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IMáGENES Y PALABRAS

Emilio Lledó

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Fragmento


PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN

I

Al releer para la nueva edición este libro descubrí, ya en el prólogo, que apenas había cambiado el sentido de lo que entonces pensaba. Veinte años no son nada para una vida personal, pero en el espacio histórico en el que cada existencia individual se desplaza, podrían haber envejecido algunos de los temas que, hace años, nos parecían vivos, y no porque se hubiera desvanecido su presencia. Pero, a veces, los intereses personales, por así decir, podrían cambiar por otros que, inconscientemente, hayan cuajado en nuestro ser. Por ello es siempre un grato regalo de la memoria el descubrimiento de una cierta continuidad en lo que, en cada presente, somos y en las imágenes y las palabras de nuestro propio existir, de nuestro «estar en el mundo».

Esta cierta continuidad me ha llevado a pensar en lo que puede agobiar y cercar el desarrollo de ese hermoso y utópico concepto de las Humanidades. Aunque ese planteamiento, digamos, universal aparece en las páginas de este libro, su evocación me ha obligado a referirme ahora a él por superar ese «malestar de la cultura» a la que esa generalización podría llevarnos. Sobre todo, si ese estar ha sido desgarrado por el azar que pudiera haber determinado las condiciones sociales de la existencia. Condiciones que, en principio, exigen que cada individuo no quede aplastado en su desarrollo por el «malestar» de la fortuna, del infortunio.

El horizonte que dibujan las creaciones de la cultura no puede desaparecer de nuestra vida, al menos como ideal hacia el que toda consciencia, no deteriorada, aspira. Todo lo que escribimos brota de la misma fuente: la necesidad de que algo de lo que pensamos se escape del río de los instantes y pueda detenerse en la orilla de ese otro fluir que la reflexión inventa. Una reflexión que se ilumina con la mirada en el espejo de las palabras que se entregan, que se ofrecen siempre con la esperanza de que las propias reflexiones reflejen también el diálogo y el entendimiento del espacio social que habitamos.

Esa vuelta a mirar, a mirarse en lo ya dicho, va forjando el otro horizonte, el de la humanidad, el de las Humanidades. Un concepto de cultura y educación que, al parecer, adquirió, a principios del siglo XIX, nuevas perspectivas, y renovó sus planteamientos.

El eco que, en la consciencia personal, surgía del reencuentro con el humanismo había llevado a Niethammer, el filósofo amigo de Schelling, a plantear en 1808, en un conocido escrito, la controversia entre filantropismo y humanismo. Niethammer enfrentaba, al principio de una enseñanza y educación orientada a la utilidad, una teoría del humanismo que recordaba recientemente Wilfried Stroh como un cuidado «de la humanidad del alumno antes que su animalidad». La palabra Humanismo, en el espíritu de «libertad» y «soledad» que alumbró la política de la Ilustración alemana, abría el camino más fecundo para las Humanidades. Ese descubrimiento de una educación libre, desde la soledad, ante las presiones de los políticos e ideólogos de la miseria resuena, en nuestros días, con mayor urgencia, a causa de la transformación que ha tenido lugar en los diversos niveles de comunicación entre los seres humanos.

II

Es tal el vértigo con el que hoy los medios de comunicación aceleran el tiempo que nos sostiene, que apenas es posible captar el sentido de los mensajes con que se nos acosa. Es cierto que esos medios han permitido la globalización y el estallido de noticias, pero si no nos dan tiempo para que las entendamos, para que las interpretemos, ese supuesto flujo de informaciones acaba deslumbrándonos y ofuscándonos.

Efectivamente «estamos en el tiempo». La constitución y estructura de la naturaleza a la que pertenecemos implica ese fluir cuya intuición marcó una imagen siempre presente en la historia de la cultura. El tiempo un río, un curso de agua «que en masa continua se traslada por un cauce» como dice la famosa definición. Una masa continua, incesante, en la que no cabe pararse. Un río, sin embargo, donde podemos fluir y romper la continuidad de esa masa, ese cuerpo que se mueve y que, de alguna forma, acaba recibiendo al nuestro.

