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HISTORIA DE LA MAFIA

John Dickie  

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Fragmento

 

DOTI

Los «dones» (o rangos) que marcan el estatus de un ‘ndranghetista.

También reciben el nombre de fiori («flores»)

Padrino

Los miembros de la ‘Ndrangheta deben obtener estas «flores» para optar a los cargos superiores dentro de la organización.

Quartino

Trequartino

Vangelista

Los ‘ndranghetisti tienen que obtener los dones para pasar a ser dirigentes de la «sociedad Mayor».

Santista

Camorrista di sgarro («camorrista para peleas», sgarrista)

Los ‘ndranghetisti de estos rangos pertenecen a la Sociedad Menor.

Camorrista

Picciotto («chaval»)

Giovane d’onore («joven honorable»)

Los giovani d’onore aún se están preparando para entrar en la organización.

RANGOS DENTRO DE LA ‘NDRANGHETA

PRIMERA PARTE

HERMANDADES DE SANGRE

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Prólogo

Hace mucho tiempo, tres caballeros españoles desembarcaron en la isla de Favignana, ubicada justo delante del extremo occidental de Sicilia. Se llamaban Osso, Mastrosso y Carcagnosso y los tres eran prófugos de la justicia. Una de sus hermanas había sido violada por un altivo miembro de la nobleza local y habían tenido que huir de España después de haber limpiado la afrenta con la sangre del violador.

En algún resquicio entre las muchas cuevas y grutas de Favignana, Osso, Mastrosso y Carcagnosso encontraron refugio. Asimismo, encontraron un lugar donde encauzar su sentido de la justicia, dando pie a un nuevo código de conducta y una nueva forma de hermandad. Durante los siguientes veintinueve años, crearon y refinaron las reglas de la «honorable sociedad». Entonces asumieron al fin la misión que les estaba encomendada en el resto del mundo.

Osso se hizo devoto de san Jorge y cruzó a la cercana Sicilia, donde fundó la rama de la sociedad que llegaría a ser conocida como la Mafia.

Mastrosso escogió a la Madonna como su guía y navegó hacia Nápoles, donde fundó otra rama: la Camorra.

Carcagnosso se hizo devoto del arcángel Miguel y cruzó el estrecho que separa Sicilia de la Italia continental para llegar a Calabria. Allí fundó la ‘Ndrangheta.

Hermandades de sangre, la primera parte de este volumen, es la historia de los orígenes y el desarrollo temprano de las tres organizaciones criminales, o mafias, más temidas de Italia, aunque ningún historiador debiera ufanarse de ser el primero en haberse sentido atraído por el enigma de cómo se originaron la Mafia siciliana, la Camorra napolitana y la ‘Ndrangheta calabresa. Los primeros en relatar esos orígenes fueron los propios mafiosi, y cada una de las principales cofradías del inframundo italiano cuenta con su propio mito fundacional. Por ejemplo, la historia de Osso, Mastrosso y Carcagnosso (nombres que vendrían a significar algo así como «hueso», «hueso maestro» y «hueso del talón») es el relato oficial que la ‘Ndrangheta da sobre su propio nacimiento: una historia contada a los nuevos reclutas calabreses cuando se preparan para unirse al clan local y embarcarse en una vida de asesinatos, extorsión y contrabando.

En cuanto a su valor histórico, los tres caballeros españoles tienen tanta solidez como los tres ositos del cuento. Es una leyenda. Pero a la vez es algo serio, una leyenda de índole sacramental. El estudio de los nacionalismos proporciona ejemplos suficientes al respecto: se puede cometer un sinnúmero de atrocidades en nombre de las fábulas sobre el pasado de una comunidad.

El mero hecho de que las mafias valoren tanto su propia historia delata la magnitud escandalosa de sus ambiciones. Como contrapartida, los gángsteres habituales no tienen esas pretensiones. En el curso de los últimos ciento cincuenta años, las hermandades delictivas a menudo han oscurecido la verdad, imponiendo su propia narrativa de los hechos: con demasiada frecuencia, la versión oficial de la historia resulta ser la versión de las mafias.

