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HISTORIA DE UNA ENFERMERA

Lola Montalvo  

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Fragmento

1.ª edición: septiembre, 2017

© 2017 by Lola Montalvo

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-789-4

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A Jesús, Pilar y Jesús

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

MARIAN

MARINA

MARIAN

MARINA

MARIAN

LUCÍA

SALVADOR

MARIAN

MARINA

MARIAN

ABELARDO

MARINA

MARIAN

MARIAN

PIEDAD

MARIAN

MARINA

MARIAN

PATRICIA

MARIAN

PEDRO

MARIAN

MARINA

MARIAN

MARINA

MARIAN

MARIAN

TERESA

MARIAN

MARINA

MARIAN

EPIFANIO

MARIAN

MARIAN

MARIAN

CAROLINA

MARIAN

RODRIGO

MARIAN

MARIAN

MARIAN

MARIAN

TOMÁS

RODRIGO

MARIAN

RODRIGO

MARIAN

RODRIGO

MATILDE

MARIAN

MARIAN

CESÁREO

MARIAN

MARIAN

MARIAN

MARINA

MARIAN

MARIAN

MARIAN

SALVADOR

MARIAN

MARIAN

MARIAN

MARIAN

RODRIGO

MARIAN

MARIAN

MARIAN

RODRIGO

MARIAN

MARIAN

Agradecimientos

PRÓLOGO

Soy enfermera desde hace más de veintisiete años. Esta no es una autobiografía aunque es indiscutible que la enfermera protagonista tiene mucho de mí. Considero que la profesión a la que dedico este libro es una de las más bonitas, interesantes y satisfactorias que existen, pero también es a veces ingrata, dura y agotadora. Para ser enfermera o enfermero hay que tener vocación, una vocación muy especial que va más allá de lo espectacular o del protagonismo del momento, aunque solo eso no es suficiente.

Cada día hay más enfermeros y, aunque es indiscutible que a veces nos llegan noticias de los malos, la gran mayoría de ellos son excepcionales, humanos y responsables, que hacen un trabajo magnífico. Como a mí me gusta decir: predomina siempre lo bueno, pero la gente casi siempre solo ve lo malo.

En España hay magníficos enfermeros que llevan a cabo su labor a diario sin que se les oiga, sin que se les note y, sobre todo, sin que se les valore adecuadamente, en condiciones laborales precarias e insostenibles, sin medios materiales ni recursos adecuados.

A esos hombres y mujeres que se dejan a diario la piel en los quirófanos, en los servicios de urgencias, en los centros de salud y consultorios, en las plantas y servicios de especialidades o de medicina interna o de cirugía, en las unidades de cuidados intensivos, en los centros de ancianos y de personas con discapacidad, en los centros de diagnóstico, a todos ellos va dedicado este libro. Porque creo que poca gente conoce el devenir diario de su labor y que, por ello, no se los valora adecuadamente. Pocos saben de su criterio profesional y científico, de su constante anhelo de superación y de su increíble capacidad de renovación e investigación.

Por ellos es este libro y a todos ellos va dedicado.

Por supuesto, todos los personajes y sus nombres son ficticios; las historias narradas son enteramente de mi invención. Si existiera alguna coincidencia con personas o hechos reales sería fruto de la casualidad. Con esa misma intención, la ciudad donde se desarrolla la historia no tiene nombre, no es ninguna de las de nuestro país, es inventada, y por lo tanto todo lo que describo en ella es producto de mi imaginación.

Lola Montalvo Carcelén

MARIAN

Me llamo María Angustias Censor Notario, pero me gusta que me llamen Marian. Y acabo de cumplir cuarenta y dos años.

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, mi primer día de trabajo como enfermera, hace ya más de veinte años.

Atrás habían quedado los años de universidad, las agotadoras horas de prácticas en hospitales y centros de salud a las que yo creo que se debería llamar «trabajar duro sin cobrar nada»; irremediablemente atrás quedaron también las interminables horas de clase aguantando a ciertos petardos con la capacidad docente de un rinoceronte, los profesores exigentes y malhumorados, los profesores amables y considerados; las miles de horas de estudio, incubación y letargo en las biblio­tecas, los enciclopédicos trabajos de investigación, la ilusión, la esperanza, el deseo de empezar una nueva senda...

Superé todo eso con más éxito del que nunca creí llegar a conseguir, impelida por una vocación que me ardía en la piel desde mi más tierna infancia. Nunca deseé ser otra cosa, pero, cuando por fin estudias la carrera de tus sueños, la vocación —un algo cuasi iluso y abstracto— topa con la realidad más mundana. Y dependiendo del impacto que ese choque tenga en ti culminarás, o no, tu carrera como enfermera. No en balde muchos abandonan el primer año: en el choque personal de esos estudiantes sus expectativas han muerto definitivamente.

Me veo acercarme a ese hospital de Granada —la ciudad donde nací— aquella primera mañana de julio, entrar en el vestíbulo, acercarme a los ascensores y apretar un botón de llamada con dedo temblón.

Sigo viéndome subiendo a mi planta con el corazón golpeteando como loco en mi pecho. Me veo, ya en los vestuarios, cambiándome de ropa y colocándome el blanco e impoluto uniforme nuevo, el sudor resbalándome por la espalda y haciéndome todavía más incómoda la tela demasiado rígida por la escasez de lavados.

