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INFIERNO DE HIELO (GIDEON CREW 4)

Douglas Preston   Lincoln Child  

0


Fragmento

1

Gideon Crew observaba estupefacto a Eli Glinn. De pie (¡de pie!) en la cocina de la cabaña de Gideon, en la cordillera de Jémez, Glinn lo miraba con sus serenos ojos grises. La silla de ruedas todoterreno (en la que llevaba meses sentado y desvalido) seguía vacía desde que, para asombro de Gideon, se había levantado de ella hacía unos minutos.

Glinn señaló la silla de ruedas.

—Discúlpeme por el numerito. Pero había un buen motivo: demostrarle que nuestra expedición a la isla perdida, a pesar de algunos aspectos lamentables, no fue en vano. Más bien al contrario: yo soy la prueba viviente de aquel triunfo.

Siguió un silencio. La pausa se prolongó durante un minuto, dos. Al cabo, Gideon se acercó al fogón, cogió la sartén que contenía la pechuga de ganso con emulsión de jengibre y trufa negra que acababa de cocinar con exquisito cuidado y la vació en el cubo de la basura.

Sin decir palabra, Glinn dio media vuelta y, con paso vacilante, apoyándose en un bastón de senderismo, se encaminó hacia la puerta de la cabaña. Manuel Garza, director de operaciones en Effective Engineering Solutions (EES), la compañía de Glinn, se ofreció a llevarlo hasta la silla de ruedas, pero él lo ignoró.

Gideon los miró salir de la cabaña, cosa que Garza hizo empujando la silla vacía y con la advertencia que Glinn le había expresado minutos antes resonando en su cabeza: «Esa cosa está volviendo a crecer. Debemos destruirla. Es el momento de actuar».

Cogió su abrigo y los siguió. El helicóptero que había llevado a los hombres de la EES hasta ese lugar remoto seguía con el motor en marcha, las hélices silbaban y formaban ondas en la hierba.

Subió a bordo detrás de Glinn y tomó asiento, se abrochó el cinturón y se puso los cascos. El helicóptero ascendió hacia el cielo azul de Nuevo México y viró hacia el sudeste. Gideon vio empequeñecerse su cabaña hasta quedar reducida a una simple mota en medio del inmenso valle. De pronto lo asaltó el presentimiento de que nunca volvería a verla.

Miró a Glinn y por fin habló:

—Así que es capaz de caminar de nuevo. Y el ojo lesionado… ¿Puede ver con él ahora?

—Sí. —Glinn levantó la mano izquierda, que antes era una garra retorcida, y flexionó los dedos poco a poco—. Cada día estoy mejor. Y ya casi no necesito ayuda para andar. Gracias al poder curativo de la planta que descubrimos en la isla, ahora puedo concluir el trabajo más importante de mi vida.

Gideon no tuvo que preguntarle a qué planta se refería. Ni qué quería decir con «el trabajo más importante» de su vida. Ya conocía las respuestas a ambas preguntas.

—No hay tiempo que perder. Tenemos el dinero, el barco y los equipos.

Gideon asintió.

—Pero antes de volver al cuartel general de la EES, hemos de dar un pequeño rodeo. Hay algo que debe ver. Por desgracia, no será agradable.

—¿De qué se trata?

—Preferiría no adelantarle nada más.

Gideon se reclinó en el asiento, algo enfadado; Glinn seguía siendo tan inescrutable y enigmático como siempre. Miró durante un momento a Garza, que le pareció tan hermético como su jefe.

—¿Podría decirme al menos adónde nos dirigimos?

—Desde luego. Tomaremos el reactor de la EES en Santa Fe y volaremos a San José. Desde allí iremos en un vehículo particular hasta las colinas de Santa Cruz, donde le haremos una visita a cierto caballero que reside allí.

—Qué misterioso.

—No pretendo hacerme el interesante.

—Por supuesto que sí.

Una sonrisa leve, mínima.

—Me conoce demasiado bien. Y por eso mismo es consciente de que siempre hago las cosas con un propósito.

El helicóptero dejó atrás las montañas. Gideon vio a sus pies la franja brillante que era el río Bravo a su paso por el cañón de White Rock y, más allá, las colinas de la Caja del Río. Santa Fe se extendía a su izquierda. Mientras sobrevolaban el extremo sur de la ciudad, el aeropuerto apareció ante ellos.

—Durante la conversación sobre su último proyecto —expuso Gideon— me habló sobre un extraterrestre. Una semilla. Dijo que suponía una amenaza para el planeta. Todo eso me pareció muy confuso. ¿Por qué no me da los detalles, como, por ejemplo, por qué necesita exactamente mi ayuda?

—Todo a su debido tiempo —respondió Glinn—. Después de nuestra pequeña excursión a Santa Cruz.

2

Un Lincoln Navigator, conducido por un hombre tocado con una gorra verde que le hacía parecer un elfo, los recogió en el aeropuerto de San José. Desde allí partieron en dirección sur por la carretera 17, hacia las colinas tapizadas de secuoyas. Era un trayecto precioso a través de aquellos bosques encantados, llenos de árboles colosales. Glinn y Garza se acogieron a un silencio obstinado; Gideon percibió cierta tensión entre ellos.

Al llegar a lo más profundo del bosque, el coche abandonó la autopista y empezó a serpentear por una sucesión de valles, y a dejar atrás pequeños ranchos y granjas, aldeas aisladas, remolques desvencijados y cabañas ruinosas, mientras cruzaba grupos de secuoyas, praderas y agitados arroyos. La estrecha y agrietada carretera de asfalto se transformó en una pista de grava. La tarde caía y las oscuras nubes se cerraban, extendiendo su mortaja sobre el paisaje.

—Creo que acabamos de pasar por delante del motel Bates —dijo Gideon con una risa nerviosa.

Nadie se rio de la broma. Notó que el tenso ambiente del coche se crispaba cada vez más.

Una vez que la pista de grava se adentró en un nuevo bosque de secuoyas, no tardaron en llegar a una verja de hierro forjado que cerraba una alta pared de piedra. En un letrero de madera, en su día dorado y pintado con elegancia pero un tanto desvaído ahora, se leía:

DEARBORNE PARK

Atornillada debajo había una placa fea y meramente funcional.

NO PASAR.

SE ACTUARÁ CONTRA LOS INTRUSOS

CON TODO EL PESO DE LA LEY

Mientras se aproximaban a la verja, esta se abrió de forma automática. Después de cruzarla se detuvieron ante una garita. El conductor de la gorra verde bajó la ventanilla y habló con un hombre que salió enseguida y les autorizó el paso con un gesto. El camino, que zigzagueaba entre las lúgubres secuoyas, apareció más adelante. Empezó a llover y unas grandes gotas caían contra el parabrisas.

La atmósfera en el coche ya era completamente opresiva. El conductor activó los limpiaparabrisas, que comenzaron a mecerse incesantes con una cadencia monótona.

El SUV ascendió hacia la cresta, donde de pronto las secuoyas dieron paso a una pradera elevada que abarcaba bastantes hectáreas. A través de la cortina de lluvia Gideon creyó atisbar a lo lejos el Pacífico. En su extremo, la pradera se alzaba en una loma alfombrada de césped sobre la cual se erigía una mansión construida en piedra caliza gris al estilo neogótico, veteada por la humedad. Cuatro torres se elevaban hacia los torreones almenados que enmarcaban un suntuoso salón central, de cuyas ventanas góticas arqueadas emanaba un tenue resplandor ambarino bajo el tormentoso crepúsculo.

Avanzaron hacia la mansión por un camino con curvas, haciendo rechinar la grava bajo los neumáticos. El viento lanzaba latigazos de lluvia contra el parabrisas. Se produjo un relámpago a lo lejos y, momentos después, se oyó el rumor rezagado del trueno.

Gideon se calló una bromita sobre la familia Addams cuando el conductor se detuvo entre los pilares de la puerta cochera. Al desmontar del vehículo se encontraron con un celador pelirrojo con los musculosos brazos cruzados y ataviado con una chaqueta blanca aguardando en las escaleras. Nadie salió a recibirlos. El celador les hizo una seña brusca para que lo siguiesen, dio media vuelta y empezó a subir las escaleras de piedra. El trío entró tras él en el gran salón que servía como recibidor. Decorado de manera austera, estaba casi vacío, y sus pasos resonaron en aquel gran espacio mientras la puerta se cerraba de golpe a su espalda, empujada por una mano invisible.

El celador giró a la derecha, pasó bajo un portal arqueado y continuó por un largo pasillo hasta que llegó a una sala. Al fondo de esta había una puerta de roble tallada, a la que el celador llamó. Una voz desde el otro lado los invitó a pasar.

La estancia era un despacho pequeño y acogedor. Un hombre de cabello plateado y rostro ancho y afable que vestía una chaqueta de tweed con coderas de cuero se levantó del escritorio. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros. La leña ardía en una chimenea que había en la pared del fondo.

—Bienvenido, señor Glinn —dijo mientras rodeaba la mesa con la mano extendida—. Señor Garza.

Se estrecharon la mano.

—Y usted debe de ser el doctor Crew. Bienvenido. Yo soy el doctor Hassenpflug. Por favor, siéntense.

Señaló sus sillas, dispuestas acogedoramente en torno a la chimenea. La apacible calidez de la lumbre contrastaba de forma marcada con la inquieta ansiedad que se advertía entre Garza y Glinn.

Se produjo un breve silencio, que rompió al final el doctor Hassenpflug.

—Imagino que querrán saber cómo se encuentra el paciente. Me temo que no tengo buenas noticias.

Glinn juntó las palmas de las manos y se inclinó hacia delante.

—Gracias, pero no hemos venido a conocer el estado del paciente. Como ya hablamos, nuestro único deseo hoy es verlo. El pronóstico no es de nuestra incumbencia.

Hassenpflug se reclinó.

—Entiendo, pero tal vez sea pertinente avisarlos de que…

—Me temo que no es necesario.

El doctor guardó silencio y empezó a fruncir el ceño. Su aspecto amigable flaqueó ante el tono brusco y antipático de Glinn.

—Muy bien. —Miró al celador, que esperaba detrás de ellos con las manos entrelazadas por delante de su chaqueta blanca—. Ronald, ¿está el paciente preparado para recibir visitas?

—Todo lo listo que puede estar, doctor.

—Por favor, lleve a los invitados a su habitación. Usted y Morris deberán permanecer a su lado. —Hassenpflug miró a Glinn—. Si el paciente se pusiera nervioso, tendríamos que dar por concluida la visita. Ronald y Morri

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