La historia de las mafias está llena de otras cuestiones escandalosas. Los principales cabecillas de Sicilia, Nápoles y Calabria gozan de riqueza, estatus e influencia. Son, además, hombres proclives a una violencia inmutable, y lo han sido desde el principio. Pero a la vez son mucho más que brutales delincuentes. El verdadero escándalo de las mafias italianas no es la cifra incontable de vidas humanas que han sido cruelmente segadas por su culpa; entre ellas, con suma frecuencia las de los propios mafiosi. Ni lo son tampoco las vías de sustento arrasadas, los recursos dilapidados, los paisajes de incalculable valor asolados. El verdadero escándalo estriba en que los mafiosos forman una clase gobernante paralela en la Italia meridional. Las mafias se infiltran en la policía, la judicatura, los concejos locales, los ministerios y la economía. También disfrutan de cierto apoyo público. Desde que Italia se creara a mediados del siglo XIX, el crimen organizado cada vez ha ocupado más porciones del territorio que el Estado italiano reclama, en teoría, como suyo. Se hace necesaria una explicación histórica de este escándalo, una explicación enraizada en los hechos.

Escribir la historia de la mafia es un campo reciente dentro de la investigación académica y una herencia de la ferocidad exhibida por la mafia en los años ochenta y comienzos de los noventa del siglo pasado, cuando los investigadores italianos comenzaron a canalizar su propia sensación de escándalo en estudios pacientes y rigurosos. Por abrumadora mayoría, tales historiadores, cuyo número ha ido creciendo de forma sostenida, provienen de las mismas regiones de la Italia meridional más aquejadas por la irrupción permanente del crimen en el país: regiones en las que la historia de la mafia aún se está forjando. Algunos de esos estudiosos tienen la suerte de detentar cargos en alguna universidad, otros son magistrados y funcionarios encargados de imponer la ley, algunos son ciudadanos comunes y corrientes. Pero todos ellos están abocados a desentrañar pruebas sólidas y abrir un debate contrario a los embustes y la mitomanía de la mafia, bastante más insidiosos que lo que la historieta sentimentaloide de los tres caballeros españoles sugiere en principio. Hay pocas ramas de la historia en las que el rigor aplicado a entender el pasado pueda ofrecer una contribución tan directa a la construcción de un futuro mejor. Para derrotar a las mafias, uno ha de saber lo que son; y ellas son lo que su historia nos enseña, nada más y nada menos que eso. Gracias a la labor de innumerables historiadores, estamos hoy en posición de proyectar una luz en mitad de la oscuridad que reinaba en torno a la época temprana del crimen organizado, dejando en evidencia una narrativa que es a la par perturbadora y perturbadoramente relevante para el presente.

Hermandades de sangre surge de mi convicción de que tales hallazgos, dentro de ese volumen creciente de investigaciones, son demasiado importantes para quedar restringidos a los especialistas. El libro reúne la documentación conocida y la mejor investigación realizada hasta el momento, para generar eso que los propios italianos denominan una obra «coral»: un libro en el que muchas voces cuentan una única historia. Mi propia voz es una más dentro de ese coro, en la medida en que incorpora también nuevos y sustanciales hallazgos que vienen a complementar y corregir el relato que ha surgido de la fascinante labor desarrollada actualmente en Italia.

En 2004 publiqué Cosa Nostra: A History of the Sicilian Mafia,* obra en la cual sinteticé los mejores estudios italianos acerca de la más infame de las cofradías criminales de Italia. Hermandades de sangre no es una continuación de Cosa Nostra; aspira a sostenerse o a desplomarse por sí mismo. Pero los lectores de Cosa Nostra comprobarán que vuelvo a relatar uno o dos episodios de ese libro precedente, por lo cual merecen saber, antes de empezar, la razón por la que la Mafia siciliana forma parte de nuevo de mis preocupaciones en este libro. Hay dos razones que lo justifican: la primera, porque en los últimos tres o cuatro años se han publicado nuevos estudios que han modificado de manera radical nuestra visión de ciertos momentos claves en la historia del crimen organizado; la segunda, porque hay mucho que aprender acerca de la Mafia siciliana al compararla con la Camorra y la ‘Ndrangheta. Y una de las cosas que nos enseña esa comparación es que la fama siniestra de que gozan los mafiosi sicilianos es ampliamente merecida.

