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INSTANT KARMA

Wendy Davies  

4


Fragmento

 
Prólogo

Por qué estás aquí?

—¿Por qué lo estás tú?

—No lo sé.

—Quizá estamos esperando algo.

—O a alguien.

—Yo no tengo a nadie.

—Todo el mundo tiene a alguien.

—Yo no.

—Ahora me tienes a mí.

—¿Has hecho algo malo?

—No lo sé. Puede que haya sido egoísta.

—¿Egoísta? ¿Qué es eso?

—Es cuando solo piensas en ti.

—Y ¿por qué deberías pensar en alguien más?

—Porque no estamos solos en el mundo.

—Yo sí lo estoy. Vengo de un planeta muy pequeño.

—¿Es bonito tu planeta?

—El más hermoso.

—¿En cuántos has estado?

—Solo en el mío.

—Y entonces, ¿cómo sabes que es el más hermoso?

—¿Tú de dónde vienes?

—De la Tierra.

—¿Es muy grande?

—Tanto como tú quieres que lo sea.

—Es extraño tu planeta.

—Sí, está lleno de mentiras. Creo que vine por eso, para olvidarlas.

—Yo también vine para olvidar a alguien.

—¿A quién?

—No lo recuerdo, pero tengo mucha melancolía.

—¿Qué es melancolía?

—No lo sé, pero me gusta contarla. Una, dos, tres, cuatro.

—¿Yo también puedo contar mentiras?

—Supongo.

—Y después ¿qué? ¿Qué haces cuando acabas de contarla?

—Puedes poseerla.

—Una mentira no creo que me refugiase del frío o me diera un abrazo. No tiene sentido poseerla. ¿Qué haces tú con tu melancolía?

—Sentirla.

—¿Deberíamos hacer algo?

—A mí me gusta ver las puestas de sol.

—Pero aquí no hay sol, no hay nada.

—Estamos nosotros.

—¿Crees que es suficiente?

—Nunca lo es.

—Podríamos inventarlo.

—Y ¿de qué serviría?

—Para conocer lo que no podemos ver.

—Pero eso también es una mentira, pensaba que no te gustaban.

—Y no me gustan. Pero a veces es la única manera.

—¿De qué?

—De seguir caminando.

—¿Crees que saldremos algún día?

—No importa demasiado.

—¿Por qué no?

—No te conozco, si ahora mismo desapareciéramos o nos quedáramos daría igual. En cambio, si creáramos lazos no querría salir de aquí aunque pudiera, no sin ti.

—¿Es decisión nuestra salir?

—A veces hacemos elecciones y otras veces las elecciones nos hacen a nosotros.

—No lo entiendo.

—No tardarás en entenderlo.

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Capítulo 1
Rin

Poned atención: un corazón solitario no es un corazón.

ANTONIO MACHADO

Rin no entendía el mundo. O también podía ser que fuera el mundo el que no le entendía a él. El caso es que algo no funcionaba bien.

Existen seis mil novecientos doce idiomas. Y después hay idiomas que no se contabilizan, que nadie quiere conocer, exiliados, sin patria ni bandera. Encerrados en las profundidades de miradas que entienden la vida de una manera distinta.

El Asperger es uno de esos idiomas que nadie quiere conocer.

Y tras el Asperger no solo hay un idioma desconocido; tras él se esconde un cementerio de palabras muertas, palabras que jamás llegarán a pronunciarse y que arrastran a sus prisioneros hacia las profundidades de las tumbas en las que habitan. Rin hablaba ese extraño idioma; su prisión estaba forjada con su propia carne y huesos y a su alrededor había miles de palabras mutiladas que jamás llegarían a emerger.

Aquella mañana, mientras el sol decidía que era un buen día para salir de entre las nubes y bostezar, bañándolos a todos con su luz, Rin observaba a Emmy con detenimiento. Ella inclinaba ligeramente la cabeza, así hacía que unos mechones de pelo rubio le cubrieran parte de los ojos, como si ella también conociera un idioma desconocido. Sus dedos acariciaban la guitarra y a Rin le habría gustado saber cómo se sentía en ese momento, al ver que la chica también era capaz de hablar sin palabras.

Lo cierto era que él sí que se sentía de una manera, solo que no sabía ponerle nombre. Lo que sí sabía era que el 21 de julio de 1969, a las trece horas cincuenta y seis minutos y veinte segundos, Armstrong dejaba atrás el Apolo 11 y pisaba por primera vez la luna. Si algo había que supiera Rin era que en ese preciso instante, exactamente cuarenta y cuatro años, ocho meses y veinticuatro días después —equivalente a dieciséis mil trescientos cuarenta y un días—, las huellas de Armstrong todavía permanecían intactas. Y que lo harían millones de años más, a causa de la falta de atmósfera, viento o lluvia en la luna.

Recordó entonces una película llamada La delgada línea roja basada en una novela con el mismo nombre donde en una escena alguien le pregunta al protagonista: «¿No se siente solo?». A lo que él responde: «Solo cuando hay gente».

Así es como se sentía Rin todo el tiempo, como si fuera un marciano en un planeta desconocido. Lo peor era que no sabía cómo volver a casa.

