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HISTORIAS DE UN AGENTE INMOBILIARIO

Jacobo Armero  

5


Fragmento

1

Mi padre me decía de vez en cuando que yo de mayor podía ser notario. Él tenía el ejemplo del suyo, que lo fue de Navalcarnero, de Bilbao y de Madrid. Tampoco es que me lo soltara muy a menudo ni nada. «Te sacas la oposición y a vivir», me decía, repitiendo la frase que probablemente había oído él en casa. Ninguno de los dos seguimos los consejos paternos.

El abuelo tenía la notaría dos pisos más abajo de su casa. Debía de ser yo muy pequeño cuando bajaba para darle un recado de la abuela, que ya estaba la comida o algo por el estilo. Se ve que también intentaba ella inculcarme el oficio haciéndome visitar la notaría como quien no quiere la cosa. Lo único que recuerdo realmente de aquellas incursiones es la bajada a todo correr por la escalera de mármol blanco, el chirriar de una puerta de madera gigantesca y la sensación de que había que moverse con mucho sigilo por aquel lugar.

Afortunadamente, desde que me he convertido en agente inmobiliario estoy frecuentando las notarías bastante más de lo que lo hacía en aquella época. Entiendo que, a primera vista, pueda parecerles un plan no demasiado apetecible, pero no pisarlas significaría que no habría llegado a vender ningún piso, que es de lo que, al fin y al cabo, trata este nuevo negocio en el que me he metido. El día de la notaría me pongo mi mejor traje —el de ojo de perdiz es mi preferido— y lo celebro por todo lo alto.

Pero me estoy precipitando un poco. Dejen que antes de nada les cuente cómo empezó todo, no se crean que esto de convertirse en agente inmobiliario fue llegar y besar el santo.

Un buen día, uno más con poca tarea por delante, al final de la sexta primavera de la devastadora crisis económica iniciada en 2007, apareció en la bandeja de entrada de mi correo electrónico una nueva oferta de empleo de esas completamente absurdas de las que uno no entiende ni el nombre del puesto que ofrecen. Me armé de valor y respondí, una vez más, sabiendo que no me iban a contestar, convencido de que solamente se consigue trabajo si se tiene un buen contacto. Rebosando optimismo, vaya.

Me contestaron. Era para hacerse agente asociado de una inmobiliaria en Almería. Me mandaban un cuestionario bastante extenso, que rellené pacientemente, dado que no tenía nada mejor que hacer. Lo envié. A los pocos días se pusieron en contacto conmigo para una entrevista. Si no me venía bien trasladarme tan lejos, casi mejor me mandaban a una oficina de Madrid. Ya me volverían a llamar.

Me volvieron a llamar. Esta vez era un señor de la agencia inmobiliaria en cuestión, RE/MAX, la del globito, que tenía su sede en Moratalaz. Quedamos en vernos. No tenía muchas esperanzas, pero tampoco nada que perder. Por aquellos días no sabía muy bien si ponerme a servir o buscar muchacha, como decía mi abuela. Me presenté, una mañana radiante, en ese barrio que nunca había pisado antes. Desde la boca de metro de Vinateros paseé entre bloques de pisos que me recordaron a experimentos de la arquitectura moderna que había estudiado durante la carrera.

En la agencia me recibió Iván, el bróker, quien me explicó de qué iba el asunto. Por supuesto, de sueldo nada de nada. Es más, había que pagar una cuota porque te formaban, y te integrabas en una empresa líder. Vamos, que sonaba todo a cuento chino. Pero hubo algo en esa primera conversación que acabaría animándome a intentarlo: me encontré con una persona que me hablaba claro, a la cual entendí perfectamente, y que me contó cosas que me interesaron.

Aun así, tardé bastante en decidirme a probar. En aquel momento el sector inmobiliario era el epicentro de la crisis, e intentar vivir de él, una idea de bombero. Sin embargo, intuí que podía no ser tan disparatada. Estar posicionado en ese sector algo más adelante, cuando la situación hubiera mejorado —antes o después tenía que empezar a hacerlo—, podía ser un acierto. Dar el paso me costó mucho esfuerzo, aunque ahora ya no me acuerde. Lo más complicado fue convertirme en agente inmobiliario, es decir, no ser ya más arquitecto, ni editor, para trabajar en algo distinto. Renunciar a lo que había venido haciendo toda la vida no fue nada fácil. Mucha gente a la que se lo contaba se llevaba las manos a la cabeza como si fuera algo terrible, pero seguí adelante.

Volví a Moratalaz muchas tardes, que pasé aprendiendo el oficio con Iván. Y poco a poco fui descubriendo que el agente inmobiliario es un mediador que sirve para canalizar un cambio, pero no en un sentido tan abstracto como la arquitectura, sino en otro mucho más concreto, más humano. Cada una de las personas que quieren vender su casa tiene su propia historia, que te cuenta sin ningún pudor en su mesa camilla, al caer la noche. María José, dependienta de El Corte Inglés, quiere vender el piso del barrio de la Con

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