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IMPACTO (WYMAN FORD 3)

Douglas Preston  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Impacto

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

SEGUNDA PARTE

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Epílogo

Agradecimientos

Notas

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Para Tony y Petra O’Brien, Kiera, Liam y Brenna

PRIMERA PARTE

1

Abril

El truco era entrar por la puerta lateral y subir la caja por la escalera trasera sin hacer ruido. La casa tenía doscientos años, y era muy difícil dar un solo paso sin que empezara a crujir y a quejarse. Abbey Straw cerró sigilosamente la puerta de atrás y fue hacia el rellano, cruzando de puntillas la moqueta del distribuidor. Oyó que su padre se movía en la cocina, en cuya radio escuchaba el partido de los Red Sox a bajo volumen.

Con la caja en los brazos, apoyó el pie con cuidado en el primer escalón, y después en los dos siguientes. El cuarto escalón se lo saltó, porque crujía como un alma en pena. Apoyó su peso en el quinto, el sexto, el séptimo… y, justo cuando se creía libre, el escalón detonó como un arma de fuego, como un disparo al que siguió un largo y agónico gemido.

Maldición.

—¿Qué llevas en la caja, Abbey?

Era su padre, que estaba de pie en la puerta de la cocina. Aún tenía puestas las botas de goma naranja y la camisa a cuadros con manchas de diésel y cebo de langostas; y en su ceño curtido se adivinaba una arruga de desconfianza.

—Un telescopio.

—¿Un telescopio? ¿Cuánto te ha costado?

—Me lo he comprado con mi propio dinero.

—Fantástico —dijo él, con su voz áspera en tensión—; si no quieres volver nunca a la universidad y seguir siendo camarera toda la vida, púlete la paga en telescopios.

—Quizá quiera ser astrónoma.

—¿Sabes cuánto me he gastado en tus estudios universitarios?

Abbey se volvió y siguió subiendo por la escalera.

—Solo sacas el tema cinco veces al día.

—¿Cuándo piensas sentar la cabeza?

Abbey dio un portazo y permaneció en pie en su pequeño dormitorio, respirando con dificultad. Después apartó con una mano los peluches de la colcha y puso la caja encima de la cama. Se dejó caer al lado. ¿Por qué la habrían adoptado unos blancos de Maine, el estado más blanco de toda la Unión, y en un pueblo donde todos eran blancos? ¿No había un gestor negro de fondos especulativos en alguna parte, con ganas de tener hijos? «¿Y tú de dónde eres?», le preguntaban, como si hubiera llegado hacía poco de Harlem… o de Kenia.

Se dio la vuelta en la cama y contempló la caja. Luego sacó el móvil y marcó un número.

—¿Jackie? —susurró—. Quedamos a las nueve en el muelle. Tengo una sorpresa para ti.

Un cuarto de hora más tarde entreabrió la puerta de su habitación y se quedó a la escucha, con el telescopio en los brazos. Su padre estaba en la cocina, fregando los platos que en principio debería haber fregado ella por la mañana. Seguía escuchando el partido, a mayor volumen, con la odiosa voz de Dave Goucher berreando a través de la radio barata. A juzgar por las palabrotas que soltaba de vez en cuando el padre de Abbey, debían de jugar los Sox contra los Yankees. Mejor, así estaría distraído. Abbey bajó en silencio la escalera, pisando con cautela para no hacer crujir las planchas de pino viejo, cruzó la puerta abierta de la cocina y en cuestión de segundos ya estaba en la calle.

Con el trípode en equilibrio sobre un hombro se encaminó rápidamente al muelle, pasando al lado del restaurante Anchor Inn. El puerto era una balsa de aceite, una gran lámina de agua negra que llegaba hasta la silueta borrosa de Louds Island, con barcos que, alineados por la marea, parecían fantasmas blancos. En la boca del estrecho puerto, donde empezaba el canal, la boya parpadeaba: plop, plop, plop… En lo alto, el cielo era un torbellino de fosforescencias.

Cruzó el aparcamiento en diagonal, hacia el muelle, pasando junto a la cooperativa langostera. En la humedad nocturna flotaba un fuerte olor a cebo de langostas y algas procedente de la punta del embarcadero, donde se apilaban viejas trampas. El bar de langostas aún no estaba abierto para la temporada de verano y, en el exterior, las mesas seguían plegadas y encadenadas a la barandilla. Vio las luces del pueblo en la ladera, y el campanario de la iglesia metodista, erguido y negro contra la Vía Láctea.

—¡Eh! —Jackie salió de la oscuridad, en la que destacaba la luz roja de un porro que subía y bajaba—. ¿Qué es eso?

—Un telescopio.

Abbey cogió el porro y lo chupó con fuerza, haciendo crepitar las semillas. Exhaló y se lo devolvió a Jackie.

—¿Un telescopio? —preguntó esta—. ¿Para qué?

—¿Qué se puede hacer aquí, aparte de mirar las estrellas?

La chica gruñó.

—¿Cuánto te ha costado?

—Setecientos pavos. Me lo he comprado en eBay. Es un Celestron Cassegrain de ciento cincuenta milímetros, con buscador automático, cámara y todo.

Un suave silbido.

—Deben de darte buenas propinas en el Landing.

—Están encantados conmigo. Ni haciendo mamadas me darían más propinas.

A Jackie se le escapó la risa, acompañada de humo y tos. Le pasó el porro a Abbey, que le dio otra larga calada.

—Randy está a punto de salir de la cárcel —dijo Jackie en voz baja.

—¡No me digas! Por mí como si se sienta en una boya de langostas y da cinco vueltas.

Jackie se aguantó la risa.

—Qué noche —dijo Abbey, contemplando el inmenso cuenco de estrellas—. Vamos a hacer unas fotos.

—¿A oscuras?

Miró a Jackie, por si lo decía en broma, pero no vio el menor indicio de ironía en su sonrisa. Sintió una oleada de cariño hacia su simple y entrañable amiga.

—Aunque no te lo creas —dijo Abbey—, los telescopios funcionan mejor a oscuras.

—Claro, claro; qué tontería he dicho. —Jackie se dio un golpe en la cabeza—. ¿Hola?

Fueron al final del embarcadero. Abbey montó el trípode y se aseguró de haberlo afianzado bien sobre las planchas de madera. Cerca del horizonte vio a Orión. Dirigió el objetivo hacia aquel punto, y tecleó una ubicación preseleccionada en el buscador informático del telescopio. Con un zumbido de engranajes de corona, el aparato giró hacia una mancha en la base de la espada de Orión.

—¿Qué vamos a mirar?

—La galaxia de Andrómeda.

Abbey echó un vistazo por el ocular, donde apareció la galaxia como un remolino luminoso de quinientos mil millones de estrellas. Al pensar en aquella inmensidad, y en su propia pequeñez como persona, sintió que se le formaba un nudo en la garganta.

—Déjame mirar —dijo Jackie, echando hacia atrás su pelo largo y rebelde.

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