Sicilia dio al mundo el término «mafia», y el simple hecho de que el término haya sido incorporado al uso cotidiano, no solo en Italia sino en el resto del mundo, es en sí mismo un síntoma del influjo omnipresente del crimen organizado con base en Sicilia. En el dialecto de Palermo, que es la capital de la isla, la voz «mafia» denotaba belleza, simpatía y seguridad en uno mismo. En la década de 1860, justo después de que la conflictiva isla de Sicilia pasara a formar parte del nuevo Estado unificado de Italia, «mafia» comenzó a circular como un rótulo útil para una organización cuya silueta aparecía cada tanto en mitad de la niebla, una bruma de violencia y corrupción. La Mafia (que pronto desaparecería nuevamente en la niebla) llevaba para entonces algún tiempo con vida y había alcanzado ya un poderío y una riqueza a los que los delincuentes de la Italia continental solo podían aspirar. Ese poder y riqueza explican por qué la palabra siciliana «mafia» acabó transformándose en una suerte de paraguas bajo el cual se guarnecieron todas las hermandades de sangre del inframundo italiano, incluidas la Camorra y la ‘Ndrangheta. En el curso de un siglo o poco más —el arco temporal cubierto por estas páginas— es posible trazar la suerte de las otras dos mafias de la península Itálica frente a las cotas de poder que alcanzaron los sicilianos desde un principio.

En nuestros días se conoce a la Mafia siciliana como la Cosa Nostra, un apodo que tanto los mafiosi de Estados Unidos como de Sicilia adoptaron en la década de 1960. El nombre ’Ndrangheta le fue adosado a la mafia calabresa a mediados de los años cincuenta (significa «virilidad» o «valor»). En ambos casos, los nuevos términos se incorporaron porque la opinión pública de posguerra y la aplicación de la ley se volvieron más tenaces a la hora de rastrear y enfocar una imagen que había permanecido hasta entonces borrosa, durante un siglo completo de confusión, negligencia y absoluta connivencia. Por ende, Hermandades de sangre, que concluye con la caída del fascismo y la liberación de Italia por los aliados, es una historia de regímenes de los bajos fondos que permanecieron en cuanto tales, si no anónimos, ciertamente ignorados o sumidos en el misterio, rodeados de silencio (en el caso de la ‘Ndrangheta) o de disputas interminables e inconducentes (en el caso de la Mafia siciliana).

La relación de la Camorra con su propia denominación ha sido distinta. En tanto el poder criminal estructurado ha crecido y decaído alternativamente en la historia napolitana, la Camorra siempre se ha llamado la Camorra. Puede que la honorable sociedad de Nápoles fuera una secta secreta de gángsteres jurados, pero, por extraño que parezca, tenía muy pocos secretos. En Nápoles «todo el mundo» estaba al corriente de sus actividades, razón por la cual su historia exhibe una trayectoria radicalmente distinta a la de las honorables sociedades de Sicilia y Calabria.

Los estudios comparados en la historia de las mafias son aún infrecuentes, y quizá sea esto algo comprensible. En los primeros tiempos, las cofradías delictivas de Sicilia, Nápoles y Calabria diferían entre sí bastante más de lo que esa etiqueta abarcadora de «mafia» podría hacernos pensar. Cada una evolucionó para adecuarse a los rasgos característicos del territorio que la nutría. Aun así, estudiar de manera aislada, y por sus singularidades, a las organizaciones del inframundo italiano puede equivaler, en ocasiones, al intento de inferir la dinámica de la selección natural observando a los escarabajos pinchados con un alfiler en una vitrina polvorienta e inerte. Los organismos criminales de Italia no son únicos ni estáticos; más bien se trata de un rico ecosistema del inframundo que sigue engendrando nuevas formas de vida hasta nuestros días.

Las mafias nunca han existido de manera aislada. Lo que comparten es casi tan relevante como los muchos aspectos que las distinguen. A través de su historia, las tres se han comunicado entre sí y han aprendido la una de la otra. Los rasgos de esa historia común son visibles en un lenguaje compartido. La palabra omertà, o umiltà («humildad»), si consideramos su forma originaria, es un ejemplo de ello. A lo largo y ancho de la Italia meridional y de Sicilia, omertà-umiltà ha denotado siempre un código de silencio y sumisión a la autoridad criminal. La noción de «honor» es otro ejemplo parecido: las tres asociaciones invocan un código de honor, y se autodenominan honorables sociedades.

