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HISTORIA DE MAYTA

Mario Vargas Llosa  

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Fragmento

Prólogo

Esta novela nació gracias a un breve suelto que leí en Le Monde, a principios de los sesenta, informando que una mini rebelión de un subteniente, un sindicalista y un puñado de escolares había estallado y sido aplastada casi al mismo tiempo en la sierra peruana. Veinte años después reconstruí esa historia, fantaseándola y documentándola, para mostrar, en un cotejo tenso, las dos caras de la ficción, según opere disfrazada de ciencia de la historia, o luciéndose en la literatura como pura invención.

La historia de Mayta es incomprensible separada de su tiempo y lugar, aquellos años en que, en América Latina, se hizo religión la idea, entre impacientes, aventureros e idealistas (yo fui uno de ellos), de que la libertad y la justicia se alcanzarían a tiros de fusil. Esta ilusión hizo correr ríos de sangre, desaparecer a muchos jóvenes generosos, entronizó dictaduras militares sanguinarias y, a fin de cuentas, retrasó veinte años la democratización de Hispanoamérica. Pero la novela se ocupa de estos asuntos sólo al trasluz de su tema central: la ambivalente naturaleza de la ficción, que, cuando se infiltra en la vida política, la desnaturaliza y violenta, y que, en la literatura, más bien, crea espectáculos que nos conmueven, enriquecen y ayudan a vivir. Sospecho que, a pesar de su apariencia, esta novela no es sólo la peor entendida y la más maltratada, sino también la más literaria de todas las que he escrito, aunque sus apasionados críticos vieran en ella —oh manes de la ideología— sólo una diatriba política.

La escribí entre 1983 y 1984, en Lima y en Londres, y cuando creía haberla terminado súbitamente se me apareció el modelo vivo de Mayta, para obligarme a rehacer el último capítulo. Era un hombre golpeado y sin memoria, que me escuchó, perplejo, relatarle las proezas de su biografía.

MARIO VARGAS LLOSA

Londres, junio de 2000

I

Correr en las mañanas por el malecón de Barranco, cuando la humedad de la noche todavía impregna el aire y tiene a las veredas resbaladizas y brillosas, es una buena manera de comenzar el día. El cielo está gris, aun en el verano, pues el sol jamás aparece sobre el barrio antes de las diez, y la neblina imprecisa la frontera de las cosas, el perfil de las gaviotas, el alcatraz que cruza volando la quebradiza línea del acantilado. El mar se ve plomizo, verde oscuro, humeante, encabritado, con manchas de espuma y olas que avanzan guardando la misma distancia hacia la playa. A veces, una barquita de pescadores zangolotea entre los tumbos; a veces, un golpe de viento aparta las nubes y asoman a lo lejos La Punta y las islas terrosas de San Lorenzo y el Frontón. Es un paisaje bello, a condición de centrar la mirada en los elementos y en los pájaros. Porque lo que ha hecho el hombre, en cambio, es feo.

Son feas estas casas, imitaciones de imitaciones, a las que el miedo asfixia de rejas, muros, sirenas y reflectores. Las antenas de la televisión forman un bosque espectral. Son feas estas basuras que se acumulan detrás del bordillo del Malecón y se desparraman por el acantilado. ¿Qué ha hecho que en este lugar de la ciudad, el de mejor vista, surjan muladares? La desidia. ¿Por qué no prohíben los dueños que sus sirvientes arrojen las inmundicias prácticamente bajo sus narices? Porque saben que entonces las arrojarían los sirvientes de los vecinos, o los jardineros del parque de Barranco, y hasta los hombres del camión de la basura, a quienes veo, mientras corro, vaciando en las laderas del acantilado los cubos de desperdicios que deberían llevarse al relleno municipal. Por eso se han resignado a los gallinazos, las cucarachas, los ratones y la hediondez de estos basurales que he visto nacer, crecer, mientras corría en las mañanas, visión puntual de perros vagos escarbando los muladares entre nubes de moscas. También me he acostumbrado, estos últimos años, a ver, junto a los canes vagabundos, a niños vagabundos, viejos vagabundos, mujeres vagabundas, todos revolviendo afanosamente los desperdicios en busca de algo que comer, que vender o que ponerse. El espectáculo de la miseria, antaño exclusivo de las barriadas, luego también del centro, es ahora el de toda la ciudad, incluidos estos distritos —Miraflores, Barranco, San Isidro— residenciales y privilegiados. Si uno vive en Lima tiene que habituarse a la miseria y a la mugre o volverse loco o suicidarse.

