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HéROES DE LA FRONTERA

Dave Eggers  

5


Fragmento

1

Existe la felicidad orgullosa, felicidad nacida de realizar un buen trabajo a la luz del día, años de una labor que merece la pena, y después estar cansada, y contenta, y rodeada de familiares y amigos, bañada en satisfacción y lista para un merecido descanso: sueño o muerte, tanto da.

También existe la felicidad del suburbio personal de cada uno. La felicidad de estar sola y achispada de vino tinto, en el asiento del acompañante de una vieja autocaravana aparcada en algún lugar del sur profundo de Alaska, contemplando un garabato de árboles negros, temerosa de dormirte por miedo a que en cualquier momento alguien haga saltar el cerrojo de juguete de la puerta del vehículo y os mate, a ti y a los dos niños que duermen arriba.

Josie miraba con los ojos entornados la luz baja de un largo atardecer estival en un área de descanso del sur de Alaska. Esa noche se sentía contenta, con su pinot, en su caravana a oscuras, rodeada de bosques ignotos, y un poco menos miedosa a cada nuevo sorbo de la taza de plástico amarillo. Estaba contenta, aunque sabía que era un sentimiento pasajero y artificial, sabía que todo estaba mal: no debería estar en Alaska, así no. Había sido dentista y ya no lo era. El padre de sus hijos, un invertebrado de tripas flojas llamado Carl, un hombre que le había asegurado que los documentos matrimoniales eran un timo, papeles superfluos y reduccionistas, había encontrado, a los dieciocho meses de marcharse, a otra mujer con quien casarse. Había conocido a otra y ahora, de forma improbable, imposible, se casaría con otra persona, una persona de Florida. Iba a ocurrir en septiembre y estaba plenamente justificado que Josie se marchara, que desapareciera hasta que todo pasara. Carl no tenía ni idea de que había sacado a los niños de Ohio. Casi de Norteamérica. Y no podía enterarse. ¿Y qué mejor para garantizar la invisibilidad que esto, una casa rodante, sin domicilio fijo, una caravana blanca en un estado con un millón de otros viajeros errantes, todos ellos en caravanas blancas? Nadie la encontraría. Se había planteado salir del país, pero Ana no tenía pasaporte y necesitaban a Carl para sacárselo, así que esa opción quedaba descartada. Alaska era a la vez el mismo país y otro distinto, era casi Rusia, casi el olvido, y si Josie renunciaba al teléfono y pagaba solo en metálico –llevaba tres mil dólares en una de esas bolsas de terciopelo para monedas de oro o habichuelas mágicas– no podrían localizarla, rastrearla. Y había sido girl scout. Sabía hacer nudos, destripar un pez, encender una hoguera. Alaska no le daba miedo.

Los niños y Josie habían aterrizado en Anchorage ese día, un día gris sin ninguna promesa ni belleza, pero se había sentido inspirada nada más bajar del avión. «¡Muy bien, niños», les había dicho a sus hijos, agotados y hambrientos. Jamás habían manifestado el menor interés por Alaska y ahora estaban allí. «¡Ya hemos llegado!», había exclamado, y se había arrancado con un pequeño desfile de celebración. Ninguno de los niños sonrió.

Los había subido a la caravana de alquiler y habían partido sin ningún plan. En su momento, los fabricantes habían bautizado al vehículo el Chateau, pero habían pasado treinta años y ahora estaba destrozado y constituía un peligro para sus pasajeros y todo el que compartiera la carretera con él. Sin embargo, tras un día en circulación, los niños seguían bien. Eran raros. Por un lado estaba Paul, de ocho años, con los ojos fríos y bondadosos de un cura de hielo, un niño amable, de movimientos lentos, que era mucho más razonable, atento y sabio que su madre. Y por otro estaba Ana, de solo cinco años, una amenaza constante al contrato social. Ana era un animal de ojos verdes con una explosión de pelo irracionalmente rojo y un don para detectar el objeto más frágil de cualquier habi­tación y romperlo con pasmosa celeridad.

Josie, al oír el rugido de un camión circulando por la carretera, se sirvió una segunda taza de vino. Está permitido, se dijo, y cerró los ojos.

Pero ¿dónde estaba la Alaska de la magia y la claridad? El lugar se estaba ahogando bajo el humo de una docena de incendios forestales, que se extendían por el estado como los fugados de una prisión, y no resultaba nada majestuoso, no, aún no. De momento lo que habían visto parecía abarrotado y arduo. Habían visto hidroaviones. Habían visto cientos de casas en venta. Habían visto un anuncio junto a la carretera de una granja forestal en busca de comprador. Habían visto otra autocaravana, no muy distinta de la suya, aparcada junto a la carretera. Habían visto cabañas de troncos lacados. Habían visto en un colmado, también de troncos lacados, una camiseta con la leyenda: «No me culpes. He votado al americano».