Pero los nexos entre estas honorables sociedades van mucho más allá del lenguaje común y son una de las razones del éxito y la longevidad de las mafias. Así, las ventajas que supone la comparación y lectura en paralelo de las historias de la Mafia, la Camorra y la ‘Ndrangheta, son quizá las únicas lecciones que la fábula de Osso, Mastrosso y Carcagnosso nos deja en cuanto a metodología histórica. (El mito fundacional de la ‘Ndrangheta contiene, de hecho, otra pizca de veracidad, como quedará claro más adelante: Farvignana, la isla en la que se sitúa la fábula, fue alguna vez una colonia penal y, como tal, uno de los lugares en los que ciertamente se incubaron las honorables sociedades.

Desde un enfoque comparativo, Hermandades de sangre brindará respuesta a algunas de las preguntas más repetidas. ¿Cómo se iniciaron las asociaciones criminales secretas de Italia? ¿Cómo se descubrieron en primera instancia? ¿Por qué no solo sobrevivieron al hecho de ser descubiertas, sino que aumentaron su poder? Las peores respuestas a estos interrogantes reciclan leyendas sin fundamento que responsabilizan a los invasores árabes de Sicilia y a los gobernantes españoles de Nápoles. Tales historias se hallan próximas a los relatos urdidos por las mismas honorables sociedades, sospechosamente próximas, diríamos. No mucho mejores son las respuestas que evocan abstracciones como «la cultura», «la mentalidad» o «la familia de la Italia meridional».

Muchos textos académicos dan respuestas que suenan un poco más sofisticadas: hablan de la frágil legitimidad del Estado, de la desconfianza de la ciudadanía ante las instituciones gubernamentales, del predominio del clientelismo y el compadreo en la política y la administración del Estado, y así sucesivamente. Como profesor de historia italiana, yo mismo he recitado frases como estas en el pasado y sé muy bien que rara vez hacen a alguien más ducho en el tema. Pese a todo, hay una verdad esencial debajo de toda esta palabrería: la historia del crimen organizado en Italia pasa tanto por la debilidad de Italia como por la fuerza de las mafias. La omertà nos lleva al corazón del problema: a menudo se la caracteriza como un código férreo de silencio, una espantosa elección entre conspiración o muerte. En algunos casos, es ciertamente una ley tan severa como sugiere su reputación. Así y todo, las fuentes históricas demuestran que, bajo el tipo adecuado de presión, la omertà se ha quebrantado una y otra vez. Esta es una de las razones por las que aún quedan en los archivos muchos de los más oscuros secretos del inframundo por desenterrar. Y una razón por la que la historia de la Mafia alude, a menudo, más a la desinformación y la intriga que a la violencia y la muerte.

La mejor forma de divulgar esos secretos, de reconstruir esas intrigas y, por esa vía, de proveernos de respuestas más satisfactorias a las preguntas que rodean los orígenes de las mafias, consiste simplemente en comenzar a revelar historias. Historias documentadas que perfilan a hombres y mujeres reales, elecciones reales hechas en tiempos y lugares específicos, delitos reales. Los mejores historiadores del crimen organizado en Italia reconstruyen tales historias a partir de fuentes fragmentarias rastreables en los archivos, y de los relatos de personas (principalmente criminales) que con frecuencia poseen muy buenos motivos para distorsionar lo que dicen. No resulta banal comparar esta clase de indagación histórica con el trabajo detectivesco. Los detectives se empeñan en configurar una acusación consistente por la vía de relacionar las pruebas materiales con lo que los testigos y los sospechosos les dicen. En ambos casos —el del historiador y el del detective—, la verdad aflora tanto de los vacíos e inconsistencias detectables en los testimonios disponibles, como de los hechos que esos testimonios contienen.

