

—Síganme —dijo secamente.

Caminaron tras él por un pasillo largo y oscuro hasta llegar a la zona de las taquillas. Adam abrió la suya y vieron que en el interior solo guardaba su ropa de calle y sus zapatos. Dentro de uno de ellos estaba el reloj de Cartier, de oro blanco y un diamante en el centro de la esfera. Fue Travis quien lo recogió porque solo él lleva guantes.

—Yo quería... —comenzó a decir Adam.

—Cállese los motivos, Advertine, y díganos qué recorrido solía hacer el camión que trajo hasta aquí el cadáver —esta vez fue Kurt quien habló.

—El área entre la Séptima Avenida y North River Drive —respondió de inmediato—. ¿Me acusarán de robo?

—Encuentra a una mujer muerta metida dentro de una bolsa de basura y lo primero que se le ocurre hacer es robarle el reloj. ¿A usted qué le parece? —preguntó Travis. No esperó una respuesta. Les hizo un gesto a los agentes para que se ocuparan de Adam y se dio la vuelta, seguido de Kurt. Se dirigieron hacia donde había aparecido el cuerpo de la joven para hablar con Riley. Le entregaron el reloj y él lo metió en una bolsa de pruebas.

—Así que vamos a encontrar las huellas de ese tipo por la bolsa y el cadáver. ¡Será gilipollas! —exclamó Riley—. Por cierto, la bolsa de basura en la que apareció no estaba atada, como era de esperar, sino completament

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