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ICHIGO-ICHIE

Héctor García   Francesc Miralles  

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Fragmento

En una vieja tetería

La tarde en la que, sin nosotros saberlo, estaba a punto de nacer este libro, se había desatado una tormenta sobre los callejones de Gion. En el corazón de Kioto, hogar de las últimas geishas entre otros misterios, hallamos refugio en un chashitsu, una casa de té desierta de clientes a causa del temporal.

Sentados en una mesa baja al lado de la ventana, los autores de este libro nos fijamos en que el torrente que bajaba por la calle estrecha arrastraba hojas de sakura de los cerezos en flor.

La primavera avanzaba, camino del verano, y pronto no quedaría nada de aquellas hojas blancas que provocaban el furor entre los japoneses.

Una anciana con kimono nos preguntó qué queríamos, y elegimos de la carta la variedad más especial: un gyokuro de Ureshino, una localidad al sur del país donde se considera que crece el mejor té del mundo.

Mientras esperábamos a que llegara la tetera humeante y las tazas, compartimos nuestras impresiones sobre la antigua capital de Japón. Nos abrumaba saber que en las colinas que rodean la ciudad, con menos población que Barcelona, hubiera dos mil templos.

Luego escuchamos en silencio el fragor de la lluvia contra el empedrado del pavimento.

Cuando la vieja dama regresó con la bandeja, el aroma fragante del té nos arrancó de aquel dulce y breve letargo. Levantamos las tazas para apreciar el verde intenso de la infusión antes de regalarnos un primer sorbo, que sabía amargo y dulzón a la vez.

Justo en aquel momento, una joven que sostenía un paraguas pasó en bicicleta junto a la vieja tetería, y nos dirigió una sonrisa tímida antes de perderse en el callejón bajo la tempestad.

Fue entonces cuando los dos levantamos la mirada y descubrimos aquel plafón de madera que colgaba de un pilar marrón oscuro con una inscripción:

一期一会

Nos entregamos a descifrar aquellos signos que se pronunciaban «Ichigo-Ichie», a la vez que el viento húmedo hacía sonar una campanita que colgaba del alero de la tetería. Su sentido vendría a ser: lo que estamos viviendo ahora mismo no se repetirá nunca más; por lo tanto, hay que valorar cada momento como un bello tesoro.

Ese mensaje describía a la perfección lo que estábamos viviendo aquella tarde lluviosa en el viejo Kioto.

Empezamos a hablar de otros momentos irrepetibles, como aquel, que quizá habíamos desatendido porque estába

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