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HOPE

Wendy Davies  

5


Fragmento

CAPÍTULO 1

Todo lo que el polvo puede engullir

 

 

 

 

Aprender a olvidar es una de las primeras lecciones que debes aprender cuando el tiempo pasa y tú no. Acabas por darte cuenta de que los recuerdos son cicatrices del alma y que no existen tiritas ni medicinas para corazones llenos de melancolía. El único tratamiento es el olvido.

Y esto es extraño, sobre todo cuando los demás te olvidan pero tú eres incapaz de olvidarlos a ellos.

Hay muchos tipos de olvido; el peor de todos quizá sea el recubierto de polvo. Este es invisible, innato, y permite que pasen los días hasta que por costumbre, o quizá por comodidad, aquello que en un tiempo te hizo feliz acaba transformándose en un simple decorado de fondo o en algo que dar por sentado.

Hubo una vez, mientras el olvido y el polvo devoraban todo lo que fui y lo que podría llegar a ser, en la que perdí por completo la esperanza. En mi desesperación llegué a ansiar algo que los humanos teméis: la muerte. No solo olvidé mi existencia, sino también lo que era. En lugar de olvidar recuerdos, me olvidé de mí.

Y cuando estaba a punto de rendirme, cuando creía que en mi vida no habría más que oscuridad, que estaba destinado a que mis pensamientos, también recubiertos por una fina película de polvo, me engulleran, vi una luz. No es que no la hubiera visto antes pero esa vez fue diferente, aunque eso tardé en saberlo. Fue como volver a nacer a pesar de que yo nunca hubiese nacido.

Alguien abrió la caja donde todos me olvidaban y recordé lo que era vivir sin latidos, hablar sin palabras y formar parte de ese mundo repleto de momentos extraordinarios que ni el olvido, y mucho menos el polvo, podrían borrar.

CAPÍTULO 2

Serendipity

 

 

 

 

Imagina una isla entre islas, una nación entre naciones. Y en esa nación piensa en ciudades, pueblos, personas. Sueña con sus historias, las huellas que han dejado sus pasos, las manchas que perduran en la tierra, inmutables al paso de los años; un museo enorme de vida y muerte que pocos se detienen a observar.

Y si has llegado hasta tan lejos imaginando, no te costará ver cómo se alza ante tus ojos un caserón de piedra parda que ocupa las dos terceras partes de una calle cualquiera. Lo tienes justo en frente; si levantas la mirada, puedes ver el nombre tallado en piedra clara justo debajo de los grandes ventanales del segundo piso: Serendipity. Ese viejo teatro que, como yo, también había sido olvidado fue lo que llegó tras el olvido.

Durante el día parecía dormir mansamente; a excepción de los actores, pocos eran los que se atrevían a cruzar sus puertas, como si el lugar estuviera envuelto en una telaraña mágica que se encargara de repeler a los curiosos y de atraer a lo extraordinario. Sin embargo, pasada la puesta de sol el teatro estiraba sus miembros y encendía sus luces de colores; una mezcla de tonos azulados que dotaban de un aire atrayente al lugar. Por su aspecto tenebroso, de cuento antiguo, todo parecía indicar que allí se escondían buenas historias.

Pero el olvido de Serendipity era distinto, meticuloso, cuidado. Una forma de desafiar al tiempo. Allí no avanzaba porque nadie quería que lo hiciera. El único reloj que pude ver en aquel lugar era uno de madera que hacía mucho que había dejado de mover sus manecillas. No dejaba de preguntarme en qué momento se detuvo, si fue un segundo importante o uno carente de sentido.

Hay cosas que es mejor imaginar que saber, aunque eso lo aprendí después.

Fue una época en la que me convertí en un sonámbulo que no podía soñar. Pero, a pesar de no poder, yo soñaba con soñar. Con recorrer ese mundo que había tras la puerta que todos cruzaban.

A veces, en los pocos segundos en los que tardaba en cerrarse la puerta, alcanzaba a ver un edificio gris, un pájaro o un gato callejero; otras, incluso era capaz de ver las prisas, los coches, la noche o el día. Eso era lo más emocionante. Saber que, aunque el tiempo se había detenido en Serendipity, fuera la vida pasaba sin preocuparse de los que estábamos dentro, los olvidados.

Ojalá hubiera sido capaz de moverme para ver algo más de ese mundo o detener el tiempo y contemplar la escena eternamente. Pero no podía, de modo que lo único que me quedaba era observar a la gente que entraba, ver el mundo a través de sus palabras.

Así pasaba los días, acomodado en una vieja estantería entre una corona envejecida que ya había perdido todo su brillo y la figura horripilante de una bailarina, rodeado de palabras y recuerdos.

CAPÍTULO 3

Silencio no significa que no haya palabras

 

 

 

 

Cuando salí del olvido pensé que estaba a salvo. ¿De qué? Eso no lo sé. Pero fue lo primero que me vino a la mente a medida que me acostumbraba a la luz.

A continuación distinguí una sonrisa torcida y algo grisácea, pero no fue hasta que mis ojos acabaron por aceptar de nuevo los colores cuando pude ver a mi salvador. Un hombre mayor, de mirada hosca y gesto severo, vestido con un traje marrón y una boina a juego que en ese momento me impidió descubrir sus ojos oscuros y su pelo canoso.

Se llamaba Joseph y fue él quien me llevó a Serendipity. Tras un tiempo a su lado, comencé a creer que aquella primera sonrisa había sido un espejismo. Joseph nunca sonreía, tan solo murmuraba, resoplaba, gruñía y negaba con la cabeza. Los únicos momentos en los que algo parecido a una sonrisa asomaba a sus labios sucedían bien entrada la madrugada, cuando se ponía delante de un trozo de madera con intención de tallarla.

Al principio me mantuve expectante, emocionado incluso, ante mi nueva vida. Después pasaron los días y eché de menos el olvido. En él todo es posible. Cuando no eres nadie, cuando no hay nada más, cuando solo estás tú y tus pensamientos, llega un momento en el que vives en un mundo lleno de quizás, de posibilidades. Dentro de la caja podía imaginar cómo sería mi vida fuera de ella; una vez fuera, lo único que me quedaba era aceptar la realidad.

En Serendipity Joseph se ocupaba de muchas cosas, como el mantenimiento del teatro, vender entradas o hacer de acomodador. Yo me entretenía con las migajas de vida que dejaban los actores que entraban y salían, además de con los pocos espectadores que acudían a comprar sus entradas y que Joseph atendía sin apenas tener que usar un par de palabras. Algunos no le dirigían más que una inclinación de cabeza o un gesto a modo de saludo, así que debía imaginarme lo que dirían el resto del día, qué les llamaría más la atención o cómo verían el mundo. Otros, en cambio, durante los pocos minutos que permanecían junto al mostrador, hablaban tanto que me costaba seguir las conversaciones.

Sin embargo, las palabras que más me gustaba escuchar no procedían del

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