Pero la pregunta que guía la investigación de la prolongada y tensa relación de Italia con estas cofradías siniestras no es solo la de quién cometió qué crímenes. La pregunta es, a la vez, quién tenía conocimiento de ello. En el último siglo y medio, la policía, los jueces, los políticos, los creadores de opinión y hasta el público en general han tenido acceso a una cantidad sorprendente de información en torno al problema de la mafia, gracias en parte a la fragilidad de la omertà. Los italianos han quedado, repetidas veces, impactados y, a la vez, enfurecidos por la violencia de la mafia y por la complicidad de algunos policías, jueces y políticos con los cabecillas criminales. Como fruto de ello, el drama de la mafia ha sido escenificado de manera muy visible: como una confrontación política de alto vuelo, como un acontecimiento mediático. Así y todo, Italia también ha demostrado un gran ingenio cuando se trata de hacer la vista gorda ante el fenómeno. De modo que la historia de las mafias en Italia no es solo una cuestión de «¿quién lo hizo?», sino también de «¿quién lo sabía?» y, lo más importante de todo, de «¿por qué diablos no hicieron nada al respecto?».

Introducción

Hermanos de sangre

Eran las primeras horas del 15 de agosto de 2007 en Duisburg, un pueblecito alemán dedicado a la siderurgia, cuando seis hombres jóvenes de procedencia italiana abordaron un automóvil y una furgoneta aparcados a pocos metros del restaurante donde habían estado celebrando un cumpleaños. Uno de ellos acababa de cumplir dieciocho años (el cumpleaños era el suyo) y otro apenas dieciséis. Como el resto del grupo, los dos chicos murieron rápidamente en el asiento que ocupaban dentro del vehículo. Dos sicarios les dispararon cuarenta y cuatro tiros en total, e incluso se detuvieron a recargar sus revólveres del calibre 9 mm y asestaron un coup de grâce a cada uno de los seis individuos.

Fue el peor baño de sangre provocado hasta entonces por la mafia fuera de Italia y Estados Unidos; un equivalente, en la Europa septentrional, a la matanza del día de San Valentín, ocurrida en Chicago en 1929. Al desvelarse el trasfondo de los crímenes —una disputa originada en una región poco conocida de la Italia del sur—, la prensa de todo el mundo comenzó a lidiar con lo que el New York Times calificó como un «nombre impronunciable»: la ‘Ndrangheta.

Para el caso, la correcta pronunciación del mismo es: «en-dran-gueta». La ‘Ndrangheta se originó en Calabria (la punta de la bota italiana) y es la entidad más antigua y sólida en la provincia de Reggio Calabria, donde la península casi entra en contacto con Sicilia. Calabria es la región más pobre de Italia, pero su mafia se ha convertido hoy en la más rica y poderosa del país. En los años noventa, los ‘ndranghetisti (como se conoce a los «hombres de honor» calabreses) alcanzaron una posición dominante en el mercado europeo de la cocaína, al tratar directamente con los cárteles productores de Sudamérica. Los calabreses se ciñen al régimen más severo de omertà, de silencio y secretismo a ultranza. Muy pocos informantes abandonan alguna vez las filas de la organización para convertirse en testigos de cargo del Estado. En años recientes, la mafia calabresa ha sido a la vez la más exitosa de las tres principales organizaciones en lo de establecer células fuera de su territorio de origen. Cuenta con ramas en el centro y norte de Italia y también fuera del país: la existencia de colonias de la ‘Ndrangheta ha sido confirmada en seis ciudades alemanas diferentes, al igual que en Suiza, Canadá y Australia. En conformidad con un informe reciente de la Comisión Parlamentaria de Investigación de los delitos de las mafias en Italia, la ‘Ndrangheta está también presente en Bélgica, Holanda, Gran Bretaña, Portugal, España, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Marruecos, Turquía, Venezuela y EE.UU. De las tres mafias de la Italia meridional, la ‘Ndrangheta es la más joven y la que ha llegado más lejos en su éxito y notoriedad recientes, y ha aprendido más que cualquier otro grupo criminal italiano. Mi investigación sugiere que esta organización absorbió las lecciones relevantes mucho antes de que el mundo tuviese noticia de su existencia.