El río del tiempo no es solo realidad sino también posibilidad. Precisamente porque no se detiene, porque su ser es fluir, acepta la presencia que se sumerge en ese movimiento. Y esa presencia es la de cada ser humano que inserta, en el imparable discurrir de las aguas, otro discurrir distinto que fluye entre el firme sustento del lenguaje. Un discurrir ya más lento que el de la naturaleza que, a pesar de su continuo cambio, nos sustenta.

La definición aristotélica del tiempo como «medida del movimiento según el antes y el después» muestra, una vez más, esa admirable reflexión sobre el espejo de las palabras: un antes y un después. Esa doble estructura implica una cierta forma de reposo, un momento de quietud en la huida del río de los instantes. Un reposo que viene del ser que como memoria ha permitido detener, a trechos, el movimiento de la naturaleza. El «antes» al que la definición se refiere supone ese espacio del propio reconocimiento, en el lenguaje que nos habita y nos acoge. Un tiempo parado, pues, en la mente, en la inteligencia y que encontramos en los múltiples reflejos de la memoria.

Somos un «antes» que ha ido forjándose, paradójicamente, en el fluir imparable de todos esos momentos que enhebran la existencia. Y como nos reconocemos en ellos, rememoramos, recobramos, algo que no desaparece en el curso del existir. No hay tiempo humano sin «antes», sin memoria, sin lenguaje. Por eso las palabras acabaron por sujetarse en la escritura: una forma siempre presente de un lenguaje que como «después» se nos ofrece. El «antes» de nuestros tiempos, el antes del ahora en el que estamos, se ha cuajado desde las imágenes que conforman el mundo, la sociedad en la que hemos nacido, en la que hablamos y que, a su vez, nos habla.

III

La palabra «imagen» viene de una raíz que tiene que ver con «imitar» y de la que surge el término «similitud». Pero ¿a qué se asemejan la infinidad de supuestos mensajes que hoy los medios de información reparten y difunden? ¿Qué imitan, qué reproducen? Ante el acoso «imaginario», perdemos el sentido de la realidad y del pensamiento que lucha por entenderla, interpretarla y decirla. Este libro no pretende analizar ese fenómeno de nuestro tiempo, pero no he podido evitar, al aceptar su título, esta referencia ante la inundación de las «apariencias» sin realidad y el desbordamiento de las palabras sin contenido.

El verbo griego que está en la raíz de los «fenómenos», de los «fantasmas» [phainesthai], significa lo que se presenta, lo que aparece, lo que parece. El mundo de imágenes coaguladas en nuestra mente forja el microcosmos que somos, la ideología que nos inunda y que, tantas veces, depende de esa animalidad a la que se oponían los ilustrados que, en 1810, creaban la Universidad de Berlín, como expresión de la «libertad y soledad».

Hoy, esas imágenes, esas palabras que, en el fondo, no sabemos qué «imitan», qué realidades las subyacen, pueden llegar, ya construidas, a convertirnos en «representantes» de una vacía y falsa realidad.

Una realidad que ya no viene del mundo de la naturaleza, del mundo de la vida, y que ha sido manipulada, manoseada para acabar determinando, apresando, formas de comportamiento, de aceptación o rechazo.

IV

Las imágenes y las palabras con las que este libro habla son, por supuesto, el resultado de preocupaciones que se concretaron en perspectivas humanistas, centradas en algunos autores o en algunas ideas que venían de problemas nacidos de los actuales planteamientos literarios o filosóficos. Entre ellos tendría que destacar los relacionados con el arte, con el lenguaje, con las ideas y con la «amistad» con que nos acercamos a todo ello.

Como se ha insistido muchas veces, son el lenguaje y la amistad los dos hilos principales que construyen y tensan la inteligencia y la personalidad. El lenguaje, porque facilita la socialización y los múltiples sentidos que esa socialización imprime en el individuo; la afectividad, la amistad, el amor, porque nos atan a todo lo que comparte y alienta nuestro individual tiempo histórico.

