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HISTORIAS ERóTICAS PARA VIUDAS DEL PUNYAB

Balli Kaur Jaswal  

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Fragmento

1

¿Por qué quería Mindi un matrimonio concertado?

Nikki miró el perfil que su hermana había adjuntado al e-mail. Contenía una lista de datos biográficos relevantes: nombre, edad, altura, religión, dieta (vegetariana excepto por algún fish and chips de vez en cuando). Cualidades deseables en un marido: que fuera inteligente, compasivo y amable, con valores firmes y una sonrisa bonita. Se aceptaban tanto hombres afeitados como con turbante, siempre que llevaran la barba y el bigote bien cuidados. El marido ideal debía tener un trabajo estable y un máximo de tres aficiones que lo complementaran tanto mental como físicamente. «En ciertos aspectos —había escrito—, debería ser como yo: discreto (un puritano, según Nikki), sensato con el dinero (un tacaño) y centrado en la familia (que quisiera tener hijos cuanto antes).» Lo peor de todo era que el título de su anuncio la hacía parecer un aliño de supermercado: Mindi Grewal, mezcla de oriente y occidente.

El estrecho pasillo que conectaba la habitación de Nikki con la cocina no era apto para pasearse: las maderas del suelo estaban sueltas y, al más mínimo contacto, crujían con una amplia variedad de tonos. Aun así, Nikki lo recorrió de un lado a otro, con pasos minúsculos, mientras intentaba ordenar sus pensamientos. ¿En qué estaba pensando su hermana? Sin lugar a dudas, Mindi siempre había sido más tradicional (una vez la había pillado viendo un vídeo sobre cómo hacer rotis totalmente redondos); sin embargo, poner un anuncio para encontrar marido era pasarse.

La llamó varias veces, pero siempre le saltaba el contestador. Cuando por fin consiguió localizarla, el sol había desaparecido tras la densa niebla de última hora de la tarde. Faltaba poco para que empezara su turno en el O’Reilly’s.

—Ya sé lo que me vas a decir —dijo Mindi.

—¿Te lo imaginas, Mindi? —preguntó Nikki—. ¿De verdad te ves casándote con un extraño?

—Sí.

—Pues entonces es que estás loca.

—La decisión la he tomado yo. Quiero encontrar marido de la forma tradicional.

—¿Por qué?

—Porque es lo que quiero.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Tendrás que darme una razón mejor que esa si quieres que te corrija el anuncio.

—Eso no es justo. Yo te apoyé cuando te fuiste de casa.

—Me llamaste cerda egoísta.

—Pero cuando te fuiste, y cuando mamá quiso ir a buscarte para exigirte que volvieras a casa, ¿quién la convenció para que te dejara en paz? Si no fuera por mí, mamá nunca habría aceptado tu decisión. Ahora ya lo ha superado.

—Querrás decir que casi lo ha superado —le recordó Nikki.

El tiempo había aplacado la indignación inicial de su madre, que seguía sin estar de acuerdo con su estilo de vida, pero al menos ya no la sermoneaba sobre los peligros de vivir sola. «Mi madre no lo habría permitido ni en sueños», solía decir para demostrar lo moderna que era, con un tono de voz a medio camino entre el lamento y la fanfarronería. «Mezcla de oriente y occidente.»

—Estoy siendo fiel a nuestra cultura —dijo Mindi—. Mis amigas inglesas conocen chicos por internet o en las discotecas y tampoco parece que les vaya muy bien. ¿Por qué no intentarlo con un matrimonio concertado? A nuestros padres les funcionó.

—Eran otros tiempos —protestó Nikki—. Tú tienes muchas más oportunidades de las que mamá tenía a tu edad.

—Soy una mujer culta, he estudiado enfermería, tengo trabajo… Este es el siguiente paso.

—Pero es que no debería ser un paso más. Es como si estuvieras comprándote un marido.

—No es eso. Lo único que quiero es un poco de ayuda para encontrarlo. Además, tampoco es que nos vayamos a ver por primera vez el día de la boda. Ahora está permitido que las parejas tengan más tiempo para conocerse.

Nikki se estremeció al oír «está permitido». ¿Por qué necesitaba permiso de nadie para hacer lo que le diera la gana con su vida amorosa?

