Loading...

HIJOS Y AMANTES

D.H. Lawrence  

0


Fragmento

capítulo 1

Primeros años del matrimonio Morel

Después de Hell Row fue la casa de los Bottoms. Hell Row estaba formada por una hilera de casuchas de paredes abombadas, retechadas de paja, apiñadas junto al arroyo, a la altura de Greenhill Lane. En ellas vivían los mineros que faenaban en las pequeñas minas a cielo abierto o en los pozos de cabria, un par de prados más allá. El arroyo corría bajo los alisos enturbiado apenas por esas minas más bien pequeñas, cuyo carbón sacaban a la superficie unos asnos que con terquedad y aburrimiento daban vueltas alrededor de un malacate. Y por toda la campiña se veían las mismas minas, alguna de las cuales ya se explotaba en tiempos de Carlos II; por doquier los mismos mineros y los mismos asnos, que horadaban túneles bajo tierra igual que las hormigas y formaban extraños montículos, dejando trechos renegridos entre praderas y trigales. Esas casuchas de mineros, en grupos o pareadas, además de alguna que otra granja y las viviendas de los calceteros, desperdigadas alrededor de la parroquia, formaban la aldea de Bestwood.

Hace unos sesenta años todo cambió de repente. Los pequeños pozos fueron arrinconados por las grandes minas de los explotadores capitalistas. Se descubrió el gran yacimiento de carbón y hierro que abarca gran parte de los condados de Nottingham y Derby. La Carston, Waite and Company hizo acto de presencia y, en medio del general regocijo, lord Palmerston inauguró oficialmente la primera mina de la compañía en Spinney Park, colindante con el bosque de Sherwood.

Hacia esta época, la por desgracia conocida callejuela de Hell Row, que con los años había adquirido una más que dudosa reputación, quedó destruida por un incendio, de modo que se limpió mugre en abundancia.

La Carston, Waite and Co. comprobó que había dado con un filón muy rentable; así las cosas, a lo largo de los valles que descienden desde Selby y Nuttall se fueron excavando nuevas minas, hasta que pronto hubo seis pozos en explotación. Desde Nuttall, encaramado entre los bosques, sobre los repechos de arenisca, corría el ferrocarril dejando atrás las ruinas del priorato de los cartujos y el pozo de Robin de los Bosques, hasta llegar primero a Spinney Park y luego a Minton, una mina importante en medio de los trigales; desde Minton, atravesando las tierras de labrantío de ambas vertientes del valle, seguía camino hasta Bunker’s Hill, donde se desviaba para doblar al norte, hasta Beggarlee y Selby, desde donde se dominan Crich y las primeras lomas del condado de Derby. Eran seis minas como seis tachuelas negras en medio de la campiña, enlazadas por la cadena de finos eslabones que formaba el ferrocarril.

Para dar alojamiento a tan nutrido contingente de mineros, la Carston, Waite and Co. decretó la construcción de los Squares, grandes cuadriláteros de viviendas en la ladera de Bestwood; más tarde, en el valle del riachuelo, donde se habían erigido las precarias casuchas de Hell Row, se edificaron del mismo modo los Bottoms.

Constaban de seis manzanas de viviendas habitadas todas por mineros, dispuestas en dos hileras de tres, como los puntos de la blanca seis del dominó, con doce casas por manzana. Esta doble hilera de viviendas se alzaba al pie de una cuesta bastante empinada que llevaba a Bestwood, y desde las casas, por lo menos desde las ventanas de los áticos, la vista abarcaba el valle que subía dócilmente hacia Selby.

Las casas propiamente dichas eran sólidas y decorosas. Era posible rodearlas y ver los jardincitos de la entrada de cada una, con orejas de oso y saxífragas en la sombra de la manzana inferior, minutisas y clavellinas en la manzana de arriba, bañada por el sol, así como las fachadas de claros ventanales, los escuetos porches, los pequeños setos de aligustre y las ventanas de los desvanes. Pero eso era por fuera; eso era lo que se veía por el lado al que daban las salitas deshabitadas de las mujeres de los mineros. La habitación donde se hacía la vida, la cocina, se hallaba en la parte posterior, abierta al espacio que separaban las manzanas, y daba a un jardín desaliñado y, pasado éste, a los cenizales. Y entre las hileras de casas, entre las largas filas de cenizales que desbordaban el agujero previsto para almacenar los restos de los fogones y chimeneas, se abría el callejón donde jugaban los niños, cotilleaban las mujeres y fumaban a ratos los hombres. Así pues, las condiciones reales de la vida en los Bottoms, tan bien construidos y de tan agradable aspecto exterior, eran bastante sórdidas, porque sus habitantes tenían que vivir en las cocinas, y las cocinas daban a ese sucio callejón de cenizales.

