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HOTEL LUTECIA

Empar Fernández  

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Fragmento

 

 

 

 

«Somos nuestra memoria,

somos ese quimérico museo de formas inconstantes,

ese montón de espejos rotos».

 

JORGE LUIS BORGES

 

 

ACTO 1

Escena 1

BRUJA 1.ª: ¿Cuándo volvemos a juntarnos, cuando relampaguee, cuando truene o cuando llueva?

BRUJA 2.ª: Cuando acabe el estruendo de la batalla, y unos la pierdan y otros la ganen.

BRUJA 3.ª: Entonces será antes de ponerse el sol.

BRUJA 1.ª: ¿Dónde hemos de encontrarnos?

BRUJA 2.ª: En el yermo.

 

Macbeth

WILLIAM SHAKESPEARE

 
PRIMERA PARTE

Capítulo 1

 

 

 

 

Cuando el primer destacamento americano llegó a primera hora de la tarde del 29 de abril a las puertas de Dachau, Andreu tuvo el convencimiento de que era demasiado tarde. Era un batallón motorizado y muchos de los deportados que esperaban ser rescatados se echaron a llorar, se acercaron y alargaron las manos hacia los soldados antes incluso de que descendieran de sus vehículos. Los americanos no daban crédito a lo que veían. Los deportados los tocaban para convencerse de que no estaban soñando y acabaron suplicando algo que llevarse a la boca.

Andreu sospechaba desde hacía meses que estaba perdiendo la razón, por eso no se atrevió a reír ni a gritar de alegría. Intuía que el pobre tipo que a duras penas conseguía arrastrar los pies por aquel lodazal no era el mismo hombre, alto y erguido, que había atravesado la alambrada meses atrás entre golpes, gritos, empujones y voltear de tripas. No se acercó ni aproximó la mano implorando un trozo de chocolate o algo de pan. Quizás nada de lo que creía ver estaba ocurriendo realmente.

Un oficial americano muy joven que apenas lograba sobreponerse a la náusea que le originaba la contemplación de tanto horror, fijó su mirada en Andreu, que ocultaba el mermado cuerpo bajo una manta. Sus ojos, impávidos, se perdían más allá del cerco de alambre. Aquel hombre, en las últimas, no parecía desear nada ni necesitar nada. Era casi un milagro. Un hombre que no tendía la mano, que miraba como si no albergara urgencia alguna. El americano descansó en él la vista. Era uno de los oficiales de baja graduación que, a pocos kilómetros del campo, habían entrado en los más de treinta vagones cerrados y repletos de cadáveres de prisioneros en avanzado estado de descomposición. Días atrás las fuerzas alemanas habían intentado evacuar a miles de hombres para impedir su liberación. Acabaron asesinándolos o abandonándolos a su espantosa suerte. Muchos murieron en los vagones varados y criminalmente atrancados; otros, muchos de los que fueron obligados a marchar a pie, fallecieron de puro agotamiento o ejecutados por no poder continuar avanzando. El americano conservaba todavía la imagen del interior del primer vagón en la pared de sus párpados y en la nariz el olor a muerte.

Los soldados americanos, entre sonrisas quebradas, estrechar de manos y frases que sonaban a aliento y a tierra mojada, les entregaron algo de pan y un trozo de tocino, una manta limpia y una ración de leche caliente y muy azucarada. A Andreu el sabor de la leche le sorprendió y le recordó días mejores. Tardes que pasó en compañía de su madre haciendo chapotear las galletas en una taza entre grandes cuajos de nata.

—Con la comida no se juega, tesoro —le recriminaba muchos años atrás Caterina mientras le estampaba un sonoro beso en la frente.

Andreu, envuelto el cuerpo en la manta de la que no se atrevía a desprenderse, se sentó en un muro bajo sosteniendo en una mano el cacillo metálico y en la otra el mendrugo que se afanaba en llevar hasta la boca. De su sombra, todavía más deformada por la manta, destacaba una mano huesuda y temblorosa que parecía no pertenecerle. La silueta oscura que advertía sobre el barro le confundía, no podía tratarse del mismo hombre. No conseguía reconocerse, aunque la maldita sombra se ajustaba a sus movimientos y no lograba atraparla en un renuncio.

Andreu se resistía a creer lo que estaba viendo, quizás no era cierto que los americanos estuvieran liberando el campo como tampoco lo era que aquella sombra escuálida fuera la suya. Quizás era todo un engaño de su mente maltrecha en la que había dejado de confiar. Una mente que insistía en huir de un presente terrible y en evocar un pasado cargado de nostalgia. A Andreu le venían a la cabeza las palabras de su padre, palabras que regresaban cada vez más a menudo. Cuando apenas levantaba unos palmos del suelo su padre le conminaba a andar bien derecho y con la cabeza bien alta puesto que no tenía de qué avergonzarse. Y así lo había hecho él durante toda su vida hasta pocas semanas atrás.

La cabeza alta, la espalda erguida, orgulloso de sí mismo y de los suyos. Pero últimamente, y sin poder evitarlo, la espalda, vencida, se inclinaba al caminar, al aguardar órdenes, al llevarse a la boca la cuchara medio vacía. Se le curvaba cuando se sentaba exhausto en el jergón o cuando empuñando el pico sentía cómo se le escapaban la salud y la vida. Apenas se daba cuenta de que se inclinaba penosamente hacia adelante ni de que sus hombros se aproximaban cada vez más, como si hubieran decidido encontrarse a medio camino. Y si, contrariando el dictado de su cuerpo derrengado, pretendía corregir su encorvada postura, hallaba una resistencia tenaz y dolorosa en cada una de sus vértebras. Pasados unos instantes de esfuerzo vano, Andreu volvía, invariablemente, a replegarse sobre sí mismo.

Envueltos los pies en trapos y vestido con toda la ropa que había conseguido reunir, no lograba mantener firme el espinazo ni elevar el ánimo. No era fatiga ni cobardía. Ni tan siquiera una tristeza inexplicable. Había sido el invierno terrible que no acababa nunca y que perduraba en su cuerpo el domingo 29 de abril del 45, primavera jubilosa de la liberación.

No conseguía olvidar que a finales del 44 el frío había avanzado sin misericordia y se había apoderado del campo. El barro estaba por todas partes, en las suelas, en la ropa… Entraba en el barracón y perseguía a los hombres allá donde iban. El mismo lodo casi helado que deformaba las sombras y las convertía en siniestros monigotes esbozados por la mano temblorosa de un borracho. Andreu, que, a falta de otro lugar en el que recordar la propia imagen, nunca dejó de perseguir su sombra en el barrizal, había empezado a advertir leves discordancias entre la silueta que el suelo encharcado le devolvía y el hombre ad

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