En la selección de palabras e imágenes del presente libro descubro algunos de los temas que fluyen de la organización de la ciudad y del espacio colectivo en el que el azar nos ha situado. Al origen de la teoría política subyace, junto a ese azar que nos hizo nacer en un determinado ámbito social, la posibilidad de transformar ese azaroso espacio, ese fatum, ese destino. Los autores que se mencionan en estas páginas —recuerdo, por ejemplo, las dedicadas a Jorge Guillén— expresan una cultura de la luz, de la claridad que es, precisamente, el fundamento de la existencia. Una mirada que solo refleja formas de verdad en una lucha, una tensión, por encontrar en esa luz y esa claridad, una posibilidad verdadera de humanidad y de progreso.


PRÓLOGO

I

Es tiempo la materia de la escritura. Tiempo e historia. Lo que decimos se enhebra con palabras que encauzan el pensamiento, e incluso producen el torrente interior que fluye por ese cauce. Una lengua que preexiste a todo aquel que la utiliza y que oculta entre sus infinitas, posibles, expresiones, la memoria de los que la hablaron y escribieron antes que nosotros. Lengua materna la llamamos porque nos da cobijo. Lengua madre que nos engendra en el pensamiento y hace que nos reconozcamos en él. Pero junto a esa memoria colectiva en la que todos nos hallamos aparece pronto, en cada individuo, el aliento de una lengua matriz, una lengua personal, única, que modula y habla en el seno de la lengua materna que la sostiene. No importa que las palabras de cada hablante o escritor formen un espacio común en el que se cobijan millones de usuarios para enlazarse y entenderse. En el inmenso territorio de la lengua de todos, surge siempre el habla de cada uno, el aliento individual que vivifica y marca, indeleblemente, ese aire semántico que nos hace seres humanos.

La singularización del lenguaje tiene lugar en cada individuo porque, en el proceso de aprendizaje de esa lengua, somos continuamente influidos por toda una serie de circunstancias que determinan, limitan e ilustran el fondo de lo que, con una cierta imprecisión, se llama intimidad. Por eso nos distinguimos; por eso ideologizamos nuestra visión del mundo, por eso nos oponemos o coincidimos. En el ámbito de cada memoria, se despliega también una historia personal que marca nuestros gustos, nuestras elecciones y nuestros rechazos. Tal vez no somos responsables, totalmente, de esa máscara interior que nos individualiza y que, en muchos momentos, nos domina. Pero, de todas formas, ese rostro único señala la imprecisa frontera donde late lo que ya somos y lo que todavía quisiéramos ser. El resultado de estas tensiones se manifiesta en todo lo que hacemos y, por supuesto, en buena parte de lo que escribimos.

En esas «obras» se aprecia algo de lo que anuda el hilo de nuestra existencia. Cada página escrita intenta decir algo de lo otro, que es, hasta cierto punto, decir algo de nosotros mismos. Es verdad que lo que a veces escribimos obedece a propuestas ajenas; sobre todo esos escritos breves que fueron fruto de ocasiones diversas para las que fuimos, casualmente, requeridos. Pero al aceptarlas hicimos nuestras esas propuestas y las alentamos al aire de nuestra propia voz. Otras veces, en el variado espacio intelectual que puede ofrecerse a la mirada, hay temas que nos incitan o apasionan, obsesiones que nos mueven y ponen a prueba nuestra energía, o sea, esa capacidad de proyectar y realizar nuestro murmullo interior. Y por supuesto, en el campo de la cultura que identificamos y asimilamos, procuramos dejar también aquellas semillas cuyo fruto quizá no alcanzaremos a ver madurar. Unas semillas que son, efectivamente, las palabras que singularizan el idioma único de la intimidad.

II

Los ensayos aquí reunidos son un pequeño testimonio de esas «obras» que, como decía el Filósofo, dejan ver la enérgeia de nuestro ser. Son, pues, testimonio de una breve historia de amores y predilecciones en las que habla, o quizá balbucea, la persona de un autor y, en ella, manifiesta los rasgos que la marcan y delimitan. Pero, con todo, los escritos que aquí se recogen vuelven a dibujar el perfil de una historia en la que ese autor no tiene más remedio que reconocerse. Un reconocimiento lleno siempre de nostalgia y con un inevitable punto de frustración. Nostalgia porque esas obras indican y señalizan buena parte del camino recorrido, y que jamás nos volverá a esperar. Y frustración porque se nos podía haber presentado de otra manera, podía haber dado mejores frutos, haber aspirado a otros horizontes. Y sin embargo, en todo producto de escritura que obedece a una clara e inequívoca presión del presente, fluye siempre la vida y se aprecian en él las señales de esa memoria singular, que se universaliza en la intención de lo que quisiéramos decir.

