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HIJOS SIN HIJOS

Enrique Vila-Matas  

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Fragmento

Los de abajo

(Sa Rápita, 1992)*

Tengo once hijos, dos gatos, un perro, tres peces, dos conejos y un loro. Con los niños las cosas me van muy bien, pero con los animales —un capricho de mi santa esposa— tengo problemas.

Acabo de cumplir 41 años. La madurez la soporto como buenamente puedo. Creo en muy pocas cosas. En la felicidad creo, si ésta consiste en el descubrimiento de que el suelo sobre el que estamos parados no puede ser más grande que lo que de él cubren nuestros dos pies. Heráclito lo dijo de otro modo: «El sol tiene la anchura del pie de un hombre».

Acabo de cumplir 41 años, y aquí estoy yo ahora de pie, a la sombra de la palmera de esta casa de todos los veranos, frente a la isla de Cabrera, mirando al mar. Escucho el rumor del oleaje, mis hijos más pequeños juegan en el patio trasero de la casa, hoy he terminado mi libro. En el suelo de mi estudio yacen mis manuscritos como hijos atrozmente abandonados por padre y madre.

* Los subtítulos de todos los relatos de este libro indican fechas que corresponden al lugar y año en que sucede el relato y de ningún modo al lugar y año en que fue escrito, a excepción precisamente de éste, «Los de abajo», donde todo coincide. (N. del A.)

El libro está terminado y el lector tendrá sobre él la última palabra, pero entretanto a mí me parece que, entre otras cosas, he escrito, sin darme cuenta, una Breve y heterodoxa Historia de España de los últimos 41 años. Una historia en la que este país aparece más bien como tierra baldía y desheredada, sin demasiado futuro, casi yerma, muerta para la gracia de la vida, hasta el punto de que vemos aparecer en el libro la sombra de eso que Guillén, en carta a Salinas, llamó «la realidad modesta de España».

Esa realidad modesta sintoniza a veces con el espíritu de esa Breve Historia del Mundo que escribiera H. G. Wells y en la que, por ejemplo, el «fenómeno» cristianismo aparece condensado y aclarado en pocas páginas mejor que en los muchos volúmenes de Renan; un libro el de Wells en el que los supuestos grandes acontecimientos y los más célebres personajes son reducidos a su justa estatura y situados —con enorme garbo— en el lugar que se merecen.

También en mi libro yo he reducido la importancia de tanto acontecimiento histórico y de tanto personajillo en el fondo del todo irrelevante. Cuando, por ejemplo, se produce una noticia de primera plana, los fantasmas ambulantes que protagonizan mis episodios nacionales la ven como una injerencia en sus vidas y se dedican a esperar —como ya hiciera Kafka— a que llegue la tarde, y entonces se van a nadar. Como se ve, ellos también sitúan al mismo nivel el plano histórico y el personal. Todos son hijos sin hijos y su conducta, en la mayoría de los casos, recuerda a esos seres a los que su propia naturaleza aleja de la sociedad; seres que, en contra de lo que pueda suponerse, no necesitan que nadie les defienda porque, siendo oscuros, l

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