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HOLA GUERRERA

Towanda Rebels  

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Fragmento

HOLA, GUERRERA

Introducción #TowandaGritodeGuerra

Idgie era diferente. Diferente a como se esperaba que debía ser una mujer y exactamente igual a sí misma. Esta desobediencia suponía, tanto en 1920 como en 2018, un grave problema. Idgie había nacido mujer, pero no era «femenina». Le gustaban las «cosas de chicos» o, como probablemente ella misma hubiera dicho, las cosas divertidas. No se podía correr y jugar con libertad llevando esos vestidos y esos lazos que se enganchaban en todas partes, que dificultaban el avance intrépido hacia las copas de los árboles. Así que Idgie, simplemente, se negaba a ponérselos. Se negaba a ser aquello que no era, a disfrazar su esencia, por mucho que todos se echaran las manos a la cabeza y por mucho que la señalaran.

Cuando descubrí a Idgie, yo era una niña, pero su rebeldía me cautivó enseguida. A mí los vestidos también me molestaban para jugar, supongo que como a casi todas. Pero nunca me había atrevido a pasar por encima de ellos ni de los lazos, ni mucho menos del comportamiento que me habían inculcado. No es fácil llevar la contraria cuando lo que quieres es que te quieran y te cuiden. No es fácil ver que las cosas pueden ser de otra manera si te enseñan una única forma posible de ser y de hacer. Había aprendido a amar esos vestidos porque con ellos me sentía guapa; todos los mayores me lo decían, y estar guapa parecía ser muy importante.

El precio de estar guapa era no trepar tan a menudo a los árboles ni correr con libertad por miedo a mancharme, y yo aprendí a pagarlo con el fin de parecerme a ese ideal y de gustar más a todos. Por eso conocer a Idgie fue tan revelador. El lavado de cerebro, que había sido eficaz conmigo y con la mayoría, no había funcionado con ella. Idgie era cien por cien libre. Estaba claro que su libertad desconcertaba a muchos y asustaba a casi todos. ¿Qué se podía esperar de aquella mujer que osaba salirse de la norma? En 1920, como ahora, nacer mujer u hombre definía cómo te vestirías, cómo te comportarías, cómo amarías y a quién, en qué trabajarías, qué sueños tendrías durante el resto de tu vida. Si naces mujer, estás también obligada a parecerlo, a representar a la perfección esa pantomima de la femineidad construida en función del miedo de los demás a nuestra propia naturaleza, a la opción de decidir ser alguien diferente, a nuestra libertad. A Idgie no consiguieron domesticarla. Idgie era, sin duda, una inadaptada. Y, sin embargo, yo me sentía fascinada. Ella significaba una ventana por donde escapar y poder ser libre. Su grito, ese grito de guerra que Idgie lanza al aire, que presta a todas las mujeres que se cruzan en su historia, era el grito de la guerrera que todas, yo también, llevamos dentro. Towanda.

La historia de Idgie me llegó a lo más profundo de mi ser y me enamoré de esa mujer intrépida, indomable; la encantadora de abejas. Me enamoré de ella, de Ruth, y de una historia con voz de mujer. Me enamoré de Ninny, la adorable anciana narradora y, por supuesto, me enamoré de Evelyn. Y de entre todas las escenas, adoré aquella mítica que sucede en el aparcamiento del supermercado, en la que, presa del hartazgo más absoluto, enloquecida y más cuerda que nunca y apenas en un susurro, Evelyn invoca a ese alter ego guerrero de nombre Towanda. En mi retina se quedó grabada para siempre la imagen de la genial Kathy Bates (Evelyn) estrellando su coche una y otra vez al grito de un «Towanda» con una a vibrante e infinita, ese grito de guerra heredado que la salva a ella y a todas las que lo descubrimos.

Me enamoré como solemos hacerlo, sin saber por qué y sin darnos cuenta. Amé Tomates verdes fritos sin ser consciente, al principio, de que se la consideraba una «película para mujeres». Quizás me enamoré precisamente porque yo era una mujer —una mujer pequeña— y porque las mujeres de mi vida eran como Idgie, aunque ni ellas ni yo lo supiéramos. Mujeres cansadas de permanecer encerradas en esa diminuta y asfixiante caja con etiqueta rosa, en ese corsé que no nos deja respirar, que no nos deja ser. Mujeres hartas de tener que comportarse como la sociedad ha dictado que debemos hacerlo: mujeres florero, mujeres sumisas, comedidas, obedientes y sonrientes; esposas, mujeres maternales, mujeres cuidadoras de todo menos de sí mismas.

Vi Tomates verdes fritos varias veces siendo pequeña. Sin embargo, muchos años después y tras ver cientos de películas con mejor crítica, referentes de la historia del cine, me sorprendía el hecho de que siempre volviera a aparecer en mi mente Idgie cuando me preguntaban cuál era mi favorita. No lo voy a negar: como actriz, yo intentaba dar una respuesta intelectual, refinada, de cine de autor. Vamos, que no quería que me tacharan de sensiblera, de ñoña o de cursi; al contrario, yo quería que me vieran como una tía original, transgresora. Quería citar algún título, a poder ser de un director con nombre impronunciable, que me hiciera parecer interesante. Como 2046, aunque no fuera para nada mi película favorita. Pero era imposible: llegado el momento y por mucho que me fastidiase, siempre surgía la dichosa vocecita que me susurraba el nombre de ese plato sureño con olor a barbacoa, una barbacoa que escondía un secreto inconfesable.

Este hecho me cabreaba; ¿cómo podía ser que mi película favorita perteneciera a la categoría de «cine de sobremesa»? No conseguía encontrar el sentido a mi obstinada predilección. Hasta que un día, a mis veintitantos, volví a verla. La niña que amaba la rebeldía de Idgie seguía dentro de mí, pero ahora también estaba la mujer adulta que empezaba a entender por qué necesitaba tanto a Towanda. En mayor o menor medida, todos esos personajes estaban en mi vida o me eran conocidos. Idgie era la representación calcada de mi madrina, quien, como la protagonista, había decidido vivir fuera de la heterosexualidad y del rol femenino clásico. Mi madrina era mi persona favorita en el mundo después de mi madre, quien también tenía un poco de diferente y mucho de luchadora. Yo misma tenía tanto miedo de quedarme sola, tanta necesidad de ser amada, que me había embarcado en relaciones en las que pasaba por encima de mí con tal de que me quisieran, de que me aceptaran. Seguía buscando ese príncipe que me salvara, ese hombre perfecto que cumpliera con todo lo que yo tenía en mi cabeza, sin pararme a pensar quién era yo y qué era lo que de verdad me hacía feliz de estar con alguien. Me di cuenta también de que, solo en mi país, cada semana una Ruth era asesinada a manos de un Frank Benett, y recordé las palabras de mi madre, que apuntaban que, si se hubiese visto en una situación así, ella también habría preparado ese caldo sin contemplaciones. Yo conocía no a una, sino a muchas Evelyn; mujeres que entregaban su vida a cuidar de su marido y de su casa. Mujeres que, a pesar de engordar de pura insatisfacción, cada día se volvían más pequeñas, más invisibles. Hasta que un día, si por suerte conocían a Towanda, volvían a pintarse rayas horizontales en las mejillas, se quitaban la faja y salían a pelear contra todo lo que aún las oprimía.

Ver de nuevo esa vieja película me permitió entender muchos matices. Para otros necesitaría algunos años más, pero, desde entonces, cada vez que la he visto, he descubierto cosas de las que antes no era capaz de darme cuenta. En un nuevo visionado, uno de esos domingos felices en los que la pusieron a la hora de la siesta, comprendí algo que me hizo sonreír: ¡todo ese tiempo la había catalogado erróneamente! No se trataba de una «película para mujeres», sino de una película tremendamente feminista. Ahora podía verlo con claridad, ahora que el llamado feminismo había dejado de ser para mí una palabra hueca, algo teórico, del pasado, algo ajeno que no tenía nada que ver con las mujeres del siglo XXI, como me habían enseñado a verlo.

A través de otras mujeres que compartían sus descubrimientos y sus pensamientos conmigo y con el mundo por medio de las redes, encontré en el feminismo la herramienta más útil de todas y la que acabaría por salvarme. Para mí, el feminismo no puede ser solo un par de gafas moradas que ponerse para corregir la miopía machista del mundo en el que vivimos, porque las gafas son algo que puedes quitarte y ponerte a tu conveniencia. Empezar a ver las desigualdades y discriminaciones que sufrimos por el simple hecho de ser mujeres en un mundo de hombres es, más bien, una operación para corregir las cataratas. El mundo brilla mucho más desde los ojos del feminismo, porque no solo puedes ver las cosas que no funcionan, sino también la posibilidad de hacer que cambien. Ser rebelde no es solo decir «no», sino atreverse a ser diferente a como nos han enseñado. Idgie, Ruth, Evelyn... se daban cuenta de las cadenas, pero además luchaban por librarse de ellas.

Por fin, mi película favorita no era un título del que avergonzarse, sino todo lo contrario: era la mejor respuesta y la más transgresora que yo podía dar. De paso comprendí también que no había «historias para mujeres», de igual manera que no había «historias para hombres», y fui consciente de cómo esa afirmación no era más que otro gol que nos metían por la escuadra, ya que las historias para hombres eran consideradas historias para todo el mundo, incluidas las mujeres, mientras que las nuestras eran exclusivas del «sexo débil». ¿Cómo podía ser que una película que trataba temas tan importantes, tan universales como el machismo, la violencia contra la mujer, el racismo, la homosexualidad, el alcoholismo, las minorías, la tercera edad, el clasismo, la pobreza... fuera relegada al cine lacrimógeno, al «cine para mujeres»? Tiempo después descubriría la razón: sus protagonistas eran mujeres, y nosotras no éramos heroínas en las historias para hombres. Esos personajes tan solo eran eso, mujeres. Mujeres que deciden vivir su vida como les da la gana, sin dar explicaciones, saliéndose del rol impuesto; mujeres que combaten al enemigo, que se atreven a desafiar lo establecido; mujeres que conducen, trepan, beben whisky, regentan negocios y son dueñas de su sexualidad y protagonistas de su vida; mujeres que se enfrentan a un maltratador y a la propia ley apelando a la justicia humana; mujeres rebeldes con causa, una causa que casi cien años después sigue pendiente. Porque su rebeldía era necesaria entonces, hace casi un siglo, y sigue siéndolo hoy en día. Towanda continúa latiendo como metáfora de lucha, palpitando y rugiendo como símbolo de la inadaptación a la injusticia, del empoderamiento y la rebeldía como salvación individual y colectiva.

Idgie era una rebelde, no cabe duda. ¿Y no son rebeldes todas las mujeres que se han negado a vivir como otros han planeado? De niña, yo no sabía nada de role

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