Es cierto que la voluntad comunicativa no es plenamente consciente, y que lo que queremos decir es, en muchos casos, un impreciso conglomerado de tensiones entre las que el logos, la racionalidad, la luz, lucha siempre por expresarse. En un famoso poema de Brecht, se dice que por lo único que querría ser recordado es «por haber hecho algunas propuestas». Propuestas que reclaman, continuamente, su realización. Con ello dejamos testimonio de ese asombroso curso de los acontecimientos mentales que irrumpe en el presente para iniciar la historia de una siempre nueva e imprevisible recepción.

Los temas que abordan estos ensayos indican algunos de los dominios en los que han dado sus frutos las llamadas «humanidades». Estos supuestos saberes no son otros que aquellos capaces de fecundar y dar vida a la existencia humana: proyectos de futuro en los que se recogen experiencias que, verdaderamente, pueden iluminarlo. Por eso algunas de estas páginas aparecen bajo un epígrafe donde encontramos el arte y la mirada. Los ojos, en nuestro tiempo, se han convertido en algo prioritario y delicado. Aristóteles había escrito, al comienzo de la Metafísica, que de todos los sentidos es el de la vista el que más gozo y alegría nos produce, porque nos hace conocer más y nos abre a un mundo infinito de matices. Claro que cuando se manifestaban estas opiniones el mundo se ofrecía sólo como apariencia de lo real. A esas apariencias llamaron los griegos phainómena. Esta palabra hundía sus raíces en un campo de significación relacionado con la luz y la mirada. Las apariencias sólo se hacían presentes bajo la luz del sol. La presencia de los fenómenos estaba, sin embargo, condicionada, además, a otra forma de iluminación que ya no venía de los astros, sino de aquel ante quien el fenómeno se presentaba. Por eso, las apariencias tenían que ser «salvadas», como formuló, siglos después, un agudo comentarista del Filósofo. «Salvar las apariencias» fue, entre otras cosas, una certera glosa para interpretarlas, comunicarlas, humanizarlas. La mirada arranca, pues, la urgencia de una interpretación, de una lectura que inserta lo visto en el horizonte de significaciones y experiencias que constituyen el vivir.

Resultado de dos iluminaciones, los fenómenos, las apariencias sólo lo son si, además de la luz que en sí misma arrastran, incorporan la otra, la misteriosa luz que los ojos humanos ponen en el mundo, en sus imágenes y palabras. Para mirar, para ver, necesitamos antes ser, ser personas, tener viva memoria, construir en nuestra mirada la inconfundible perspectiva que nos humaniza. Por eso saber mirar y saber interpretar ensayan un camino de futuro que guía y orienta algo mucho más importante que la propia realización. La mirada de los seres humanos expresa la capacidad para iluminar, desde la subjetividad, el borrascoso mundo de fenómenos sin sustancia y sin memoria que nos acosa. Todo es, pues, un problema de Paideía, de educación que nos hace o nos debería hacer más inteligentes, más libres, más «personales» y, por ello mismo, más solidarios.

Con la temporalidad de la escritura, se esboza otro dominio de preocupaciones en donde la palabra escrita, la tradición de las letras, se nos aparece como una jugosa solidificación de la memoria, como un territorio al que, aunque pasado, siempre podemos, por el sutil hilo de la escritura, regresar. A través del ancho sendero de lo escrito late aún la presencia del tiempo que, de otra manera, habría ya desaparecido. Poder leer es poder revivir. Un caudaloso río de noticias, de ideas y sentimientos se encauza y mueve por la tradición escrita y dentro de él nos inspiramos y enriquecemos. La efímera y clausurada existencia individual estalla hacia otras fronteras, y se inmortaliza en esa corriente de solidaridad y diálogo. El río de la escritura no es, sin embargo, como el del

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