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HIELO Y FUEGO (BUCHANAN 7)

Julie Garwood  

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Fragmento

DIARIO, ENTRADA NÚMERO 1

CHICAGO

Hoy andamos de celebración. La fundación ha aprobado por fin la subvención para financiar nuestro estudio. Somos cuatro, con un doctorado por cabeza, pero ahora nos comportamos como adolescentes irresponsables que sólo piensan en reír y armar gresca. Luego, probablemente pillaremos una buena trompa. Hemos trabajado muy duro para llegar hasta aquí.

Nuestros orígenes no pueden ser más dispares. Kirk viene de St. Cloud, Minnesota, donde estuvo trabajando a fondo con los lobos grises en el Campamento Ripley. Sus conocimientos sobre la estructura familiar de las manadas de lobos nos servirán de inestimable ayuda.

Eric procede del prestigioso centro de investigación que el TNI tiene en Chicago. Es el más joven, pero también el que más títulos tiene. Le gusta decir que es una rata de laboratorio, ya que ha estado aislado en el laboratorio llevando a cabo investigaciones en dos proyectos financiados por la Kenton Pharmaceutical Company. Es biólogo y químico, y tengo la impresión de que sus conocimientos de inmunología serán un buen complemento para los demás estudios. Brandon, nuestro director, ha pasado once años en Dakota del Norte. Observó y documentó a lobos que recorrían más de tres mil kilómetros. Le gustaría poner sistemas de seguimiento y collares controlados por radio a dos parejas separadas de machos y hembras alfa para que pudiéramos registrar todos sus movimientos. Lo que más le interesa son los hábitos de conducta.

Yo soy el único que ha estudiado ciencias de la conducta, además de biología. No persigo lo mismo que los demás, pero espero que eso no suponga un problema. Aunque a todos nos interesa la dinámica de la manada, en mi caso también me gustaría estudiar los efectos del estrés sobre el individuo... en concreto, del estrés extremo.

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Se lo cargó un oso polar, el ejemplar más descomunal de la especie que nadie había visto nunca en Prudhoe Bay y alrededores en los últimos veinticinco años, o al menos eso dijeron en las noticias.

Aunque lo que en verdad mató a William Emmett Harrington fue la arrogancia; y si no hubiera sido tan narcisista, puede que aún estuviera vivo. Pero William Emmett Harrington era narcisista, además de fanfarrón.

A William sólo le interesaba William y, como en los veintiocho años que llevaba sobre la faz del planeta no había alcanzado ningún logro realmente significativo, era un tipo de lo más aburrido.

Vivía de su herencia, un sustancioso fondo fiduciario establecido por su abuelo, Henry Emmett Harrington, quien debería haber sospechado de la gandulería del gen que estaba transmitiendo, ya que su hijo, Morris Emmett Harrington, no dio golpe en toda su vida. Y William siguió alegremente los pasos de su padre.

Al igual que todos los varones de la familia Harrington antes que él, William era muy guapo y lo sabía. No le costaba nada llevarse mujeres a la cama, pero luego nunca conseguía atraer de nuevo a ninguna de ellas para repetir la jugada. Lo cual tampoco era de extrañar. William trataba el sexo como una carrera que tenía que ganar con vistas a demostrar que era el mejor y, por su carácter de auténtico narcisista, no ponía el menor empeño en satisfacer a su compañera de cama. Sólo importaba lo que él quería.

Sus anteriores conquistas le habían encontrado varios motes. «Cerdo» era uno. Otro era «Viaje Relámpago». Pero el que más a menudo se pronunciaba a espaldas suyas era «El Hombre Minuto». Todas las mujeres que se habían acostado con él sabían exactamente lo que eso significaba.

Aparte de buscar maneras de autosatisfacerse, la otra pasión de William era correr. Lo había convertido en un trabajo a jornada completa porque, al igual que sucedía con la práctica del sexo, William era asombrosamente rápido cuando se trataba de correr. En el último año había cosechado veinticuatro victorias en seis estados, y se disponía a inscribirse en una carrera de cinco kilómetros que se disputaría en su Chicago natal para hacerse con la vigesimoquinta. Como estaba convencido de que cruzar la línea de meta en primer lugar iba a ser un acontecimiento tan portentoso que todos en Chicago querrían estar al corriente, telefoneó al Chicago Tribune y sugirió que escribieran un artículo de una página sobre él en el periódico del domingo. También mencionó en más de una ocasión lo fotogénico que era y lo mucho que realzaría el artículo una foto suya a todo color.

Uno de los editores del departamento de noticias locales del Tribune contestó a la llamada y escuchó pacientemente la perorata de William, y luego lo derivó a uno de los editores de la sección de entretenimiento, quien a su vez lo derivó rápidamente a uno de los columnistas deportivos, quien a su vez lo derivó a uno de los editores de la sección de vida y salud, quien tuvo tiempo de escribir todo un artículo sobre los cinco principales alérgenos que afectaban a la población de Chicago mientras escuchaba aquel rollo. Ninguno de ellos se mostró impresionado o interesado. El último de los editores que hablaron con William le sugirió que volviera a llamarlo cuando tuviera noventa y nueve victorias en su haber y fuera a por la número cien.

William no se desanimó. Llamó inmediatamente al Chicago Sun Times y explicó su idea para llenar una página entera del periódico. Fue rechazado una vez más.

Entonces comprendió que tendría que rebajar sus expectativas si quería ver su nombre en letra impresa, así que contactó con el Illinois Chronicle, un pequeño pero popular periódico de barrio centrado básicamente en el entretenimiento y las cuestiones locales.

El editor en jefe, Herman Anthony Bitterman, era un curtido veterano del periodismo que hablaba con un marcado acento de Brooklyn y no paraba de tomar antiácidos. Había pasado treinta años en la sección de noticias extranjeras del New York Times y recibido galardones honoríficos de prestigio como el Premio RFK al Periodismo y el Premio Polk, pero cuando el inútil de su yerno se largó con otra mujer —la instructora de yoga de su hija, ¡por el amor de Dios!— Herman dejó el Times y se trasladó con su esposa Marissa a Chicago, donde ella había crecido y donde ahora vivía su hija con sus cuatro niñas.

Periodista hasta la médula, Herman no fue capaz de mantenerse jubilado mucho tiempo. Cuando surgió la oportunidad, aceptó el puesto en el Chronicle como distracción del aburrimiento y escapatoria de la horda de entrometidos familiares políticos.

Chicago le gustaba. Había ido a la Universidad de Northwestern, donde conoció a Marissa. Después de graduarse, ambos volvieron a la ciudad natal de Herman, Nueva York, para que él pudiera empezar a trabajar en el Times. Así que regresar a Chicago tras décadas en Nueva York supuso todo un ajuste. Herman había pasado tanto tiempo apretujado en un piso de dos habitaciones de Manhattan que tardó en acostumbrarse a una casa de dos pisos de piedra rojiza. Su única queja autént

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