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ÍCARO

Alberto Vázquez-Figueroa  

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Fragmento

Una bandada de ibis rojos alzó el vuelo.

Eran como parpadeantes llamas que se deslizaran sobre el verde manto de la selva.

Se dirigían al norte.

Del este llegaban cansinas garzas blancas y en un momento dado se cruzaron.

Los ibis rojos a media altura, y las garzas blancas casi rozando con sus largas patas las copas de los árboles.

Verde, rojo, blanco, y aquí y allá el amarillo o el violeta de abiertas orquídeas conformaban un multicolor mosaico bajo el azul añil de un cielo por el que no se deslizaba a aquellas horas ni la más minúscula nube.

Ni la sombra de un halcón.

Ni una águila.

Ni siquiera un negro zamuro.

Paz.

Paz sobre los cielos de la selva y sobre la superficie de las aguas del ancho río que serpenteaba sin otra preocupación que lanzar destellos plateados a las garzas y los ibis que lo sobrevolaban en aquellos instantes.

Luz, calma y color a cien metros de altura.

Pero más abajo, en cuanto las anchas hojas de los árboles tamizaban la luz del violento sol de las alturas, y cada rayo tenía que luchar abriéndose paso en un vano intento por alcanzar la tierra, la moneda comenzaba a girar sobre sí misma, puesto que esa luz se convertía metro a metro en penumbra, el color en matices de un gris opaco y denso, y la calma no era más que el disfraz tras el que trataban de ocultarse la muerte y la violencia.

El marrón oscuro, entremezclado de hojas putrefactas y restos de frutos que conformaban la pasta fangosa en que el transcurso del tiempo y las infinitas lluvias habían convertido los suelos de la jungla, se vistió de gala con el silencioso paso de una ponzoñosa coral de brillantes anillos rojos y negros que desapareció al instante en la húmeda cavidad de un tronco muerto hacía ya muchos años.

Un tucán espiaba girando apenas la cabeza.

Un mono aullador de rojiza barba se agitaba inquieto en una rama.

Un perezoso decidió avanzar unos milímetros sus fuertes garras con la intención de aferrarse a una rama y continuar su paciente ascensión hacia la lejana copa de un araguaney.

Llegaron las nubes.

Y con ellas la lluvia.

Y con ellas la eterna canción de la foresta, el incansable «tam-tam» de millones de gruesas gotas de agua que golpeaban contra una ancha hoja, se deslizaban por ella, caían al vacío, golpeaban contra otra hoja, se deslizaban por ella y volvían a precipitarse una vez más al vacío, y así a lo largo de cincuenta o sesenta metros en los que su camino hacia el fangoso suelo podía verse interrumpido en infinidad de ocasiones.

Cada pequeño golpe hubiera sido apenas perceptible, pero la orquesta en pleno, la mayor de las orquestas conocidas ensordecía a las bestias.

Luego un trueno lejano.

Y el chasquido de un rayo.

Y el crujir de un gigante que había tardado un siglo en alcanzar el cielo y ahora ese cielo lo abatía en décimas de segundo.

Agua.

Y agua.

Y más agua.

En el río.

Y en el fango.

Y en el aire.

Agua en la piel, y en la carne, y en los huesos.

Chapotear de pies descalzos en los charcos, ruido de ramas al quebrarse, aleteo de cotorras alarmadas, y al fin un hombre jadeante y empapado hizo su aparición tras un grueso samán, lanzó un apagado reniego y suspiró todo lo profundamente que dieron de sí sus pulmones.

Flaco, casi esquelético, con los ojos enrojecidos, oscuras ojeras y las piernas plagadas de llagas supurantes, semejaba un cadáver cubierto de jirones, y la primera impresión que ofrecía al verle, era la de que había llegado hasta allí para dejarse caer de bruces y morir en lo más intrincado de la floresta.

Pero no se derrumbó.

Se limitó a recostar la espalda en el samán y alzar los ojos buscando orientarse allí donde todo sentido de la orientación se perdía de inmediato.

Cada árbol era siempre idéntico a otro árbol.

Cada rama a mil ramas.

Cada hoja a un millón de millones de hojas.

Cada rayo de luz imitaba al anterior, y este al siguiente.

La monotonía de la selva superaba con mucho a la del desierto y con frecuencia a la del mar.

La monotonía de la selva desconcertaba y enloquecía.

La monotonía de la selva se cobraba más vidas que las serpientes, arañas o jaguares.

Pero aquel hombre; aquella sombra de hombre; aquel triste despojo de lo que debió de ser mucho tiempo atrás un hombre, estudiaba su entorno con la tranquila parsimonia que únicamente proporcionan los años de experiencia, y al fin alzó el brazo armado de un largo machete cuya ancha hoja había quedado ya reducida al mínimo de tanto y tanto ser afilada, para grabar una ancha muesca a la altura de su cabeza.

Continuó su marcha.

Sin ansiedad y sin prisas, con el aburrido paso de quien ha dado ya infinidad de pasos semejantes, y su perseverancia alcanzó al fin su premio, puesto que media hora más tarde la espesura se abrió ante él como el lujoso telón de un gigantesco teatro para permitirle asistir al más fabuloso espectáculo que hubiese visto jamás hombre blanco alguno.

Boquiabierto, tomó asiento en una gruesa rama, se pasó una y otra vez la mano por la reluciente calva, parpadeó incrédulo, murmuró algo muy por lo bajo, y permaneció casi una hora como hipnotizado, incapaz de aceptar que no estaba soñando.

Y es que lo que estaba contemplando superaba a decir verdad el más loco de los sueños.

—¡Era verdad! —musitó al fin casi entre dientes—. Era verdad. El Río Padre de todos los Ríos nace del cielo.

A los pocos instantes se puso en pie y regresó sobre sus pasos.

Pero ahora sí que parecía tener prisa, puesto que las sombras de la selva ganaban en intensidad reclamando la urgente presencia de la noche.

Los últimos metros los recorrió a trompicones, cayendo y levantándose, resoplando y maldiciendo, pero ya casi en tinieblas, alcanzó la ribera de un riachuelo, y se dejó caer junto a una desvencijada piragua de madera de chonta desde cuya proa otro hombre de aspecto cadavérico inquirió con un hilo de voz que parecía surgir de ultratumba:

—¿Qué te ocurre? Se diría que acabas de ver al mismísimo demonio.

El calvo, al que se le advertía extenuado, tardó unos instantes en recuperar el aliento, y por último replicó roncamente:

—Al mismísimo demonio no, pero sí al mismísimo Río Padre de todos los Ríos.

Su debilitado interlocutor le dirigió una larga mirada y pareció comprender que hablaba en serio.

—Luego también era cierta esa leyenda.

El recién llegado asintió con un levísimo ademán de la cabeza:

—Nace del mismísimo

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