A la señora Morel no le hizo mucha ilusión irse a vivir a los Bottoms, pues, construidos doce años atrás, ya iban de capa caída cuando ella se mudó desde Bestwood. Pero no le quedó más remedio. Su casa estaba al final de una de las manzanas de arriba, de modo que sólo tenía una vecina y, por el otro lado, un trozo más de jardín. Y eso de vivir en una casa de esquina le confería una especie de rango aristocrático entre las mujeres de las casas medianeras, porque pagaba de alquiler cinco chelines y seis peniques por semana, en vez de cinco chelines. Esta superioridad social, sin embargo, nunca fue un gran consuelo para la señora Morel.

Tenía treinta y un años y llevaba ocho de casada. De estatura más bien baja y de constitución delicada, pero de aspecto resuelto, al principio rehuyó un poco el trato con las vecinas de los Bottoms. Llegó en el mes de julio y para septiembre esperaba su tercer hijo.

Su marido era minero. Sólo llevaban tres semanas en la casa nueva cuando empezaron las fiestas, o feria, y ella sabía que Morel, de fijo, iba a aprovechar para pasárselo bien. Éste, de hecho, se marchó el lunes por la mañana temprano, día de feria. Los dos niños estaban muy excitados: William, un chico de siete años, se escapó inmediatamente después del desayuno a merodear por el ferial, dejando a Annie, que sólo tenía cinco, gimoteando durante toda la mañana porque también quería ir. La señora Morel se dedicó a sus quehaceres. Apenas conocía a sus vecinas y no sabía de nadie con quien pudiese dejar a la pequeña, de modo que le prometió llevarla a la feria después de comer.

William apareció a las doce y media. Era un muchacho muy despierto, rubio, pecoso, con algo que le daba inequívoco aspecto de danés o noruego.

–Madre, ¿puedo comer? –gritó nada más entrar precipitadamente, sin quitarse la gorra–. Es que empiezan a la una y media, eso me ha dicho el hombre.

–Comerás en cuanto esté la comida –contestó la madre. –¿Todavía no está? –chilló, mirándola con los ojazos azules rebosantes de indignación–. Pues me iré sin comer.

–Ni hablar. La comida va a estar lista dentro de cinco minutos. No son más que las doce y media.

–¡Ya habrán empezao! –gritó el chiquillo medio llorando. –¿Y qué? ¡Por eso no te vas a morir! Además, sólo son las doce y media, de modo que te queda una hora entera.

El muchacho se apresuró a poner la mesa, y enseguida se sentaron los tres. Comían tortas con mermelada cuando el chico, de un salto, se levantó de la silla y se quedó absolutamente quieto. A lo lejos se oían las primeras notas discordantes de un tiovivo y el bocinazo de un corno. Con el rostro trémulo, miró a su madre.

–¡Ya te lo dije! –exclamó corriendo al aparador para coger la gorra.

–Llévate la torta... No son más que la una y cinco, de modo que estabas equivocado. Ah, y no has cogido tus dos peniques –le gritó su madre a renglón seguido.

El chico volvió muy mohíno por sus dos peniques; luego se marchó sin decir una palabra.

–¡Yo quiero ir, yo quiero ir! –dijo Annie echándose a llorar. –Bueno, ya irás luego, mocosita llorona, que siempre estás lloriqueando.

Y así, por la tarde, la madre subió trabajosamente la cuesta, pegada al seto alto, con su chiquilla. En los campos habían recogido el heno, el ganado andaba suelto por las rastrojeras. Hacía calor, todo estaba tranquilo.