La matanza de Duisburg demostró con espantosa nitidez que Italia, y las numerosas partes del mundo en que hay colonias de las mafias, viven aún las consecuencias de la historia que se cuenta en estas páginas. Por ende, antes de ahondar en el pasado es esencial presentar a sus protagonistas en el presente, esbozar tres perfiles que ilustran de manera sucinta lo que es la historia de la mafia. Porque, incluso después de Duisburg, el mundo no acaba de hacerse a la idea de que hay más de una mafia en Italia. Y, además, se tiene una idea muy vaga de la forma como están organizadas la Camorra y la ‘Ndrangheta en particular.

La sangre rezuma de las páginas que refieren la historia de las mafias. Con sus múltiples significados, esa misma sangre puede servir para presentar el oscuro mundo del crimen organizado en la Italia actual. La sangre es, tal vez, el símbolo más antiguo y más básico de la humanidad y los mafiosi aún explotan cada una de sus facetas. La sangre como indicio de la violencia. La sangre como nacimiento y muerte. La sangre como signo de virilidad y coraje. La sangre como emblema de parentesco y de la familia. Cada una de las tres mafias es una categoría en sí misma —con su propio grupo sanguíneo, por así decirlo—, distinta de las otras dos pero a la vez relacionada con ellas tanto en sus rituales como en su organización.

Primero los rituales: al hacer pactos de sangre, al convertirse en hermanos de sangre, los gángsteres italianos crean un vínculo entre ellos, un lazo forjado en y para la violencia, que solo se acaba al término de sus vidas. Dicho nexo es, casi siempre, exclusivamente entre varones. Con todo, el acto del casamiento —simbolizado por el derramamiento de la sangre virginal— es también un ritual clave en la vida de las mafias. Por esta razón, uno de los temas recurrentes de este libro serán las mujeres y su relación con los mafiosi.

Y luego la organización: cada una de las mafias ha desarrollado su propia estructura. El fin principal de esa estructura es imponer disciplina, porque la disciplina puede representar una ventaja competitiva enorme en el torbellino del inframundo. Pero esa estructura sirve también a otros fines, sobre todo a la explotación de lealtades consanguíneas y dentro de las familias.

Una cuestión que la ‘Ndrangheta en particular ha comprendido desde sus inicios es la magia del ritual. Y el ritual comienza a operar a menudo desde el inicio mismo de la vida del ‘ndranghetista, como bien sabemos gracias a una de las pocas autobiografías escritas por un miembro de la mafia calabresa (un asesino múltiple), que se convirtió en testigo de cargo (después de que su autor desarrollase una fobia tan aguda a la sangre, que no soportaba ni siquiera ver un filete medio crudo).

La carrera de Antonio Zagari dentro del crimen organizado comenzó a los dos minutos de sobrevenir el 1 de enero de 1954. Esto es, comenzó en el mismo instante en que abandonó el útero materno. Fue un primogénito, así que su llegada fue recibida con singular alegría; su padre, de nombre Giacomo, cogió una pesada ametralladora de guerra y disparó una ráfaga de balas hacia el cielo estrellado, sobre el golfo de Gioia Tauro. La ráfaga dejó apenas tiempo a la comadrona de limpiar la sangre que cubría el cuerpecito del bebé antes de que su padre se lo llevase para presentarlo a los miembros del clan, que se habían reunido en la casa. Depositaron al bebé con delicadeza delante de ellos y dejaron un cuchillo y una llave enorme al alcance de sus débiles manoteos. Su destino quedaría decidido por el elemento que tocara en primer lugar. Si escogía la llave, símbolo del confinamiento, se convertiría en un sbirro: un policía, un esclavo de la ley. Pero si escogía el cuchillo, viviría y moriría según el código de honor.

Escogió el cuchillo, con lo que obtuvo la aprobación de todos (aun cuando, la verdad sea dicha, un solícito dedo adulto empujó la hoja de metal bajo la pequeña manita).

Encantado de la audaz elección de su vástago, Giacomo Zagari alzó al bebé en el aire, le separó las nalgas y escupió ostentosamente en su culito para brindarle suerte. Sería bautizado como Antonio. Era el nombre de su abuelo, un salvaje criminal que observaba complacido la escena detrás de su bigote de morsa, que se había ido tornando amarillo a causa del cigarro que siempre llevaba entre los dientes. El bebé Antonio estaba ahora «mitad dentro, mitad afuera», como lo expresaban los hombres involucrados en la honorable sociedad. No era todavía un miembro de pleno derecho de la misma: antes habría que entrenarlo, evaluarlo y observarlo. Pero el camino hacia una vida criminal más horrenda de lo habitual ya estaba trazado.