Pero estoy seguro que Mayta nunca se habituó. En el Colegio Salesiano, a la salida, antes de subir al ómnibus que nos llevaba a Magdalena, donde vivíamos los dos, corría a darle a don Medardo, un ciego harapiento que se apostaba con su violín desafinado a la puerta de la iglesia de María Auxiliadora, el pan con queso de la merienda que nos repartían los padres en el último recreo. Y los lunes le regalaba un real, que debía ahorrar de su propina del domingo. Cuando nos preparábamos para la primera comunión, en una de las pláticas, hizo dar un respingo al padre Luis preguntándole a boca de jarro: «¿Por qué hay pobres y ricos, padre? ¿No somos todos hijos de Dios?». Andaba siempre hablando de los pobres, de los ciegos, de los tullidos, de los huérfanos, de los locos callejeros, y la última vez que lo vi, muchos años después de haber sido condiscípulos salesianos, volvió a su viejo tema, mientras tomábamos un café en la plaza San Martín: «¿Has visto la cantidad de mendigos, en Lima? Miles de miles». Aun antes de su famosa huelga de hambre, en la clase muchos creíamos que sería cura. En ese tiempo, preocuparse por los miserables nos parecía cosa de aspirantes a la tonsura, no de revolucionarios. Entonces sabíamos mucho de religión, poco de política y absolutamente nada de revolución. Mayta era un gordito crespo, de pies planos, con los dientes separados y una manera de caminar marcando las dos menos diez. Iba siempre de pantalón corto, con una chompa de motas verdes y una chalina friolenta que conservaba en las clases. Lo fastidiábamos mucho por preocuparse de los pobres, por ayudar a decir misa, por rezar y santiguarse con tanta devoción, por lo malo que era jugando fútbol, y, sobre todo, por llamarse Mayta. «Cómanse sus mocos», decía él.

Por modesta que fuera su familia, no era el más pobre del colegio. Los alumnos del Salesiano nos confundíamos con los de los colegios fiscales, porque el nuestro no era un colegio de blanquitos como el Santa María o La Inmaculada, sino de chicos de estratos pobres de la clase media, hijos de empleados, funcionarios, militares, profesionales sin mucho éxito, artesanos y hasta obreros calificados. Había entre nosotros más cholos que blancos, mulatos, zambitos, chinos, niséis, sacalaguas y montones de indios. Pero aunque muchos salesianos tenían la piel cobriza, los pómulos salientes, la nariz chata y el pelo trinche, el único de nombre indio que yo recuerde era Mayta. Por lo demás, no había en él más sangre india que en cualquiera de nosotros y su piel paliducha verdosa, sus cabellos ensortijados y sus facciones eran los del peruano más común: el mestizo. Vivía a la vuelta de la parroquia de la Magdalena, en una casita angosta, despintada y sin jardín, que yo conocí muy bien, porque durante un mes fui allí todas las tardes a que leyéramos juntos, en voz alta, El conde de Montecristo, novela que me habían regalado en mi cumpleaños y que a los dos nos encantó. Su madre trabajaba de enfermera en la Maternidad y ponía inyecciones a domicilio. La veíamos desde la ventanilla del ómnibus, cuando abría la puerta a Mayta. Era una señora robusta, de cabellos grises, que daba a su hijo un beso expeditivo, como si le faltara tiempo. A su papá nunca lo vimos y yo estaba seguro que no existía, pero Mayta juraba que andaba siempre de viaje, por su trabajo, pues era ingeniero (la profesión reverenciada de aquellos tiempos).

He terminado de correr. Veinte minutos de ida y vuelta entre el parque Salazar y mi casa es decoroso. Además, mientras corría

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