—No te resignes. Viaja. Conoce mundo.

—Ya he visto suficiente mundo —resopló Mindi, concretamente en un viaje de chicas a Tenerife el verano anterior, durante el que había descubierto que era alérgica al marisco—. Además, Kirti también está buscando un chico que sea compatible con ella. Ya es hora de que las dos sentemos cabeza.

—Kirti no encontraría un chico compatible con ella ni que entrara volando por la ventana —replicó Nikki—. No es rival para ti.

Nunca se había llevado bien con la mejor amiga de su hermana, que era maquilladora de profesión o «artista del retoque facial», según su tarjeta de visita. El año anterior, durante la celebración del veinticinco cumpleaños de Mindi, Kirti le había pegado un repaso de arriba abajo y había llegado a la conclusión de que «Ser guapa a veces también significa esforzarse para parecerlo, ¿sabes?».

—Mindi, yo creo que estás aburrida.

—¿Y aburrirse no es un buen motivo para buscar pareja? Tú te fuiste de casa porque querías ser independiente. Yo quiero casarme porque quiero formar parte de algo, quiero tener mi propia familia. Tú no lo entiendes porque aún eres muy joven. Todos los días, cuando vuelvo a casa después del trabajo, solo estamos mamá y yo. Quiero volver a casa y que haya alguien esperándome. Quiero explicarle cómo me ha ido el día, cenar con él y hacer planes de futuro.

Nikki abrió los archivos adjuntos que venían con el e-mail. Había dos primeros planos de Mindi, con una sonrisa de anuncio y con su melena espesa y lisa cayendo por encima de los hombros. La otra fotografía era de la familia al completo: su madre, su padre, Mindi y Nikki durante las últimas vacaciones que pasaron juntos. No era su mejor foto de familia; todos salían con los ojos entornados y se les veía minúsculos en comparación con el paisaje. Su padre murió a finales de aquel mismo año; un ataque al corazón fulminante que le había arrebatado el aliento en plena noche, como un ladrón. Nikki sintió que se le revolvía el estómago y cerró el archivo.

—No uses fotos de familia —le dijo a su hermana—. No quiero que mi cara acabe entre los papeles de una casamentera.

—Entonces qué, ¿me vas a ayudar?

—Va contra mis principios.

Nikki tecleó «argumentos contra el matrimonio concertado» en el buscador y clicó en el primer resultado.

—¿Pero me vas a ayudar o no?

—«El matrimonio concertado es un sistema injusto que socava el derecho de la mujer a escoger su propio destino» —leyó Nikki en voz alta.

—Tú limítate a retocar mi perfil para que suene mejor. A mí esas cosas no se me dan bien —replicó Mindi.

—¿Has oído lo que te acabo de decir?

—Alguna tontería en plan radical. He dejado de escuchar a partir de «socava».

Nikki volvió al perfil de su hermana y encontró que faltaba un acento: «Busco a mi alma gemela. ¿Quien será?». Suspiró. Mindi estaba decidida a seguir adelante, eso estaba claro. La cuestión era si ella quería formar parte del proceso.

—Vale —respondió—. Pero solo porque con esto que has escrito te arriesgas a atraer a un montón de imbéciles. ¿Por qué te describes como «amante de la diversión»? ¿A quién no le gusta divertirse?

—Cuando acabes, ¿te importaría colgarlo en el tablón de anuncios?

—¿Qué tablón de anuncios?

—El que hay en el templo principal de Southall. Ya te mandaré los detalles.

—¿En Southall? Estás de coña.

—Está mucho más cerca de tu casa y yo tengo turno doble en el hospital toda la semana.

—Pensaba que había páginas web para estas cosas —dijo Nikki.

—Había pensado colgarlo en SijMate y en PunyabPyaar.com, pero hay demasiados indios a la caza del permiso de residencia. Si alguien ve mi perfil en el tablón de anuncios del templo, al menos sabré que está en Londres. Southall tiene el gurdwara más grande de Europa, lo cual significa que tengo más posibilidades que si lo cuelgo en el de Enfield.

—Tengo mucho trabajo últimamente.

—Venga ya, Nikki. Eres la que tiene más tiempo l

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