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IDENTIDAD DESCONOCIDA (DOCTORA KAY SCARPETTA 10)

Patricia Cornwell  

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Fragmento

Título original: Black Notice

Traducción: Albert Solé

1.ª edición: enero, 2016

© 2016 by Cornwell Enterprises, Inc

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-319-3

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

A NINA SALTER

Agua y palabras

 

 

 

 

 

Y el tercer ángel derramó su copa sobre los ríos y sobre las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre.

Apocalipsis 16:4

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

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BW

6 de diciembre de 1996

Epworth Heights

Luddington, Michigan

Mi queridísima Kay:

Estoy sentado en el porche, contemplando el lago Michigan. Un viento penetrante me advierte que necesito un corte de pelo. Recuerdo la última vez que estuvimos aquí, los dos olvidamos quién y qué somos durante un precioso instante en la historia de nuestro tiempo. Necesito que me escuches, Kay.

Estás leyendo esto porque estoy muerto. Cuando decidí escribirlo, le pedí al senador Lord que te lo entregara personalmente a principios de diciembre, un año después de mi muerte. Sé que la Navidad siempre ha sido una época muy difícil para ti, y ahora debe de ser insoportable. Mi vida empezó cuando me enamoré de ti. Ahora que ha terminado, el regalo que puedes hacerme es seguir adelante.

Naturalmente, te has negado a enfrentarte a lo ocurrido, Kay. Has corrido hacia escenas del crimen y has practicado más autopsias que nunca. Te has dejado consumir por los tribunales y la dirección del instituto, por las conferencias, por tu preocupación por Lucy y tus enfados con Marino, por eludir a tus vecinos y por tu temor a la noche. No te has tomado ningún día libre, ni por vacaciones, ni por enfermedad, por mucho que lo necesitaras.

Ya es hora de que dejes de huir de tu dolor y me permitas consolarte. Tómame mentalmente de la mano y recuerda las muchas veces que hablamos de la muerte sin aceptar jamás el poder de aniquilación de cualquier enfermedad, accidente o acto de violencia, porque nuestros cuerpos sólo son los trajes que llevamos. Y nosotros somos mucho más que eso.

Kay, quiero que creas que de alguna manera sé que estás leyendo esto, que de alguna manera estoy cuidando de ti y que todo va a salir bien. Te pido que hagas una cosa por mí, en conmemoración de una vida que tuvimos y que nunca terminará. Telefonea a Marino y a Lucy. Invítalos a cenar esta noche. Prepárales una de tus famosas cenas y resérvame un sitio.

Siempre te querré, Kay.

Benton

1

El mediodía brillaba con un resplandor de cielos azules y colores otoñales, pero nada de eso estaba destinado a mí. La luz del sol y la belleza eran para otras personas, porque mi vida se había convertido en un desierto sin canciones. Miré por la ventana a un vecino que estaba rastrillando las hojas secas y me sentí desamparada, rota y perdida.

Las palabras de Benton resucitaron todas las imágenes horribles que yo había reprimido. Vi haces de luz sobre huesos destrozados por el calor que asomaban entre el agua y la basura empapada. Volví a tambalearme cuando formas confusas se convirtieron en una cabeza calcinada, carente de rasgos, con mechones de cabellos plateados cubiertos de hollín.

Sentada junto a la mesa de mi cocina, tomaba a sorbos el té caliente que me había preparado el senador Frank Lord. Estaba agotada y un poco mareada después de los ataques de náuseas que, por dos veces, me habían obligado a correr al cuarto de baño. Me sentía humillada porque lo que más temía era perder el control, y acababa de hacerlo.

—He de volver a rastrillar las hojas —le dije tontamente a mi viejo amigo—. Estamos a 6 de diciembre y parece que fuese octubre. Echa un vistazo ahí fuera, Frank. Las bellotas están enormes. ¿Te has fijado? Se supone que eso significa que el invierno será duro, pero ni siquiera parece que vayamos a tener invierno. No consigo acordarme de si tenéis bellotas en Washington.

—Las tenemos. Siempre que consigas encontrar uno o dos árboles, claro.

—¿Y son grandes? Las bellotas, quiero decir.

—Procuraré averiguarlo, Kay.

Me tapé la cara con las manos y sollocé. Él se levantó y vino hasta mi silla. El senador Lord y yo habíamos crecido en Miami y estudiado en la misma archidiócesis, aunque yo sólo fui al instituto de educación secundaria de St. Brendan un año, y fue mucho después de que él hubiera estado allí. Aun así, ese cruce de caminos un tanto distante fue un signo de lo que vendría después.

Mientras él era fiscal del distrito, yo trabajaba para el Departamento de Medicina Forense del condado de Dade y había testificado en muchos de sus casos. Cuando lo eligieron senador de Estados Unidos y luego lo nombraron presidente del Comité Judicial, yo era jefa de Medicina Forense de Virginia y él empezó a llamarme para que lo ayudase en su lucha contra el crimen.

Me había telefoneado el día anterior para decirme que me visitaría porque debía entregarme algo muy importante. Su llamada me dejó muy sorprendida y apenas había dormido en toda la noche. Cuando el senador Lord entró en mi cocina y sacó aquel sencillo sobre blanco de uno de los bolsillos de su traje, a punto estuve de desmayarme.

En ese momento, sentada a su lado a la mesa, entendí por qué Benton había confiado en él hasta ese punto. Sabía que el senador Lord me apreciaba mucho y que nunca me fallaría. Qué típico de Benton tener un plan que funcionara a la perfección aunque él no estuviera allí para llevarlo a cabo. Qué típico de él predecir mi conducta después de su muerte y acertar hasta en la última palabra.

—Kay —dijo el senador Lord, de pie junto a mí mientras yo lloraba en mi asiento—, sé lo duro que te resulta esto y desearía poder evitártelo. Prometerle a Benton que te entregaría la carta fue una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Nunca quise creer que llegaría este día, pero ha llegado y estoy aquí para echarte una mano. —Estuvo en silencio un momento y después añadió—: Nadie me había pedido nunca que hiciera algo semejante, y eso que me han pedido montones de cosas.

—Él no era como los demás —murmuré mientras intentaba calmarme—. Tú lo sabes, Frank. Afortunadamente, lo sabes.

El senador Lord era un hombre imponente que se comportaba con la dignidad que correspondía a su cargo. Era alto y esbelto, con una abundante cabellera canosa y penetrantes ojos azules. Vestía, como de costumbre, un traje oscuro de corte clásico realzado por una corbata de vivos colores, gemelos, reloj de bolsillo y alfiler de corbata. Me levanté e inspiré profunda y temblorosamente. Tomé unos cuantos pañuelos de papel de una caja, me limpié la cara y la nariz, y volví a sentarme.

—Has sido muy amable al venir.

—¿Qué otra cosa puedo hacer por ti? —me preguntó con una sonrisa melancólica.

—Tu presencia ya es más que suficiente. Tomarte tantas molestias, con tus obligaciones y todo lo demás...

—Debo admitir que he venido en avión desde Florida, y por cierto, fui a ver a Lucy, que está haciendo grandes cosas ahí abajo.

Lucy, mi sobrina, era agente del ATF, el Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego. No hacía mucho, la habían trasladado a Miami y llevaba meses sin verla.

—¿Sabe Lucy lo de la carta?

—No —respondió él mirando por la ventana—. Creo que eso es algo que te corresponde hacer a ti. Y quizá debería añadir que s

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