Así que ¿dónde estaban los héroes? En el lugar que había dejado atrás solo había conocido cobardes. No, había un valiente, y ella había ayudado a que lo mataran. Un hombre osado que había muerto. Se habían quedado con todo y ahora Jeremy estaba muerto. Buscadme a alguien intrépido, les pidió a los árboles oscuros que tenía delante. Buscadme a alguien con sustancia, pidió a las montañas de más allá.

Había pensado en Alaska pocas semanas antes de decidir irse de Ohio. Tenía una hermanastra, Sam, en Homer, una hermanastra que no era exactamente hermanastra y a la que no veía desde hacía años pero que irradiaba una gran aura porque vivía en Alaska y era dueña de su propio negocio y pilotaba una barca o un barco y había criado a dos hijas casi sola, su marido era pescador y se ausentaba durante meses. A decir de Sam, el hombre no era precisamente un regalo y sus ausencias no suponían una gran pérdida.

Josie nunca había visitado Alaska y, aparte de Homer, no tenía ni idea de adónde ir ni qué hacer allí. Pero escribió a Sam anunciándole el viaje y Sam respondió dándole el visto bueno. Josie consideró una buena señal que su hermanastra, a quien no veía desde hacía cinco años, le dijera «vale» y no añadiera ni súplicas ni ánimos. Ahora Sam era alasqueña, lo que significaba, Josie estaba convencida de ello, que hablaba con franqueza y llevaba una existencia sin altibajos centrada en el trabajo, los árboles y el cielo, y esa clase de actitud era la que anhelaba en sí misma y en los demás. Estaba harta del drama inútil de la vida. Si se requería un poco de teatro, de acuerdo. Si un ser humano estuviera escalando una montaña y durante el ascenso se sucedieran tormentas, avalanchas y descargas de relámpagos de los cielos furibundos, entonces Josie podría aceptar el dramatismo, participar de él. Pero el drama suburbano era cansino, tan descaradamente absurdo que ya no soportaba tener cerca a nadie que considerase que merecía la pena, que era real.

De modo que tomó el avión, recogió las maletas y localizó a Stan. Stan era el propietario de la autocaravana que había alquilado –el Chateau– y esperaba junto a la salida de equipajes sosteniendo un cartel con el nombre de Josie. Era tal como lo había imaginado: un jubilado de setenta y pico años, afable y con tendencia a agitar las manos como si fueran una carga pesada, un racimo de plátanos que tuviera que entregar. Cargaron el equipaje en el vehículo y arrancaron. Josie se volvió para mirar a los niños. Parecían cansados y sucios. «Mola, ¿eh?», preguntó refiriéndose al Chateau, un patch­work de cuadros escoceses y contrachapados. Stan tenía el pelo blanco y llevaba vaqueros planchados y deportivas celestes y limpias. Josie iba en el asiento delantero, los niños detrás, en un banco, mientras recorrían los dieciséis kilómetros del aeropuerto a casa de Stan, donde completarían el papeleo para el Chateau. Ana se durmió enseguida, apoyada contra las persianas horizontales. Paul sonrió débilmente y cerró sus ojos de cura gélido. Stan ajustó el espejo retrovisor para observarlos, y al verlos con sus ojos Josie supo que no parecían sus hijos. No casaban con ella ni entre ellos. Josie tenía el pelo negro, Paul color caqui, Ana rojo. Los ojos de Josie eran castaños y pequeños, los de Paul enormes y azules, los de Ana verdes y con forma de estampado de cachemir.

Cuando llegaron al camino de entrada de la casa de Stan, aparcó el Chateau e invitó a los niños a jugar en el jardín. Ana se dirigió inmediatamente a un árbol grande con un agujero en el tronco donde metió la cabeza.

–¡Mirad, tengo un bebé! –bramó acunando a un bebé invisible.

–Perdona –se disculpó Josie.

Stan asintió con gravedad, como si Josie hubiera dicho «Mi hija está loca de remate, no tiene remedio». Sacó el manual del vehículo y repasó las funciones de la caravana con la seriedad de quien explica cómo desactivar una bomba. La autocaravana tenía horno, velocímetro, odómetro, baño, de­sagüe, toma eléctrica, diversas palancas y cojines y compartimentos secretos.

–Ya habrás conducido una autocaravana –dijo Stan, como si no cupiera otra posibilidad.

–Por supuesto. Muchas veces –replicó Josie–. Y antes conducía un autobús.

Nunca había hecho ni una cosa ni la otra, pero intuyó que Stan se tomaba en serio el Chateau y a ella no tanto. Tenía que inspirarle cierta confianza en que no despeñaría el Chateau. Stan la guio alrededor del vehículo anotando los daños preexistentes en una tablilla, y mientras él escribía Josie vio a un niño de unos seis años en la ventana en saledizo de la casa, observándolos. La habitación donde estaba parecía del todo blanca: paredes blancas, moqueta blanca de pared a pared, una lámpara blanca en una mesa blanca. Enseguida una mujer con aspect

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