A la señora Morel no le hacía ninguna gracia la feria. Había dos carruseles de caballitos, uno que funcionaba a vapor, el otro tirado por un pony; se oía el soniquete de tres organillos y llegaban sueltos los estallidos de los pistoletazos en los puestos de tiro al blanco, el molesto chirrido de la carraca que agitaba el hombre que vendía cocos, el vocerío del hombre del pimpampún, los alaridos de la señora del titirimundi. La madre acertó a distinguir a su hijo delante de la caseta del león Wallace, contemplando ensimismado las fotos del famoso felino, que había matado a un negro y lisiado de por vida a dos hombres blancos. No quiso distraerlo y se fue a comprar un bastón de caramelo para Annie. Un momento después, el muchacho estaba delante de ella, excitadísimo.

–¡No me dijiste que ibas a venir! Qué de cosas, ¿verdad? Ese león ha matao a tres hombres... Me gastao mis dos peniques... ¡Y mira! –Sacó del bolsillo dos hueveritas adornadas con rosas de musgo–. Me las he ganao en ese puesto ande hay que meter unas bolas en unos aujeros. Y me las he sacao en dos tiros, a medio penique el tiro... ¡Mira! Llevan rosas de musgo. Son las que yo quería.

La madre se dio cuenta de que las quería para ella. –¡Hmm! –dijo complacida–. ¡Pues sí que son bonitas!
–¿Te las puedes llevar? Es que tengo miedo que se me rompan. El chico estaba loco de alegría al ver que ella había venido; la llevó por los puestos de la verbena, le enseñó todo. Después, en la caseta del titirimundi, ella le explicó las vistas, contándole una especie de historia, que él escuchó como hechizado. No quería dejarla. Como buen muchachito ufano de su madre, anduvo todo el rato pegado a ella, rebosante de orgullo. De hecho, ninguna otra parecía tan señora como ella, con su sombrerito negro y su capa, y con la sonrisa con que saludaba cada vez que se encontraba a alguna conocida.

–Bueno, ¿te vienes ya o te quedas? –dijo al chico cuando se –¿Ya te vas? –gritó el niño, con cara de reproche.
–¿Ya? ¡Si son más de las cuatro, seguro!
–¿Y por qué te vas tan pronto? –se lamentó él.
–No hace falta que vengas si no quieres.

Y se alejó lentamente con su hijita, mientras el chico se quedaba mirándola, con el corazón partido por verla marcharse, pero incapaz, sin embargo, de abandonar la feria. Al cruzar el espacio descubierto, frente a la taberna de La Luna y las Estrellas, oyó los gritos de los hombres, le llegó el olor acre de la cerveza derramada y apresuró un poco el paso, pensando que su marido quizá estaba en el bar.

Hacia las seis y media su hijo volvió a casa ya cansado, algo pálido y cariacontecido.

–¡Vaya! –dijo ella, dándoselas de estar algo enojada con él–. Si hubieras tardado otros cinco minutos más, lo habría recogido todo. Cualquier otra tarde estarías muerto de hambre hace varias horas... –Y le dio la merienda.

Él estaba triste, aunque sin saberlo, por haberla dejado irse sola. Después de marcharse ella, no se había divertido en la –¿Ha llegao mi papá? –preguntó.
–No –respondió la madre.
–Estaba echando una mano en La Luna y las Estrellas. Lo vi to remangao sirviendo jarras por los aujeros de esa cosa negra dojalata que hay en el escaparate.

–¡Ja! –exclamó la madre bruscamente–. No tiene dinero. ¡Y puede darse por contento si le llega para pagar lo que se beba, tanto si le pagan algo más que en cerveza como si no!

A los niños se les daba permiso para sentarse ante la ventana del dormitorio de la madre y ver a las gentes regresar a sus casas con juguetes del bazar, escuchar el estrépito de la música, el griterío, el eco de los disparos, el tenue «ting» de las dianas de hojalata en las que hacían blanco. Por fin se sintieron cansados y se fueron a dormir.

Cuando empezó a oscurecer, la señora Morel, que ya no alcanzaba a ver lo que cosía, se levantó y se fue a la puerta. Por todas partes llegaban rumores y ruidos de alegría; se notaba la excitación de la fiesta, que finalmente llegó a contagiarla. Salió al jardín lateral. Las mujeres volvían de la feria con sus niños, que llevaban en brazos un corderito blanco con patas verdes o un caballito de madera. De cuando en cuando, un hombre pasaba dando bandazos, borracho perdido. A veces llegab

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta