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HOMBRES EN GUERRA

Alvah Bessie  

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Fragmento

Prólogo

El periodo va de 1936 a 1938.

Han pasado más de ochenta años desde que empezaron a trascender noticias de la rebelión encabezada por Francisco Franco, el general fascista, contra el gobierno republicano legalmente elegido. Horrorizados por el bombardeo de la ciudad de Guernica por la Legión Cóndor alemana y la invasión del país por medio millón de supuestos «voluntarios» italianos —y ante la falta de ayuda por parte de todos los países a excepción de la antigua Unión Soviética y México—, millones de personas consideraron que debían hacer algo.

Aunque Alvah Bessie, mi padre, también tenía motivos personales para alistarse en la Brigada Abraham Lincoln formada por voluntarios —tal como explica en el prólogo de la primera edición de Hombres en guerra, publicada en Nueva York en 1939—, quienes lo hicieron pensaban que la contienda española les incumbía de forma directa, y la gran mayoría abandonó sus países (a los que amaban) por la irresistible determinación de participar en una lucha cuya línea del frente no estaba solo en España.

Muchos gobiernos afirmaban que aquella guerra civil «no era asunto de ellos», pero Alvah no opinaba lo mismo. Por entonces tenía treinta y tres años (diez más que la mayoría de los miles de voluntarios internacionales que se apresuraron a acudir en ayuda de la República) y creía que su alistamiento formaba parte de una pugna más amplia. Estaba convencido de que una victoria del fascismo en España significaba que el conflicto se convertiría en el preludio de una Segunda Guerra Mundial. Que es exactamente en lo que se convirtió.

A Alvah le preocupaba dejarnos sin apoyo a mi madre, a mi hermano y a mí, y era consciente de que podía morir en combate. Pero también sabía que la traición de Franco (apoyado por Hitler y Mussolini) no solo representaba la desgracia y la muerte para el pueblo español, sino para millones en todo el mundo si nadie impedía que se cumplieran los planes de los fascistas alemanes, italianos y españoles. De modo que decidió presentarse voluntario, como hicieron más de treinta mil personas de numerosos países.

Antes de 1938, Alvah fue un autor de cuentos y novelas y trabajó como periodista para el Brooklyn Daily Eagle. Así que es lógico que decidiera documentar sus experiencias cotidianas en España. Durante el tiempo que pasó allí llenó tres cuadernos, en los que lo detalló todo: desde su llegada (vía París), su adiestramiento, el combate en el campo de batalla, su nombramiento como reportero de primera línea por el periódico del batallón, el Volunteer for Liberty, y su partida. Al regresar a Estados Unidos, esos cuadernos se convirtieron en el material básico de Hombres en guerra. Aclamado por muchos como el mejor testimonio de los voluntarios estadounidenses y de otras muchas nacionalidades en España, ha sido ampliamente elogiado como uno de los mejores relatos en inglés acerca de cualquier guerra, y también comparado con la película Sierra de Teruel, de André Malraux.

Hombres en guerra no es solo la autobiografía de un soldado desde su llegada a España en febrero de 1938 hasta la marcha de los voluntarios en diciembre del mismo año. Es también un relato fascinante sobre los hombres con quienes mi padre sirvió en la Brigada Lincoln. Les acompañamos en desvencijados vagones de tren mientras son transportados a un campo de adiestramiento; compartimos sus agotadoras marchas nocturnas hasta la primera línea, y los observamos mientras cavan trincheras en la tierra helada (o fangosa) para protegerse de la artillería de Franco y las bombas de la Luftwaffe. Y cuando el dolor de los soldados heridos y moribundos —así como el sufrimiento del pueblo español y de sus compañeros del batallón— cesa brevemente, incluso hay tiempo para compartir historias, para quejarse por la falta de municiones, la escasez de comida y cigarrillos... o la ausencia de pequeñas comodidades, como los calcetines secos. En un esfuerzo por aliviar el horror que les rodea, cantan o cuentan chistes. Es esa clase de compañerismo lo que permite que unos hombres y unas mujeres que se presentaron voluntarios para luchar por una causa noble continúen haciéndolo.

Surgen discusiones entre la tropa acerca de todo: la situación política en Estados Unidos y el mundo, las tácticas de combate, la dirección general de la guerra, el posible éxito o fracaso de la inminente ofensiva contra los fascistas a medida que el ejército leal y los voluntarios se preparan para contraatacar cruzando el Ebro. Y también sobre el impulso de regresar a casa. Por todo ello, Hombres en guerra es tanto una crónica apasionante sobre el día a día como un retrato de los sentimientos de su autor y los de muchos cuyas voces permanecen en silencio porque están enterrados en tierras españolas.

Aunque, por desgracia, las cartas que Alvah envió desde España a mi madre y a mi hermano, que contenían descripciones maravillosamente vívidas y coloridos dibujos de España y sus gentes, se han perdido al cabo de los años, Hombres en guerra incluye dos o tres que nos escribió durante las pausas entre un combate y el siguiente, y algunas que nosotros le enviamos a él. Varias de las incluidas en esta obra son las que él conservó y devolvió a mi madre al volver a casa.

Poco después de la marcha de los brigadistas y su regreso a Nueva York, Alvah empezó a escribir Hombres en guerra con la ayuda de nuestra madre, que durante la ausencia de mi padre había reunido un archivo de recortes de periódicos como material de referencia. A él le supuso un gran esfuerzo recurrir a sus notas y revivir el año transcurrido en España cuando el trauma aún estaba tan vivo.

Una vez terminado el manuscrito, habló con editores. A uno le gustaron sus escritos, pero quería una serie de artículos románticos. «Ya sabes, lo romántico, la aventura. Bellas señoritas de ojos oscuros y mantillas de encaje. Algo vistoso.»

Mi padre no estaba interesado.

Tras ser rechazado varias veces, unas palabras entusiastas de Ernest Hemingway (a quien Alvah había conocido en España) convencieron a la editorial Scribner’s de que publicara el libro. Hombres en guerra llegó a las librerías en septiembre de 1939. Pese a recibir excelentes críticas y terminar convirtiéndose en un clásico, entonces solo se vendieron unos cuantos ejemplares, tal vez porque ese mes Estados Unidos y el mundo se vieron envueltos en algo mucho más importante: la invasión de Polonia por la Alemania nazi. La Segunda Guerra Mundial, que el pueblo español y los voluntarios internacionales que acudieron en su ayuda habían luchado tan duramente para evitar, había comenzado.

Durante los siguientes cuarenta y cinco años, Alvah continuó siendo un activista, a menudo centrado en la guerra en España. Daba conferencias sobre su experiencia ante grupos grandes y pequeños, hablaba con frecuencia en la radio o la televisión, y escribió numerosos artículos sobre la contienda y la lucha en curso por la democracia en España. Con su voz, su máquina de escribir y su participación en manifestaciones, se unió a otros que protestaban contra la continuada represión del pueblo español a manos de Franco y contra el reconocimiento del gobierno fascista por parte de Estados Unidos.

Siempre muy orgulloso de haber participado en la guerra, Alvah conservó un profundo amor hacia España, sus gentes y su valentía. De hecho, la lucha de personas de todo el mundo por superar la opresión nunca dejaría de conmoverlo. Incluso más adelante —cuando se convirtió en guionista de la Warner Brothers y fue llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso de Estados Unidos, en su investigación de una supuesta conspiración comunista en el seno de la industria cinematográfica de Hollywood—, permaneció fiel a sus convicciones políticas. Alvah esquivó preguntas destinadas a tenderle trampas a él y a otras personas del mundo del cine que también habían sido citados a declarar. Y ante sus inquisidores, desc

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