Se recordaba a sí mismo con diez años en el tren; volvían de Reading tras haber visto a otro psicólogo más que añadir a la lista.

—Quiero quitármelo —había dicho él.

Su madre le había sonreído desde el asiento de enfrente.

—Quítatelo, Rin. Hace calor.

La madre de Rin hablaba del jersey y él de eso a lo que no sabía poner nombre pero que gobernaba su cerebro y le colocaba la etiqueta de «especial». Esa conversación resumía cómo se sentía Rin con el resto del mundo, como si su paso por la vida fuera un eterno malentendido, una conversación malinterpretada o un tren cogido por error.

Mientras contemplaba a la chica de la guitarra, pensó que quizá todo se resumía en que él era la Luna, ella la astronauta y su música las huellas.

Pero la realidad era otra.

La realidad era que él vivía en el planeta Asperger, Emmy era una neurotípica más y la música que surgía de su guitarra un idioma que la gente conocía y amaba.

A él y a su planeta nadie los entendería —ni amaría— nunca.

En cuanto la chica terminó la canción, Rin se puso nervioso. Había ensayado hasta la saciedad lo que tenía que decir. «Buenos días, Emmy». «Buenos días, Emmy». «Buenos días, Emmy».

Estaba preparado. Podía hacerlo.

«Buenos días, Emmy».

Eso era lo único que tenía que decir.

«Buenos días, Emmy». Se dirigió hacia ella mientras se retorcía los dedos de forma compulsiva. Caminaba ligeramente encorvado, mirando al suelo, sin dejar de susurrar su «Buenos días, Emmy».

En cuanto llegó al árbol —bajo el cual estaba sentada la chica junto a dos amigas—, se paró en seco y se las quedó mirando. Ella alzó el rostro levemente y le dedicó una sonrisa ensayada, de esas que dedicaba a todo aquel que se detenía a escucharla. Fue una verdadera lástima que Rin apenas tuviera tiempo de apreciarla dado lo concentrado que estaba en lo que tenía que decir a continuación.

—Buenos días, Emmy —dijo en un susurro.

Emmy se llevó la mano a la frente, protegiéndose del sol, y fijó la vista en él buscando una cara conocida. Pero no vio más que a un chico que se daba la vuelta y desaparecía calle abajo.

Nada en su rostro podía demostrarlo, pero Rin estaba contento. Muy contento.

Lo había conseguido. La valentía no siempre trata de correr hacia los miedos y vencerlos, a veces no es más que perseverancia. Rin llevaba mucho tiempo fracasando y repitiéndose una y otra vez que lo volvería a intentar. Nunca se daba por vencido, cuantas más veces fallaba más veces lo intentaba.

Se detuvo en seco y alguien se chocó de lleno contra él. Ni siquiera se percató y mucho menos tuvo tiempo de pedir disculpas; estaba demasiado absorto mirando hacia el suelo. Una alcantarilla grisácea y desgastada, que se encontraba a dos metros a su derecha, era lo único que existía para Rin. Se acercó para mirarla como la había mirado tantas otras veces. A esa en particular y a muchas otras más.

No sabría decir qué era exactamente lo que le llamaba la atención. Desde que era un niño le habían fascinado todos los objetos circulares; primero fueron los coches —con sus preciosas ruedas, sus volantes y sus tubos de escape—, después los trenes —que tenían muchas más ruedas y por lo tanto eran infinitamente mejores—, y no tardaron en unírseles la lavadora, los molinos, las alcantarillas, la luna y los planetas.

Situado junto a la alcantarilla, contó hasta tres antes de pasar por encima de ella. Sintió un extraño placer del cual emergió una de sus sonrisas escondidas, esas que nadie veía.

Rin se encontraba frente al cine Odeon cuando vio la cafetería. Miró la hora. Faltaban cinco minutos. Normalmente no hubiera llegado tan pronto pero, al haber conseguido por fin hablar con Emmy, el tiempo dedicado a intentarlo se había reducido.

Dudó un instante. Tendría que haberlo previsto, pero lo cierto era que no lo había hecho. Se quedó quieto, contrariado, sin saber qué hacer.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó una voz a su espalda, situándose a su lado para pulsar el botón del semáforo frente al cual Rin se había detenido.

—Quedan —volvió a consultar su reloj— dos minutos y veintiocho segundos para las cuatro.

—Vale, te espero dentro —respondió Leon.

Mientras le veía entrar en el Costa, deseó que Leon fuera eterno, infinito. Que siempre fuese su mejor amigo. Y se pidió a sí mismo —y a su Asperger— que nunca lo estropearan.

A las cuatro en punto Rin cruzó la calle, sin esperar a que el semáforo se pusiera en verde, y entró a toda prisa en la cafetería. Leon ya estaba sentado en su mesa de siempre y había pedido por los dos.

Rin se dejó caer junto a él y, mientras cogía su bebida, anunció:

—Lo he conseguido.

—¿Me tomas el pelo?

—¿Para qué iba yo a…? —Leon le dio una ligera patada en la pierna por debajo de la mesa al tiempo que esbozaba una sonrisa. Él dejó el vaso en su sitio antes de mirarle—. Vale, es una de esas veces en la que dices algo que realmente no qui

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