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HISTORIA ABREVIADA DE LA LITERATURA PORTáTIL

Enrique Vila-Matas  

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Fragmento

OSCURIDAD Y MAGIA

Debo a una breve conversación con Marcel Duchamp y muy especialmente a Viudas y militares, libro hasta ahora inédito de Francis Picabia, las informaciones más valiosas en torno al asunto de la decisiva participación de dos mujeres fatales en la fundación en Port Actif de la sociedad secreta shandy.*

Cuenta Picabia que a finales del invierno de 1924 en la ciudad de Zurich, frente al número 1 de la Spielgasse, es decir, frente al Cabaret Voltaire, donde por aquellos días DADA estaba celebrando el feliz quinto aniversario de su desaparición del panorama cultural, había un balcón en forma de flauta pigmea hecha de rama de papaya, y en ese balcón, en el transcurso de una noche de luna llena, hallábase reposando una gabardina, dentro de la cual se movía inquieta una hermosa mujer española de nombre más bien horrible, Berta Bocado, que observaba con cierto disimulo el constante ajetreo de los antiguos dadaístas que, dicho sea de paso, en ningún momento se dieron cuenta de que eran espiados por los ojos de la española.

* Mujeres fatales, sí. Desde el primer momento, quedó bien claro que toda máquina soltera debía llevar incorporada a su complejo mecanismo alguna que otra vampiresa, pues sólo así lograría funcionar con falsa eficacia y sin miedo a las averías, aunque, paradójicamente, averiarse fuera, en definitiva, el destino fatal de esas máquinas de tan nula como admirable productividad.

Esa noche, Berta Bocado era como una cámara con el diafragma abierto: una cámara pasiva, minuciosa, pensativa. Acababa de recibir una carta de su antiguo amante, Francis Picabia, en la que, tras ponerla al corriente de sus preocupaciones, le pedía que intentara trabar amistad con un escritor ruso llamado Andrei Biely y averiguara si éste, aparte de tener crisis nerviosas en los peñascos históricos, poseía cierto ingenio y sentido del humor: «Tanto Marcel (Duchamp) como yo — concluía la carta— estamos interesados en saber si Biely es uno de los nuestros. Los datos que de él tenemos indican que vive en tu misma calle y que, al atardecer, juega con Tristan Tzara al ajedrez. Al parecer, funciona como una máquina soltera. En su mejor novela, Petersburgo, el protagonista es un conspirador y, al mismo tiempo, una máquina soltera que, en un momento ciertamente inspirado, se come una bomba y nota su placentero tictaqueo en el vientre. Probablemente, ese Biely es un loco de alta calidad. Nos gustaría que lo conocieras y nos dijeras si tiene puntos en común con el protagonista de su novela. Esperamos tus noticias».

No se sabe si por su condición de mujer fatal o, simplemente, por su tendencia al despiste, Berta Bocado confundió a Biely con otro ciudadano ruso que vivía en la Spielgasse y que, a veces, jugaba al ajedrez con Tzara, Arp, Schwitters y compañía, pero que de noche se refugiaba en su casa y nada quería saber de los antiguos dadaístas. Vladimir Ilich Uliánov era su nombre y, en compañía de una tal Krupskaia, aguardaba en Zurich a que estallara la revolución en su país.

A los pocos días, Berta Bocado envió unos datos totalmente erróneos a Picabia, creando así el equívoco que tanto contribuyó a la consolidación de la sociedad secreta portátil: «Se trata de un ruso ciertamente extraño que, hasta cuando hace buen tiempo, sale a la calle con chanclos y paraguas y con un abrigo guateado de invierno. Lleva el paraguas enfundado y el reloj en una funda de gamuza gris, y el cortaplumas que usa para sacar punta al lápiz también lo tiene metido en un estuche; hasta par

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