Aún sigo sintiendo ese deseo loco de estar en otro sitio que me embargó, en un lugar lejano y cálido, mientras tragaba saliva e intentaba hacer desaparecer esa bola que me oprimía la garganta amenazando con ahogarme; esa certeza histérica y chillona que no cesaba de retumbar en mi cerebro y que me explicaba con palabras nerviosas, atropelladas, que me había equivocado de trabajo, que me había obcecado en una vocación ilusoria, que lo que realmente deseaba era ser secretaria o peluquera o dependienta en una tienda —sin intención de hacer de menos a estas ocupaciones, por supuesto—. Ese enloquecido impulso, controlado a duras penas, que me llevaría de vuelta a casa o a cualquier otro sitio, con tal de estar lejos de ese hospital que había cometido la torpeza de contratarme. Me sentía tan aterrorizada como el sol­dado a punto de entrar en combate o el reo condenado a la horca con la soga jugueteando a la altura de su mentón y arañándole la piel de las orejas.

Me acerqué al control de enfermería con paso corto, en un intento vano de no llegar jamás, haciendo titánicos esfuerzos para no caer de los fastidiosos zuecos que ya me habían hecho una rozadura en el dedo gordo. «¡Si me hubiera puesto calcetines! ¡Mira que me lo dijo mamá!»

La enfermera del turno de noche me recibió distante, desconfiada, carpeta en ristre, evaluándome.

A juzgar por la fría mirada que me dirigió y por el rictus desagradable de su boca, no le producía ningún goce, tras algo más de diez horas de intenso trabajo, tener como relevo de su turno a una novata que iba a ocuparse de sus enfermos.

—Ho-hola, soy Marian...

—Sí, ya sé quién eres —me cortó.

Sin más preámbulos empezó a contarme las incidencias.

—El señor de la 15A ha pasado la noche regular, con disnea... La chica de la 7B... Señora con flebitis de la 9A...

El latido loco del corazón me restallaba en los oídos y no me dejaba entender bien qué era lo que me estaba contando esa mujer, que ¡por Dios, cómo podía hablar tan rápido!

Con bolígrafo raudo y nervioso, pero siempre profesional, recogí los datos, apunté los sueros, las fiebres que había habido, las muestras de sangre que debía tomar.

El estruendoso carpetazo que dio la enfermera sobre la mesa me impidió terminar mis notas y cortó de sopetón el hilo de mis pensamientos con una frase que a partir de aquel instante iba a oír en cada cambio de turno:

—Si tienes alguna duda, está todo escrito.

¡Y tanto que estaba todo escrito! ¡Vaya barullo, y qué letra! «¿Esto es cirílico o cantonés?»

Las siguientes siete horas fueron las más horrorosas que había vivido en mi corta existencia, y pasaban lentas y espesas como babosas. Los sueros se me retrasaban, las vías venosas se me obstruían, las sondas vesicales se salían de donde debían estar... El espanto me poseyó, y creo que ninguna bocanada de aire de las que intenté respirar me llegó a los pulmones.

Y esto los enfermos lo notan, ¡vaya si lo notan! Deben de sentirse como pasajeros en un avión que de repente se ve tripulado por un experto en cometas.

Los pacientes me hicieron tantas preguntas, los familiares me pidieron tantas cosas, los médicos me escribieron tantas peticiones que si no me hubieran echado una mano aún estaría resolviendo cuestiones.

Creo que durante ese turno me repetí unas cincuenta o unas mil veces: «¡Me he equivocado de trabajo, me he equivocado! ¡Mañana no vuelvo, no vuelvo, palabra, este trabajo se va a la porra!»

Recuerdo que había una auxiliar de clínica que también empezaba ese día, y cuando nos cruzábamos por el pasillo durante esas interminables horas —con el rostro arrebolado por la histeria y el sofocante calor y los ojos desorbitados por la ansiedad— nos lanzábamos miles de miradas de desesperación y mutuo entendimiento. ¡Qué consuelo saber que no eres la única que lo está pasando fatal! Pero qué consuelo tan inútil, ya que ella no podía ayudarme a mí y yo no podía hacer nada por ella.

Estuve a punto de llorar más de un millón de veces.

—¡Nena, pero qué lenta eres! —me dijo uno de los médicos, de esos que son crueles ante la desgracia ajena, tras retrasarme en la consecución de ciertas órdenes terapéu­ticas.

—Pero ¿cómo no me voy a retrasar? Si aún no he tomado las constantes ni he puesto la medicación de las doce horas, ni sé cómo es la cara de la mayoría de mis pacientes...

—Pues prioriza, nena, prioriza —me dijo con sorna.

Y no pude priorizar porque todo lo que me restaba por hacer era «priorizable».

¡Qué sufrimiento, madre, qué impotencia! En las muchas prácticas que había hecho durante mi formación como enfermera todo parecía más sencillo, más llevadero; y entonces vi claro que era porque siempre tenía detrás a una enfermera que me sacaba la mayor parte del trabajo sin que me diera apenas cuenta. Pero cuando te ves sola, obligada a organizarte y a valerte por ti misma, la cosa cambia rabiosamente de color, y el mío, aquel espan

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