Zagari no creció en Calabria, sino en las cercanías de Varese, en la frontera italiana con Suiza, donde su padre lideraba las células locales de la ‘Ndrangheta. Siendo aún joven, durante las ocasionales estancias de su padre en la cárcel, Antonio se iba a trabajar con sus tíos, que eran comerciantes de cítricos en la rica meseta agrícola de Gioia Tauro, en la costa calabresa que da al mar Tirreno. Allí llegó a sentir gran admiración por los parientes y amigos de su padre, en virtud del respeto que imponían en la localidad, e incluso por la finura de su lenguaje. Antes de emitir cualquier palabra ordinaria, como «pies», «baño» o «calzones», pedían que se los excusara: «Dicho sea con el debido respeto...», «disculpe la frase...». Y cuando no tenían otra alternativa que vocalizar auténticas blasfemias como «policía», «magistrado» o «tribunal», su frase quedaba sumergida bajo infinidad de disculpas de carácter preventivo: «He de decir, con el debido respeto y pidiendo disculpas de antemano para no ofender a ninguno de los presentes ni perturbar el elegante y honorable rostro de ninguno de nuestros buenos amigos, que cuando los carabineros...».

Como hijo de un jefe, la formación criminal de Antonio Zagari fue breve. Llevó algunos mensajes secretos al interior de una cárcel y ocultó algunas armas, y muy pronto, a los diecisiete años, estuvo listo para convertirse en un miembro más.

Un día sus «amigos», como aludía a ellos, le entregaron copia de varias páginas de las Reglas y prescripciones sociales, que debía aprender de memoria para iniciarse. Eso fue todo, como recordaría después, igual que el catecismo que los niños deben memorizar antes de hacer la confirmación y la primera comunión.

El singular «catecismo» incluía lecciones sobre la historia de la ‘Ndrangheta. Y, tras haber memorizado las hazañas de Osso, Mastrosso y Carcagnosso, se consideró que Zagari estaba listo para someterse al rito de iniciación más complejo de cuantos utiliza cualquier mafia. Lo introdujeron en un cuarto oscuro y aislado donde le presentaron a los miembros más antiguos allí presentes, todos desplegados en círculo. Durante el tiempo que durase el asunto, él debía permanecer en silencio, excluido del grupo.

—¿Estáis cómodos, mis muy queridos camaradas? —comenzó el líder.

—Muy cómodos. ¿Respecto a qué?

—A las reglas sociales.

—Muy cómodos.

—Entonces, en nombre de la fiel sociedad organizada, bautizo este lugar como lo hicieron nuestros ancestros Osso, Mastrosso y Carcagnosso, que lo bautizaron con hierro y cadenas.

El líder se paseó entonces por todo el cuarto, liberando a cada ‘ndranghetista de las herramientas que usaba en su negocio y pronunciando la misma fórmula en cada parada:

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Colecciones privadas

Las «reglas sociales». Una de las muchas páginas con instrucciones para los rituales de iniciación de la ‘Ndrangheta que se encontraron en junio de 1987 en el escondrijo de Giuseppe Chilà. En ellas se menciona a Osso, Mastrosso y Carcagnosso, los tres caballeros españoles que, según la leyenda criminal, fueron los fundadores de la Mafia, la Camorra y la ‘Ndrangheta.

—En nombre de nuestro muy severo arcángel san Miguel, que llevaba una serie de balanzas en una mano y una espada en la otra, confisco sus armas.

La escena estaba ahora preparada y el denominado capobastone («capo de la porra») pudo al fin entonar su preámbulo a la ceremonia en propiedad:

—La sociedad es una bola que va rodando por el mundo, fría como el hielo, caliente como el fuego y tan fina como la seda. Juremos, bellos camaradas, que cualquiera que traicione a la sociedad lo pagará con cinco o seis puñaladas en el pecho, como lo establecen las reglas sociales. Cáliz de plata, hostia consagrada, con humildes palabras doy forma a la sociedad.

Tras ello se escuchó otro «gracias», al tiempo que los ‘ndranghetisti se acercaban unos a otros y unían sus

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