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HILDA KRüGER

Juan Alberto Cedillo

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Fragmento

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La estrella caída

Al terminar su última escena en Drunter und drüber, Hilda salió presurosa del set; en su camerino de los estudios Universum-Film AG (UFA) ya la esperaba su protector y amante. Quería agradecerle por el destacado papel que ahora interpretaba: caminó de prisa y en esta ocasión se abstuvo del disfrute que le producía deambular por los amplios estudios y saludar a las personalidades con las que se topaba. Incluso en ocasiones le gustaba quedarse después de la filmación para ver trabajar a directores de la talla de Fritz Lang, quien por cierto había huido del país hacía pocos años.

Al llegar a su destino reconoció el auto Mercedes-Benz y saludó a los guardias, de impecables uniformes negros y lustrosas insignias que los distinguían del resto de los militares. Ya se habían desplegado y se colocaban en puntos claves del edificio donde se localizaba su camerino: era la rutina en cada ocasión que el importante ministro de Propaganda acudía a las instalaciones de UFA.

Al abrir la puerta de su pequeño espacio observó al espigado Joseph Goebbels contemplar sus fotografías pegadas en el espejo; el adusto gesto de su amante la contuvo de correr a sus brazos. Su semblante contrastaba con el de otras ocasiones que la había visitado, cuando la consentía con regalos y apasionados besos. Ahora se mantenía muy serio, lo cual la inquietó; apenas terminaron de intercambiar saludos y algunos besos cuando el hombre le espetó: “Magda quiere que abandones el país”.

El comentario de Goebbels le hizo sentir que el piso se abría para tragársela. Entendía muy bien lo que esa escueta frase significaba: la hora de que su buena estrella se apagara había llegado. Inmediatamente le vino a la mente la suerte de la actriz checa Lida Baarova, quien en la cumbre de su carrera se esfumó del cine alemán y para colmo con la oprobiosa etiqueta de persona non grata.

Se había iniciado en el teatro desde la adolescencia y en la actualidad, con escasos 26 años de edad, ya contaba con 16 películas en su trayectoria de apenas cinco años en la industria del cine; inició con papeles intrascendentes, como el pequeño personaje que interpretó de la secretaria Fraulein Susi, y comenzaba a recibir sus primeros estelares, pero si Magda Goebbels la quería fuera, aquella era su sentencia de muerte como actriz en Alemania.

Consolándola, el ministro le limpió las lágrimas que brotaron de sus ojos azules; rodaban sobre sus rosadas mejillas descomponiendo su maquillaje. Suavizó el gesto y le prometió nuevas oportunidades para su carrera artística fuera del país: se comprometió a recomendarla entre sus conocidos de Europa o incluso en la Meca del Cine de la lejana Norteamérica.

Sus palabras no la reconfortaron: Hilda no se veía realizando cine fuera de su patria, y mucho menos en esos momentos de turbulencia en que Alemania se veía amenazada. Desde niña tenía el sueño de hacer grandes cosas por su país. En su adolescencia interpretó en una obra de teatro escolar la vida de Eliza Lynch, una mujer irlandesa poco conocida, y la desoladora pieza la había marcado; desde entonces, otros recuerdos se habían perdido en su memoria, pero jamás podía olvidar a ese personaje a quien consideraba una heroína. Su historia la conmovió al saber que Lynch dejó su vida placentera en Francia para irse a vivir a Paraguay con Francisco Solano López, quien posteriormente sería el padre de sus hijos y presidente de aquel país. En Sudamérica, la irlandesa impulsó la educación del pueblo y la superación de las mujeres, además de atender a miles de heridos mientras luchaba al lado de su hombre en una guerra contra las naciones vecinas; lo vio morir en el campo de batalla mientras ella, valerosa, tomaba las armas para defender a sus hijos.

Esa tragedia la había hecho soñar en contribuir con destacadas acciones para ayudar a su nación; anhelaba seguir los pasos de la valiente irlandesa, más aún en esos días en que Alemania comenzaba a resurgir de las cenizas de la infamia fraguada en Versalles. Recordaba con tristeza esa terrible época cuando, a pesar de que los bolsillos estaba repletos de billetes, no alcanzaba ni para comprar un paquete de cigarrillos. En cambio, en la actualidad el Führer les devolvía la esperanza: lo admiraba y se sentía orgullosa de ser invitada a algunas de sus fiestas. Además, estaba satisfecha de ver realizado su sueño de ser actriz en la renovada Alemania.

Sin embargo, ahora todo se derrumbaba. Entendió que en ese momento concluían sus ilusiones de participar en los proyectos que se preparaban, patrióticas películas que se filmarían para alentar a las tropas, en las cuales ya le tenían reservados papeles de heroínas que sacrificaban su vida por el Führer y la patria. Ella ejemplificaba el ideal de mujer que promovía el Tercer Reich: rubia, alta, de ojos azules y de una juvenil belleza que la hacía parecer una valquiria de la mitología nórdica, imagen muy de moda en el régimen germano.

Tras breves minutos de alientos, abrazos y promesas por parte del ministro, se despidieron con el juramento de su amante de que haría todo lo posible para que continuara con su carrera artística. Antes

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